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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Montreal

Se encontraron de casualidad a la salida del cine una noche de marzo; él estaba solo y ella con unas amigas a las que les dijo “esperen un rato” apenas lo vio. Se le acercó lo más pronto posible para evitar que partiera rápido y fuera ya muy embarazoso llamar su atención. “¡Hola!, ¿eres tú?”, le preguntó. él la reconoció enseguida aunque le fue difícil expresar su natural sorpresa, “hola”, le respondió, “¿cómo estás?”, preguntó por inercia. “Tantos años, ¡¿cuántos que no nos vemos?!”, “no sé, serán quince desde que terminamos el cole”, “sí, fácil”, “¿y qué tal?”, “nada, aquí con unas amigas; me hacen una despedida, es que mañana me voy a vivir a Montreal”, “¿en serio?, qué bien”. El poco interés que mostró él fueron en contra de sus cortas expectativas para el momento. Sabía que tenía que no había mucho más que hacer en ese incómodo instante, salvo dejar una pequeña huella antes de su definitiva partida a otras tierras. Sabía también que aquel muchacho estuvo silenciosamente enamorado de ella durante casi toda la etapa secundaria escolar. Decidió entonces hacer una suerte de obra caritativa y, entre verdades a medias y mentiras adornadas, le dijo: “antes de irme quisiera que sepas que tú también me gustabas en el colegio. De verdad, me gustabas mucho; le decía a mis amigas todos los días que quería que me invitases a salir, pero nunca lo hiciste. Quién sabe qué sería de nosotros ahora si eso se hubiera dado, ¿habríamos sido felices?, apuesto a que sí. ¿Qué haces ahora?, ¿te casaste?, ¿tienes novia?, yo estuve a punto de casarme pero el muy infeliz me sacó la vuelta, esto fue hace unos meses. En parte por ello decidí irme definitivamente del país, no, no, en realidad es por eso que me iré, sólo por eso. En fin, cuando a una le pasan estas cosas es cuando se pone a pensar en los chicos que deja en el camino: tú entre ellos; quizás yo fui una tonta, quizás yo debí invitarte a salir a ti, pero bueno, supongo que no hay vuelta atrás, ¿verdad?, ¿qué opinas?”. Él se quedó quieto, mirándola sin mucho esmero a los ojos, luego de un rato sonrió sarcásticamente. Vio de reojo a sus amigas, que estaban lo suficientemente lejos y distraídas; se le acercó, le puso las manos en el hombros y la miró a los ojos, fijamente esta vez. “La concha de tu madre”, le dijo tan firme como tranquilo, y luego se fue, dejándola fría y lista para partir por siempre a Montreal.

viernes, 11 de julio de 2014

Engrudos

Somos como dos pedazos de una vajilla rota, salpicados por la inmensidad de una habitación del mismo color que la loza. Entre esa dificultad casi antinatural es, de hecho, imposible que alguien o algo nos una. Si acaso el viento devenido de los alisos, y que entra silencioso por la ventana, hace cómplice a las fuerzas gravitatorias y juega con nuestras posiciones, tan siquiera permitiendo una visión lejana y borrosa de nuestros cuerpos, o la emisión de sonidos clementes que puedan dibujarnos algún mapa ilusorio en la profundidad de nuestras mentes, burlando nuestras cegueras. Eres, en definitiva, algo que nunca podré tener cerca. Y yo algo que jamás conocerás; para tu dicha, claro está. La diferencia radica, tal vez, en que yo sí te necesito. Soy el trozo no reutilizable de aquella vajilla rota. Porque hay trozos que, aún separados de sus cuerpos de origen, pueden servir como reposición para otros nuevos cuerpos. Yo no sirvo sin aquello de lo que me han separado –siendo en realidad que nunca nos juntaron–, soy un pedazo deforme, icosaédrico, asimétrico y fútil, completamente incapaz de pegar en algún lado; en cambio tú sí; lo que es aún mejor –para ti–, muchos cuerpos se han de dedicar toda la vida a buscarte. Eres independiente y flotas aún sin alas y te deslizas aún sin necesidad de humedad. Reculas y floreces cuando tus deseos lo demandan. Te recuestas sobre el manto exquisito de la serenidad, y esperas tranquila a que esos cuerpos se te acerquen haciendo uso de sus voluntades. Tú no te gastas. Yo no tengo nada más que hacer en este plano tan insulso. Condenado a la más zafia insignificancia, sólo me queda imaginar momentos perfectos que en ningún tiempo se plasmarán en la carne. Pensar que algún día el viento devenido de los alisos hará cómplice a las fuerzas gravitatorias, y que nos unirán en forzada danza. Y que al fin y al cabo alguien o algo se dignará a pegarnos para siempre, condenándonos a la furia de la injusticia: yo contigo, tú conmigo, ¡ves la injusticia! El cuerpo que te tiene –y es que lo más probable es que, si existes, alguien ya fue por ti– y que intentó pegarte a él con sus más fuertes engrudos podría quedarse tan solo como lo estoy yo ahora. Tú, tan útil y flotante, estarías a mi lado. No me culpes. El amor, como este texto, es casi siempre así de retorcido.

martes, 27 de mayo de 2014

Esperando al que faltaba

I

Los romances más memorables de la historia no se construyen de forma natural, se perpetran. Sí, se perpetran como crímenes enfurecidos, plagados de sentimientos, resentimientos y furias. De temores empapados de lágrimas y sudores impúdicos. Se erigen sobre la vergüenza y la crítica comunal. Se hacen fuertes con los asaltos racionales, se embuten con pasión y desenfreno, y se caen únicamente por decisiones individuales devenidas de las más catastróficas consecuencias. Los romances más memorables de la historia, ergo, se inmortalizan por su escándalo, y por esas ansias –o capacidad– de convertir abundantes habladurías en experiencias inenarrables.

Un encuentro común de dos personas en una oficina puede ser un simple comienzo. Un aro en el dedo de una, deseo extremo por el lado del otro. Él, que recién llegó a ese empleo, pregunta si es casada sabiendo de antemano la respuesta. “Sí”, le revelan. Agacha la cabeza y en breves segundos pretende hacer como si nada lo hubiese atormentado. Se nota que miente, pues la mirada lo delata. La mirada del lamento. De la mala suerte. De la puta mala suerte. ¡Por qué esa mujer tan deseable y exquisita tenía que estar atada a otro hombre!, ¿no me pudo esperar un poco? ¡Sólo un poco!, exclama hacia sí mismo. La soledad ataca de forma desproporcionada. Él lo sabe y aprende a convivir con ese estigma. Pasa sus días contemplándola andar por la oficina. Que la impresora. Que los archivos. Que las bases de datos. Ella nota de inmediato cuando un hombre la desea, pues es una mujer madura y completamente realizada. Cree, además, que el matrimonio es constancia de ello. Y deja sentir lo que ella cree con genuina convicción. Lo esparce por el aire y tal seguridad llega a todos con sola respiración.

Él se pregunta si debe hacer algo. Hay mujeres solteras que no le interesan, que no valen la menor reflexión. Él no sabe si ese matrimonio va bien o va mal. Puede que tenga oportunidad con ella, piensa. Entonces, cual látigo inclemente sobre su espalda, recuerda sus principios. Mujer casada es mujer inalcanzable, quiere creer. Curiosamente, eso le atrae aún más. Romper sus manuales, sus miedos, el aro, las barreras, y un matrimonio en el paquete. Luego trata de olvidarla, de ignorarla, pero es inútil. Con sólo verla caminar sus hormonas danzan ansiosas e imparables por toda su carne. Muchas veces terminó en el claustro de un lavado en busca de un escape a sus instintos. Y ella, ella lo sabe bien. Desborda sensualidad cuando lo mira con extraña mezcla de compasión y vanidad. Se gana sus primeras críticas. No debería provocarlo si ostenta un matrimonio feliz, se dice. Es mala, comentan. Él se ilusiona con la sola idea de caer en una supuesta trampa. Quiere ser víctima de su propio descontrol, pues deduce que es el único camino al nirvana.

Una tarde de marzo se arma de valor y le envía un correo electrónico invitándola a salir. Tarda ella en responder el correo combinando crueldad y seriedad. Porque, ¿cómo podría una mujer aceptar salir con un hombre que no fuera su amado esposo? Muchos se lo habían propuesto antes y sólo obtuvieron indolencia o brutales negativas. Con él era distinto. Tenía algo especial, creía. O quizás había detectado a sola vista que la deseaba como ningún otro lo había hecho jamás. Acepta jugarle una partida al peligro. Horas después responde el correo. Acepta la cita. Quedan a las ocho de la noche en el mercado cercano. La idea era tomar un jugo y comer un sándwich. Algo aparentemente inofensivo. No obstante, tuvo que mentirle a su esposo por primera vez en todo su matrimonio, diciéndole que iría a cenar con sus compañeras del trabajo, algo que solía hacer, la verdad. Su esposo le cree, como siempre, y la deja tranquila.

