miércoles, 9 de octubre de 2013

Joder, pucha


Amanecía en Ámsterdam y hasta el sol de ahí incitaba a fumar hierba. Ya no éramos los jóvenes impetuosos que deambulaban por Madrid, así  que sólo quedaba en ganas. Cada mañana en el hotel se me apetecía una cerveza como desayuno y ese ya era el preámbulo de las críticas de Gabriel – Siempre serás un puto ebrio, no aprendes- me decía. Odiaba que le invitase un sorbo de mi chela. Me lo negaba cuatro veces y a la quinta lo aceptaba para nuevamente quejarse por su mal sabor. 

En nuestros paseos por Muntplein solíamos entrar a librerías; nos entreteníamos viendo cómo los holandeses trataban de ser amables con nosotros, aun cuando no querían serlo puesto que, deducían, éramos españoles – Joder, Tomás, eso te pasa por no parecer peruano; si parecieras peruano hasta te tendrían miedo a que les quites el empleo – Pucha, chato – respondía yo, mesurando mis risas, porque no quería que esos clones de Patrick Kluivert demostraran su evidente rechazo ante nuestra presencia – Nada puedo hacer para parecer peruano pues, salvo hablar con mi dejo y en este idioma tan cachondo que tú y tus comadres nos han heredado tras la conquista; sarta de maricas - Luego de estar buenos ratos en la sección «libros serios»,  nos dirigíamos a la sección «manga y comic».

Nos encantaban los mangas. Entonces hablábamos de los animes que habíamos visto, dándonos con la eterna sorpresa de que los mangas nos encantan sólo cuando los hacen animes. Cuánta flojera…  leer libros al revés. De todos modos, el hecho de que a ambos nos gustara el anime nunca fue bien visto por el círculo intelectual de Madrid. Recuerdo que una vez, en una de esas aburridas reuniones a las que nos invitaban frecuentemente, nos enfrascamos en una discusión sobre qué personaje era el mejor – Hombre, Lelouch es un sofista, un filósofo y un estupendo actor, tiene matices, es mitad héroe mitad villano y además es un éxito con las mujeres; definitivamente es el mejor – anticipaba Gabriel, y luego yo respondía - No me jodas. El mejor es Kira, un villano tiene que ser cien por ciento villano, sino que me la sude y que le encante - Poco faltó para que los escritores, artistas plásticos y demás liendres anteojadas del círculo nos echaran a patadas de su local. En ese entonces no pasábamos de los treinta y todo nos llegaba al sexo. Ahora, estoy seguro, valoraríamos más pertenecer a algo.

Finalmente, terminábamos nuestro paseo en un restaurante de Beethovenstraat, nuestro lugar favorito del centro de la ciudad, donde además nos atendía siempre una camarera exquisitamente guapa. La morena, que medía un metro y ochenta centímetros cuando menos, tenía la particularidad de tener un cabello larguísimo, lacio y fascinantemente bien cuidado. Siempre me gustaron las mujeres de cabellos muy largos, lo cual le trajo algunos recuerdos a Gabriel – Deberías apurarte con ella o terminarás como con Esmeralda – me dijo alguna vez, mientras yo sólo me limitaba a mirar a la despampanante negra que nos servía el guisado cada tarde. 

A propósito de Esmeralda, era una chica de Barcelona a la cual conocí por el mismo medio por el que conocí a Gabriel, la Internet. Tenía ella la gran virtud, además de una inolvidable belleza y longitud de cabello, de enamorarme mientras cada vez ponía más claro que lo nuestro no podía ser, por razones aberrantemente obvias. Luego de unos años, logré conseguir el suficiente dinero como para ir a España, meterme la crisis por el culo, conocer a Gabriel y tratar de conquistar a Esmeralda personalmente. Ya era muy tarde, pues se había casado con uno de los científicos más importantes de Catalunya y hasta estaba embarazada de él. Aun así logré pactar una cita con ella cuyos resultados fueron igual de desalentadores. Una vez más, el hijo de puta de Gabriel tenía razón.

Llegaba el atardecer en Países Bajos. No sabíamos cuánto tiempo más estaríamos por allá o si podríamos sobrevivir con el poco dinero que nos quedaba. Era claro que alguno de los dos tenía que encontrar trabajo y, al ser el mayor, tenía que ser yo. Logré que una agencia periodística me contratara para cubrir los partidos del Ajax, lo malo era que no conocía un carajo del idioma y mi inglés era muy básico, aun así me las ingenié para escribir artículos que tuvieran cierto valor en el mercado. Con eso sobrevivimos unos meses más, pero me temo que esta existencia tan fatua no podrá continuar. Gabriel y yo pensamos que lo mejor sería ir a Sudamérica.

