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domingo, 9 de febrero de 2014

El umbral

Discúlpenme de antemano por el vacío título que antecede a este texto, es que no se me ocurrió otro. Resulta que no soy escritor ni nada de eso, por si lo estaban pensando (aunque precisamente por el título ya era fácil deducir que no lo soy). Soy una persona normal, común y corriente, sin nada especial, de esas que pueden ver por las calles con sólo asomar la cabeza por la ventana de sus casas o desde el auto. No obstante, han de saber la razón por la que estoy escribiendo ahora. Merecen saberlo antes de continuar. Bien, estoy escribiendo esto con una soga bien atada a mi cuello. El otro lado de la soga está amarrado y sujetado en el umbral de una puerta en desuso de este apartamento alquilado. La razón por la que esa puerta está en desuso es porque daba a lo que alguna vez fue un hermoso jardín, me contó la dueña del edificio hace un tiempo, cuando éramos amigos (o al menos nos llevábamos bien), y que después fue destruido y cavado (quién sabe por qué) dejando una zanja enorme, como de diez metros de profundidad, en la que hay mucha basura compuesta por desechos y cosas inútiles que los inquilinos lanzan desde las ventanas aledañas. Es decir, es casi como un gigante tacho de basura oficial del edificio. 

Mi computador está situado relativamente cerca de esa puerta, la cual estuvo cerrada con varios cerrojos para evitar, seguramente, alguna desgracia. Hace unos días logré romper esos cerrojos y abrir la puerta, entonces vi con claridad lo alto que es desde aquí hasta allá abajo, y también la putrefacción que ahí se acumula. En caso de que, al lanzarme para culminar la idea, la soga se rompa, la caída misma podría matarme. Y si no me mata la caída, me hundiré en toda esa podredumbre y de seguro moriré infectado por cientos de enfermedades (aunque no quisiera cargarme todo ese suplicio, la verdad). ¿Debo decirles ya lo que planeo?, sí, planeo suicidarme. No es ningún gusto decirlo pero tampoco es que me esté lamentando de la decisión. Si esperan encontrar aquí un compendio de lamentos o saludos a las personas que quiero de seguro se decepcionarán (si acaso no se han decepcionado ya por mi pésima redacción). Escribo esto sólo porque se me ocurrió. También porque quería ver qué se sentía dejar algo para que los peritos realicen sus absurdas investigaciones luego. Es broma, lo que quería era ver si ahora, al borde de la muerte, era capaz de presentar algo cuando menos sensato. Eso ya lo juzgarán ustedes, claro, para entonces yo ya estaré siendo devorado por miles de gusanos. Pero si se están preguntando por qué he decidido acabar con mi vida, la respuesta es más que sencilla y escapa a casos típicos de depresión o alguna otra alteración mental. Ya lo verán. 

Soy una persona, como dije antes, absolutamente normal. En la actualidad me gano la vida (es gracioso que diga esto cuando estoy a punto de perderla) trabajando de asesor bancario. No gano mal aunque no es que con esto tenga para darme muchos lujos. Si vieran mi apartamento lo entenderían. Cero lujos, sólo cosas necesarias, entre ellas este computador que en realidad era de mi hermana mayor hasta que se lo compré antes de mudarme aquí. Ah, mi hermana. Hace un par de años descubrí que ejerce la prostitución. Pero no, no se equivoquen, no es por eso que decidí suicidarme. Les conté que esto fue hace un par de años, entonces hace un par años me hubiese tirado de un puente o apuntado con un arma en la boca. Lo de mi hermana me dolió, pero no tanto como para matarme. Más dolor me causaron mis padres. Nunca me quisieron, pero tampoco es por eso que quiero matarme, vale aclarar. Verán, somos cinco hermanos y yo soy el segundo. Mi hermana, la puta, es la primera. Tengo un hermano menor que es el tercero, y otras dos hermanas que son menores de edad. ¿Cómo sé que no me quisieron mis padres?, pues basta sólo con ver las muestras de cariño que recaen sobre mis otros hermanos desde que tengo uso de razón y compararlas con las que recaen en mí. Los regalos de cumpleaños también cuentan. El año pasado, por ejemplo, a mi hermana la puta le regalaron un televisor de cincuenta pulgadas, a mi siguiente hermano le regalaron un viaje a Cartagena con todo pagado. Conociendo lo pingaloca que es, se habrá divertido de lo lindo. Mientras que a mis otras hermanitas les obsequiaron entradas VIP para ver a Justin Bieber. Son fanáticas de Bieber, como casi todas las chicas entre quince y dieciséis años que deambulan por Lima. El año pasado ese rosquete vino a mi ciudad y lleno el Estadio Nacional de chicas estúpidas como mis hermanitas. 

Ah, pero olvidaba mencionar mi regalo. Mi regalo fue una tarjeta que decía “Feliz año nuevo, te queremos. Tus padres”, ¿pueden creerlo?, era mi cumpleaños, no era año nuevo. Y además, precisando, esa tarjeta decía “Feliz año nuevo 2008”, mierda, pero si estamos en 2012. Me hubiese molestado menos que dijera 2011 o 2010, pero decía “2008”. ¿Ahora entienden?, pero vamos, como decía, no me mataré por eso. Además, mis padres siempre me dijeron que si no me regalaban cosas tan grandes era porque desde muy joven aprendí a valerme por mí mismo y no las necesitaba, a diferencia de mis otros hermanos, que hasta ahora (salvo mi hermana la puta, aunque esto no la exonera de recibir regalos) son mantenidos por ellos. Y es verdad. Trabajo desde los catorce años. Mi primer oficio fue ser ayudante de cocina. Trabajaba para un chino en un chifa del Centro. Era insoportable, sobre todo cuando sumaba hora por hora, minuto por minuto, incluso, para definir cuánto debía pagarme cada semana. Al final me pagaba una mierda, pero con eso tenía para ir al cine de vez en cuando y comprar uno que otro manga. Me encantaban los mangas y la cultura japonesa en general. A menudo imaginaba que ese chino no era chino, sino japonés, y eso me ayudaba a pasar mejor esos infelices momentos. Pero luego, cuando veía la mierda que me había pagado, volvía a la realidad: era chino. Luego llegó mi segundo oficio, ya cuando tenía dieciséis: fui cobrador de bus. Mi tío trabajaba en la línea Covida-Vitarte, enormes buses rojos que recorrían la ciudad prácticamente de lado a lado; él era chofer y me ofreció trabajar a su lado a cambio de un pago un poco más decente que el del chino, además yo era consciente de que cada vez estaba más cerca la pre y luego lo estaría de la universidad. Sabía perfectamente que no podría contar con mis padres una vez terminara el colegio, aunque en realidad el colegio era nacional; pero está bien, al menos me pagaban los pasajes, los útiles y el uniforme.

En este trabajo aprendí muchas cosas: arquear caja, ordenarme con los boletos, y organizarme como empleado, pero en especial aprendí a pelear. Peleaba casi todos los días con pasajeros de todas las razas, sexos y clases sociales. Peleaba verbal y físicamente con todos ellos. La razón era muy típica: ellos se rehusaban a pagar céntimos adicionales a pesar de que la distancia que recorrían ameritaba incluso más de lo que les cobraba, otros se hacían los dormidos para no pagar y luego, en cualquier semáforo, bajaban a toda velocidad; cuando los atrapaba empezaba la bronca. Y otros simplemente aseguraban haber pagado sin haberlo hecho. Era increíble el cinismo (y el histrionismo) de estos últimos. Muchas veces los rivales me sacaron la entreputa, pero también me supe defender y a veces era yo el que los dejaba malheridos en sus paraderos. Luego llamaban a la policía y los policías me sacaban la entreputa otra vez porque tenían cachiporras. Hijos de su madre, sólo con policías y cachiporras podían derrotarme. Físicamente me hice un toro. Antes era flaco y de apariencia ligera e inofensiva. Pero trabajar en el bus, por alguna extraña razón que hasta ahora no desenmaraño, me hizo fortalecer mi caja torácica hasta volverme casi como un luchador de la WWE. Me encantaba la WWE, por cierto, sobre todo La Roca. Qué peleador. Nunca olvidaré cómo levantaba a mastodontes de hasta trescientos kilos y luego los lanzaba a grandes distancias. Yo intentaba hacer lo mismo con mis oponentes en la línea Covida-Vitarte, pero a lo mucho podía lanzarlos unos cuantos centímetros; además mis rivales no pasaban de los setenta kilos, salvo una vez que me enfrenté a una señora obesa, pero ella no cuenta. Además me derrotó al final.

Los trabajadores (cobradores y choferes) de la línea empezaron a tenerme respeto. Me apodaron ‘el búfalo’, eso fue lo más genial,  pues de verdad lo sentía como el sobrenombre de un luchador. En un abrir y cerrar de ojos, estaba a punto de cumplir mayoría de edad y pasar a planilla. Sería un trabajador oficial de la línea y tendría todos mis beneficios de ley, también una mejor remuneración. Lamentablemente no me aceptaron ese cambio de nivel laboral, pues aseguraron que era muy violento y que eso iba contra la imagen organizacional que querían proyectar. Tonterías. Yo soy muy pacífico, sólo me defendía. Y a pesar de mi entonces enorme caja torácica siempre tuve cara de niño tonto. Además de tener esa cara, desde los quince me abordó el acné y eso daba una apariencia no sólo de tonto, sino también de pajero. Ni lo piensen, no es por el acné que me mataré; además se me fue pasando desde mi primer polvo, lo cual fue algún tiempo después. Hablando de acné, en el colegio teníamos un compañero que se llamaba Heraclio. Estudiamos desde la primaria hasta la secundaria con él. Era negro y muy feo, y como si esto fuera poco a los catorce le brotó un acné infernal. 

¡El peor que vi en mi vida, se los juro!

Su cara se había deformado tanto por los chupos que apenas se le veían los ojos. Es más, si no hubiera sido por sus gigantescos lentes de lectura nunca habríamos sabido ni dónde estaban sus ojos realmente. Su nariz pasó a convertirse en una enorme piña y su bemba era la conjunción de dos llantas rojizas y rebosantes de pus. Se llenaba de cremas diariamente para combatir tal desastre, pero eso no hacía más que darle un aspecto aún más grasiento y nauseabundo. Nosotros fuimos muy crueles con Heraclio. Le decíamos de todo con tal de humillarlo y prevalecer ante él: cara de fresa, quita-hipo, lonchera de gallina (puro grano), piedra pómez, cara de corcho, ¡uf!, muchas cosas. Era tanta la burla y rechazo que generaba su acné, que habíamos olvidado el otro aspecto por el que lo molestábamos años atrás: era negro, como dije antes. Pero ya no era ‘el negro’ Heraclio, ahora era el granoso, el chuposo, el repugnante Heraclio. El terror de la belleza y la burla de todos. Como si los demás hubiésemos sido un manjar. Fuimos crueles con él y además muy desvergonzados, pero éramos chicos y eso nos justifica un poco. También fuimos crueles con el gordo de la clase, con el cholo de la clase y con el pobretón de la clase, pero nunca fuimos tan crueles como lo fuimos con Heraclio. 

Cuando me salió acné, poco después de acabar el colegio, empecé a creer en el karma. Me arrepentí mucho de haberme burlado tanto de Heraclio y de mucha gente con granos que veía por las calles. Pensé que si no me hubiera comportado de tal forma, nunca me habrían salido granos. Felizmente Heraclio ya no estaba en mi vida y no me vio así de chuposo; finalizada la secundaria dejamos de vernos, él se alejó de todos y no era para menos. Luego de algunos años volví a ver a mis amigos del colegio, aquellos con los que me juntaba día a día para malograr la vida de Heraclio; fue en un reencuentro de la promoción. A pesar del tiempo, sus cutis seguían perfectos. Dejé de creer en el karma y deduje rápidamente que yo tenía todo el potencial para ser el nuevo Heraclio. Me alejé de ellos para evitar que entonces me molestaran a mí. Cuando tuve mi primera enamorada se me fueron los chupos. Mi primera enamorada fue antes también la enamorada de casi una decena de chicos en el barrio. Se llamaba Susana. Era una chola agraciada, coqueta, de culo enorme y tetas preponderantes. Sus piernas eran fuertes porque de chiquilla trabajó en una chacra, sembrando y cosechando en provincia. Al llegar a la capital, su familia y ella se olvidaron de sus costumbres y empezaron a adoptar nuestros comportamientos alienados. De hecho, la conocí en una fiesta con el pelo teñido de rubio, pero ya se le despintaba. Aún así me gustó y no sé por qué le gusté, o será acaso que sabía que era casto y quería desvirgarme y apuntarse uno más a la lista. Lo cierto es que tuve que esperar hasta los diecinueve para debutar sexualmente y fue con ella, en el auto de su papá. 