Él la espera ansioso. Había llegado veinte minutos antes, y ella tardó veinte minutos después de la hora pactada. Se saludan, eligen una mesa y se sientan a conversar. Él estaba nervioso y no seleccionaba sus palabras con el criterio acostumbrado. Ella se convence más que nunca de que él mataría por acercarse tan solo un metro, uno más. Le atrae esa idea, y luego le atrae él. Comen y él la mira degustar deseando ser su comida aunque esto le costara la vida. Ella intenta huir luego. Lo hace diciendo que ya debe irse. Él lo entiende, o trata de entenderlo. La ve marcharse en un taxi luego de un tibio beso en la mejilla, mientras imagina que su esposo la esperaba en casa con locas ganas de hacerle el amor, y que se lo haría con esmero para que así se olvidase de posibles pretendientes. Como cada noche. Pues ella es hermosa hasta las nubes, y él un hombre con muchísima suerte.

"Nadie debía enterarse de esa salida inocente".
Nadie debía enterarse de esa salida inocente. Aunque en la oficina las historias se cocinan diariamente y con ingredientes vanos, morbosos. Pero no, ella es una mujer decente. Lleva varios años en la oficina y varios años más de casada. Nunca la relacionan con algún escándalo. Imagen pulcra y bien cimentada. ¿Sería el momento de caer en ello?, todos tenían una cana caída. ¿Pecaría? Él la atrae y cada vez con más fuerza. Las miradas que intercambian por poco los delatan frente al vulgo. La vuelve a invitar a salir, esta vez a tomar unos tragos. Ella rechaza la invitación dejándolo mal parado. No quería arriesgarse a más. Ve que hay un camino largo que seguir con él. Un pasaje atiborrado de púas e injurias. Mejor no desviarse. Le debía lealtad al hombre con el que se casó y que no le falló jamás. Él le vuelve a reclamar a sus dioses. No hay cosa que lo haga sentirse mejor, ni siquiera eso. Y rendirse era la única opción que tenía entre manos.

II

Cierto día de esos extraños se encuentran de casualidad en una reunión nocturna de sábado. Ambos tienen un amigo en común, el dueño del recinto y organizador del evento. Ella había ido sola a la fiesta, pues su esposo estaba cansado de tanto trabajar y decidió quedarse. Él había ido sin tan siquiera imaginar que aquella noche podría pintarse de los colores de sus deseos. Se saludan desde lejos con una sonrisa y movimientos de cejas. Luego trata de ignorarlo cuanto pueda. Mira ansiosamente el reloj para llegar al punto exacto en el que podrá despedirse de su amigo anfitrión sin que este sintiera desaire alguno, y a la vez huir de sus ganas de pecar. El reloj pasa lento. La música suena fuerte, y los tragos, potencias benditas, entran con desmesurada frecuencia. Finalmente se acerca a ella. “¿Bailamos?”. Piensa en hacer lo típico, decirle que está muy cansada y que por ahora no, gracias. En esos segundos que tarda en elaborar su respuesta, él le toma la mano izquierda con delicadeza. Por inercia las piernas de ella se estiran, levantándose y dejando ver la plenitud de su hermoso cuerpo. Él la contempla en silencio pero esbozando una sonrisa repleta de admiración. Van hacia la pista y empiezan a danzar. Ella pone su mano derecha sobre su hombro izquierdo, y él, también con la derecha, toma por asalto su cintura haciendo que ella se acerque unos cuantos centímetros. Se pone tensa y trata de mantener la distancia. Él nota la tensión. “¿Estás bien?”, le pregunta con tono inocente. “Sí, no es nada”. “Bailas muy bonito”, la halaga. “No es nada”, responde entre risas.

Ha llegado la tan esperada hora de partir. Contradictorio lío, en realidad no quiere irse, pero sabe que era lo mejor para todos. “Sé que no vives muy lejos, ¿te puedo acompañar?”. “No te preocupes, ya llamé un taxi”. “Digo, no creo que a tu esposo le guste la idea de que regreses sola a casa”. “Gracias, de verdad, por la preocupación. Pero es un taxista de confianza, amigo de la familia, todo estará bien”. “Al menos déjame acompañarte hasta el taxi, ¿sí?”. “Ya, de acuerdo”. Salen juntos hacia la calle. Él también se había despedido del amigo en común. La fiesta se le terminaba sin ella, ya no habría razón para estar ahí. Una vez fuera, el taxi no tarda en arribar. Caminan unos metros acercándose al auto. “Solía dejar que mis amigas se fueran solas en taxis, hasta que a una de ellas la asaltaron. Le quitaron todo”. “¡Qué horrible!, ¡así está Lima!”. “Por suerte no pasó a mayores”. “Sí, qué suerte. Dentro de todo, digo”. “Perdona, es un trauma que aún no supero; permíteme acompañarte”. “No,  en serio, no te preocupes. Es un taxista de confianza”. “Está bien. Cuídate”. Sube al auto mientras saluda al taxista. Una vez dentro, abre la ventana de al lado. “¿En verdad soy tu amiga?”. “¿Qué?”, preguntó sorprendido. “Nada, olvídalo. Nos vemos en la oficina”. El taxi se marcha. Él queda pensativo.

III

Ese lunes en la oficina ya no fue el mismo. Apenas se sentó en su puesto, le envía un correo electrónico: “no, no eres mi amiga. Y tampoco quiero que lo seas. Entiende esto de la mejor manera posible, por favor”. Ella responde minutos más tarde: “explícame para entenderte, porque nadie me había dicho esto jamás”. “No quiero que seas mi amiga. A mis amigas no las amo. No como un hombre a una mujer”. Esta vez no obtiene respuesta inmediata y el arrepentimiento ronda su mente. ¿Debió ser tan directo?, ¿debió arriesgarse así?, ¿qué pasaría?, ¿y si no respondía y hacía como que eso no pasó?, ¿debía tomar la misma postura fresca?, no, ella no era así. Ella respondería. De algún modo lo haría, sea por correo electrónico, o sea mediante una de sus bellas sonrisas. La espera termina: “creo que tenemos que hablar. Te espero en el mercado a las ocho en punto. No tardes”. Se encuentran en el lugar pactado. Él quiere pedirle un jugo o algo más para comer, ella se lo niega de inmediato diciendo que esto sería rápido. “No quiero que te confundas. Soy una mujer casada. Felizmente casada. Así que, por favor, ya no sigas con esto”. Toma aire antes de decir sus próximas palabras. Sabe que de ello depende el futuro de su relación. “Suficiente premio para mí es, aunque sea, el haberte hecho pensar en romper tus votos. Porque, ¿bajo qué otra circunstancia te habrías tomado la molestia de citarme aquí y ahora?, de haber sido un pretendiente más me habrías hecho entender con tu sola indiferencia. A mí no. A mí me citaste para decirme esto. Y eso me halaga. Me hace feliz”. “Ya no sigas, te lo pido. Todo lo que pudimos haber pensado o sentido quedará enterrado aquí mismo, ¿entiendes?; ¿me entiendes?”. “Sí, claro que sí”. “Gracias”, le dijo suspirando de tranquilidad. “Te dije que te he entendido. No que te haré caso”.

"[...] ¿Se puede amar a dos hombres a la vez?, se pregunta mientras gime impenitente".
No hicieron falta más palabras. Él toma una de sus manos, nuevamente con delicadeza –justo como la noche del sábado–, y besa apasionadamente sus dedos y palma. Su rostro evoca angustia y excitación. Le gusta lo que él hace en su mano, mientras va sintiendo cómo lentamente se humedece su intimidad. Él levanta la visión para ser testigo de ese gesto y calentarse aún más. El mercado ya no existe más, ni los jugos, ni nada. La gente se esfumó de pronto. Son sólo ellos dos. El momento. La desesperación por ya sea acabar con esto rápido, o pararlo intempestivamente y que nunca más suceda. Dos fuerzas diáfanas que se enfrentan en feroz lucha. Una de ellas es más fuerte que la otra. ¿Cuál de ellas se sobrepondría?, lo supieron cuando él usó la mano de ella como cadena, y tiró de esta hasta quedar rostro a rostro. El beso es inminente, y dura lo que dura el infinito de lo efímero. Nada detiene su paso hasta un hotel cercano. Ni siquiera se aseguran de que nadie los viera. Hacen el amor varias horas teniendo como aliados a dos teléfonos móviles apagados. Él disfruta de cada milímetro, cada poro húmedo, cada viento sonoro. Ella prueba el pecado, al fin, en su más alta pureza. Queda encantada. ¿Se puede amar a dos hombres a la vez?, se pregunta mientras gime impenitente. El primer orgasmo con su amante le da la respuesta que esperaba. La noche se iba acabando, aunque apenas caía la madrugada. Ella debía volver a casa. Entre decirle que esto debía quedar tras las paredes del hotel y el aferrarse a sus brazos constantemente, partió ella. Entre el temblor de sus piernas aún entumecidas de tanto éxtasis, y el orgulloso sentimiento de al fin poder amar con fiereza a la mujer más anhelada y prohibida que conoció en su vida, partió él.