Él sigue creyendo que una antigua novia lo espera en Buenos Aires; las pocas veces que nos hemos emborrachado juntos he tratado de decirle que lo mejor es que no se haga ilusiones. Han pasado ya varios años desde que todos éramos como niños mimados en la red. Ahora hay «cosas que hacer» – Pucha, tío, Sudamérica nos espera con los brazos abiertos, y si tenemos suerte sus piernas estarán abiertas también. Larguémonos. Europa ya se nos hizo muy pequeña – con el rostro iluminado por aquel rojizo sol holandés, Gabriel con la cabeza, me dio una palmada en la espalda y me dijo: Vale, ve adelante. Yo te sigo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Nubes que se tocan

Esmi

Me encantó concebir a Esmeralda Gramunt. Creo que es uno de los personajes que más aprecio en la saga y que más valoro como personaje en sí. No sólo representa a la mujer ideal de Tomás, vale decir, un espejismo que él siente inalcanzable, sino que además se convierte, tras diversas ocasiones, en un estupendo catalizador de las impertinencias naturales de los protagonistas, sin dejar de mantener la puerta abierta para participar en algunas de sus pueriles ocurrencias. 'Nubes que se tocan' constituye su primera aparición protagónica en 'Desvaríos premonitorios'. Y vaya que en este relato la catalana brilla ya con luz propia. Es brillante, bella, sensible, y alcanza una madurez veloz en esta y en sus posteriores apariciones. Además, pasado el tiempo, logra convertirse en una respetadísima economista de fama mundial, lo que le da un toque de glamour a la de por sí chúcara conducta tanto de Tomás como de Gabriel (principalmente de Tomás, hay que aclarar).

Sustancia

Si algún día me preguntan cómo es que se me ocurrió que ambos debían ir a la Torre Agbar en su primera cita, la respuesta sería sencilla: de recibir la visita de una bella catalana, me las arreglaría para llevarla a la Torre Principal de Interbank y concretar ahí una cita romántica (esto es una broma, claro).

Tomás y Esmeralda se conocen por redes sociales, presentados por Gabriel (quien a su vez también era sólo amigo de ellos mediante la Internet), y consuman su amistad a través de mensajeros de celular. Hasta ahí todo parecería indicar que sería una típica relación virtual sin mayores aspiraciones, pero todo cambia cuando Tomás decide ir a España, entre otras cosas (incluyendo a Gabriel), para conocer a Esmeralda. No obstante, aparentemente, su difícil situación económica y laboral lo hace tardar algún tiempo, tiempo que se prolongó demasiado. Tiempo en el que Esmeralda se enamoró y casó con un científico rico y renombrado (presumiblemente mucho mayor que ella). Y eso no es todo, cuando Guerrero llega a Barcelona, Esmeralda tenía ya seis semanas de embarazo. Si la conducta del peruano ya era de por sí dramática, imagínense con esos condimentos. Aún así, pactaron una cita en la hermosa capital de Catalunya. Sin más que agregar, los dejo con el relato.

PD. Aquí también menciono a Pablo por primera vez en la saga (si mal no recuerdo). Pero prefiero hablar de este (grato) personaje en otra ocasión.

***

Nubes que se tocan

De pronto me vi envuelto en estupefacción cuando la vi bajar del taxi. Estaba hermosa. Era más hermosa de lo que veía en sus fotos hacía unos años. Era más hermosa de lo que imaginé en mis momentos de soledad. O cuando me sentía acompañado por ella utilizando el celular. No pude evitar besar su mano al saludarla, cual si se tratara de una princesa. Una princesa que me fue imposible terminar de conquistar por la simple razón de que ella pensaba, usaba bien su virtuoso cerebro, razonaba, y concluía qué era lo mejor para ella. Evidentemente yo no tenía cabida en ese algoritmo, pero en ese momento éramos ella y yo, frente a frente, dispuestos a no saber cómo utilizar el tiempo que pasemos juntos.