Primero me la chupó y me vine a los doce segundos. Me pareció asqueroso que ella tuviera mi semen en su boca y le pedí disculpas, pero lo tomó muy naturalmente, abrió la puerta del auto, escupió una parte afuera y se tragó otra. Cerró la puerta y continuó. Me besó y ya no me pareció tan asqueroso. Luego esperó a que me reponga, no pasó mucho tiempo porque de verdad estaba muy aguantado y mis testículos tenían esperma hasta para regalar; llevaba mucho tiempo queriendo tener sexo con muchas chicas pero no tenía éxito debido a mi acné (o eso creo). A Susana no le importaron mis granos, los besó y lamió sin remordimientos. Luego se sentó sobre mí, mientras me ponía los senos en la cara y boca, y cabalgó encima de mi miembro erecto hasta que me vine nuevamente, esta vez a los cinco minutos. Finalmente se quitó de encima y me dijo que debía irme porque era muy peligroso seguir haciéndolo en el carro. Que me llamaría pronto. Me fui y no nos volvimos a ver sino hasta dos semanas después. Así fue mi primera vez. Algo fría pero no me quejo. Lo importante es que debuté y ya me había convertido en hombre. Luego de volver a vernos lo hicimos muchas otras veces más. Cada vez que regresaba a casa, del hostal al que siempre íbamos, notaba que mis granos iban desapareciendo uno a uno, era como magia. Las cremas y las pastillas, que tanto se promocionaban en radio y televisión, eran nada ante la vagina de Susana. A los cuatro meses volví a tener el cutis perfecto que tuve de adolescente y ya no sabía cómo agradecérselo. Para ese momento trabajaba como cajero en un súper mercado y me pagaba la universidad. Pero separaba una parte de mi discreto sueldo exclusivamente para comprarle regalos a Susana. Le regalé peluches, rosas, chocolates, aretes y collares. La invitaba a comer a sitios no muy baratos. Ella me pagaba con sexo cada vez mejor realizado. Al parecer, mientras me enseñaba esas artes ella también se iba perfeccionando. Empecé a amar su sexo. Una vez se lo dije – amo tu sexo – y ella se molestó mucho. Pensaba, según me dijo aquel día, que la amaba a ella y no a su sexo. Pero no le iba a mentir. Cómo iba a amarla, ni siquiera sabía lo que es el amor, no podría asegurar algo tan trascendental, ni aunque sonara romántico. Asimismo, ella me dijo que me amaba esa vez, fue la primera y única vez que me lo dijo. Me sentí mal. Ella me amaba a mí y yo amaba su vagina. Nos separamos unos días hasta que me acerqué a su casa a pedirle disculpas. Era una noche de viernes, si mal no recuerdo. Al llegar a su puerta escuché unos ruidos desde su garaje. Toqué la puerta con desesperación. Ella salió muy agitada y por la abertura de la puerta pude ver la silueta de alguien dentro del auto de su papá. Oculté lo más que pude mi decepción y atiné a pedirle disculpas por lo sucedido hace unos días, luego me marché; ella sólo me miró, no dijo una palabra. Al irme, a varios metros escuché el cerrar de su puerta. De seguro no tardó mucho más en volver al auto con aquel tipo. Después de todo, era una buena amante y no podía descuidar algo que quizás era lo mejor que hacía. Me fue infiel y de seguro con alguien que sí la amaba, o eso quise pensar siempre. La otra posibilidad es que me haya sido infiel porque se enteró (gracias a mí, que fue lo peor) de que yo no la amaba y quiso vengarse de esa forma. En ambos casos, la culpa es mía. No me quejo. Ella me hizo debutar y conocer el valor del sexo. Me convirtió en hombre y me quitó los granos. Además gracias a ella me sentía un maestro en la cama. Esa infidelidad no iba a borrar todo lo bueno que Susana hizo por mí. Era justa una separación definitiva que no implique odios ni resentimientos, así que eso intenté conseguir. Con éxito, porque salvo saludos esporádicos por las calles del barrio, no volvimos a tener una conversación.

Luego trabajé como vendedor telefónico de seguros. Ha de haber sido mi trabajo más difícil pero también el mejor remunerado. Dependiendo de las temporadas podía ganar desde dos mil hasta seis mil soles al mes. Para haber ganado antes quinientos soles como cajero en aquel súper mercado, este era un ascenso de proporciones astronómicas. Entonces, volviendo a las mujeres, descubrí que en cuestiones banales como el sexo el dinero manda aún por encima del físico o la limpieza personal. Mi jefe, por ejemplo, era horripilante. Era bajo, obeso y olía a axilas. Siempre estaba sudando debido a su gordura, exponiendo en él una apariencia desaseada. Cuando llegué a aquella empresa supe que era casado, pero a las pocas semanas me enteré de que cuatro vendedoras, tres secretarias y dos recepcionistas estaban vinculadas con él. Mi jefe comisionaba de mis comisiones, aunque suene redundante, y comisionaba también de las comisiones de los otros veinticinco vendedores que tenía a su cargo. No hay que hacer muchas matemáticas para saber que tenía muchísimo dinero. Por mi parte, yo usaba mi plata para viajar mucho. Conocí casi todo el país y algunos otros países. Pocas veces viajé acompañado. Me gusta viajar solo. Debe ser una de las cosas en las que disfruto más de mi soledad. Pero noté también que cuando uno tiene dinero las posibilidades de tener sexo aumentan. Muchas chicas se me acercaron en esos tiempos. Hubo una que se parecía a Susana. Era una vendedora de campo, de esas que salían a ofrecer seguros a otras empresas, tocando puertas y esperando turnos. Si la venta telefónica o por cita era difícil, la venta de campo lindaba con lo apocalíptico. Uno tenía que elegir en una cartera de posibles clientes y caer insistentemente en la empresa objetivo, tratando de convencer a quien sea para que compre el seguro. A quien sea, así se trate del señor que limpiaba los pisos. Eran golpes brutales a la autoestima de manera cotidiana. Y además las comisiones no eran buenas. Sin lugar a dudas, era un trabajo muy sufrido. 

Esta chola se enamoró de mí. Se parecía a Susana, pero esta era mejor. Era más alta y su tinte de cabello era de mejor calidad, pues nunca la vi desteñida por ningún lado. Además se vestía muy bien y usaba perfumes caros, seguramente le ayudaba para vender. Cuestiones de imagen, dirían. Me llamaba todos los días y me contaba sus desventuras;  una vez me propuso salir, pero la rechacé, no sé por qué. Me gustaba. Meses después conoció a mi jefe y empezó a salir con él. A los pocos días dejó la venta de campo. Ya era vendedora telefónica. Y malas noticias para mí: me despidieron. Lo bueno es que ya estaba buscando otras opciones laborales; ya me cansaba tener que rogarle a gente desconocida que me comprara un puto seguro para sus putas vidas o las putas vidas de sus putas familias. Así fue que conseguí este empleo en el que gano mucho menos pero estoy más tranquilo. 

Verán, ser asesor bancario no es tan difícil. Lo único que tienen que hacer es lo que hacemos diariamente y sin esforzarnos nada: mentir. Pero a diferencia de vender seguros, mentir como asesor bancario no es ningún arte. Sólo hay que sonreír siempre aunque en realidad tengamos ganas de escupirle al señor que viene a preguntar por un préstamo, o decirle a la señorita guapa que les encantaría una mamada en lugar de esa conversación financiera absurdamente convincente; y luego explicarles con voz de amigo las bondades del producto en el que están interesados. Señores, cambien esas caras de espanto y repulsión, es lo que hacemos siempre. Ya los clientes decidirán si adquieren o no el producto. Generalmente lo adquieren porque la publicidad de los bancos es la máxima y más edulcorada expresión de la mentira. Quizás es la mentira más adornada y majestuosa que existe. Así, si no los convencimos con la tertulia, llegarán a sus casas y verán la propaganda por TV. Les brillarán los ojos y nos llamarán antes de anochecer. Listo entonces. El banco ya tiene un nuevo deudor al que exprimir y nosotros ya tenemos nuestra comisión y bonificación en el ranking de asesores. De esa forma, se puede colegir que el ranking de asesores es sólo un podio de la suerte. El que está primero es al que le tocaron más clientes débiles que al que está segundo, tercero y así. Quien lea esto pensará que tal vez escribo de envidioso, pero les invito a preguntar en el banco en el que trabajo quién lidera casi siempre este ranking. Sí, soy yo. Y a los primeros nos dan premios, unos útiles, y otros para el olvido. 

Mi último premio fue un boleto preferencial para ver el clásico del fútbol peruano, valorizado en trescientos soles. Lo vendí a quinientos, para ser sincero. No me gusta el fútbol peruano, prefiero el fútbol italiano, pero soy hincha de Universitario. Mi familia entera lo es. Mi papá nos impuso ese hinchaje desde pequeños porque, según él, somos gente de bien y teníamos que ser hinchas de la ‘U’, no de otro equipo. Mi hermana, la puta, es hincha de la ‘U’, mis hermanitas fans de Bieber también lo son, lo mismo con mi otro hermano. Aunque sólo mi hermana la puta ha ido al estadio algunas veces. Nos decía que su enamorado de entonces también era hincha y que le gustaba ir al estadio. Yo ahora pienso que ese enamorado era en realidad un cliente y le pagaba para que lo acompañe. Hay gente capaz de pagar sólo para lucir a una mujer de su brazo. Mi hermana la puta es guapa, es la más bella de mis hermanas, aunque suene injusto considerando que mis otras hermanas son todavía menores de edad. Pero desde ya se nota que no llegarán a ser tan bellas como la puta. Ahora que recuerdo, Heraclio estaba enamorado de mi hermana la puta. Una vez me dijo que se masturbaba pensando en ella. Tiempo después, seguramente cuando se dio cuenta de que no tenía oportunidad alguna con ella, me dijo que era una puta. Puto Heraclio y sus predicciones. Heraclio el chuposo era hincha de Alianza, ante los ojos de la sociedad no era gente de bien, Susana también era hincha de Alianza. Mi jefe, el gordo asqueroso y adinerado, también era hincha de Alianza. Mi papá no tiene razón al decir que todos los hinchas de la ‘U’ son gente de bien, porque mi hermana siendo ramera es hincha de la ‘U’, pero sí tiene razón al decir que toda la gente hincha de Alianza es chusma. Heraclio y Susana hubiesen sido una gran pareja, ahora que lo pienso. Él ya no tendría granos y la hubiese llevado al estadio a ver a Alianza. Serían muy felices juntos. Pero yo soy gente de bien. Estoy solo, no me va mal, y ahora escribo este desordenado resumen de mi vida en este computador.

Pero claro, a estas alturas del texto se estarán preguntando qué demonios me impulsa a suicidarme, si mi vida aparenta no ser tan mala como las de otros suicidas. Otros que quizás nacieron con discapacidades o las adquirieron en el camino; otros que perdieron todo a causa de deudas o acaso los dejó alguna novia a la que amaban mucho. No sé, siempre hay alguien peor que uno. Pero no es típico, lo admito, que alguien relativamente joven y con problemas que no transgreden lo común haya decidido irse para siempre a aquel mundo que nadie conoce pero que algunos incluso se atreven a clasificar como cielo, infierno o purgatorio. Dicho sea de paso, no tengo idea de a cuál de estos sitios iré a parar, si acaso el cristianismo esté en lo correcto. Aquí tienen su respuesta.

Me mato porque mi vida ha transcurrido muy rápido y siento que lo que viene va a ser puro relleno. Es como en algunas películas. A veces se comete el error de empezar con lo mejor y terminar con lo más insignificante. Peor aún, esas mismas películas o series que empiezan bien, y terminan con desastroso aburrimiento, tienen la desfachatez de tener secuelas. Secuelas que son peores que las originales. Una secuela de mi vida sería tener un hijo, por ejemplo. De tan sólo pensarlo se me revuelve el estómago. ¿Traspasarle toda mi mierda a un nuevo e inocente ser sólo con la excusa de “seguir el rumbo habitual de la vida”?, me parece burdo, impositivo y estúpido. Por otro lado, así como no quiero secuelas, tampoco quiero continuar con mi vida sabiendo que lo que sigue va a ser simplemente un trámite. Poniéndolo desde otra óptica (a fin de que me entiendan de la mejor manera y no me tilden de un simple pesimista), tendría muchas más ganas de seguir viviendo si fuera un Heraclio, una Susana o un jefe gordo, promiscuo y asqueroso. Tendría más ganas de reinventarme, de volcarme por completo ante toda una sociedad que me destruyó durante años. Pero no, siempre estuve del otro lado. Del lado fácil. Esto termina siendo, pues, un acto atiborrado de altruismo. Una forma de vengar a los indecorosos del mundo moderno, a los mal vistos, a la gente de mal, a los dueños futuros del infierno y que en realidad le hacen un bien a la sociedad (para que no queden dudas respecto a ello: Heraclio me hizo sentir un adolescente sensacional, Susana me quitó el acné y me hizo conocer el placer de la piel, y no sólo a mí, sino también a decenas de hombres, mientras que mi jefe le dio trabajo a muchas mujeres inútiles que no tenían culpa de serlo). Si bien tuve que luchar para tener lo que tengo ahora, siempre me salí con la mía, y prefiero quedarme con esa imagen de mí mismo antes de que se difumine con la fatuidad de, por ejemplo, una vida conyugal aparentemente feliz y estable. Lo siento, pero eso no es lo mío. Lo mío fue vivir y hacer lo que me vino en gana; ante el hecho de vivir sin esa facultad, prefiero cortar de golpe mi existencia y quedar tatuado en un sencillo recuerdo de portadas policiales. Sin más que agregar, buenas noches a todos. La soga, el umbral, la zanja, la putrefacción, y mi última voluntad a punto de ser cumplida, a diferencia del resto de mi vida, me esperan siempre con los brazos abiertos.

martes, 7 de enero de 2014

El club campestre

Él llegó a la casa de sus padres la mañana de un domingo, en plan de visita. Su familia se alegró de verlo. Lo saludaron y abrazaron con mucha efusividad. Estaban también sus hermanos, las esposas de sus hermanos, y sus sobrinos pequeños. La idea inicial era salir a un buen restaurante y almorzar todos juntos, conversar, bromear, ponerse al día en los chismes, hablar de las proezas de los niños, de sus gracias, y todas esas cosas que hacen las familias cuando van aumentando en edad y en número. De pronto se le ocurrió que en lugar de ir a un restaurante citadino, podrían pasar ese día en un club campestre muy bello que él conocía y al que hacía mucho tiempo no iba. Sumó en silencio, rápidamente, la cantidad de dinero disponible que tenía en su cuenta de ahorros. Supo que le alcanzaría para pagar el paseo en su totalidad. Sería un gran gesto de su parte, algo que valorarían todos, y pensó en las sonrisas de sus sobrinos. Luego, por alguna razón que desconoce desistió de la iniciativa y se adaptó nuevamente a la idea anterior. De alguna forma, tal vez, se arrepintió de aquella intención nonata. Quizás, quién sabe, porque más allá de que tuviera el dinero, dicho gasto no estaba planeado y el dinero podría hacerle falta después para cosas más importantes o urgentes. Además, la idea de almorzar en un restaurante citadino, que era la idea de todos en un principio, no era en absoluto desagradable. De modo que al final fueron todos a un buen lugar sugerido y aceptado por la mayoría.