Él y ella fueron amantes casquivanos durante meses. En un principio se cuidaban de los ojos murmuradores. Luego ya no tanto. Se dejan ver por las instalaciones de su centro de labores compartiendo amenos minutos de café y conversación. A menudo él le acomoda el mechón de cabello que le suele cubrir parte del rostro. Lo regresa por detrás de su oreja. Ella adora tal movimiento y trata de gestionarlo cada vez que puede, dejándose tocar por él, imaginando que esos palpes eran permitidos y no simplemente espasmos de crueles juzgamientos populares. Él, por su parte, había asumido su papel por completo. El esposo era otro hombre. Él era a lo mucho un ave de paso. Un rayo entre toda la tormenta, un fulgor que debía aprovechar su máximo momento de esplendor y poder. Aunque la sola idea de una irremediable despedida le hace viajar por largos períodos a las profundidades de su gazapo. Eran las reglas del juego y ambos las tenían claras.

IV

Cuando él se enteró de que estaba embarazada, no dudó ni por un segundo que aquel pequeño ser que ella albergaba en su vientre era también suyo. La posibilidad de que haya sido su esposo el procreador le resultaba disparatada; no, nula. Su concepción, asegura él –tratando de calcular de forma somera–, se dio justo durante en un breve tiempo de separación entre los esposos. Por lo que, está más que seguro, el bebé es suyo. Ella aún no se recupera del golpe. Dar cuenta de que espera un pequeño teniendo a dos posibles procreadores le resulta una catástrofe moral. ¿En qué me he convertido?, piensa. ¡Y tanto que critiqué estos casos durante toda mi vida!, se flagela. Él trata de hacerle pasar el temor  con su desbordante alegría. “¡Tendremos un niño, mi amor, un hermoso niño, ya lo verás!”. No la contagia. Ella guarda cauto silencio. “Se lo tendrás que decir”. El silencio sigue siendo su única respuesta en aquel centro médico lejano. “Debo irme”, irrumpió finalmente. “¿A dónde?”. “A casa. Necesito un tiempo”. “¿Tiempo?, ¿para qué?; ¡ya sé!, pensarás qué le vas a decir, ¿cierto?”. “Sí, eso haré”. Luego de un beso corto se separan. Otra vez el taxi esperando afuera, y se marcha.

Él se impacienta. Espera una llamada, un mensaje de texto, o algo que le dé la buena noticia: “Mi amor, ya está, él lo sabe. Ahora seremos libres”. La señal no llega, sólo llegaba la desesperación. Entonces intenta llamarla. Su móvil está apagado. ¿Ir hasta su casa?, ni siquiera sabía con exactitud dónde vivía. Podía averiguarlo, con amigas o amigos en común, quizás, pero sería muy evidente y delator, además de riesgoso en caso su esposo lo recibiera en su lugar. Tampoco quería perturbarla más de lo que ya estaba. Decide calmarse ocupándose en otras cosas. Le gusta mucho escribir. Empezó a escribir sobre ella. Sobre cómo la conoció. Sobre las cosas que pasaron para que pudieran dar inicio a su furtivo romance. De todo lo que sacrificaron para estar juntos. Y, por supuesto, del fruto de aquel desenfreno. Fruto inocente que se formaba en los interiores de su amada. Así, se queda dormido sobre el computador queriendo soñar con la realización tangible de su relato. Al despertar, al día siguiente, mira su teléfono. Sólo una llamada perdida, la de un compañero de trabajo, el único en quien confiaba, a quien le había contado todos sus secretos con ella. No tarda mucho en devolverle la llamada. “Amigo, se acabó. Está embarazada. De su esposo”. “No, no, no, hermano, es mío, el bebé es mío. En este momento ella se lo está contando y dentro de poco quedará libre para venirse conmigo, ¿entiendes?”. “No, amigo, tú no entiendes”. “¿Qué?”. “Revisa la red social, estaré aquí”. Colgó, y así lo hizo, encontrándose con dos hechos espeluznantes. El primero, ella lo había eliminado de su lista de amigos, por lo que él no podía comentar ninguna publicación suya. Y el segundo, que había hecho pública una foto en la que aparecía ella, con sonrisa radiante, junto a su esposo, muy feliz también, rodeándole el vientre con las manos desde atrás. La publicación se titulaba: “esperando al que faltaba, ¡te amamos desde ya!”, y tenía cientos de comentarios de amigos, compañeros de trabajo y conocidos, todos expresando buenos deseos para la feliz pareja. Aguanta ver la foto unos cuantos minutos, hasta que cierra la página y apaga el computador. Luego se saca la camisa y seca sus lágrimas con ella. Hacía mucho calor después de todo.

"[...] allí, donde los recuerdos pesen más que los anhelos, permitiéndole respirar".
V

Un nuevo lunes en la oficina. En el sitio de ella decenas de arreglos florales y otros presentes adornan su sabia ausencia. Él renuncia al empleo ese mismo día, entre murmuraciones y refunfuños. Su jefe no le exige que se quede más tiempo, cómo podría. En realidad, casi nadie se lo pide. Sólo una compañera suya intenta detenerlo poco antes de cruzar la puerta. “No te vayas. Te olvidarás de esto, lo prometo”. Él premió su intento con un sonriente beso en la mejilla, ante la atenta mirada de todos. Luego los miró uno a uno con un poco de resignación, algo de desafío y mucho de tristeza. Antes de que las lágrimas le ganen la partida, sale veloz de la oficina rumbo al destino más lejano que encontrara. Allí, donde nadie lo viera despedazarse entre lamentos y sollozos; allí, donde los recuerdos pesen más que los anhelos, permitiéndole respirar.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Una forma de amar

Han pasado apenas dos horas desde nuestra última discusión y ya ansío tenerla nuevamente entre mis brazos, forzar sus besos con mi desesperación, abrazarla como si la estuviera atrapando o penetrarla como si quisiera apoderarme hasta de su alma. Han pasado apenas dos horas y ya miro el reloj con insania, ¿qué hora es?, a esta hora ya estaría quedándose dormida en mi pecho, cansada de tanto luchar conmigo; no, no conmigo, contra mí. A esta hora ya estaría yo pensando en qué hacer al día siguiente para seguir sintiéndome su dueño, y en cómo maquillar esa repudiable manera de vivir, haciéndole creer que se trata del más puro amor. Cuánta mierda hay en mí. He pensado en muchas ocasiones que merezco la muerte, pero, en realidad, la muerte sería el mejor de los placeres para alguien de mi calaña. Yo merezco sufrir, y por eso me encontré con ella, porque Dios existe y es sabio, entonces me la puso en el camino para que sufra y para que ella sufra conmigo por algún pecado pasado que, de repente, ni ella misma cometió. No. Pero de qué hablo. Si siempre he sido yo el que le rogaba para volver, para verla, para forzar sus besos con mi desesperación, abrazarla como si la estuviera atrapando o penetrarla como si quisiera apoderarme hasta de su alma. Lo único que veo ahora es esa fotografía de hace dos años, cuando, según sus palabras, «todo era felicidad»; entonces estaba más delgado y ella, bella, con el cabello pintado de rubio. Veo también esa rajadura en la fotografía, producto de las idioteces que suelo hacer cuando me siento acorralado entre mis limitaciones y sus ganas de alzar al vuelo. No puedo permitir que me deje. No puedo. Mis amigos creen que no sé que ella sería feliz sin mí y que yo necesito ayuda. Creen que no lo sé, idiotas. Idiotas que además me creen idiota. Pues, ¡claro que lo sé!, cómo no saber que estando sin mí lloraría menos, sonreiría más y tendría mejores oportunidades en todos los aspectos de su vida. Cómo no saber que lo único que hago es atrasarla en todo lo que se propone, cortarle las alas con mis manipulaciones y alejarla de las personas que realmente la aman. Idiotas, ¿creen que no sé eso?, claro que lo sé. Pero saberlo no me es suficiente, sentirlo tampoco. Por eso sigo con ella y ella conmigo, porque sé que en el fondo ella asume este sufrimiento como un mandato divino. Eso la convierte en una mártir. ¿Los policías lo entenderán?, ¿entenderán que era así como tenía que acabar este chubasco que ya se hacía eterno?; las sirenas, ruidosas, no les dejan entender; la sangre, secándose en mis manos, prueba de que ahora ella será mía eternamente. Sólo una mentira más, amor, sólo una mentira más, y te prometo que todo habrá terminado. Por fin habrá terminado.

viernes, 18 de octubre de 2013

Historias que nadie quiere leer

* Hola, soy tu conciencia y vengo a decirte que en realidad no existo. Así que no me eches la culpa a mí cuando hagas algo estúpido, dañino o insano. Aparte, no digas que yo te pongo en dilemas existenciales ni mucho menos que te pongo en aprietos cuando no sabes qué hacer respecto a algún tema. No digas que voy en contra de algo llamado «corazón» porque eso tampoco existe. El corazón es en verdad una simple masa deforme, rojiza y bañada en grasa que bombea tu sangre, no otra cosa y yo, tu «conciencia» no existo. Y si te preguntas cómo es que estoy diciéndote esto si no existo, te sugiero que visites un psiquiatra cuanto antes. Y si no quieres también está la opción de matarte. Adiós.