-    Esmeralda, hola, ¿cómo has estado?
-    Hola. Bien, ¿y tú?
-    Pues, aquí. Gracias por aceptar esta salida. Sé que lo pensaste mucho, no es necesario que me lo digas.
-    No lo pensé tanto. Cuando supe que habías venido lo único que deseaba era conocerte personalmente.
-    Bueno, aquí estamos.
-    Sí.
-    ¿Qué hacemos ahora?
-    ¿No tienes nada planeado?
-    La verdad, sí. Pero no sé si estés de acuerdo en que vayamos a lo alto de ese enorme edificio.
-    ¿Quieres que vayamos a la Torre Agbar?
-    Si lo deseas.
-    Claro, hasta ahora no he podido ir.
-    Pero, ¿estás segura?, ¿no será malo para tu bebé?
-    Ja, ja, no lo creo, a menos que no haya ascensores.
-    Entonces vamos.
-    Vamos.

La tensión se iba disipando de a pocos. Ella ignoraba lo que planeaba una vez que llegásemos a la torre. Dije, ¿«ignoraba»?, ¿acaso había algo que Esmeralda ignorase?, ¿acaso no sólo era brillante y culta sino también perceptiva e intuitiva como toda mujer?, lo cierto es que cuando tomamos el taxi y, de casualidad, rozó mi nariz con un mechón de su largo cabello negro, diversas sensaciones confluyeron en mis ríos hormonales. Me había excitado y era urgente tratar de disimularlo. Era el poder de Esmeralda y de tantas noches hablando juntos a la distancia. Tantas noches enamorándome, mientras me era cada vez más inaccesible.

-    Es curioso que nunca hayas venido aquí. Me hablabas tanto de este lugar que pensé que era casi como tu segundo hogar.
-    Mi segundo hogar siempre fue una casa de estudios, Tomás. Además siempre te dije que admiraba tu valentía para conocer nuevos lugares sin amilanarte. Por lo cual se puede deducir que yo no soy así.
-    Vaya, pero no hay que ser tan valiente para venir a este lugar tan bello y que además tienes tan cerca de casa.
-    ¿A cuál de mis residencias te refieres?
-    Pues a la casa en donde vives.
-    Ahora vivo en una tercera residencia.
-    Joder…
-    Me encantaba cuando escribías «joder» en nuestras ventanas de chat.
-    Y estoy seguro que te he sonado ridículo ahora que me has escuchado.
-    No, ahora me gusta más. Te sale muy bien. A ti particularmente.
-    Pues, gracias.
-    Es raro, siempre supe que no se podía acceder tan fácil a la torre, ¿por qué de pronto ya estamos en el ascensor y nadie nos dijo nada?
-    Digamos que esta es tu cuarta residencia ahora.
-    ¿A qué te refieres?
-    Nada, no dije nada. Ya casi llegamos.

El primer mensaje de texto de Gabriel había llegado: «Tío, ¿cómo vas?, ¿ya estás con ella?, joder, me lo tienes que contar todo, ¿sabes por qué?, porque, maldito hijo de puta, te has gastado todo nuestro dinero en este plan de ligue; así que si no ligas con ella te juro que te arrepentirás. Adiós». Leí el mensaje sin que Esmeralda sintiera un ápice de descuido, decidí no responderlo hasta tener una oportunidad idónea. El ascensor era muy veloz. Habíamos llegado rápido al piso treinta.

-    Llegamos.
-    Ya veo, ¿qué hay aquí?
-    Pasa y verás.

Nos esperaba una oficina vacía, pero no era cualquier oficina. Utilicé el lugar para decorarlo con algunas pinturas renacentistas, me preocupé también de las luces, estas eran tenues y blancas. Al abrir las ventanas del fondo teníamos una pequeña terraza donde coloqué una ligera mesa y dos sillas. Sobre la mesa había un vino blanco, el único tipo de vino que le gustaba a Esmeralda, y unos panellets que compré poco antes de llegar a aquel mall de la avenida Diagonal, donde nos encontramos.

-    ¿Qué es esto?
-    Pues… es la cita que nunca tuvimos.
-    ¿Por qué lo hiciste?
-    Oye, ya vas a empezar con tus cuestionamientos. Vamos, no estamos en una clase de Macroeconomía. Además los panellets se enfrían.
-    Tomás, no entiendo nada…
-    ¿Nos sentamos?
-    Pero…
-    Esmeralda, que se enfrían los panellets.
-    Los panellets se comen fríos. Pero...Vale.

Una vez sentados frente al resto del mundo, el cual se veía nublado, producto de las nubes que acariciaban lo alto de la torre, serví las copas y propuse un salud por nuestro encuentro.