Una vez dentro, juntaron las mesas, colocaron las sillas y empezaron a compartir su ansiado momento. La comida estaba exquisita y la tertulia, tal y como se esperaba, muy interesante, se iba desenvolviendo con naturalidad entre los asistentes. Incluso los niños, habitualmente inquietos e indomables, se comportaban a la altura de la parsimoniosa reunión. Y todo iba perfecto hasta que la desgracia, siempre invisible hasta manifestarse, jaló su silla y se sentó en la misma mesa sin invitación: el más pequeño de sus sobrinos tragó entero un hueso de pollo que luego se atoró en su garganta. Ante la desesperación de sus padres, el pequeño niño, asfixiado, perdió la vida en cuestión de segundos. Los gritos de desesperación y lamento eran estruendosos y llamaron la atención de todos los comensales, quienes se acercaron a ver lo ocurrido. De un momento a otro, la madre del chico culpó a uno de los hermanos de su esposo por haberle dado piezas de pollo, sabiendo cualquier adulto el peligro que esto podría implicar. Lo culpó de manera directa, violenta y desafiante. El pobre hombre que, efectivamente, le había dado al niño la pieza de pollo ante la insistencia del pequeño, agachó la cabeza y aceptó su culpa, muy asustado y evidentemente arrepentido; pero esto no fue suficiente para el padre del fallecido, quien, muy enfurecido, tomó un cuchillo de la mesa y se lo clavó en el pecho exigiendo justicia por su hijo caído, y asesinando así a su propio hermano, quien cayó de su silla convertido en una pileta de sangre. La sorpresa de los espectadores fue brutal. Ni siquiera alguien había tenido tiempo de llamar a una ambulancia por lo acontecido con el niño, y ya había otro muerto sobre el piso del restaurante.

Ante decenas de gritos de terror, curiosos que se aguantaban los gritos para no llamar la atención, y muchos otros que prefirieron huir, otro de los hermanos reaccionó ante la venganza y le lanzó un puñete fortísimo al reciente asesino. Debido a la fuerza del impacto, el herido perdió el equilibrio y cayó aparatosamente sobre su anciana madre, aplastándola y quitándole así la vida. Al ver toda esta consecución de horripilantes escenas, el viejo padre sufrió un paro cardíaco y murió también, desplomándose sin más. Finalmente, antes de que los hermanos y sus esposas siguieran asesinándose entre sí, y antes de que llegara la ambulancia, llegó la policía. Fueron capturados casi todos los hermanos y esposas que quedaron vivos; en realidad todos excepto él, sí, aquel que tuvo la idea nunca expresada de pasar el día en un club campestre en lugar de llegar a ese restaurante citadino, en el que al final ocurrieron juntas tantas desdichas. No lo capturaron pues, según los testigos, él fue el único que en ningún momento reaccionó, quedándose sentado y quieto mientras todo acaecía frente a sus ojos. Se dice que, tiempo después, terminó de enloquecer principalmente por los recuerdos que nunca dejaron de atormentarlo; que está internado en algún manicomio de la ciudad, y que cuando conversa con su doctor encargado le expone a menudo este discurso tan particular:

“Qué hubiera sido de todos nosotros, doctor, incluyéndolo a usted, por supuesto, si en lugar de ir a aquel restaurante hubiésemos ido a un club campestre donde había montañas rocosas, pisos resbalosos, peligrosos toboganes y juegos, hondas piscinas y piezas de animales con huesos muy grandes para comer. Hubiera sido toda una tragedia, ¿no lo cree usted?, una horrible tragedia. Felizmente algo me dijo que lo mejor era no ir ahí. Algunos lo llaman ‘ángel de la guarda’, yo lo llamo ‘instinto’, doctor, ‘instinto’, y del mejor”.

jueves, 17 de octubre de 2013

El año momia

He tratado muchas veces de ver lo que hay detrás de la ventana de mi habitación. Recuerdo que, hace no mucho tiempo, sabía que había algo ahí. Calles, autos, algunos árboles, personas que andaban de un lado a otro. Mis padres y hermano yéndose a sitios que desconocía por decisión propia. Tomaba entonces un pequeño trapo de franela amarilla y trataba de aclarar los vidrios de mi ventana. Empezaba siempre por los bordes, luego seguía por las esquinas y al final iba por las lunas. Esto era un flagrante error de mi parte. Cuando limpiaba los bordes y las esquinas, ya manchaba el trapo de la suciedad que ahí anidaba. Entonces, cuando trataba de aclarar los cristales de mi ventana lo que hacía en realidad era ensuciarlos más y así seguir dificultando mi visión. A menudo me cansaba de no ver nada y abría mi ventana, pero de pronto sentía mucho frío y prefería cerrarla sin darme tiempo a abrir los ojos. Una sensación de ceguera y otra de opresión inundaban mis circuitos nerviosos. Supe que quería salir y finalmente descubrir por mí mismo lo que existía afuera. Si esos recuerdos vagos se habían mantenido en el tiempo. Si las calles, los autos, los árboles y las personas seguían siendo las mismas. Aunque esto parezca un obtuso deseo, no había cosa que deseara más.

Así que un día me decidí, tomé un abrigo de mi padre, una tapa de olla como escudo y una espada de juguete que me trajeron de Japón una navidad. No olvidé tomar prestados los anteojos de sol de mi madre, por si existieran luces que no pudieran soportar mis niñas, terminé por hurtar el amuleto de la suerte de mi hermano pequeño, que no era más que una pequeña medalla de oro falso que no sé dónde consiguió. Ese amuleto que, según él, era más efectivo que cualquier cruz que nos regalaran nuestras tías lejanas. Así, muy bien equipado, crucé la puerta de mi casa. Tan sólo al abrir la puerta el frío volvió a atacarme como cuando abría la ventana de mi habitación, pero lo superé gracias al abrigo que llevaba puesto. La luz también intentó afectarme, pero gracias a los lentes de sol no me hizo mayor daño. Seguí caminando a ver qué me encontraba. Una pista en blanco y negro y unos autos viejos y oxidados aparecieron frente a mí. Los árboles… Ya no eran algunos, eran muy pocos. La mayoría de ellos había desaparecido. Las personas no sólo eran más, sino que ahora eran más rápidas. Todos parecían muy apurados, como si algo urgente esperara por ellos en ese momento. Eran rápidos hasta para subirse a otros autos que pasaban de vez en cuando para dirigirlos a quién sabe dónde. Empecé a desesperarme al ver tanto apuro. Tomé la decisión de seguir avanzando siempre con mi escudo por delante y mi espada en guardia ante cualquier peligro. 

Traté de bordear la zona en la que se encontraba mi casa para no perderme y saber que mi familia siempre estaría al centro, esperando por mí, aunque no hayan notado que saliera. Más personas, eso vi, más gente apurada. Intentaba ignorarlos tanto como ellos a mí, hasta que ya no pude, y empecé a gritarles. Les preguntaba qué les pasaba, a dónde iban, por qué tanto apuro, pero nadie me respondió. Todos pasaban como entes fusionados con el viento, moviendo mis cabellos con sus fríos chorros de aceleración. Era triste. Quería llorar. Llorar un poco y luego regresar a casa para volver a encerrarme en mi habitación. Hasta que alguien me tocó el hombro. Lo vi. Era un tipo alto y gordo, de vestir poco elegante pero cómodo, llevaba puestos en las orejas unos audífonos en los que escuchaba música a un volumen bastante alto. Tan alto que yo escuchaba con claridad lo que él; una música extraña, poco comparable a todo lo que había oído antes. Dejé ese detalle en un plano secundario y le pregunté qué sucedía allí. Me dijo con extrañeza, «¿qué?, ¿no sabes que hoy se conmemora el año momia?». ¿‘Año momia’?, ¿qué era eso?, antes de que pudiera preguntárselo directamente me acarició la cabeza con suavidad y siguió su camino. Por mucho que traté de detenerlo no pude. Él siguió, y a paso cadencioso y paciente se perdió entre la gente apurada.

Seguí bordeando la zona con la ilusión de cruzarme con otro tipo similar, si no el mismo. Sólo seguí viendo pistas en blanco y negro, autos antiguos y oxidados estacionados, otros que llegaban y que transportaban cada vez más personas apuradas y desesperadas. Mi decepción fue inminente. De repente la luz del sol se fue, y con ella las personas y los autos. Las calles, que antes parecían vestirse en blanco y negro, estaban vacías y eran ahora rojizas gracias a las luces de los faros. Pretendía seguir bordeando la zona y recorrer toda la manzana bajo esas luces artificiales, pero estaba muy cansado y busqué una zona donde pudiera reposar. Encontré un árbol talado con un corazón repujado bruscamente en su corteza que tenía dentro tres letras. No le hice más caso al detalle porque sólo me importaba dormir un poco. Desperté con el ‘cucú’ de los pájaros y de los relojes de sala de todas las casas de la manzana. Pájaros y relojes parecían haberse unido para despertarme con su bullicio.

Cogí mis instrumentos de batalla, toqué el amuleto de mi hermano, y seguí andando. No recordaba por dónde había venido porque las calles eran todas iguales. Las personas apuradas, que ya habían aparecido, lo eran también. Opté por una dirección y seguí intentando bordear. Tenía la esperanza de llegar pronto a casa y volver a encerrarme. Que mi madre me sirviera esa deliciosa tartaleta de fresa una vez más. Que mi padre me diera un beso en la frente anunciando que se iría al trabajo. Que mi hermano me trajera otra vez esos bichos del jardín. Cavilando en la bicromía de estas calles, anduve con poco cuidado y mucha resignación hacia donde me guiara mi instinto. Había bajado ya mi espada y apaciguado mi escudo. Me había sacado ya los anteojos y el abrigo, aunque conservé colgada la medalla. Me había vuelto fuerte. Inmune. Ávido. Incluso sentía que había dejado de ser un niño para convertirme en un adulto grande y portentoso.

A lo lejos escuché los gritos de mamá. Había elegido la dirección correcta. Otra vez la luz del sol se fue, me abandonó. Llegaron las luces artificiales, pero la gente no se iba. Escuchaba sus tétricas voces por detrás. ¿Por detrás?, pensé. Giré mi cuerpo entero para ver con claridad lo que sucedía y entonces los vi. Eran muchas de esas personas, las desesperadas y apuradas, siguiendo mi andar. Mirarlas a los ojos me atiborró de temor y nerviosismo, pero noté que ellas me miraban con la ternura de quien espera un salvavidas en medio del océano, o una roca gigante en el bolsillo en medio de un huracán. Me veían como ven a su salvador. Asumí el reto con relativa calma porque sabía que mamá y papá me ayudarían a cargar el peso de mi nueva cruz. A llegar a casa, con toda esa multitud detrás, ellos me abrazaron con furor, me agradecieron emocionados, me enseñaron sus muñecas marcadas, como si recién se hubieran zafado de sus grilletes, y luego se mezclaron con las demás personas que estaban a mis espaldas.

Se volvieron parte de la masa, y entonces mi hermano se puso a mi lado. Cargaba nuevos bichos y estaba muy contento, luego me dijo que no estuviera triste, que todo estará bien. Otros niños aparecieron de pronto entre las calles rojizas, se pusieron a mis órdenes mostrándome sonrisas inexplicables y preciosas. Una fuerza me impulsó a andar junto a ellos hacia el otro lado de la manzana. Hacia ese lugar desconocido donde de seguro había nuevas luces y feroces peligros. La masa de personas, mis padres dentro de ella, y los niños, todos andamos hacia el experimento guiados por una luna que aparecía tímidamente a lo lejos, poco brillante y algo difusa, como si estuviera viéndola desde la ventana de mi habitación.

Inspirado en 'La luz de la manzana', de Luis Alberto Spinetta.

martes, 15 de octubre de 2013

Patria

Un ladrón peruano en Barcelona se ha vuelto el más respetado del lugar entre todos los criminales sudamericanos. Se especializa en robar los autos más finos y hermosos a catalanes adinerados. Al terminar sus robos suele hacer fiestas pomposas en su domicilio muy bien acondicionado, esto siempre y cuando no haya tenido que matar a nadie (si su trabajo se mancha de sangre opta por no celebrar su éxito). Pone a todo volumen música del ‘zambo’ Cavero, Eva Ayllón y Lucía de la Cruz. A veces va un poco más allá de lo costeño y continúa con música andina tanto instrumental como cantada, aquí sobresalen el ‘indio’ Mayta y Amanda Portales. Todos los peruanos de su calle se acercan a su casa y comparten con él cada momento de su fiesta. Beben mucha cerveza y vino borgoña y magdalena, ron puro, trago corto, cañazo y aguardiente, como lo hacían en el Perú antes de su migración, y hablan de lo bueno que es su anfitrión, de su don de gente, de su generosidad, y de que, gracias a peruanos como él, el patriotismo sigue latente en todos los países – el Perú nunca morirá mientras suene el ‘zambo’ Cavero en una fiesta de callejón – comentaban. Bailaban. Se alegraban. En medio del jolgorio, el celebérrimo ladrón peruano se obsequia un pequeño momento de nostalgia para recordar a sus hermanos y amigos en Lima, algunos de ellos en prisión. Derrama algunas lágrimas y propone una breve oración para que su poder superior los ilumine y les dé la bonanza que él ahora recibe. Al día siguiente, algo afectado aún por el licor pero con el optimismo de toda la vida, sale de casa a seguir trabajando, no sin antes realizar un ritual que aprendió de un policía en una comisaría de Lima donde estuvo recluido hace muchos años, cuando aún era muy joven e inexperto: se persigna ante su vieja y pequeña imagen de Sarita Colonia, y luego hace otra breve oración dirigiéndose al cuadro bendecido del Señor de los Milagros que tiene en la sala: «ilumíname, Señor, en este día oscuro, para que todo me salga bien y pueda seguir ayudando a mi familia y amigos. Amén». Cuando alguna vez le preguntaron por qué realizaba siempre este rito, él respondió: «esos policías que me capturaron tuvieron éxito al agarrarme, entonces pensé si Dios me ayudaría a mí también con oraciones, si se supone que ante Él todos somos iguales. Y funcionó. Ahora me ayuda».

miércoles, 2 de octubre de 2013

Buena suerte

-    ¿Por qué?
-    ¿«Por qué»?, ¿qué?
-    ¿Por qué me elegiste a mí?
-    No lo sé, supongo que porque me gustaste… Qué pregunta más absurda.
-    No lo es. No entiendo por qué me elegiste. Tenías muchos pretendientes.
-    Claro…
-    En serio…
-    Sí.
-    Entonces, ¿por qué?

Siempre creí en la suerte, pero sobre todo en la mala. Me había ido pésimo en cada idea que emprendí continuamente con timidez, miedo y mi clásica valija llena de traumas y complejos, como no podía ser de otra forma. Por ello, no podía concebir que al fin algo de buena fortuna llegara a mi vida de una manera tan injusta e inquietante. Y más aún si se trataba de una mujer. Si había algo con lo que me iba especialmente mal, eso era con las mujeres.