* Cuando te digan que el físico no importa, es verdad, al menos gran parte del tiempo de vida de un ser humano cualquiera. Hasta los diecisiete años, las mujeres prefieren andar con el más popular de sus círculos. Esto no se logra necesariamente siendo guapo, también puedes ser popular por ser el más bromista, por molestar a los profesores, por hacer graffitis en las paredes, por ser un pandillero o por vender hierba. A partir de los diecisiete hasta los cuarenta, las mujeres prefieren andar con el que tenga más dinero. Puedes ser horrendo. Tus ojos pueden ser desgraciados, de color opaco y con cataratas. Tu nariz puede ser parecida al pico de un tucán o asemejarse a un quión. Tu boca puede parecer la unión de dos trozos de jamón podrido y emanar el mismo olor. Tu cabello puede ser trinchudo hasta llegar al techo, greñudo, repugnante y además grasiento. Tu piel puede estar arrugada, llena de callosidades o tener como adornos miles de granos y verrugas. Tu cuerpo puede ser deforme, enorme, pequeño, ínfimo, lato y horripilante. Puedes vestirte como los putos dioses o como un mendigo con mal gusto. Pero mientras tengas dinero, siempre andarás acompañado. Desde los cuarenta hacia adelante, las mujeres concluyen que el físico sí importa. Y mucho.

* Pierdes el tiempo tratando de ocultar tus defectos físicos. Mientras más los ocultes más dejarás notar que los tienes y además demostrarás más inseguridad. Que esto no suene como buen consejo, lo que quiero en realidad es decirte que sufrirás irremediablemente mientras tengas esos defectos y que es mejor al menos comportarte como si los hubieras superado, ¿me entiendes?, al menos así conseguirás empleo y tendrás pareja una que otra vez. Aquí viene el buen consejo: aprovecha, como si fuera el último, cada uno de esos momentos bonitos.

* Ayer vi una marcha de manifestantes frente a un McDonald's, la alumbraban flashes de todos lados, y en eso pude reconocer a dos amigos con los que usualmente salgo a comer un sándwich llamado 'Triple X'. Este sándwich contiene una enorme tajada de carne de res a la parrilla, filete de pechuga de pollo a la plancha, tocino y chorizo al carbón, con abundantes papas fritas, todas las cremas; envueltas estas carnes y complementos en un delicioso pan de yema; todo por quince soles, y todos los días en una sandwichería no muy conocida de la avenida Aviación. Me pregunto cuándo mis amigos harán ese tipo de manifestaciones frente a aquella sandwichería a la que siempre vamos. Ojalá no suceda.

* Si la chica que querías se metió con tu amigo, eso se llama 'atraso'. Te atrasaron, no hay otra. Tienes que aceptarlo. Peor ahora que hay Facebook. Si te quieres hacer el no afectado, orgulloso y autosuficiente como un príncipe saiyajin, y aún los tienes en tus contactos, tendrás que comerte toda la recatafila de cariñitos y palabras calientes que se dirán de muro a muro, porque está claro que a ellos les importarás un carajo y que más bien, muy por el contrario de lo que hablen entre ellos o delante de otros, tratarán de demostrar que son felices juntos a pesar de que haya «gente que los quiera separar», o sea tú. Cualquier persona en su sano juicio te aconsejaría que los borres de tu Facebook, y si tú propones una venganza cruel contra ambos te dirán que no servirá de nada y que mejor lo dejes así. ¿Sabes qué? Yo te digo que sí sirve. Ayuda mucho ver a tu amigo traidor pidiéndote perdón mientras se arrastra en el charco de su propia sangre, ayuda, alivia y calma; y más aún cuando ves a su linda novia ofreciéndote un poco de sexo a cambio de que no los fastidies más, ¿no es maravilloso lo que realmente queremos?

* Muchos creen ser graciosos sólo por ser bromistas. Veamos, un bromista es aquel que hace muchas bromas, pero estas bromas no son necesariamente todas buenas. Algunas de ellas pueden ser absurdas, repetitivas o hasta ofensivas. Lo peor de todo es que un mal bromista puede pensar que se trata de insistencia, es decir, que mientras más veces haga el mismo chiste más posibilidades habrá de que te rías o al menos te cause un poco de gracia. Esto, naturalmente, es falso. Mientras peor sea la broma, y más veces se repita, no sólo el bromista está quedando de idiota, sino que además corre el riesgo de recibir un contraataque. Mientras que, si la persona que recibe la broma empieza a creer que se trata de animadversión, el bromista no sólo habrá fracasado, sino que además lo más probable es que se gane un nuevo y peligroso enemigo. A no subestimar nunca a una persona que se sintió atacada u ofendida por una pésima broma. A no subestimarla sobre todo cuando, por considerar que las bromas son poco más que execrables, recibe el sucio y artero calificativo de «picón». Conclusión: para ser un buen bromista no basta sólo con querer serlo, hay que tener las cualidades que lo definen y desarrollarlas cuanto sea posible. Gracia, manejo elegante del lenguaje que huya a la vulgaridad, sentido irónico, sarcasmo mordaz y sobre todo buenas dosis de consideración y compasión. Un buen bromista no sólo debe saber cuándo empezar, debe también saber cuándo seguir y cuándo parar. Así como también cuándo pedir disculpas o qué tipo de bromas hacer según el contexto y la persona del caso. En fin, lo que quiero decir es que cualquiera puede ser bromista, pero no cualquiera puede hacerlo sin quedar de imbécil. Y si después de haber leído esto te sientes dolido y tienes ganas de insultarme, ya sabes a qué no te tienes que dedicar.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Buena suerte

-    ¿Por qué?
-    ¿«Por qué»?, ¿qué?
-    ¿Por qué me elegiste a mí?
-    No lo sé, supongo que porque me gustaste… Qué pregunta más absurda.
-    No lo es. No entiendo por qué me elegiste. Tenías muchos pretendientes.
-    Claro…
-    En serio…
-    Sí.
-    Entonces, ¿por qué?

Siempre creí en la suerte, pero sobre todo en la mala. Me había ido pésimo en cada idea que emprendí continuamente con timidez, miedo y mi clásica valija llena de traumas y complejos, como no podía ser de otra forma. Por ello, no podía concebir que al fin algo de buena fortuna llegara a mi vida de una manera tan injusta e inquietante. Y más aún si se trataba de una mujer. Si había algo con lo que me iba especialmente mal, eso era con las mujeres.

-    ¿Siempre que terminas de hacer el amor te pones en ese plan?
-    No, o sea, la verdad no he hecho tantas veces el amor como para llegar a esa conjetura.
-    ¿Con cuántas mujeres te has acostado en toda tu vida?
-    ¿Aparte de mi madre?
-    ¿Te has tirado a tu madre?
-    No, pero me he acostado con ella muchas veces. Ya sabes, de pequeño.
-    Idiota, sabes a lo que me refiero…
-    Lo siento, sí, soy idiota.
-    ¿Me lo vas a decir o no?

¿Por qué quería ella saber con cuántas me acosté?, ¿acaso quería burlarse?, ¿excitarse?, ¿causarse un poco de ternura o compasión hacia mí?, ¿concluir que en definitiva era un fracasado en el sexo por no haber llegado al promedio de mujeres que un hombre llega a poseer a mi edad? No pude evitar dar una respuesta y preferí ser sincero. Una vez más, opté por el craso error de la honestidad.