-    Ok, sé que es algo tarde para celebraciones, pero me alegro de haberte conocido, al fin, personalmente. Brindo por eso.
-    Vale.
-    ¿No brindarás por nada?
-    Es que… no sé.
-    Esmeralda, ¿qué te preocupa?
-    ¿Tienes preferencia por algún nombre en especial para tu primogénito?
-    La verdad no lo he pensado, es decir, lo pensaba de muy joven, cuando me moría por tener hijos. Ahora ya no.
-    Oh, entiendo.
-    Pero podrías ponerle «Lionel»
-    Ja, ja, ja, ya es un nombre muy común por aquí.
-    Lo imaginaba, ¿qué tal «Rivaldo»?, apuesto a que no muchos se llaman así.
-    Siempre mezclas todo con el fútbol, eres tal cual te mostrabas por internet.
-    Entonces brinda por eso.
-    Sólo un sorbo.
-    Lo sé, ¿cuántos meses tienes?
-    Tengo seis semanas.
-    No es mucho.
-    Sí, por eso es que puedo tomar un sorbo.
-    Es una pena, eso quiere decir que no te podré emborrachar; y yo que había preparado una cama muy cómoda en la siguiente oficina.
-    Bueno, salud.
-    Salud.

Entonces llegó el segundo mensaje de Gabriel: «Tío, ¿me lo vas a contar o no?, ha llegado Pablo al hotel. No sé cómo demonios sabía que estábamos hospedados aquí. Ahora toca la puerta y no quiero abrirle porque de seguro ha llegado a preguntarme por ti. Sé que se huele lo que tramas con Esmeralda. No te lo perdonará, tío, así como yo no te perdonaré que nos hayas dejado en la miseria por cumplir este antiguo capricho tuyo. Estaré esperando tu respuesta. Adiós (otra vez)». Esmeralda notó que leía el mensaje y percibí cierta incomodidad de su parte. Pensé en apagar el celular para que Gabriel dejara de molestarme, pero estaba seguro de que sentiría una enorme culpabilidad. Después de todo, él tenía razón. Se me había ido lo poco que tenía de dinero en preparar el ambiente perfecto para Esmeralda. Aunque, vale decir, hubiese gastado todo el dinero del mundo con tal de cumplir ese objetivo.

-    ¿Cómo es que hiciste todo esto?
-    Bueno, les pagué a los de seguridad para que ni siquiera nos hagan un guiño al vernos entrar.
-    ¿Cuánto les pagaste?
-    ¿Eso importa?
-    Bueno, no. Pero no me explico aún por qué has hecho todo esto.
-    Pues, por ti.
-    Pero, ¿por qué?
-    Esmeralda, no todo en esta vida tiene un por qué.
-    Esto ya lo hemos discutido antes y sabes muy bien cómo pienso al respecto.
-    Pues tú sabes que yo no pienso así. Respetemos eso y listo.
-    Él es un gran hombre.
-    ¿Quién?
-    Mi esposo.
-    Sí, lo sé. Sé también que es muy reconocido.
-    Sí.
-    Pues qué bueno. Te lo mereces. Además es cuestión de tiempo para que tú también obtengas muchos reconocimientos.
-    No lo sé.
-    Vamos, tienes veinticinco años. Eres muy chibola aún.
-    Ja, ja, ja, ¿«chibola»?, ya me había olvidado de las jergas peruanas.
-    Los peruanos molamos y somos la mar de sexies, no lo olvides.
-    No lo olvido. Por cierto, ¿has visto a Pablo?
-    Sí, en Madrid.
-    ¿Cómo está?
-    Bien, con todo este tema de su maestría.
-    Qué bueno.
-    Sí.
-    ¿Y Gabriel?
-    Se quedó en Madrid. Está bien. Lástima que no pudiera venir ahora.
-    La última vez que lo vi fue cuando le conté que estoy embarazada.
-    Sí, lo sé.
-    ¿Qué opinas de ello?
-    Opino que está bien.
-    ¿Que está bien?
-    Claro.
-    ¿Y si te dijera que yo no quería tener un bebé?
-    No te creería.
-    ¿Por qué?
-    Y dale con los «por qué».
-    Creo que es muy pronto para estar esperando un hijo, ¿tú no crees lo mismo?
-    No es pronto ni tarde para tener bebés; simplemente se tienen y punto.
-    ¿Cómo puedes vivir con esa manera tan simple de pensar?
-    ¿Fue ofensa o halago?
-    Ninguna de las dos, sólo una observación en forma de pregunta.
-    Pues a mí me sonó a ofensa. Salud por eso.
-    ¿Qué hacemos aquí, Tomás?
-    Se supone que nos divertimos, ¿no?
-    No me estoy divirtiendo ahora.
-    Lo sé.
-    ¿Tú sí?
-    No, tampoco.
-    ¿Qué hacemos?
-    Ven, miremos hacia afuera desde la ventana.
-    ¿Estás loco?
-    ¿Eres aerofóbica?
-    No, pero…
-    Ven, no pasará nada.