-    ¿Siempre que terminas de hacer el amor te pones en ese plan?
-    No, o sea, la verdad no he hecho tantas veces el amor como para llegar a esa conjetura.
-    ¿Con cuántas mujeres te has acostado en toda tu vida?
-    ¿Aparte de mi madre?
-    ¿Te has tirado a tu madre?
-    No, pero me he acostado con ella muchas veces. Ya sabes, de pequeño.
-    Idiota, sabes a lo que me refiero…
-    Lo siento, sí, soy idiota.
-    ¿Me lo vas a decir o no?

¿Por qué quería ella saber con cuántas me acosté?, ¿acaso quería burlarse?, ¿excitarse?, ¿causarse un poco de ternura o compasión hacia mí?, ¿concluir que en definitiva era un fracasado en el sexo por no haber llegado al promedio de mujeres que un hombre llega a poseer a mi edad? No pude evitar dar una respuesta y preferí ser sincero. Una vez más, opté por el craso error de la honestidad.

-    Estuve con dos, sin contarte.
-    Tienes treinta y ocho años, es un número corto pero no está mal.
-    ¿«No está mal»?, ¿es todo lo que puedes decir?
-    ¿Qué más quieres que diga?
-    No sé, cuando menos búrlate un poco. Créeme, eso me haría sentir mejor que el hecho de que me digas «no está mal».
-    No sé qué esperas de mí, pero nunca me burlaría de algo como esto.
-    Perdona, ¿te puedo besar un poco más?

Besarla era siempre una experiencia única y que me llevaba irremediablemente al vicio. Lo mejor es que ella parecía disfrutar mucho de mis besos, lo cual me extrañaba y a la vez me excitaba sobremanera. Era como volverme loco dentro de mi consciente, o sea, poder controlar mi locura, sin que deje de ser locura. Porque cuando sabía que la asfixiaba de tanto lamerla dejaba de hacerlo y la veía volteando la vista hacia mis ojos, ¡cómo amaba ese momento!, ¡era glorioso! Hasta que se lo dije y dejó de hacerlo, creo que por vergüenza. No le gustaba que la llenara de halagos pero es que, ¿acaso podía hacer otra cosa?, quería que se quedara conmigo para siempre y desde que tengo uso de razón sé que la gente se queda donde la tratan mejor. Aunque, admito, una vez me dijeron que era ingenuo por creer eso y aún lo sigo analizando.

-    Desde que empezamos con esto me has tratado muy bien. Eres atento y cariñoso conmigo. Si has estado con pocas mujeres eso debe ser íntegramente por tu timidez. No le encuentro otra explicación al asunto.
-    No lo sé, prefiero no hablar de eso, si no te molesta…
-    Sí me molesta. Me importas, y me gustaría que te olvides de tus miedos conmigo.
-    ¿Cómo?
-    No tengo idea de lo que habrás vivido antes, pero conmigo va a ser diferente. Ya lo verás.
-    Ya es diferente.
-    ¿Lo crees?
-    Con toda convicción.
-    Quizás la vida te haya estado reservando sólo para mí.
-    Eso suena demasiado romántico.
-    Tú eres romántico. Ahora seré yo la que te pida besarte un poco, ¿puedo?

Y cuando ella me besaba debía ser un instante fabuloso, pero no lo era. Se notaba que lo hacía con cariño y pasión, pero yo sentía no merecer tal dicha, y eso hacía que, en lugar de intentar disfrutar del momento, pensara inevitablemente en las hipotéticas maneras en cómo la vida me cobraría ese placer. ¿Desempleo?, ¿miseria?, quizás; algún accidente o enfermedad. De repente un familiar fallecería pronto. O tal vez ocurriese una tragedia, una caída, puede que se incendiara mi apartamento o cosas por el estilo. De algún modo la vida me tenía que cobrar este placer, pensaba, y que era sólo cuestión de tiempo para que eso sucediera. Y entonces ella acababa de besarme y yo seguía pensando en mis posibles desgracias; hasta que me avisara con su mirada que ya había concluido su siempre heroica proeza de recorrer mis deformes ángulos con sus deliciosos y valientes labios. Y si no hacía caso, se montaba en mí aprovechando que mi cuerpo se excitaba por sí solo sin hacer caso de mi mente.

-    Me encantaría pensar que esto será para siempre.
-    Eso depende de nosotros, ¿no crees?
-    No, nada es para siempre. Tarde o temprano, todo se termina. Y eso me jode.
-    A mí me jode que seas tan negativo.
-    ¿«Negativo»?
-    Sí.
-    No es la primera vez que me dicen eso…
-    Debe ser.
-    Mejor salgamos ya, tengo ganas de dar un paseo.
-    ¿Dónde?
-    Donde sea.
-    Bueno, está bien. Me visto y salimos.

Ir por la calle era, naturalmente, un fastidio para mí. Además de mi execrable aspecto físico mostrado en público y el esfuerzo mental que ello significaba ante algunas miradas morbosas y extrañadas, tenía que lidiar con tener de la mano a una bellísima mujer al que todo hombre apreciaba, muchas veces con excesiva soltura. Esto me enervaba, y ella lo notaba pues le apretaba más fuerte la mano cada vez que sucedía. Entonces me miraba con ternura y me decía al oído  «déjalos que miren, eres tú el que me tiene», y me daba un beso en la mejilla. Yo le sonreía como aceptando esas palabras como las disculpas que no me podían ofrecer aquellos hombres maleducados, pero la verdad hubiese preferido siempre me besara la boca. Nunca me la besó en público.

-    ¿Estás bien?
-    Sí, ¿por qué?
-    Porque no has mencionado una palabra en casi media hora.
-    ¿Será porque estamos cenando?
-    No te hagas…
-    ¿No hablar es malo para ti?
-    En este caso sí.
-    No entiendo por qué. Mira, mientras hablamos se nos enfría el pollo y las papas.
-    Basta.
-    ¿Qué te pasa?
-    Dime qué tienes.
-    No tengo nada, carajo.
-    ¿Sabes qué?, jódete. Me voy.
-    ¿A dónde?
-    Qué te importa…

Usualmente discutíamos por lo mismo. La culpa era mía, desde luego. Era demasiado cobarde como para decirle lo que realmente sentía. Y lo que sentía es que yo era muy poco para ella. Tenía un miedo constante de que en cualquier momento lo notara y me dejara por alguien más a su nivel. Iría a ser lo más justo, claro, una mujer bella y valiosa debía estar con un hombre bello y valioso. Y yo no cumplía con ese perfil. Entonces la dejaba ir. Y luego era sólo cuestión de tiempo para recibir su llamada desesperada desde algún punto de la ciudad. Lloraba y me pedía por favor que la recogiera, porque tenía mucho frío, calor o cualquier otra cosa, según el caso. Yo iba y me acercaba. Nuevamente las miradas extrañadas de los curiosos - ¡Cómo puede ser esto!, ella tan bella y con ese monstruo – Al diablo con ellos. Ella corría a mis brazos y me pedía perdón. Hasta ahora no entiendo de qué se disculpaba. Quizás debía disculparse con ella misma, por no darse cuenta de que conmigo perdía su tiempo, parte de su vida, en lugar de ser realmente feliz con quien la mereciera. Pero ese día, doctor, fue diferente.

***

-    Entiendo que no lo llamó.
-    No, ya no.
-    ¿Qué hizo entonces?
-    Nada. Sólo seguí esperando.
-    ¿Cuánto tiempo?
-    Tres días.
-    Y entonces se enteró de la noticia.
-    Así fue.
-    ¿Qué fue lo primero que pensó?
-    Que era una mala broma. Ella a veces me hacía bromas muy pesadas.
-    ¿Cómo supo luego que no era una broma?
-    Cuando hablé con su madre. Su madre no mentía.
-    ¿Cómo es que confiaba tanto en su madre?
-    Era la única que me decía la verdad.
-    ¿Qué verdad?
-    Que soy un esperpento y que su hija no me merecía.
-    Ya veo, ¿lo culpó por su suicidio?
-    No.
-   Entiendo. Lo noto cansado, señor Pajuelo, creo que por hoy hemos terminado la sesión.
-    Gracias, doctor. Lo llamo en los próximos días para coordinar la siguiente. Muchas gracias, de verdad.

martes, 24 de septiembre de 2013

Árbol de alambre

No tengo mucho que decirte, árbol de alambre, otrora belleza que adornaba mis tardes más lúgubres. Ahora luces jadeante y desfallecido, con tus ramas derramando óxido sobre la mesa, con tus hojas de crepé casi extintas y tus vientos olorosos, rezagándote de a pocos ante otros adornos que toman el brillo que ya abandonaste. No tengo mucho que decirte, árbol de alambre, ni siquiera he de agradecerte por el tiempo compartido, porque cuando quiero abrazarte me hincas los brazos y cuando quiero besarte me hincas el rostro, logrando que mi sangre brote esculpiendo con esfuerzo mi cuerpo contrahecho. Por eso, no tengo mucho que decirte, árbol de alambre; tú que me viste crecer entre neblinas y soles, tú que incitaste a mi imaginación, tú que le gustaste a aquella chica que me gustaba, y que venía a casa por ti y no por mí; tú que frenaste todo tipo de encuentros furiosos, tú que me diste oportunidades que desaproveché, y que me miras con esos ojos dimensionados en el aire, ojos que dicen adiós, mientras una caja de cartón con olor gastado espera por ti, y mientras un camión extraño espera por la caja de cartón… en las afueras de nuestro hogar.

Muerte

Caen gotas de sudor. Miro alrededor y sólo encuentro sombras. Sudo pero tengo frío, mucho frío. Intento abrigarme con mis brazos desnudos, pero mi cuerpo resulta muy grande y siento que sigue creciendo de manera irremediable. Alcanzo a tocarme el rostro con la yema de mi dedo índice. Sigo sudando. No veo un sólo rastro de luz en esta habitación. Todo está oscuro pero a la vez impoluto, lo sé porque no respiro moléculas de suciedad, lo cual sucedía cuando todo era luz. Ahora que todo es sombra, todo resulta limpio, excitante, exquisito, aunque no sé cómo sé todo esto porque apenas y puedo sentir las gotas de sudor deslizándose por todo mi rostro, mi tórax y luego mis piernas. Algunas gotas caen en mis brazos desnudos, esos que intentan abrigarme insatisfactoriamente. Mis gotas son frías y grasientas. Es evidente que estoy fusionándome con la oscuridad, me voy limpiando por cada gota que rebalsa de mi cabeza ya sin cabello, porque el cabello se me había caído antes de estar aquí, cuando aún veía luz y suciedad por todos lados. Intento caminar y mirar a mi alrededor buscando una luz de manera estúpida, pero no la encuentro y me siento más tonto aún. Sólo sé que debo andar, que debo caminar, seguir andando. Mientras camino voy dejando rastros de mi sudor sucio en el suelo que no alcanzo a ver, o acaso estaré volando. Siento sequedad, siento frialdad. Sigo sin ver luces pero siento que veo mejor que antes, que cada vez veo más claro este vacío sempiterno. Me gusta, me gusta estar aquí. Está limpio y sé que me sentiré mejor cuando se me terminen las gotas de sudor y sólo queden rezagos de mi pureza.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El quebrantador de sueños

Compone las suaves melodías de sus deseos en su onírica dimensión, de pronto cae en remotas distancias repletas de infamia. Nunca dispuso de la necesidad de estrellarse entre sus mundos, pero el día tenía que llegar y ella lo presentía; aún bajo su narcótico efecto disuadido en seda  y algodón, sumergida en la comodidad de sus perfumadas almohadas color granate, aún así lo venía llegar. Descubrió así, con el temor, su fascinación por brincar de planeta en planeta, rozando con sus dedos cada constelación; recordando, con sonrisas bañadas en lágrimas, cada una de sus inenarrables aventuras. El enlace se rompía y la sangre brotaba entre las nubes de un otoño cualquiera. Cuando las amígdalas se le irritaron compuso su último preludio, una canción que daba triste inicio a su hastío, mientras aquel monstruo disipaba, con infinita crueldad, la bella nebulosa que con tanto esfuerzo habían formado sus más profundos sueños. Y así se concretaba el abyecto robo de una voluntad que sólo aparecía cuando ella cerraba sus ojos, en esos difusos y coloridos paisajes errantes, en tiempos aquellos… cuando esperaba a que el sol no volviera a aparecer jamás.

Acelera

Rompe filas, redobla, inicia un camino, retrocede un poco y mira alrededor. Se da cuenta de que tiene detrás una inmensa polvareda, asesina, acogedora. Toma sus cosas y sigue caminando, o al menos eso intenta. Recoge los últimos despojos de otros que alguna vez siguieron ese infausto sendero. Sueña con su destino con los ojos medianamente abiertos. Oprime sus propios puños, lucha contra la desesperanza, regula sus latidos y continúa. La niebla ahora viene por los lados, sabe que debe darse prisa, es lo que debe hacer un soldado, siempre ir hacia adelante y sin titubeos. Descubre la debilidad de sus piernas, suelta sus cosas, y las toca, aún sabiendo que pierde sagrado tiempo. Piensa que están fuertes y vitales a pesar de que lleva toda su vida caminando y a pesar de que lo evidente dice que apenas puede mantenerse en pie. Corroe sus presentimientos con una sonrisa liviana y frágil, envuelve sus deseos con su capucha helada y emprende nuevamente el viaje. Escucha las voces de sus dioses, suplicando su apuro, él no hace caso, disfruta la herejía y sigue con tesón, a paso firme, lento e inseguro. Las cosas pesan cada vez más. La polvareda se hace cada vez más densa. Siente el ahogo de sus penurias y consecuencias de sus actos, y en un acto heroico absorbe de una todos esos males provistos de enseñanzas y maldiciones. Contiene el aliento, pasa el aire, sopla y ya se encuentra dentro de sus temores. No deja de sonreír a pesar de que el destino parece ir cambiando, ya no son sueños, se convierten en pesadillas, en lobos aullando, devorando todo a su paso, mientras la única luz que lo ilumina sigue rogándole lentitud y mientras los dioses, furiosos, planean en un bar el destierro del soldado y el posterior homenaje a su insana humanidad. 