-    Estuve con dos, sin contarte.
-    Tienes treinta y ocho años, es un número corto pero no está mal.
-    ¿«No está mal»?, ¿es todo lo que puedes decir?
-    ¿Qué más quieres que diga?
-    No sé, cuando menos búrlate un poco. Créeme, eso me haría sentir mejor que el hecho de que me digas «no está mal».
-    No sé qué esperas de mí, pero nunca me burlaría de algo como esto.
-    Perdona, ¿te puedo besar un poco más?

Besarla era siempre una experiencia única y que me llevaba irremediablemente al vicio. Lo mejor es que ella parecía disfrutar mucho de mis besos, lo cual me extrañaba y a la vez me excitaba sobremanera. Era como volverme loco dentro de mi consciente, o sea, poder controlar mi locura, sin que deje de ser locura. Porque cuando sabía que la asfixiaba de tanto lamerla dejaba de hacerlo y la veía volteando la vista hacia mis ojos, ¡cómo amaba ese momento!, ¡era glorioso! Hasta que se lo dije y dejó de hacerlo, creo que por vergüenza. No le gustaba que la llenara de halagos pero es que, ¿acaso podía hacer otra cosa?, quería que se quedara conmigo para siempre y desde que tengo uso de razón sé que la gente se queda donde la tratan mejor. Aunque, admito, una vez me dijeron que era ingenuo por creer eso y aún lo sigo analizando.

-    Desde que empezamos con esto me has tratado muy bien. Eres atento y cariñoso conmigo. Si has estado con pocas mujeres eso debe ser íntegramente por tu timidez. No le encuentro otra explicación al asunto.
-    No lo sé, prefiero no hablar de eso, si no te molesta…
-    Sí me molesta. Me importas, y me gustaría que te olvides de tus miedos conmigo.
-    ¿Cómo?
-    No tengo idea de lo que habrás vivido antes, pero conmigo va a ser diferente. Ya lo verás.
-    Ya es diferente.
-    ¿Lo crees?
-    Con toda convicción.
-    Quizás la vida te haya estado reservando sólo para mí.
-    Eso suena demasiado romántico.
-    Tú eres romántico. Ahora seré yo la que te pida besarte un poco, ¿puedo?

Y cuando ella me besaba debía ser un instante fabuloso, pero no lo era. Se notaba que lo hacía con cariño y pasión, pero yo sentía no merecer tal dicha, y eso hacía que, en lugar de intentar disfrutar del momento, pensara inevitablemente en las hipotéticas maneras en cómo la vida me cobraría ese placer. ¿Desempleo?, ¿miseria?, quizás; algún accidente o enfermedad. De repente un familiar fallecería pronto. O tal vez ocurriese una tragedia, una caída, puede que se incendiara mi apartamento o cosas por el estilo. De algún modo la vida me tenía que cobrar este placer, pensaba, y que era sólo cuestión de tiempo para que eso sucediera. Y entonces ella acababa de besarme y yo seguía pensando en mis posibles desgracias; hasta que me avisara con su mirada que ya había concluido su siempre heroica proeza de recorrer mis deformes ángulos con sus deliciosos y valientes labios. Y si no hacía caso, se montaba en mí aprovechando que mi cuerpo se excitaba por sí solo sin hacer caso de mi mente.

-    Me encantaría pensar que esto será para siempre.
-    Eso depende de nosotros, ¿no crees?
-    No, nada es para siempre. Tarde o temprano, todo se termina. Y eso me jode.
-    A mí me jode que seas tan negativo.
-    ¿«Negativo»?
-    Sí.
-    No es la primera vez que me dicen eso…
-    Debe ser.
-    Mejor salgamos ya, tengo ganas de dar un paseo.
-    ¿Dónde?
-    Donde sea.
-    Bueno, está bien. Me visto y salimos.

Ir por la calle era, naturalmente, un fastidio para mí. Además de mi execrable aspecto físico mostrado en público y el esfuerzo mental que ello significaba ante algunas miradas morbosas y extrañadas, tenía que lidiar con tener de la mano a una bellísima mujer al que todo hombre apreciaba, muchas veces con excesiva soltura. Esto me enervaba, y ella lo notaba pues le apretaba más fuerte la mano cada vez que sucedía. Entonces me miraba con ternura y me decía al oído  «déjalos que miren, eres tú el que me tiene», y me daba un beso en la mejilla. Yo le sonreía como aceptando esas palabras como las disculpas que no me podían ofrecer aquellos hombres maleducados, pero la verdad hubiese preferido siempre me besara la boca. Nunca me la besó en público.

-    ¿Estás bien?
-    Sí, ¿por qué?
-    Porque no has mencionado una palabra en casi media hora.
-    ¿Será porque estamos cenando?
-    No te hagas…
-    ¿No hablar es malo para ti?
-    En este caso sí.
-    No entiendo por qué. Mira, mientras hablamos se nos enfría el pollo y las papas.
-    Basta.
-    ¿Qué te pasa?
-    Dime qué tienes.
-    No tengo nada, carajo.
-    ¿Sabes qué?, jódete. Me voy.
-    ¿A dónde?
-    Qué te importa…

Usualmente discutíamos por lo mismo. La culpa era mía, desde luego. Era demasiado cobarde como para decirle lo que realmente sentía. Y lo que sentía es que yo era muy poco para ella. Tenía un miedo constante de que en cualquier momento lo notara y me dejara por alguien más a su nivel. Iría a ser lo más justo, claro, una mujer bella y valiosa debía estar con un hombre bello y valioso. Y yo no cumplía con ese perfil. Entonces la dejaba ir. Y luego era sólo cuestión de tiempo para recibir su llamada desesperada desde algún punto de la ciudad. Lloraba y me pedía por favor que la recogiera, porque tenía mucho frío, calor o cualquier otra cosa, según el caso. Yo iba y me acercaba. Nuevamente las miradas extrañadas de los curiosos - ¡Cómo puede ser esto!, ella tan bella y con ese monstruo – Al diablo con ellos. Ella corría a mis brazos y me pedía perdón. Hasta ahora no entiendo de qué se disculpaba. Quizás debía disculparse con ella misma, por no darse cuenta de que conmigo perdía su tiempo, parte de su vida, en lugar de ser realmente feliz con quien la mereciera. Pero ese día, doctor, fue diferente.

***

-    Entiendo que no lo llamó.
-    No, ya no.
-    ¿Qué hizo entonces?
-    Nada. Sólo seguí esperando.
-    ¿Cuánto tiempo?
-    Tres días.
-    Y entonces se enteró de la noticia.
-    Así fue.
-    ¿Qué fue lo primero que pensó?
-    Que era una mala broma. Ella a veces me hacía bromas muy pesadas.
-    ¿Cómo supo luego que no era una broma?
-    Cuando hablé con su madre. Su madre no mentía.
-    ¿Cómo es que confiaba tanto en su madre?
-    Era la única que me decía la verdad.
-    ¿Qué verdad?
-    Que soy un esperpento y que su hija no me merecía.
-    Ya veo, ¿lo culpó por su suicidio?
-    No.
-   Entiendo. Lo noto cansado, señor Pajuelo, creo que por hoy hemos terminado la sesión.
-    Gracias, doctor. Lo llamo en los próximos días para coordinar la siguiente. Muchas gracias, de verdad.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Introducción a 'Ridículos'

Decía Fito Páez, en una entrevista, allá (sí, «allá», porque ahora los noventa se ven tan lejanos) por los años noventa: «(...) no sé por qué pero todas las canciones que pretenden ser de amor suelen hablar de desamor»; ahora transcribo a Andrés Calamaro, extrayendo esto de una muy popularizada canción: «no sé por qué escuchamos canciones de amor, si suenan mal y nunca tienen razón». Y vaya que tanto Fito como Andrés tenían razón.

Aunque sea difícil definir al amor, sí, aún después de pensar que lo sentí y que, por ratos, pienso que aún somos viejos enemigos (desconocidos). Es difícil darle un concepto, aunque ya algunos sabios han dado muchos. Con el que siempre me quedaré, o al menos pienso que es el que está menos lejos, es con aquel que dice: «amar es encontrar tu felicidad en la felicidad de otra persona». Me quedo con ese concepto porque pienso que se amolda perfectamente al amor familiar, quizás la muestra más clara de un sentimiento verdadero y similar al que todos buscamos sobre el amor en líneas generales (para qué engañarnos, al decir «amor» pensamos primero en una pareja sentimental). Pero yo, al menos por ahora, creo en algo distinto. Y prepárese, estimado lector, porque las siguientes líneas podrían parecerle absurdas, insustentadas y dotadas de grandes cucharadas de despecho.