Nos paramos y dirigimos hacia la ventana abierta. Nos apoyamos en la baranda y sacamos nuestras cabezas a la intemperie. No se podía ver nada debajo, sólo algunas luces de los autos, luces que se movían, y algunos negocios. Las nubes nos envolvían. Nos habían secuestrado en aquella oficina que de a pocos se tornaba cálida, a pesar del invierno catalán. Al mirar hacia arriba, se divisaban fácilmente las estrellas, y por los costados las luces del edificio.

-    ¿Recuerdas la primera vez que me mandaste una foto de Barcelona?
-    Sí, ¿qué con eso?
-    Bueno, aunque esto suene trillado, es mucho mejor estar aquí que verla por foto.
-    Tienes razón. Gracias. Espero algún día poder conocer Lima.
-    Te gustará, aunque es diferente a esto. Muy diferente.
-    En Lima naciste y creciste. Algo especial debe de tener.
-    Es como una chica rara. Tardas un poco en conocer sus lados especiales.
-    ¿Como una chica rara?, me atrae mucho más ahora.
-    Vaya. Hermosa vista, ¿no crees?
-    Sí, ¿sabías que las luces del edificio obedecen intencionalmente al patrón óptico de Moiré?
-    ¿Moiré?, ¿qué carajos es eso?
-    Se logra con dos conjuntos de líneas paralelas, superpuestos y separados por un ángulo no mayor a cinco grados. A la vista, eso forma el efecto Moiré.
-    Y de seguro que eso lo hace molar.
-    Exacto.
-    ¿Te puedo besar?
-    ¿Qué?
-    Que si te puedo besar.
-    Tomás, no.
-    ¿Por qué?, ¿porque estás casada o porque no te gusto?
-    No responderé a esa pregunta, lo siento.
-    Vale, entonces no te gusto.
-    Joder, Tomás.
-    ¿Qué?
-    No seas idiota.
-    ¿Qué?
-    Que no malogres el momento. Empezaba a divertirme.
-    Lo siento.
-    No, perdóname tú.
-    ¿Qué?, ¿por qué?
-    Porque soy cobarde.
-    ¿Cobarde?
-    Olvídalo. Están muy ricos los pan…

Consumado el acto casi vandálico de besarla durante contados y gozados treinta y seis segundos, me concentré en abrazarla con fiereza. En sujetar su cuerpo y oler su hermoso cabello, entonces tan cerca de mí, como si quisiera comérmelo con las fosas nasales. Ella no tardó en abrazarme también, aunque era evidente que la inundaba la tensión de no saber cómo terminar con aquella historia sin un final que la haga quedar como una cualquiera. Yo sólo quería seguir abrazándola, mientras las nubes de Catalunya me abrazaban a mí, a manera de felicitación por mi sufrida y magnífica paciencia.

-    Tomás, debo ir al baño, ¿me esperas?
-    Sí, aquí estaré. El baño está al lado del cuadro de Bellegambe.
-    Vale, ya vuelvo.
-    Te espero.

Llegó un tercer mensaje de Gabriel: «Joder, maldito abusón, apuesto a que te la estás follando. Acuérdate que está embarazada, no se te ocurra ir tú arriba. Eres un puto gamberro, te odio. Por cierto, Pablo estuvo aquí y ya salió a buscarte. Le dije que estabas en Rocafort con dos amigas y que yo no quise ir porque soy un cobarde. Me creyó sin titubeos y fue a por ti. Descuida, no le di tu número telefónico y le negué rotundamente que hayas quedado con Esmeralda. Espero, ahora sí, una respuesta tuya, maldito ninfomaníaco. Adiós (por tercera y última vez, creo)».