Réquiem para un Asesino

Querida y adorada hermana:

Recibida la traición, hice aquello que me pediste tan empeñosamente que no hiciera, tal y como de seguro te lo habrías imaginado. Empero, no justificaré mis actos como un simple acto de pueril venganza, pues se trata de algo más profundo e imperecedero, un acto de redención, algo que quedará escrito en los ocultos y empolvados libros de la historia del Credo, claro está, si es que tú, como la lideresa capaz que eres, aceptas continuar con este legado que nos heredara nuestro padre. Legado que quizás, en algún momento, no quisimos cargar a cuestas, pero que asumimos con valentía en todas estas décadas, incluso cuando decidiste el retiro para dedicarte a ser una encomiable esposa y madre, con toda justicia y libertad.

Y empecé por Sofía. Aquella mujer que me acompañara en estos últimos años y que terminó por borrar sus propios besos, caricias y calores con una sucia estratagema. La razón por la que decidí empezar con ella es que era, en definitiva, mi paso más difícil. Es decir, si la hubiese dejado para el final, era muy probable que no hubiese terminado este plan de redención, y me habría dejado acuchillar suavemente mientras escuchaba sus súplicas. Entonces, con la sangre cambiando la coloración de mis ojos, llegué a su habitación en San Polo, en un humilde espacio, nada comparado con la hermosa residencia que ambos compartíamos en Roma, pero es que, querida hermana, hasta eso decidió cambiar por unas cuantas migajas de poder.

-    Ezio, esposo mío, eres tú, ¿dónde te habías metido?, ¿qué haces aquí?
-    Saludos, Sofía.
-    (…) ¡Guarda esa cuchilla, Ezio, guárdala ya! No sabes nada aún, al menos déjame explicarlo.
-    Descuida, amada mía, no necesito más explicaciones; la vida de Asesino me ha enseñado a alcanzar deducciones justas en poco tiempo, espero que no te suene presuntuoso, como alguna vez me lo hicieras saber.
-    ¡Vuelve al exilio, Ezio! No tiene ningún sentido este intento por construir lo que ya había nacido destruido.
-    Mi bella Sofía, no es construir lo que deseo ahora. Sólo puedo decir que mi único error ha sido amarte tanto como alguien como yo podía hacerlo. Ahora ven y deja que reciba un último abrazo tuyo. Por favor, si aún queda algo de amor en ti, úsalo para este abrazo.

Oh, hermana mía, ¡cuánto me costó conseguir que me mirara a los ojos con la misma firmeza y sinceridad que en aquellos años, años en los que decía haber encontrado en mí al hombre más importante de su vida! Años en los que me juró amor, respeto y lealtad. No lo llegué a conseguir del todo, he de decir. Al degollarla, su mirada no se despegó de mí, no sé si eso cuente, pero a mí me complació un poco. Sólo un poco, antes de tanto sufrimiento.

Seguí mi camino hacia la base de Massyaf. Sería un viaje largo y poco placentero, pero debía hacerlo para continuar con mi lucha y volver a encarrilar al Credo, por la memoria de nuestro padre, y por la memoria de nuestro gran y eterno Maestro, Altaïr.

Al volver a Massyaf, tanto tiempo después de aquel día en el que conocí personalmente los restos del Gran Maestro, sentí un frío extraño. Supe de inmediato que ya no había nada de Altaïr en esas ruinas horrendas y desoladas, donde apenas surgía ese pequeño pueblo atiborrado de gente temerosa e infeliz. Algunos guardias quisieron darme la bienvenida, pero los eliminé en seguida. Querida hermana, tengo setenta y tres años, pero aún puedo moverme con cierta agilidad, aunque me cueste y sienta dolores en todo el cuerpo cada vez que culmino con un asesinato. Con lo fácil que era antes, ya me costaba un mundo entero. Pero ambos sabemos muy bien que el reto más difícil llegaría después.

Eran veinte, sí, veinte Asesinos maduros, en su mayoría, y que además habían sido entrenados por mí. Me apreciaban y respetaban como a sus propias vidas. Me admiraban como yo admiré a nuestro padre. Pero ahora estaban ahí, en los tejados, mirándome con ojos rojos y fijos, esperando a que hiciera cualquier movimiento para lanzarme un flechazo, o tal vez, sólo tal vez, bajar al llano para decirme que me fuera, haciendo honores al cariño que supe sembrar en ellos, y así fue. El que se puso frente a mí fue Giacomo, quien había tomado el mando de los Asesinos. No me sorprendió en absoluto, pues fue el que desarrolló más rápido su don de liderazgo.

Oh, Giacomo, aún recuerdo cuando lo rescaté de unos bandidos en Venecia. Era tan sólo un adolescente entonces, cuando le propuse que si deseaba hacerme un pago por haberle salvado debía ingresar al Credo. Fue uno de los pocos casos en los que noté potencial en un Asesino sin necesidad de verlo en combate. Y con gracia presumí muchas veces de no haberme equivocado. Ahora me duele haberlo tenido como rival, pues es uno de los mejores. Además de más joven, es más rápido, y siempre fue un gran aprendiz, si sabes a lo que me refiero entenderás que era alguien a quien temerle en toda dimensión. Detrás de él se ubicaron dos Asesinos más, eran Lucca y Amonte, sí, Amonte, tu eterno favorito. Le guardaban las espaldas, señal de que, aunque me vieran como un anciano casi retirado, seguían temiéndome. Y no era difícil colegir que desde arriba los demás Asesinos me apuntaban con sus armas de largo alcance. Querida hermana, como de costumbre, lo tengo todo en contra.

-    Gran Maestro Ezio, permítame alegrarme de verlo a pesar del difícil contexto que hoy nos reúne.
-    Giacomo, me alegro de verte también. De veras.
-    He de suponer que, con toda su sabiduría, conoce muy bien el discurso que debo decirle ahora.
-    Y como buen aprendiz que eres, sabes que no me iré.
-    ¿Qué propone, maestro?
-    Que acabemos esto rápido.
-    Si lo atacamos ahora, todos al mismo tiempo, no tendrá oportunidad, maestro.
-    Hagan lo que tengan que hacer.
-    Lo enfrentaremos en el llano, en pares. Creo que sería lo más justo.
-    Hagan lo que tengan que hacer.

Me enfrenté a los dos primeros. Llegaron Carlo y Abelardo. Asesinos jóvenes y fuertes, de muchísimo futuro. La lucha duró tres minutos y algunos segundos, no me demandó mucho esfuerzo acabarlos, aún cuando aplicaron bien las técnicas que habían aprendido de mí. No les fue suficiente, hermana, porque, como bien sabes, no lo he enseñado todo. Hay cosas que uno ni siquiera puede decir, mucho menos enseñar. Mi hoja oculta ya estaba manchada de sangre joven y prometedora. Cuando siguieron los otros dos, algo de piedad me aclaró la mirada y les pedí que se rindieran, que me dejaran ir directo hacia Macchiavello. Fue inútil. Vencí a Giuseppe y a Vladimiro, luego a Ángelo y a Emiliano. Había pasado casi una hora. Estaba bajo la mirada de Giacomo, Lucca y Amonte. Pero a ratos buscaba a Sabrina. Mi mejor alumna y quizás el mejor Asesino mujer de la historia del Credo. No la encontraba entre las sombras, pero siempre supe que sería ella la indicada para darme la última estocada en caso fracasara, ¿la razón?, creo que la conoces muy bien, querida hermana.

Un par de horas después, había acabado con casi todos los Asesinos. Pero el costo había sido muy alto. No sólo me encontraba muy malherido, sino además un poco triste y meditabundo, ¿acaso estaba obrando bien?, ¿acaso debí tratar de convencer a mis discípulos de que se unieran a mi causa, antes de propulsar un enfrentamiento directo?, quizás no lo hice porque sabía que era un absurdo. Ellos le juraron lealtad al Credo desde su primer salto de fe, no a mí. Habían pasado años, décadas, defendiendo con sus aceros nuestros dogmas, manchándose de sangre rival, sacrificando sus vidas, y las compañías de sus familias, muchas veces, por proteger lo que ellos consideraban más importante. Quería decirles que estaban equivocados. Que tenían ahora a un líder falso. Un truhán que sólo ansiaba el poder del Fruto del Edén. Aquel artefacto que, lejos de ser nuestra mayor bendición, como en algún tiempo se pensó, ha sido siempre nuestra peor maldición y más cruel castigo.


-    ¡Giacomo!, he vencido ya a casi todos tus Asesinos. Muchos jóvenes y maduros guerreros han sido derrotados a causa de la avaricia de tu líder. Paremos ya con esto. Déjame pasar. Así como estoy, lo más probable es que fracase. Entonces habrán vencido ustedes y este supuesto traidor habrá pagado el precio de su inmundicia sin que se derrame más sangre inocente.
-    Sabe muy bien, maestro, que cumplir lo que me pide es imposible. Además, quedamos aún nosotros cuatro. Incluyendo a Sabrina, quien lo observa desde algún lugar cercano con muchas ansias de verlo aún más agonizante.
-    ¡Que venga ya! Sé que ella tiene más razones que todos ustedes juntos para aniquilarme.
-    Lo lamento, maestro, pero ella misma me pidió que no le permitiera acercarse a usted, hasta que no haya quedado nadie más para enfrentarlo.
-    Pues entonces tendré que encargarme de ustedes también.

Mi querida y hermosa hermana, cuánto me costó sobrevivir al asedio de estos talentosos y voraces Asesinos. Lucca era un experto en desarme y Amonte, como debes recordar, era un as de la cimitarra milanesa. Ambos se vinieron contra mí al mismo tiempo mientras Giacomo daba vueltas a la escena para tomarme desprevenido y asesinarme con su hoja oculta. Pude escapar tres veces de las punzadas de Giacomo, quien venía de todos lados, como rayos fatuos que se abrían entre la oscuridad de aquella noche siria. El primero en caer fue tu querido pupilo. Espero me perdones, pero en mi defensa puedo decir que no dejé que sufriera mucho, por lo que no le abrí las vísceras como sucedió con algunos caídos anteriores; me di maña para atravesar con mi cuchilla su garganta de forma vertical hacia arriba, y así llegar hasta el cerebro, facilitándole una muerte instantánea, lo conseguí, pero en el ínterin sentí tres cuchillos voladores pequeños clavarse en mi espalda. Ya no sentía dolor, sólo escuchaba ruidos por todos lados, de seguro eran los pasos de la muerte.

Fingí desplomarme y pronto llegaría Lucca a tratar de liquidarme. Cuánta subestimación. Usando la cimitarra de Amonte, atravesé el corazón de Lucca, y en el mismo movimiento arremetí contra Giacomo, quien ya había brincado a destrozarme el cráneo con una enorme roca. Luego de degollarlo y mientras me pedía perdón con lágrimas en los ojos, escuché la voz de Sabrina anunciando su llegar.

-    Ezio Auditore. Me perdonará llamarlo de ese modo. Es que a estas alturas me resisto a creer que usted fue mi mentor. Y, claro, mi amante.
-    Sabrina…
-    No es necesario que diga nada. Mírese, ya ni siquiera puede mantenerse en pie.
-    No diré nada. Sólo ven y terminemos con esto.
-    Recuerdo que me dijo exactamente lo mismo la primera vez que hicimos el amor.
-    ¿Queda espacio para el romanticismo en la tragedia, Sabrina?
-    Usted debería pagar por todo el daño que me ha hecho, y el daño que le acaba de hacer al Credo.
-    Tienes derecho a querer cobrarte tus revanchas, ¿quién sería yo para negarlo?, adelante, aquí estoy.

Ella seguía siendo tan agraciada como peligrosa. Los años parecían no haber pasado por su cuerpo y rostro. Tenía la misma mirada tierna de aquellas veces en Florencia, a pesar de que en Massyaf me miró con todo menos con ternura. Como te lo he contado ya en algunas ocasiones, siempre fue una ladrona hábil y luego una Asesina exquisita. Me atrajo sobremanera de ella el haberse resistido siempre a caer en el mundo de las cortesanas, aún cuando tenía todas las condiciones para ser una de las mujeres más deseadas de Italia. Nunca la amé aunque quise y, sí, me aproveché de su inocencia en más de una ocasión. Quizás ella esperase convertirse en mi esposa pronto, pero no contaba con mi poca prestancia para el compromiso. Años después conocería a Sofía y todo se vino abajo para Sabrina. Me odió con fervor durante todo este tiempo, aunque no dejó de respetarme y admirarme como maestro. Ahora no quedaba más respeto en su gesto; era aberración pura. Ella quería verme muerto sin pensar, quizás, que ya lo estaba desde la traición de Macchiavello.

Me venció en tan sólo unos minutos, desarmándome y dejándome boca arriba en el lodo, tal y como se podía prever. Pero Sabrina siempre tuvo un punto débil, y lo supe desde aquella vez en la que le tocó eliminar a un hombre que ella consideraba bueno y honorable, un mercader en Constantinopla al que conocía desde Florencia.  Aquella vez, querida Claudia, fue, de hecho, la única ocasión en la que Sabrina mostró debilidad. Demoró varios segundos antes de asesinar a su víctima, mientras yo supervisaba todo desde uno de los tejados. Al reconocerla, el mercader no sólo le rogó que no lo matara, también le declaró un supuesto amor incondicional, le ofreció matrimonio y una vida segura y apacible, lejos de los peligros del Credo. Ella se frenó por un momento, no porque creyera o correspondiera a su amor, sino porque le pareció un gesto noble que además afirmaba el concepto que siempre tuvo de él, aún cuando todas las pruebas apuntaban a que el hombre era uno de los mercaderes más corruptos de la ciudad. Al reaccionar y recordar su misión, y con gesto de desdicha, ella le atravesó la hoja oculta por el pecho, pero el tiempo que tardó permitió que el mercader le incrustara, al mismo instante, una cuchilla bañada en veneno en el brazo.


¡Ay de Sabrina, querida hermana! Si yo no hubiera estado ahí para sacarle el veneno con mi boca y luego llevarla rápidamente a un galeno, habríamos perdido a una estupenda Asesina.

No sabía si podía usar el mismo truco que aquel hombre. Lo que sí sabía era que el odio de Sabrina devenía del amor que no le fuera correspondido. Por lo tanto, hermana mía, esa mujer me seguía amando, y yo… Yo sólo soy un viejo astuto. Te pido ahora que no me odies ni me juzgues por lo que narraré a continuación, recuerda que para un Asesino el objetivo siempre será lo único importante: le dije que había sido un gran error no haberle dado la oportunidad que merecía. Que ahora Sofía estaba muerta, prueba de que quería rehacer mi vida, y que si bien era cierto que soy un anciano, aún podía amarla mucho y hacerla muy feliz. Su cimitarra ya comenzaba a introducirse en mi garganta mientras ella empezó a concebir sus primeras lágrimas…


-    ¡Figlio di puttana! ¡Maldito seas, Ezio!