'Ridículos' nace tras este nuevo concepto: «amar es, en vista de resultados finales, hacer el ridículo». Sí, eso pienso ahora. El amor es un ridículo constante. Una mezcla de actitudes que pueden ir de lo más convencional o frío, hasta lo más infatuado y desequilibrado. Todo esto en planos muy definidos:

El «antes»…

… el «durante»…

… y el «después».

Jugando con los conceptos

El amor no es un ejemplo, ni lo pretende ser. El amor no es sano, pero tampoco es enfermo. Puede curar como puede infectar. Y, si seguimos el concepto que mencioné, devenido de los sabios, el amor es hacer feliz a otra persona y encontrar en eso la felicidad, claro, pero, ¿qué hay si esa felicidad sólo puede seguir el camino de la convencionalidad?, ¿qué queda si para lograr esa felicidad, ergo amor, se deben romper gran parte de nuestros paradigmas, para dar paso a una insania?, finalmente, ¿qué hacer si el amor, en realidad, obedece a un equilibro, es decir, un punto medio que haga feliz a la pareja, aún a costa de nuestra propia comodidad?

¿Qué hay?, ¿qué queda?, ¿qué hacer?, las respuestas para las dos primeras preguntas me son muy sencillas: Hay actuación, dramatismo, una suerte de teatro de sacrificios; quedan las ganas, sólo eso, porque los resultados siempre serán inciertos;  ¿qué hacer?, he ahí la pregunta del millón.

Algunos dirán que no se debería de hacer nada, es decir, que el amor debería fluir de manera natural. Pamplinas. El amor no surge de manera natural, el amor, como casi todo en la vida, proviene de una estimulación que hasta ahora no comprendemos, lo cual es diferente a pensar que realmente nace de manera espontánea, natural, en otras palabras, «de la nada».

El amor se tiene que guiar, inducir. Puede crecer exponencialmente y ya no caber en tu vida; o puede quedarse a medio crecer, creando incertidumbre. Como puede simplemente no nacer jamás.

Resolver la pregunta del millón es, precisamente, a lo que NO apunta 'Ridículos'. Sino más bien todo lo contrario. Los ridículos narrados aquí, podrían terminar por hacerlo decidir no hacer nada, de ahora en adelante, por conseguir  pareja sentimental o tener éxito en el amor. Pues, si aún tiene dudas, quizás en este libro pueda encontrar la respuesta que no busca, de lo contrario, sólo intente pasárselo bien.

Después de haber leído tanta idiotez, lo invito a que le eche un vistazo a este conjunto de historias, al que titulé, sí, 'Ridículos'. Porque amar es hacer el ridículo, ridículos hermosos, inolvidables, desastrosos, ofensivos, infantiles, neuróticos, etc. Al fin y al cabo, ridículos necesarios. Ridículos humanos.

El autor.

Escrito en Lima, el 12 de octubre de 2012

martes, 24 de septiembre de 2013

Última confesión

El último texto significa una aclaración póstuma, quizás, algo que merecían los últimos acontecimientos transcurridos en el andar de mi cerebro y en las revoluciones de mi ajado y desvergonzado corazón. Es una declaración de guerra perdida o una bandera blanca, un salvavidas en medio del Atlántico helado, un último suspiro que comparte la frustración y el deseo. El último texto tiene los adornos de un árbol de navidad no armado, sin regalos, porque estos no llegaron, tardaron mucho o tal vez nunca fueron enviados. Infiere una serie de suposiciones que pueden ser erróneas, bien guiadas por los traumas que voy arrastrando desde tiempos inmemoriales. Significa también un despojamiento de la presión que suelo ejercer sobre las personas que amo y, por supuesto, un despojamiento de la presión que he generado sobre mí mismo. Nadie tenía que sufrir por mis famosos arrebatos emocionales. Fui yo el que excedió el peso de la maleta, claro, creyendo que era lo suficientemente grande como para cargar quince años de fracasos sentimentales continuos y regulares. El último texto significa una liberación para las víctimas, principalmente, y luego para mí. Un acuerdo no firmado en el que consta que estoy dejando a su disposición este cúmulo de sensaciones que alguien habría despertado en mí con suma naturalidad. Y es que ese cúmulo, por más pesado que sea, termina siendo aquí la única parte cien por ciento inocente. El último texto significa un adiós preventivo, una forma de evitar odiar injustamente, como tantas veces hice antes. Pues una mujer extinta no merece ser odiada, merece ser amada y muy bien amada, espero, por un hombre también extinto que sepa mover las manecillas de su reloj y modificar con sutileza su siempre recargada agenda, en resumen, un hombre que la enamore y que no sólo logre ilusionarla para vanagloriarse de algo que en realidad no consiguió, como lo hice yo.

Plenilunio

Sin miramientos ni razonamientos sobre las consecuencias de este deseo, apoyo mis brazos sobre una mesa flotante; me rindo ante la magia del momento - carpe diem - dirían, no me jodan, no quiero algo de momento, ya no, porque momentos he tenido muchos, ya no quiero momentos… el suave viento que sopla desde el norte deja un rastro de eternidad en mis fosas nasales, ¿me mentirán también los olores?, que ya no venga, que ya no me mire con esos ojos que me piden amor, cariño, pasión, mientras su boca me pide amistad, ¿a quién hacerle caso?, ¿o es que acaso cometo un error de apreciación?, que ya no me mire, que ya no me hable, no quiero hablarle más, quiero desligarme; ya estoy viejo para seguir rompiendo mi alma ya rota, ya es ella lo suficientemente fulgente como para combatir su propia soledad. Y cuando ella sea feliz, quizás yo también lo sea, quizás, si es que el peso de mi equipaje no venció la fuerza de mis piernas, en la atiborrada oscuridad del plenilunio.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Arrastrado

Ya es la tercera vez en la semana que peleamos por lo mismo, ¿qué pretende?, ¿acaso poner a prueba mi lealtad?; trato de comprender la conglomeración de ideas que pasan por su cabeza, pero debido a su entreverada labia no puedo determinar qué es lo que desea en realidad. Sus palabras son todas insultos, sus frases son ofensas laxantes. Quiero pensar que pasamos por un mal momento, que estos diez años juntos no han de ser en vano. Que pasará esta vorágine y volverá la paz que tuvimos en los inicios. Pero no, mi mente no es tan fácil de engañar. Gana la batalla a toda emoción que de mis entrañas se haga concepto. Pienso, razono y digo que esto se va al carajo. Y es que es difícil combatir contra su desfachatez y orgullo. No reconoce que tengo la razón. Nunca lo ha reconocido ni lo reconocerá. Ahora mis amigos me llaman arrastrado, que no jodan. Esto es amor, no ser arrastrado. Ellos nunca han sentido amor y nadie ha sentido amor por ellos, así que no saben lo que significa el sacrificio diario de hacer que una relación resulte. Tener que soportar insultos y hasta golpes es un privilegio que poseemos pocos. Pero también es cierto que todo tiene un límite. Quizás mi límite esté a punto de ser alcanzado. La amé, la amé mucho, pero es que me molesta tanto que me culpe. Y no sólo a mí, mis amigos y familiares también han sufrido a causa de su soberbia. Que fácil lo ve, se derrumba y culpa a todos de su fracaso. La respuesta adyacente a su memoria pueril e infame, la gracia conjunta e impávida de su propio caos. A mí no me interesa ya ayudarle, ya no, porque cada vez que lo he hecho me terminé sintiendo culpable; me terminaron carcomiendo demonios estúpidos y raquíticos. Ya no quiero servirle. A ella no. Buscaré a alguien más, a ver si sus demonios me caen un poco mejor. Después de todo, cargo el amor como una cruz y puedo compartirla con quien desee, a la salud de los envidiosos. 

