martes, 7 de enero de 2014

El club campestre

Él llegó a la casa de sus padres la mañana de un domingo, en plan de visita. Su familia se alegró de verlo. Lo saludaron y abrazaron con mucha efusividad. Estaban también sus hermanos, las esposas de sus hermanos, y sus sobrinos pequeños. La idea inicial era salir a un buen restaurante y almorzar todos juntos, conversar, bromear, ponerse al día en los chismes, hablar de las proezas de los niños, de sus gracias, y todas esas cosas que hacen las familias cuando van aumentando en edad y en número. De pronto se le ocurrió que en lugar de ir a un restaurante citadino, podrían pasar ese día en un club campestre muy bello que él conocía y al que hacía mucho tiempo no iba. Sumó en silencio, rápidamente, la cantidad de dinero disponible que tenía en su cuenta de ahorros. Supo que le alcanzaría para pagar el paseo en su totalidad. Sería un gran gesto de su parte, algo que valorarían todos, y pensó en las sonrisas de sus sobrinos. Luego, por alguna razón que desconoce desistió de la iniciativa y se adaptó nuevamente a la idea anterior. De alguna forma, tal vez, se arrepintió de aquella intención nonata. Quizás, quién sabe, porque más allá de que tuviera el dinero, dicho gasto no estaba planeado y el dinero podría hacerle falta después para cosas más importantes o urgentes. Además, la idea de almorzar en un restaurante citadino, que era la idea de todos en un principio, no era en absoluto desagradable. De modo que al final fueron todos a un buen lugar sugerido y aceptado por la mayoría.

Una vez dentro, juntaron las mesas, colocaron las sillas y empezaron a compartir su ansiado momento. La comida estaba exquisita y la tertulia, tal y como se esperaba, muy interesante, se iba desenvolviendo con naturalidad entre los asistentes. Incluso los niños, habitualmente inquietos e indomables, se comportaban a la altura de la parsimoniosa reunión. Y todo iba perfecto hasta que la desgracia, siempre invisible hasta manifestarse, jaló su silla y se sentó en la misma mesa sin invitación: el más pequeño de sus sobrinos tragó entero un hueso de pollo que luego se atoró en su garganta. Ante la desesperación de sus padres, el pequeño niño, asfixiado, perdió la vida en cuestión de segundos. Los gritos de desesperación y lamento eran estruendosos y llamaron la atención de todos los comensales, quienes se acercaron a ver lo ocurrido. De un momento a otro, la madre del chico culpó a uno de los hermanos de su esposo por haberle dado piezas de pollo, sabiendo cualquier adulto el peligro que esto podría implicar. Lo culpó de manera directa, violenta y desafiante. El pobre hombre que, efectivamente, le había dado al niño la pieza de pollo ante la insistencia del pequeño, agachó la cabeza y aceptó su culpa, muy asustado y evidentemente arrepentido; pero esto no fue suficiente para el padre del fallecido, quien, muy enfurecido, tomó un cuchillo de la mesa y se lo clavó en el pecho exigiendo justicia por su hijo caído, y asesinando así a su propio hermano, quien cayó de su silla convertido en una pileta de sangre. La sorpresa de los espectadores fue brutal. Ni siquiera alguien había tenido tiempo de llamar a una ambulancia por lo acontecido con el niño, y ya había otro muerto sobre el piso del restaurante.

Ante decenas de gritos de terror, curiosos que se aguantaban los gritos para no llamar la atención, y muchos otros que prefirieron huir, otro de los hermanos reaccionó ante la venganza y le lanzó un puñete fortísimo al reciente asesino. Debido a la fuerza del impacto, el herido perdió el equilibrio y cayó aparatosamente sobre su anciana madre, aplastándola y quitándole así la vida. Al ver toda esta consecución de horripilantes escenas, el viejo padre sufrió un paro cardíaco y murió también, desplomándose sin más. Finalmente, antes de que los hermanos y sus esposas siguieran asesinándose entre sí, y antes de que llegara la ambulancia, llegó la policía. Fueron capturados casi todos los hermanos y esposas que quedaron vivos; en realidad todos excepto él, sí, aquel que tuvo la idea nunca expresada de pasar el día en un club campestre en lugar de llegar a ese restaurante citadino, en el que al final ocurrieron juntas tantas desdichas. No lo capturaron pues, según los testigos, él fue el único que en ningún momento reaccionó, quedándose sentado y quieto mientras todo acaecía frente a sus ojos. Se dice que, tiempo después, terminó de enloquecer principalmente por los recuerdos que nunca dejaron de atormentarlo; que está internado en algún manicomio de la ciudad, y que cuando conversa con su doctor encargado le expone a menudo este discurso tan particular:

“Qué hubiera sido de todos nosotros, doctor, incluyéndolo a usted, por supuesto, si en lugar de ir a aquel restaurante hubiésemos ido a un club campestre donde había montañas rocosas, pisos resbalosos, peligrosos toboganes y juegos, hondas piscinas y piezas de animales con huesos muy grandes para comer. Hubiera sido toda una tragedia, ¿no lo cree usted?, una horrible tragedia. Felizmente algo me dijo que lo mejor era no ir ahí. Algunos lo llaman ‘ángel de la guarda’, yo lo llamo ‘instinto’, doctor, ‘instinto’, y del mejor”.