Cuando intentó culminar mi muerte, ya era demasiado tarde para ella. Tomé su cimitarra con una de mis manos, al mismo tiempo doblé y quebré su pierna izquierda con mis dos piernas, finalmente arremetí contra su pecho con todas las pocas fuerzas que me quedaban. Habíamos quedado tendidos, yo sobre ella, cara a cara, como cuando hacíamos el amor y yo disfrutaba de su inocencia. Incluso, querida hermana, y pido perdón por la impúdica confesión, algo de masculina excitación circuló por mi cuerpo herido, pero eso no evitó que mientras la mirase con deseo le fuera clavando lentamente mi hoja oculta en el corazón. Poco antes de sentir su último hálito, Sabrina me dijo algo que jamás olvidaré:

-    Nunca dejé de creer en el maestro, pero tenía que matar al hombre… Espero que algún día me perdones… Ezio…
-    Requiescat in pace, Sabrina.

Luego murió, dejándome al fin el camino libre hacia mi verdadero enemigo. Macchiavello no era tonto, sin embargo, sabía que siempre existía la posibilidad de que venciera a los veinte asesinos, así que no pudo encontrar mejor forma de disminuir mis posibilidades de victoria que ubicándose en lo alto de una de las torres más gigantescas de Massyaf. No había trampas ni más guardias, sólo exigencia física, mucha exigencia como para un viejo desgastado y además agonizante. Aun así, querida hermana, y después de largos y dolorosos bríos, logré alcanzar la cima de la torre donde Macchiavello me esperaba, aplaudiendo, con esa sonrisa maledicente y satírica que siempre tuvo, esa misma que alguna vez creí sincera con tanta ingenuidad.

-    ¡Bravo, Ezio, bravo! Debo reconocer que no esperaba que llegaras hasta aquí tan entero. Siempre fuiste obstinado, pero hoy te has coronado, ¡te felicito!
-    (…) Creo que no hay mucho de qué conversar, Macchiavello. Desenfunda y pelea, al menos quiero verte morir antes de que muera yo.
-    ¡Ja, ja, ja!, tan histriónico como de costumbre, todo un Auditore, con la gran diferencia de que los Auditore no eran sucios traidores como lo eres tú.
-    Osas llamarme «traidor» cuando sabes perfectamente quién dejó abandonado a alguien que lo consideraba su amigo y leal compañero. Y todo por esa maldición que llevas en ese bolso.
-    Oh, Ezio, siempre tan equivocado… Desde que te conocí noté que eras un cúmulo andante de errores, ¿sabes?, el Fruto del Edén… Así te explicara lo que realmente significa, no lo entenderías pues escapa a la comprensión de un simple arrebatador de vidas. Este ingenio ha debido ser concebido para que sólo mentes brillantes y lúcidas como la mía puedan controlarlo y llevar a este caótico mundo a un mejor sendero. No quisiera ni imaginar qué podría hacer alguien como tú, alguien tan obtuso y ordinario, con algo de esta naturaleza.
-    Puede que no sea tan brillante como tú, pero al menos conozco y respeto el significado de la lealtad.
-    ¡Ah, sí, claro! Y por eso degollaste a tu esposa y asesinaste luego a tus veinte aprendices, incluyendo a tu amante. Me fascina tu sentido de la lealtad.
-    Lo hice porque no tenía otra opción…
-    Lo hiciste porque es lo único que sabes hacer, Ezio Auditore. Naciste para ser un Asesino, y eso es lo que eres, un simple asesino, ¿por qué no eres más franco y me dices la verdad?, sé que has venido aquí para tomar posesión del Fruto.
-    Pues sí, vine aquí por el Fruto, pero no para usarlo a mi favor, sino para esconderlo donde nadie lo encuentre jamás y así evitar que esperpentos como tú vuelvan a apoderarse de él.
-    Hmmm, veamos, esa idea me parece tan conocida… ¡Ah, ya lo tengo!, eso mismo pensó Altaïr varios siglos antes, ¿lo recuerdas?, incluso codificó la puerta de su biblioteca para que nadie pudiera acceder al Fruto, pero… Ya conoces el resto de la historia, y debo agradecerte. No obstante, el hecho de que un primate como tú haya podido acceder al Fruto sólo prueba de que ningún lugar será completamente inaccesible para quien quiera obtenerlo. O también podría significar que Altaïr era tan pánfilo como tú, y como todos los Asesinos.

Querida Claudia, debo confesar que nunca me había sentido tan ofendido e irascible. Incluso en mis últimos minutos de vida, sentía arder la sangre mientras la misma brotaba por todas y cada una de mis heridas, mezclándose con el polvo y el lodo que me cubrían, haciendo de mí una masa rojinegra, un ente horripilante y casi irreconocible. Macchiavello le puso alto a su discurso y empuñó su espada, dando inicio a mi última lucha. A pesar de mi estado colérico, no duré mucho tiempo. En pocos minutos me encontraba al borde del colapso tras un terrible corte en el cuello que por poco alcanza mi yugular. Él esperaba el momento preciso para sellar su victoria pero yo no le daba ningún espacio. Debo mencionar con cierta alegría que el guantelete que me regalaste en el Vaticano era mi único escudo.
 
Un corte más, en cualquier parte de mi cuerpo, hubiera sido letal. Él no era un Asesino, pero sí un experto en esgrima y mucho más astuto que cualquiera de mis anteriores rivales. Su victoria consistía en dejar que me desangre o en un descuido para aplicarme la última cuchillada. Nada de esto pasó.

El Fruto del Edén. Querida hermana, en algo tenía razón Macchiavello, nunca terminaré de comprenderlo. Había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo, cuando de pronto empezó a brillar desde su bolso con una luz cegadora y poderosa, algo que también sucedió aquella vez en la que llegué a la biblioteca del Gran Maestro Altaïr, con la diferencia de que aquellos rayos de luz, lejos de dañarme, me dieron calma y diversos dones que con el tiempo fueron quedando en el olvido.

Entonces, esa luz había empezado a quemar las entrañas de Macchiavello, el que alguna vez fuera el dueño y señor de mi confianza. Sus gritos se mezclaban con el fuego que provenía de sus adentros. La luz también me afectaba. Quedé en el suelo mientras sentía que me quemaba la carne y hasta empecé a sentir el olor de mi cuerpo ardiente. Sabía que era mi fin, pero disfruté viendo a Macchiavello cayendo por pedazos mientras iba maldiciendo al Fruto por el que vendió su otrora intachable dignidad. De pronto los recuerdos de Altaïr volvieron a mi mente, se entremezclaron con los míos, y lloré, Claudia, lloré mucho, ¿había vivido yo una vida digna?, ¿había actuado correctamente?, ¿habría hecho Altaïr lo mismo que yo de encontrarse en mi situación? Apenas sentía mis lágrimas a través de mis mejillas rostizadas. Ya había fuego por todos lados. La torre se incendiaba de manera rauda e inclemente. Sólo había una forma de salvarme o de al menos alargar mi agonía: un último salto de fe.

Pero, ¿fe en qué?, el Credo estaba destruido. No quedaba nada en lo que pudiera creer, incluso el mismo Fruto parecía desvanecerse mientras calcinaba los restos de Macchiavello. No había nada por lo que luchar. Veintidós cadáveres así lo confirmaban, mientras me iba transformando ya en el vigésimo tercero. Sólo me quedabas tú, querida hermana, pensé en ti de repente, en tu sonrisa, en el dolor y alegrías que juntos compartimos durante todos estos años. En aquella vez que me pediste el retiro del Credo porque te habías enamorado. Y ahora, mírate, eres una adorable abuela, una mujer feliz y realizada. Yo, hermana mía, decidí seguir en este camino, y sólo me quedaba recordarte para darme fuerza y valor. Realicé aquel último salto de fe y no salió del todo bien, pero al menos había conseguido sobrevivir. La torre se derrumbaba junto con el Fruto mientras yo me alejaba del lugar a paso lento, muy lento. Casi no sentía que avanzaba.

Pasaron algunas horas, días, o no lo sé, porque habré perdido el conocimiento, presumo. Desperté en la cabaña de una familia del barrio más pobre de Acre, sagrado lugar en el que Altaïr conociera a su amada María hace trescientos años; te habré narrado la historia un par de veces. En eso pensaba mientras las mujeres de la casa atendían mis heridas, pero ya era muy tarde, sus rostros me lo decían sin hipérbole alguna. Tuve la suerte de que haya alguien aquí que supiera leer y escribir, y me ayudara a redactarte esta carta, querida Claudia. Así es, este es su puño y letra; a que es una letra encantadora, nada comparada con la mía, que siempre ha sido muy poco legible, y eso desde que éramos niños, ¿lo recuerdas?, espero que sí.

Creo que ha llegado el momento de la despedida, pues este pobre muchacho lleva escribiendo más de seis horas mientras parece asombrado de mi lucidez para narrar. Creo que me ve como un cadáver parlante o algo así. Quizás tenga razón en su inocente apreciación. Tal vez ya esté muerto y sólo me haya dado las fuerzas para dictarle esta carta. En todo caso, te pido que, una vez llegue a tus manos, la guardes como mi primer, único y último legado. Y si este Credo continúa, lo cual ya dependerá de tu decisión, espero perdones y enmiendas mis errores. Que la justicia sea siempre lo que guíe la punta de nuestros aceros. Y no olvides nunca nuestro lema: «Nada es verdad, todo está permitido».

Addio, hermana mía.

Per sempre tuyo, Ezio.


Inspirado en la magnífica saga de videojuegos, Assassin’s Creed.

viernes, 27 de enero de 2012

Mi amigo, su novia y la desaparición ("Moralidad y buenas costumbres" - nombre póstumo)

La historia que les voy a contar no obedece a ningún buen ejemplo, de esos que los viejos nos obligan a dar a los sobrinos, hermanos o primos menores. Si buscan algo que tenga un mensaje "positivo", les recomiendo que dejen de leer en este preciso momento.

¿Siguen aquí?, entonces prosigo.

Mi nombre es Nicolás, e hice lo que ningún hombre, que se autoproclame "leal", debería hacer. Sí, ya van adivinando, además el título del relato es clarísimo. Sólo les pido que no me juzguen sino después de haber leído toda la historia.

¿Pueden hacer eso?, gracias.

Mi amigo se llama Andrés, es un chico bien parecido, que conocí hace diez años en el cumpleaños de alguien "x". Al principio me caía mal, muy mal. Tenía unos aires increíbles de político frustrado. En lugar de hablar de fútbol o de trabajo, se la pasaba dando discursos de moralidad y buenas costumbres. Cuando le pregunté si había leído a Carreño, me di con la sorpresa de que era muy empírico. Eso tiene su mérito, pero hace diez años yo pensaba que aquellas personas no informadas no tenían derecho a alzar la voz. Se lo dije y fue como una declaración de guerra.

Como suele ocurrir, mis enemigos se convierten en mis amigos en poco tiempo, y así fue. En cierto modo, instruí a Andrés, para que deje de ser empírico, y de paso aprendí a expresarme como político frustrado. Créanlo, a veces funciona. Pasaron rápidamente dos años, en los cuales siempre creí subterráneamente que Andrés era homosexual. No lo veía con chicas, apenas y me comentaba sobre una que otra galifarda que se nos aparecía por la calle, en algún bar o en nuestros centros de estudio. Yo, en cambio, me vanagloriaba de ser el "experimentado" del dúo. Cuando no tenía historias amorosas que contar, las inventaba para que él pensase que siempre conozco chicas y me suceden cosas con ellas. Él me creía. Se volvió mi amigo incondicional.

A veces no podía evitar ser realista con mi vida lúgubre, y aunque nunca le solté lágrimas, le conté de algunas situaciones que realmente me pasaban, obviamente cosas no tan alegres como acostarme con chicas lindas. De esa forma, ya confiando en él, yo también me convertí en su amigo.

Pasaron dos años más, entonces llegó un cumpleaños mío. Amigos, "amigos", compañeros, enemigos, todos tomando licor en mi sala, y apareció Andrés, con una chica preciosa. Inmediatamente, todos los presentes en la sala viraron hacia su presencia, él se ruborizó, un rato después me preguntó si le gustaba cómo se había vestido, pensó que los que estaban en la reunión se impresionaron por su apariencia. Qué ignorante puede ser Andrés, a veces.

Gloria era el nombre de la chica con la que Andrés llegó a mi casa en aquel verano. Mejor nombre no podía tener: Gloria, la gloria personificada en un cuerpo de majestuosas y simétricas turgencias, hermoso y provocador rostro, cabello crespo de color encendido y una mirada que destriparía sexualmente al más santurrón. Fue la reina de la noche en mi cumpleaños, aunque nadie se atrevió a sacarla a bailar, víctimas de la moralidad y las buenas costumbres. Yo lo pensé innumerables veces, pero me detenía el hecho de que mi novia, siempre consciente de mis posibles desbordes emocionales, no soltó mi mano en prácticamente toda la noche. Además, me exigió que Andrés presentara "en sociedad" a Gloria. Entonces salió otra vez el político frustrado. Aburrimiento extremo.

Los días pasaron lentamente mientras me obsesionaba con la idea de que Andrés, aquella empírica persona que instruí con tanto afán, tenía una novia más bella que la mía. Y no sólo eso. Aquella chica, que hasta ese momento no me había dirigido la palabra, apenas una mirada de "así que eras tú su mejor amigo", era víctima de mis más pervertidas y solitarias alucinaciones. No despertaba un sólo día sin haber soñado con ella, empapado en mis propias pegajosas y sucias ideas. Entonces iba al baño, me lavaba el rostro y trataba de quitármela de la mente. El trabajo debía ayudar, al igual que los estudios, pero fue en vano. Bajé mi producción en la empresa donde laboraba, mientras que, en la universidad, mis calificaciones bajaron considerablemente. Gloria había tomado posesión de mis ideas, lo único que tengo tras la ausencia de corazón.

Tomé, entonces, una decisión que creí sería la mejor. Debía conocer a Gloria. Pero Andrés, fiel a su estilo, y entonces entendí el porqué de no haberle visto chica alguna durante años, era hermético con respecto a ella. Las clásicas "saliditas" en pareja no eran lo mío, eso lo sabía Andrés, pero subestimé su inteligencia sugiriéndole que quizás debamos salir los cuatro. De inmediato él se preguntó el porqué. Lógicamente no le diría la verdad. Intenté convencerlo por el lado de las chicas. Ellas quizás quieran conocerse, a lo mejor. Total, ellas eran "normales", querían hacerse amigas, o eso quería creer.