Sueño, dos veces

Caían las cortinas en aquella noche nublada. No sé, en realidad, si era de noche, de día o una tarde. Porque sólo recuerdo las formas de su cuerpo deslizándose hacia mí con sutil vergüenza y elegante salvajismo. Temblaban un poco sus piernas y aunque estaba oscuro, con esas cortinas caídas, la imagen de sus pies desnudos y morenos aún está dibujada en mi mente, ahí, perenne. Complicando su propia comodidad, ella permitió que regase mi ser sobre su piel. Cuánta falta me había hecho, pensaba, mientras el frío del amanecer empezaba a sentirse en cada rincón de la habitación. Las sábanas ya no eran excusa para evitar la unión, porque las habíamos zafado una a una con nuestros movimientos descoordinados y placenteros. Acontecía, entonces, un momento sublime, casi onírico, que incrementaba mis ganas de no separarme de su torso por el resto de mi vida. Al mirar hacia sus ojos lo supe bien, este era un sueño, un sueño augusto, plácido, interminablemente cáustico y surreal. Aún así, sentía cada cabello suyo en mi rostro, y la forma cómo me miraba, con esa mezcla de dulzura y tesón, entregándose al placer que, de algún modo, ella expresaba con los restos de su voz, escurridos por su garganta mojada. Impulsaba yo a un momento todavía más implacable, pues cada vez medía menos mi fuerza y la acercaba con indicios de furia hacia mí, cuando ya no se podía estar más cerca de lo que ya estábamos. Con natural temor me dijo que me quería, yo también, pero el momento ya no daba para un “te quiero” bello, aunque simple. Un “te amo” no vendría nada mal, le dije, ella se asustó aún más, porque dicen las inexistentes, y no escritas, leyes de la vida que nadie puede amar en tan poco tiempo, y que el “te amo” menos válido es el que se dice en la cama. Cuánta mentira junta, joder… Ahora sé por qué nadie se atrevió a escribir esas leyes. Nadie podría ser tan valiente o idiota para hacerlo, sabiendo, presumiblemente por experiencias propias, que nada de lo dicho se cumple en las veces cotidianas. Uno dice “te amo” porque lo siente en ese momento, porque el amor es cuestión de sentir, no tanto de evaluar, medir, conjeturar, sino de sentir, espetar y hacer feliz a alguien. Ser feliz, por consecuencia de hacer feliz a otra persona es, precisamente, la idea que siempre tuve del amor. Se lo dije, y no me creyó, lo supe por sus ojos, porque ellos no mienten. Se asustó y las cortinas caídas ya no le daban luz. Sabía lo que faltaba, entonces pensé que quizás el amor no existía para ella, de modo que lo mejor era que sigamos haciéndolo hasta que tenga suficiente amor como para creer que sí existía. Ahora que veo a esa mujer tan exquisita y le cuento de este magnífico sueño mientras me observa con cierta dosis de admiración, me doy cuenta de lo afortunado que soy, pues tengo sueños hermosos al dormir, y también los tengo mientras estoy despierto.

Mi héroe

Miraba sus fotos con cara de idiota, siempre con esa misma cara de idiota. Me pasaba horas con los ojos pegados a aquella colorida pantalla del celular. Pasaba una a una aquellas imágenes que me recordaban tanto a ella, imágenes que hasta parecían despedir olores, expulsar vientos ligeros que acariciaban mi rostro, como en nuestros viajes, y hasta me daban ese calor que emanaba su desnudez en los hoteles donde dormíamos. Aquel equipo era mi fuente más importante de remembranzas y lágrimas. Un equipo que, por cierto, ella me obsequió poco después de cumplir un mes de noviazgo. Seguía viendo sus fotos, que ojos hermosos, que boca tan dulce, y esa nariz que a menudo presionaba suavemente con mi dedo índice de la mano derecha, mientras trataba de hacer un sonido gracioso con mi voz. Lo que hacía para verla reír, y seguía viendo sus fotos. Aquella que colgué en mi red social, en la que estaban juntas nuestras manos disímiles. Que hermosa foto, pensaba. El celular era el ancla que me tenía atado a épocas que parecían remotamente lejanas, pero la verdad es que apenas habían pasado unos cuantos meses desde que ella me dejó por un tipo guapo y adinerado. Seguía mirando las fotos… hasta que de pronto nos la vi más. Sólo la espalda de un tipo sucio, mal vestido, pero terriblemente veloz que corría hacia destino incierto junto con mi celular y mis recuerdos. Ni siquiera tuve reparos para denunciarlo en una comisaría cercana. Quizás presentía la inmensa deuda que tendría con el ladrón un tiempo después.

El emigrante

Erase una vez la desesperación en su rostro y la épica fascinación por meterse en líos. Sus manos frías empuñando su apreciada arma luminosa. Su corazón latiendo a muchas revoluciones por no sé cuántos minutos o segundos; sus lágrimas que salían como risas nerviosas ante el inminente enfrentamiento con lo imposible. Y entonces las claras mañanas digitales se hacían tardes reales. De frío y llovizna. No había quién convenciera a su alma de que debía regresar a la dimensión anterior, excepto su gran amor, aquel espectro conquistador y oscuro que se hiciera dueño de sus sienes. Cuando su amor aparecía, lo lúgubre se volvía primaveral, colorido, manso y acogedor; nuevamente sentía en sus manos el calor de su arma luminosa. Su boca volvía a sonreír mostrando sus dientes amarillos de tanto fumar, pero la desesperación en su rostro seguía intacta. Como intacta su épica fascinación por meterse en líos, ¡ay, tan idiota!, pudiendo cosechar otros amores con la misma actitud desfachatada, pudiendo olvidarse de las guerras, insiste en cargar su arma luminosa, emitir sonidos raros con ella, abrazarla en sus sueños y seguir luchando hasta verter la última de sus mentirosas lágrimas.

Cielo

Bajo aquel sol de junio, el viento cambiaba de dirección, junto a su cabello largo y oscuro. Su cabello dibujaba sombras fantásticas sobre el césped, me encantaba verlas e imaginar figuras moviéndose como en las tiras cómicas. Cómica era la manera en que me ponía cuando ella volteaba a verme, con ese rostro hermoso y serio, con esa mirada fija y concupiscente. Mi mirada, en cambio, no expresaba más que desesperación y nerviosismo; ella lo notaba y esbozaba una sonrisa poderosa. Poderosa fue la manera como me enamoré de ese hito abyecto que tan bien nos separa. Ella, una gobernadora de brillantes ideas, una constitución política con torneado torso y deliciosos muslos. Yo, un vagabundo sumergido en guano, esperando vender algún día sus ridículos sueños e inocuas proezas de barrio. De cuando en cuando imagino que esas figuras somos ella y yo, tratando de entendernos en el amor. El amor no entra en contubernios con las fuerzas naturales, mucho menos con las sociales. La sociedad no conspira conmigo para poder tocarla. Tocarla es lo último que quiero hacer ahora, sería como ensuciarla. La suciedad me acompaña, me guía hacia las metas que alguna vez me pusieron, en la lejanía, los que se burlan de esta completa ironía. Irónicamente escucho ahora: «cielo, no estás bien».

domingo, 19 de junio de 2011

Sacrificio incomprendido

Abelardo amaba a Gabriela. Lo supo desde que la conoció. Fue un amor sincero, de los que se dan al instante, sin nisiquiera tenerla que conocer a fondo, como muchos recomiendan. Él la amo desde que vio su sonrisa en la primera clase de la universidad. Después se hicieron inseparables amigos. Toda la clase suponía que existía algo más que esa simple amistad que supieron cosechar tan rápido. Es que se llevaban tan bien. Sin embargo, para lamento de la mayoría, ellos siempre negaban todo entre risas. Claro, había personas en sus vidas a las que ambos les habían prometido fidelidad.

Abelardo estaba con Briana y Gabriela con Rodrigo. Abelardo y Briana tenían un año juntos, Gabriela y Rodrigo, tres. Poco tiempo después, Abelardo se separó de Briana, dejando en su corazón una increible soledad que sabía disimular con su eterna actitud optimista. Gabriela no tenía esa virtud. Cuando peleaba con Rodrigo toda la clase se enteraba. La veían con los ojos rojos en el fondo del salón. Abelardo se acercaba y la abrazaba. Él la amaba. Ella le agradecía su incondicional amistad y escuchaba sus consejos, muchos de ellos sugeriendo que termine de una vez por todas esa relación que ya se había desgastado con el pasar del tiempo, como él lo había hecho con Briana.

Gabriela asentía con la cabeza y prometía que iba a terminar con Rodrigo. El tiempo seguía pasando, pero ella no podía separarse de él, "lazos fuertes", solía llamar a la justificación que le impedía tamaña e importante decisión. Abelardo no se molestaba, él era su amigo antes que cualquier cosa, y su apoyo no iba a variar por simples desacuerdos.

Un año más había pasado. Abelardo seguía solo pero no era infeliz. Ver a Gabriela siempre le alegraba el día. Pero llegó la hora de trabajar. Entonces se veían menos. Gabriela dejó de ir a clases. Abelardo iba cada vez menos. Ambos tenían muchas obligaciones. Ya eran grandes, tenían que ayudar a sus hogares.

Abelardo y Gabriela dejaron de verse mucho tiempo. Abelardo la extrañaba, pero no la llamaba, ni la buscaba, porque sabía que estaba ocupada en su trabajo y que el poco tiempo disponible lo utilizaba para ver a Rodrigo, con quien nunca dejaba de discutir, terminar, regresar, discutir, reconciliar, terminar. Abelardo respetaba la vida de Gabriela y Gabriela, como siempre fue, priorizó a Rodrigo sobre todo a excepción de su trabajo. Claro, el amor no paga.

Finalmente, Abelardo volvió a ver a Gabriela. Él se había dado un tiempo de descanso. Renunció a su trabajo y a los estudios para dedicarse a proyectos personales no tan lucrativos, pero que lo hacían aún más feliz. Ella seguía trabajando y faltando a la universidad, seguía con Rodrigo, pero su reencuentro con Abelardo la tomó en una de sus tantas separaciones.

Abelardo sabía que Gabriela no lo amaba. Que no veía en él al hombre que pudiera hacer que se separe de Rodrigo. Abelardo tampoco veía en Gabriela a la mujer que lo haría feliz el resto de su vida. La amaba, pero sabía que no funcionaría. Sin embargo, Gabriela admiraba mucho a Abelardo y lo consideraba una persona con infinitas virtudes y talentos. Incluso una vez le dijo que se sentiría honrada si alguien como él le declarara su amor. Abelardo no olvidó esa noche en el malecón. Tenía guardada esa frase, en un cajón dorado, dentro de su inmaculado y sórdido corazón.

Abelardo invitó a Gabriela a una reunión. Ella aceptó. Él se propuso hacerla feliz esa noche. Ya no le diría que termine definitivamente con Rodrigo. Haría, más bien, algo que él consideraba más efectivo. Saliendo de la reunión, Abelardo llevó a Gabriela hacia una calle solitaria, tomó su mano y le dijo que la amaba, que siempre la amó, y que le gustaría que fuera su novia para hacerla feliz, como ella se merece.

Gabriela se mostró sorprendida. No imaginaba que sucedería algo así. Pero la respuesta, obvia y lamentablemente, fue negativa. Ella decía amar a Rodrigo, decía que era el hombre de su vida y luego insertó a la conversación un texto mancillado que quizás, estimado lector, usted ya conozca: "¿quién sabe?, quizás más adelante".

Abelardo fingió sentirse como cualquier hombre rechazado. Su teatro dio resultado. Gabriela trató de consolar a su amigo, diciéndole que nada iba a cambiar entre ellos por lo que acababa de suceder. Abelardo sabía que eso era mentira, pero también sabía de antemano la respuesta de Gabriela. Él había intentado despertarla de un letargo, había intentado demostrarle, con hechos y no sólo con palabras, que existen más personas en el mundo con muchas ganas de llevarla a la felicidad.

Abelardo sacrificó su propia amistad por el bien de su amiga, ¿irónico?, quizás sí, quizás no. Para él fue sencillo. Él la amaba y quería que fuera feliz.

Hoy, Abelardo y Gabriela, no se hablan y han perdido todo contacto.

Él sigue solo y ella sigue con Rodrigo.

viernes, 25 de junio de 2010

Competencia

No hay cosa que me joda más que competir por una mujer pero por ti compito; y si me preguntas porqué no sabría qué decirte; todo lo que podría soltar serían puras palabras tontas, sin sentido ni fundamento y es que esto del amor tiene sus quiebres mentales y hasta los que más ostentamos inteligencia solemos caer en lo absurdo. Hoy compito por tu amor y no arrugo, sé que estoy en desventaja, sé que tengo todas las de perder, ¿quieres razones?, la principal es la existencia de una perversa diosa llamada “Distancia”, muchos dicen que ni siquiera ella puede, con sus infinitos poderes, hacer algo contra al amor; yo digo que sí, porque ahora no estoy escribiendo canciones, porque ahora soy crudo, porque ahora soy prosa, por eso digo que sí, que esa maligna deidad es tan peligrosa para que el amor se concrete, porque es ella la que impide que pueda darte algo tan demostrativo como un beso, o algo tan sencillo e importante a la vez como ver tu rostro iluminado por la luna. A cambio de eso el hombre ha desarrollado su tecnología, creó cartas, teléfonos y ahora la internet, que es el medio que más utilizamos para saber uno del otro y para suplantar, sin éxito alguno, el siempre ardiente contacto carnal que tanto nos debe estar haciendo falta.

Allá, a lo lejos, hay quienes fueron bendecidos por la diosa “Distancia” y tan sólo están a unos metros de ti; aquellos que tienen la dorada oportunidad de verte a diario, sea en tu centro de estudios, en la calle o en tu misma casa. Aquellos que con tan sólo una llamada pueden programar una cita contigo sin saber que están yendo directo al Olimpo y gratis. Pero, querida amiga, con todo y eso por ti compito. Compito contra aquel muchacho, mucho menor que yo, que ya tuvo alguna vez la oportunidad de tocarte y junto a ti también rozar el cielo. Aquel muchacho al que aún no olvidas por más que intentes hacérmelo creer. Aquel muchacho que, insistentemente, no cesa en sus intentos de recuperarte y volver a sentir esa sensación que de seguro sólo tú eres capaz de hacerle sentir. Aquel muchacho que te postea poemas sacados de conocidas páginas web, y que de hecho no posee muchas de las virtudes que dices te encantan de mí, pero tiene una muy importante: está más cerca que yo. Él puede olerte mientras yo sólo puedo imaginar tu fragancia. Él puede darte un beso en la mejilla mientras yo sueño con el momento de encontrarnos. Finalmente, él puede estar contigo porque de seguro lo extrañas, y porque de seguro todos merecemos una segunda oportunidad. Yo sólo espero la primera, querida amiga, y por eso por ti compito. Por ti compito porque sé que vale la pena hacerlo, porque sé que las millones de cosas que viví me enseñaron a distinguir la belleza de la desgracia, y aunque esto pinte para desgracia sueño con esa belleza y al sueño me aferro como tonto niño enamorado.

Por ti compito y con poemas propios y aunque el resultado salte a la vista del más despistado sólo me queda seguir pensando en que la diosa “Distancia” algún día será buena también conmigo y también contigo. Porque si de algo estoy seguro es que sólo me bastará una chance para hacerte sentir como yo me siento, porque, querida amiga, por algo y por ti compito aunque no hay cosa que me joda más que competir por una mujer, pero por ti compito.

Aunque el rótulo de “perdedor” se note con diafanidad en mi frente calva.

viernes, 30 de abril de 2010

Mi cliente

Llegaste hace cinco minutos y a pesar de que tengo mil cosas que hacer aquí no he dejado de mirarte. No sé si lo notas, creo que estás más concentrado en esperar tu hot dog. Mentí cuando te dije que saldría "en un ratito", esta máquina es lenta y se demora mucho más de lo que mi abuela se demoraría en correr cien metros planos. Viniste, te acercaste a la caja y me enseñaste esa sonrisa tan bella, luego me compraste la oferta, y entonces te mentí. Te quedaste sentado en la sillita, junto a la mesa. Te dije que podía ir dándote la gaseosa y las papitas fritas, tú me sonreíste otra vez y yo casi caigo muerta.

Finalmente te di lo que querías, algo de comida y empezaste a comer desesperadamente. Tenías mucha hambre, ¿no?, seguramente no habías comido desde hacía buen rato, y yo toda estúpida mintiéndote, me merezco la amonestación si te quejas con mi jefe, o si me insultas, o si me gritas. No lo haces, ¿por qué?, ¿por qué eres tan bueno?, ¿por qué me sigues sonriendo cuando te busco la mirada sin ser nada discreta?, eres lindo, tu cabello desordenado, tus anteojos caídos, tu barba irregular, ¿por qué?, ¿por qué eres tan diferente?

La máquina sonó, tu hot dog ya está caliente, listo para que te lo comas con las mismas ansias con las que te veré comerlo. ¿Sabes?, eres lo mejor que ha pasado por esta tienda, no tienes idea de cuántos estúpidos llegan aquí de madrugada, muchos de ellos borrachos o drogados, todos haciéndome de la nada conversaciones que debo de seguir sólo por las cojudas reglas de la empresa. Yo no quiero saber nada de ellos, quiero que todos los clientes sean como tú, así de pacíficos, de lindos, de hambrientos, de cautivadores. Te acercas y yo me sonrojo, me preguntas si siempre trabajo aquí de madrugada, yo te respondo nerviosa que estoy hecha para las amanecidas, creo que la cagué, ¿qué pensarás de mí?, ¿que soy una juerguera?, ¿una "chica de la noche"?, ja, soy una cojuda total. Me pagaste y aunque no tengo mucho sencillo te doy tu vuelto como lo quieres.

¿Ya te vas?, por favor no te vayas, quédate un rato más, ¿sí?, si quieres hago una jugada en el stock y te doy otro hot dog, pero por favor no me dejes.

Cruzas la puerta y veo tu espalda, te vas, te fuiste, eres un cliente más, eres mi cliente, el que se fue, al que no le importo. El que de seguro volverá, aunque sea para comprar.