Finalmente, aceptó la invitación. Una noche de esas, salimos las dos parejas, en busca de un lugar donde poder tomarnos unos tragos. Andrés y yo, sin coordinarlo previamente, coincidimos en que ese bar debía ser uno que no frecuentemos. Caímos en un antro barranquino. El resultado fue que tanto Gloria como mi novia se hicieron muy amigas, mientras que Andrés y yo casi no intercambiamos palabras. Algo raro sucedía. ¿Sospechaba?, ¿ustedes qué creen?, pues, ¡claro que no!, pero el escote que había llevado mi novia resultó a la perfección, Andrés se había quedado embelesado con sus tremendos pechos, cumpliéndose algo muy cierto que alguna vez me dijo un anciano: "Uno siempre ve mejor lo que no tiene que lo que tiene". Santa verdad, pues. Recuerden, estaba obsesionado con Gloria, alguien tenía que ser sacrificado.

Vale decir que mi novia no sospechaba de mis planes, pero Andrés era, como dije antes, bien parecido, sinceramente mucho más guapo que yo, un manjar irresistible para muchas chicas, sin excluir a mi adorada novia de ese entonces. Sólo fue cuestión de tiempo para que ambos salgan a la pista de baile, dejándome a mí a solas con Gloria. El plan había funcionado. ¿Y ahora?, ¿qué hacer?, ¿qué preguntarle?, ¿cómo llegar a los trasfondos de su regazo sin pasar antes por la conquista de su desconocido corazón?, ¿haría bien en asumir que ella se sentía cómoda de estar a solas conmigo, mientras su novio bailaba con tremendo escote?, pues, no sabría cómo explicarlo con exactitud. Quizás sea que lo que Dios no me dio en belleza, me lo dio en otras cosas, como por ejemplo la desfachatez. En pocos minutos, Gloria y yo hablábamos de manera amena, sin preocuparnos por nuestras parejas, que dicho sea de paso, llegaban cada veinte minutos, tomaban unos tragos y volvían a la pista de baile. En una de esas rondas, me atreví a mirar los ojos de Andrés: su mirada fue extraña, una mezcla de satisfacción reprimida, con algo de temor y cuestionamiento. Al igual que el vino que iba pasando, la mirada de Andrés se esfumó de mi perspectiva dejando un ligero sabor a "aceptación". Había aceptado el intercambio, al menos por esa noche.

De mi novia no me preocupaba, en realidad siempre quiso estar con Andrés, toda mi preocupación se enfocaba en Gloria. Hasta ese momento, habíamos conversado bien, tan bien, pero sin salirnos del horrendo cuadro de la amistad. No le había lanzado algún tipo de indirecta como por ejemplo, "¿qué te parece si dejamos a esos dos y nos vamos por ahí?", un minuto, eso no hubiese sido nada indirecto, o bueno, algo por el estilo. Mientras pensaba en qué decirle, mil ideas pasaban por mi mente, el 90% de ellas, indicaba que estaba prácticamente solo, en un bar, junto a la chica que más había deseado en toda mi vida. Es que, de verdad, era tan bella, tan deseable, tan codiciable, apetecible. Me di por caso perdido cuando la "nueva pareja" volvió, y esta vez definitivamente, de la pista de baile, cansados como si hubiesen tenido dos horas de sexo duro, y dispuestos a recuperar el terreno que habían abandonado temporalmente.

Lo último que me llevé de esa noche, fue la mirada de Gloria. ¿Cómo interpretar una mirada así?, pensé que tenía un ego ilimitado, pero tardé mucho en procesar esos ojos que me observaban mientras Andrés, ya pasado de tragos y sudando, le besaba las mejillas, el cuello, la boca. Mi novia no tardó en imitar esa insegura actitud, mi plan había fracasado, sabía que esa noche le haría el amor a una mujer que no sería Gloria, pero su mirada siguió dando vueltas en mi irreflexiva cabeza.

Después de esa noche, no volví a ver a Andrés sino en diez meses, a Gloria también. Durante ese tiempo, yo había terminado abruptamente mi relación. Creo que está demás decir que no amaba a aquella chica, que hasta cruelmente utilicé a fin de conseguir mis fríos objetivos. Tenía cuatro meses de soltero, cuatro meses sin  hacer más que trabajar, estudiar, salir con amigos, emborracharme, leer, masturbarme y repetir el proceso. Sabía mediante amigos que a Andrés le iba cada vez mejor con Gloria, a tal punto que se hablaba de un posible matrimonio, bien custodiado por un interesante plan de negocios que ambos llevarían a cabo. ¿Debía alegrarme?, lejos de eso, mi envidia hacia Andrés había crecido. Sí, ya sé que eso no hacen los amigos, pero desde el principio les advertí que aquí no encontrarían buenos ejemplos de moralidad y buenas costumbres (creo que esas palabras las he repetido ya varias veces. En fin). Les deseaba el mal a toda costa: que terminen, que ella descubra alguna infidelidad, que corroborara mi antigua teoría sobre su homosexualidad, que le de chancro, que se olviden del matrimonio y tanta estupidez junta. Que se dé cuenta de que aún hay tiempo para pasarla bien, para divertirse, para ejecutar y hacer realidad sus ocultas fantasías. Un momento, ¿eso quería yo?, ¿ser su juguete sexual?, figúrense que aún no puedo responder esa pregunta.

No tardé mucho en idear un nuevo plan para apoderarme de Gloria. ¿Cuál era ese plan?, simple, esperar lo que le tocaría vivir a Andrés. Sabía que dentro de poco ascendería a un puesto, el cual él se moría por tener desde hacía mucho tiempo. Aquel puesto implicaba viajes y estancias prolongadas tanto en provincias como en el extranjero. Esa sería mi oportunidad. Pero tenía que resembrar la semilla, hacer que se repitiera aquella mirada del bar, pero esta vez no detenerme hasta poseerla y hacerle olvidar a Andrés. Ese día llegó seis meses después. Sí, esperé mucho a Gloria.

Una vez iniciados los viajes de Andrés, y con ellos mi esperada puerta libre para conquistar a Gloria, sucedió algo sumamente extraño. Ya en la esquina de mi casa, a punto de tomar el taxi para ir a buscarla al trabajo (era el único dato certero que tenía de ella), me empecé a sentir mal. Sí, mal. Un retortijón me detuvo, pero no era cualquier retortijón, era el retortijón al que muchos llaman "cargo de conciencia".

Así es, yo, abyecto, calculador, sintiéndome mal por traicionar a un amigo. Una fortísima parte de mí, me llevó de regreso a casa, sin dar lugar a algún giro inesperado de maligna voluntad. Sólo caminaba y caminaba, mi casa estaba a pocos metros, mi puerta se apareció ante mis ojos, saqué la llave casi temblando, la metí en la ranura, y entonces...

Quizás no me crean lo que les diré. Podría sonarles trillado, absurdo, hasta utópico, algo propio de una película pornográfica de bajo presupuesto, pero cuando sentí esos dedos perfectos tocando mi hombro derecho, supe que quizás, esa noche y sólo por esa noche, mi vida tomaría algún sentido.

Gloria ya estaba conmigo, en la puerta de mi casa, mirándome fijamente con esos hermosos ojos que, desde luego, eran expertos en enloquecer a cualquier hombre que se dijera cuerdo. Sólo atiné a mirarla mientras pude, y hacerla pasar sin decirle una sola palabra. Ya dentro, las cosas se pusieron algo tensas. Por su lado, se notaba claramente que ella esperaba que yo diera el segundo paso, es decir, lanzarme, romperle el pequeño y excitante polo celeste que llevaba puesto, bajarle los pantalones y, finalmente, hacerla mía. Por mi lado, mi personalidad calculadora no definía con exactitud lo que realmente buscaba Gloria llegando hasta mi casa. No podía asegurar que quería sexo, tampoco lo podía negar. Sólo sé que ella esperaba algo, ¿el segundo paso?, aún no lo creía. Así que iniciamos una conversación. Seguimos los parámetros básicos de los amantes. En ese momento no me sentí el autor intelectual de un burdo suceso sin consecuencias garrafales, sino un simple idiota que ahora no sabía que hacer con tremenda mujer frente a él.

- "¿Hola?" - dijo ella, entre risas.
- "Hola" - dije yo, nervioso como debutante.
- "¿No me dirás nada más, verdad?"
- "¿Qué esperas que te diga?, me has sorprendido."
- "Entonces, ¿me voy?, ¿te incomodo?"
- "No, sólo dije que me has sorprendido. No quiero que te vayas."
- "¿No te gustaría saber por qué estoy aquí?"

Para ese momento, ya estaba absolutamente excitado, con todo lo que eso implica. Sin embargo, traté de no demostrarlo, por lo que le propuse sentarnos en los muebles. Con una buena cruzada de piernas, no se notaría el bulto que llevaba alojado entre las piernas. ¿Les tengo que decir que ella ya lo había notado, y hacía buen rato ya?

- "Te noto distante, ¿por qué no te sientas conmigo en el sofá?"
- "Gloria, ¿a qué has venido?, esa es la pregunta que sigue, ¿no?"

Tras reírse de manera inclemente durante varios segundos, ella insistió en que debía sentarme a su lado, en el sofá, el cual tenía tres espacios. Apenas me iba parando, ella tomó el asiento del medio. No quería que me escapara. Pero yo tampoco quería escapar, aunque aún seguía incrédulo ante tal maravillosa realidad. Accedí a su pedido.

- "Pues, vine por algo de buena compañía. Eso es todo."
- "¿Eso es todo?, y, ¿por qué esa acotación?"
- "Pensé que eras una persona inteligente. No me decepciones."
- "Soy muy inteligente, pero eso no significa que deba entender todo lo que me digas."
- "¿Quieres que sea explícita?, ¿quieres acabar con el juego?, y yo que me estaba divirtiendo. Sobre todo con tus planificaciones, según tú, indescifrables."

Un momento, ¿"planificaciones indescifrables"?, ¿acaso ella...?

- "No sé de qué estás hablando."
- "Al principio te consideré un patán, por sacrificar a tu propia novia con tal de llegar a mí ..."
- "Basta."
- "Pero, con el pasar del tiempo, me fui dando cuenta que fue el gesto más sincero y arriesgado que un hombre habría hecho por mí."
- "Sigo sin entenderte."
- "Andrés no hubiera sido capaz de sacrificar algo preciado por mí. No lo hizo tampoco con su nuevo puesto de trabajo, a pesar de que se lo pedí innumerables veces."
- "..."
- "Eso sólo quiere decir una cosa."
- "¿Qué cosa?"
- "Que si tú y Andrés estuvieran en las mismas condiciones, y ambos quisieran llegar a mí desde un mismo punto de partida...”
- "¿Por qué te callaste?, sigue."
- "Tú serías capaz de sacrificar más cosas por mí. Y por lo tanto tendrías más posibilidades de tenerme."
- "Pero son sólo posibilidades, ¿verdad?, al final podrías terminar estando con él, de todas formas."
- "Acabas de confirmarme que eres muy inteligente."
- "No es necesario que me sigas alabando. No importa lo que yo haga, tú no quieres nada conmigo, a lo mucho me ganaré tu respeto como competidor, pero es otra cosa lo que buscas y por lo tanto sería siempre el perdedor. En ese caso, creo que no deberías estar aquí."
- "¿Y así nada más, te rindes?"

¿Qué pretendía Gloria?, acababa de desenmascararme con tosca y sensual elegancia, desnudando mis intenciones que, hasta ese momento, consideraba ocultas e imposibles de vislumbrar. Una cosa me había quedado clara, ella era más lista que yo. Muchísimo más lista. Lo que estaba por aclarar, era lo que pasaría esa noche. Alguien tenía que poner ese punto de quiebre entre una pelea segura, ocasionada por un encuentro de pasión y capricho, o una caprichosa noche apasionada.

- "Demasiada charla por hoy. Creo que está todo claro. Viniste a burlarte de mí y lo conseguiste. Acepto todo lo que dijiste. Mi ego está por los suelos, ¿algo más que quieras decir o saber?"
- "Sí, que hueles muy bien. ¿A dónde te ibas?"
- "Creo que no tiene sentido seguir mintiendo. Iba a buscarte a tu trabajo."
- "¿En serio?, ¿para qué?"
- "Para cualquier cosa menos para hacer lo que estamos haciendo ahora."
- "¿Ibas a tomarme por sorpresa e invitarme un trago?"
- "Claro que no."
- "Y, ¿por qué?, hubiera sido genial. Me hubiese sentido como esas divas de las películas" - Decía esto mientras se acercaba a mí.
- "Gloria, tú ya eres una diva".
- "Verborrea de barrio. ¿Por qué dices eso?"
- "Debes ser una diva, no hay otra opción. Ninguna mujer había adivinado tan fácilmente mis intenciones. He sido de todo menos evidente. Tú acabas de romper esa teoría sobre mí mismo".
- "Y eso, ¿te gusta?"
- "Sí".
- "¿Te excita?"
- "Seguramente ya lo notaste".
- "¿Qué te parece si olvidamos todo lo conversado, y hacemos de cuenta que soy una prostituta que alquilaste en un night club cualquiera?, ¿estaríamos hablando tanto?"
- "Probablemente sí, pero mientras te quito la ropa y beso tu cuerpo".
- "¿Puedes hablar mientras besas?"
- "¿Lo quieres corroborar?"
- "Sí".
- "¿Y Andrés?"
- "Está con su mejor novia. Su trabajo."

Ya iba tocando con mis manos su hermoso cuerpo. Recorriendo sus senos perfectos y grandes, duros como manzanos. Luego, desabrochando su pantalón.

- "Sabes que esa no es justificación, ¿verdad?"
- "También sé que es tu amigo, y sin embargo ya me estás quitando la ropa."
- "Es que ya no puedo aguantar más".
- "Tranquilo. No quiero que esto dure poco."
- "Durará lo que tenga que durar".
- "Me refiero al sexo".
- "Yo me refiero al tiempo que dures en mi vida".

Acto seguido, le quité el polo, luego el brasier. Ella se encargó de su pantalón, y siguió con mis prendas. En menos de un minuto, ambos estábamos desnudos en mi sofá, a poco de cometer un pecado que muchos consideran imperdonable. Yo les digo, cambiaría el castigo divino correspondiente a todos mis pecados, por el perdón de haberle hecho el amor a Gloria, la novia de mi mejor amigo. Aquella noche, entre la brisa marina y el olor a fluidos prohibidos, ella y yo compartimos algo más que una infidelidad; hicimos una oda al contacto físico más profundo, a la fusión de intimidades, al intercambio de sudor. Mi sofá terminó mojado, debido a los distintos líquidos que absorbió, cada uno más incesante que el otro. Sus piernas sobre mis hombros, reflejados en aquel espejo de la sala, se convirtieron en la postal del momento. Algo que ni en estos momentos tragi-gloriosos puedo sacarme de la maldita cabeza.

Andrés regresaría de su viaje en tres días. Largos para él, quizás, para mí y para Gloria, los días se hicieron cortos. Durante ese tiempo, juntos, hicimos de todo un poco. Desde cocinar pastas, hasta nadar de noche en la playa, pasando por leer juntos un libro de Sábato, y excitándonos hasta de la nada. Terminados los tres días, Gloria volvía con Andrés y nuestras vidas siguieron su curso usual. Y lo mismo cada vez que mi amigo viajaba. A veces se iba por una o dos semanas enteras. Entonces, Gloria y yo, intentábamos acentuar nuestros pecados. Viajamos al interior en tres oportunidades. En cada sitio donde parábamos, decíamos que éramos una pareja recién casada. Las gentes de esos lugares nos creía, nos veían felices, nos felicitaban, saludaban y adulaban. Nos reíamos de todo eso y no hablábamos nunca de lo que realmente estaba sucediendo. No faltaban las pequeñas peleas por desacuerdos infatuados, pero las terminábamos con toques de dulzura y, posteriormente, con vibrante y duro sexo; cual si el mundo fuera a acabarse segundos antes de cada orgasmo a experimentar. Andar con Gloria, a cualquier lugar, era simplemente eso, la gloria. No me había equivocado al elegirla como objeto de pecado. Porque fue mi pecado más rico, más emocionante y del cual, finalmente, me terminé enamorando.

Así pasaron ocho meses y medio. No, no vayan a pensar que fui padre. Por cierto, ¿siguen leyendo el relato?, ¿quieren que lo termine de una vez?, lamento decepcionarlos, pero el fin de mi historia no lo encontrarán aquí. Prosigo. Casi nueve fueron los meses en los que fui el amante fiel de Gloria. Porque, eso sí, no andaba con más mujeres. Alejé a todas mis amigas, con tal de servirle sólo a ella. Nunca me lo pidió, la decisión fue voluntariamente mía. Quizás la tomé porque quería vivir a Gloria en plenitud, sin pensar en otros cuerpos. ¿Y cuando Andrés regresaba de sus viajes?, al principio fue un infierno saber que Gloria se debía sólo a él cuando estaba en la ciudad, pero con el pasar del tiempo lo fui asumiendo, hasta que me acostumbré. Aún cuando sabía que Gloria estaba con Andrés, seguramente teniendo noches ardientes, no me daban ganas de estar con otras mujeres. Por eso digo que fui su amante fiel. Ahora ya pueden ir juzgando. Aunque creo que ya lo han estado haciendo desde hace bastante tiempo.

¿Cuándo se cagó todo?, muy simple. Una mentira no se puede ocultar tanto tiempo. Por eso evitaba ver a Andrés, aunque él usualmente me llamaba para salir y tomar unos tragos. Me hablaba siempre de su trabajo, sin descuidar sus aires de político frustrado, su moralidad y sus buenas costumbres ¿cuántas veces vengo mencionando estas palabras?). Presumía haber sido asediado por cientos de mujeres en cada lugar al que viajaba, pero que nunca, jamás, sería capaz de serle infiel a Gloria, según él, la mujer de su vida. Salir con mi amigo, mientras sólo yo y su futura esposa sabíamos que era un cornudo, era incómodo hasta para mi cinismo. Así que no se me ocurrió mejor idea que hacer que se entere. ¿Decírselo yo mismo?, ni a palos. Tenía que volver a calcular una idea que consiga dos objetivos: el primero, desengañar a Andrés, después de todo, no se merecía tal maltrato. ¿O sí? Y segundo, tener a Gloria para mí solo, aunque, claro, en un principio hacerme el dolido, ¿me creería?

Para eso volví a requerir de la ayuda, esta vez voluntaria y consciente, de una tercera persona. Gloria tendría un "admirador secreto". El tipo que contraté era el amigo de un amigo que ni Andrés ni Gloria conocían. Un hombre pequeño, feo y sin mayores atributos mentales. Lo escogí así para evitar que, en el caso de que se enamorase de Gloria, tenga alguna oportunidad con ella. Su misión era sencilla, debía acosarla, y provocar que Andrés se entere de ello. Al principio le mandaba rosas y pequeños mensajes en forma de dedicatoria, con firma de "anónimo". Como era de esperarse, Gloria no me comentó absolutamente nada sobre el asunto, aunque, astuta como ella sola, trató de sorprenderme una vez, preguntándome si yo sería capaz de celarla a tal punto de hacerse pasar por una persona "x" para probar su, lógicamente, inexistente fidelidad. Subestimó mi capacidad para mentir.

Pasadas dos semanas, el supuesto acosador, bajo mis órdenes, sería encomendado a entregarle a Gloria un texto escrito por mí. El texto era de corte romántico, lindando con lo cursi. Había dos copias. Una de ellas, sería para Gloria, y la otra para Andrés. La idea era que Andrés pensara que Gloria tenía algo real con el tipo. Ya imaginaba su ego destrozado, imaginándose a su bella mujer, sobre las piernas de ese pigmeo de rostro accidentado. Conociendo a Andrés, sabía que sería incapaz de cometer alguna locura, producto de los celos. No sería capaz de hacerle nada al enano, mucho menos a la misma Gloria. Lo único que haría, según mis cálculos, sería tomar y emborracharse todas las noches, durante uno o dos meses, y luego seguir su exitosa vida habitual.

Gloria recibió el primer texto, a manos de propio acosador. Increíblemente, según el tipo, lo recibió y le agradeció con un beso en la mejilla, diciéndole que se sentía halagada, pero que era una mujer comprometida. Y yo que pensaba que lo mandaría a los santos demonios. En fin. Eso no alteraba mi plan principal. Esperé a que Andrés viajara una vez más. Una vez en la casa de Gloria (creo que no mencioné que no sólo fornicábamos en mi casa, sino también en la casa que compartía con Andrés), busqué el texto. Tal y como lo planeé, lo tenía guardado en uno de sus cajones personales. Lo único que hice fue tomarlo y hacerme el celoso, reclamar e insultarla. Ella lo tomó con calma. Agarró el papel y lo rompió en mis narices. Luego, me increpó por revisar sus cosas personales. Tras la pelea, me botó de su casa. Fue un pequeño sacrificio para lo que vendría.

La última función del pigmeo, fue recrear la salida de una supuesta visita sexual a la casa de Gloria y Andrés. Hice que caminara por esa calle, de modo tal que se reconocieran tanto la puerta principal de esa casa, como las demás casas aledañas. Tomé las respectivas fotografías. Andrés tendría que creerme. Posteriormente, quedaría como el héroe que trató de salvar a su amigo del horrendo peso de los cuernos.

En el mismo aeropuerto, intercepté a mi amigo. Le di las fotos del tipejo, "saliendo" de la casa que compartía con Gloria, y luego le dije que lo había agarrado a golpes, arrebatándole un texto de amor, que no era otra cosa que la copia del mismo texto que Gloria había recibido, y roto en mis narices. Andrés se horrorizó, no tanto de la evidente infidelidad, sino de la horripilante figura del supuesto "amante". El texto no lo leyó delante de mí, prefirió guardarlo y leerlo solo, en el hotel donde se hospedaría, puesto que había decidido no ir a su casa, para evitar todo contacto con Gloria. Me abrazó y me agradeció el favor que le hice al "abrirle los ojos". Tomó un taxi y partió rumbo a su hotel. Yo decidí buscar un restaurante en el aeropuerto y tomarme un café, mientras oía a los aviones llegar y levantar vuelo. Señal de un triunfo inminente. Pronto, muy pronto, Gloria sería mi mujer, sólo mía y de nadie más.

Tal y como yo lo había intuido, y planeado, Andrés no se aguantó y llamó a Gloria, absolutamente indignado y con todas las ganas de terminar su relación, insisto, más por ego que por otras cuestiones. Además, le sacó en cara el texto amoroso que el horripilante amador le habría escrito a la infiel mujer. Gloria no tuvo otra opción que confesar. Admitió que recibió el texto por amabilidad, pero agregó que lo rompió. Que no sabía de dónde había salido ese admirador, y que no entendía cómo podía tener el texto en sus manos, si es que ya estaba hecho pedazos en el basural de la ciudad. Eso generó una sensación aún más grande de que Gloria, en realidad, engañaba a Andrés, y es que así fue. A fin de cuentas, ella lo engañaba, no con ese monstruo retaco, sino conmigo, un amigo en el que Andrés confiaba ciegamente.

En conclusión: Andrés estaba furioso y además indignado por la serie de mentiras que notaba, ahora, de su otrora e impecable amada. Odió a Gloria con todas sus fuerzas y juró venganza. ¿Cómo sé todo esto?, porque me llamó segundos después de su acalorada discusión. Le dije que se calmara, que ya encontraría otra, y que esa tonta no sabe de lo que se pierde. Gloria no me llamó nunca más.

Fue a los dos días, cuando la llamé, esperando a que las aguas se hayan calmado, cuando me di cuenta de que algo malo estaba sucediendo. Algo malo y fuera de lo planeado. Andrés volvió a viajar por trabajo, o al menos eso creí en ese momento, por lo que decidí buscar a Gloria. Conociendo lo lista que era, seguramente ya habría concluido que fui yo el que, una vez más, planeó todo a mi favor. Esperaba una reacción coherente con lo que me dijo esa noche en mi casa. Quería que sepa que mi último gran sacrificio, fue el de perder a mi mejor amigo con tal de tenerla sólo para mí. Quería hacerle el amor para celebrar ese suceso. Ya me la imaginaba, gozosa y caliente, riéndose de por fin haberse desecho de ese gran estorbo con el que pensaba casarse y formar una farsante familia.

Toqué su timbre y puerta unas treinta veces cada una, pero no respondía. Me di cuenta que su puerta no estaba asegurada, así que forcejeé lo necesario para entrar. Estaba desesperado, desesperado por ver su reacción ante tal actitud mía. Quizás la excite hasta el forcejeo, pensé. Una vez adentro, me quité la camisa y la busqué en su habitación. Mi excitación cambió a horror de un momento a otro.

Ya no era Gloria, sino partes de Gloria, repartidas por todo el lugar. Su pierna derecha estaba sobre el televisor, su pierna izquierda estaba al costado de la cama. Sus brazos, cruzados, haciendo una "x", sobre su mesa de noche. Su torso, portador de sus hermosos senos, y el resto de su tórax, estaban de espaldas sobre la cama, tapados con una sábana que en algún momento habría sido blanca testigo de nuestro más apasionante sexo, y que ahora lucía una roja y espesa apariencia, la roja y espesa apariencia de la muerte.

La cabeza de Gloria estaba sobre la almohada. Fue lo primero que vi. Hasta le sonreí, pensando que lo demás era una cruel broma de su parte. Su rostro estaba golpeado y lívido. Y su boca tenía algunas gotas de semen. Así de horrible como lo escribo, así de horrible lo viví, y la verdad siento que estoy quedando corto en comparación al suceso que estoy narrando. No sé si entiendan que en este momento sigo experimentando un estado de shock, que más bien, lejos de generar en mí alguna otra sensación de desaparecer, ha creado la lucidez necesaria para contarles esta historia. Diré, por segunda vez, que pueden juzgarme ahora. Pensar de mí lo que ustedes quieran. Sobre todo de lo idiota que soy. Sí, soy un idiota. A que no saben qué es lo que le falta a este relato. ¿Lo adivinan?

Sí, soy un perfecto idiota. Por si no lo recuerdan, se los diré: yo instruí a Andrés, ¿ya recordaron?, en cierto modo, Andrés fue mi alumno. Y en un determinado momento, le enseñé a escribir prosa y algo de poesía. Alguna vez, Andrés, mi amigo y alumno, con aires de político frustrado y una extraña fascinación por la moralidad y las buenas costumbres, leyó mis textos, los memorizó, e intentó escribir como yo. El texto que le escribí a Gloria era muy similar a aquellos textos que le enseñaba a Andrés, para que así aprenda a escribir prosa romántica - "Con esto conquistarás muchas chicas, Andrés", le decía. Nunca pensé que ese aprendizaje serviría para acabar con mi propia vida.

La llamada que recibí hace unos minutos fue de Andrés. Me dijo, muy tranquilo, que él había asesinado a Gloria, y que ya sabía dónde estaba hospedado. Que venía por mí. ¿Y yo?, no pienso seguir escapando. Siento que este castigo, que está por caer encima de mí, es el más justo, considerando que yo cambié, muy consciente de ello, todos los castigos que me tocaran por el premio de tener a Gloria. Y la tuve tantas veces como quise, mas no las suficientes. Si de algo he de quejarme, es que Andrés me le quitó muy rápido y para siempre, pero no tengo nada más que reclamar.

En estos momentos ya debería estar muerto. Seguro sabrán de mí en las noticias de mañana o pasado mañana. Pero quiero que sepan, no me arrepiento de nada, en lo absoluto. Es más, hay algo que no les dije. Lo más interesante de haber pecado, junto a Gloria, es que, al haber cometido ambos los mismos pecados, quizás vayamos al mismo lugar. Así que, ya en el infierno, me la volveré a encontrar, y haré de todo para tenerla nuevamente, ya lejos de Andrés, lejos de la moralidad y las buenas costumbres, lejos de los deseos prohibidos, lejos de esta sociedad tan inexpugnable y cínica. No hay plan perfecto ni cuerpo que lo resista, por más que el cuerpo sea tan perfecto como el de Gloria - perdonen esta última reflexión, es que sigo excitado, pensando en ella.

Finalmente, suena la puerta de mi habitación de hotel.
Ahora es el momento, júzguenme, pero, por favor, déjenme desaparecer.