Todo esfuerzo de esperar hubiera sido inútil. Esmeralda se perdió entre las tenues luces blancas que había comprado e instalado para ella. La puerta del baño nunca sonó, como sí sonó el ascensor que la llevó directo al primer nivel, donde el tipo de seguridad no le diría nada por órdenes expresas mías. Desde la ventana del piso treinta no pude ver su hermosa y embarazada figura huyendo de mí, porque las nubes me lo impedían. Una hora después, bajé a hablar con los de seguridad. Uno de ellos me dio la única buena noticia de la noche. Entonces le respondí a Gabriel:

«Gabriel, lamento no haber podido contestarte antes. Esmeralda ya debe estar en su residencia en este momento. Sobre el dinero, no te preocupes, lo recuperaré muy pronto; y hasta podríamos despedirnos de Barcelona con una visita a un buen bar en los próximos días. Ven cuando quieras a visitarme a la Torre Agbar, te va a encantar mi uniforme nuevo. Espero que no me preguntes por qué ni cómo. Después de todo, en este mundo no todo tiene una razón de ser. Hasta pronto, hermano».

Buena suerte

-    ¿Por qué?
-    ¿«Por qué»?, ¿qué?
-    ¿Por qué me elegiste a mí?
-    No lo sé, supongo que porque me gustaste… Qué pregunta más absurda.
-    No lo es. No entiendo por qué me elegiste. Tenías muchos pretendientes.
-    Claro…
-    En serio…
-    Sí.
-    Entonces, ¿por qué?

Siempre creí en la suerte, pero sobre todo en la mala. Me había ido pésimo en cada idea que emprendí continuamente con timidez, miedo y mi clásica valija llena de traumas y complejos, como no podía ser de otra forma. Por ello, no podía concebir que al fin algo de buena fortuna llegara a mi vida de una manera tan injusta e inquietante. Y más aún si se trataba de una mujer. Si había algo con lo que me iba especialmente mal, eso era con las mujeres.

-    ¿Siempre que terminas de hacer el amor te pones en ese plan?
-    No, o sea, la verdad no he hecho tantas veces el amor como para llegar a esa conjetura.
-    ¿Con cuántas mujeres te has acostado en toda tu vida?
-    ¿Aparte de mi madre?
-    ¿Te has tirado a tu madre?
-    No, pero me he acostado con ella muchas veces. Ya sabes, de pequeño.
-    Idiota, sabes a lo que me refiero…
-    Lo siento, sí, soy idiota.
-    ¿Me lo vas a decir o no?

¿Por qué quería ella saber con cuántas me acosté?, ¿acaso quería burlarse?, ¿excitarse?, ¿causarse un poco de ternura o compasión hacia mí?, ¿concluir que en definitiva era un fracasado en el sexo por no haber llegado al promedio de mujeres que un hombre llega a poseer a mi edad? No pude evitar dar una respuesta y preferí ser sincero. Una vez más, opté por el craso error de la honestidad.

-    Estuve con dos, sin contarte.
-    Tienes treinta y ocho años, es un número corto pero no está mal.
-    ¿«No está mal»?, ¿es todo lo que puedes decir?
-    ¿Qué más quieres que diga?
-    No sé, cuando menos búrlate un poco. Créeme, eso me haría sentir mejor que el hecho de que me digas «no está mal».
-    No sé qué esperas de mí, pero nunca me burlaría de algo como esto.
-    Perdona, ¿te puedo besar un poco más?

Besarla era siempre una experiencia única y que me llevaba irremediablemente al vicio. Lo mejor es que ella parecía disfrutar mucho de mis besos, lo cual me extrañaba y a la vez me excitaba sobremanera. Era como volverme loco dentro de mi consciente, o sea, poder controlar mi locura, sin que deje de ser locura. Porque cuando sabía que la asfixiaba de tanto lamerla dejaba de hacerlo y la veía volteando la vista hacia mis ojos, ¡cómo amaba ese momento!, ¡era glorioso! Hasta que se lo dije y dejó de hacerlo, creo que por vergüenza. No le gustaba que la llenara de halagos pero es que, ¿acaso podía hacer otra cosa?, quería que se quedara conmigo para siempre y desde que tengo uso de razón sé que la gente se queda donde la tratan mejor. Aunque, admito, una vez me dijeron que era ingenuo por creer eso y aún lo sigo analizando.

-    Desde que empezamos con esto me has tratado muy bien. Eres atento y cariñoso conmigo. Si has estado con pocas mujeres eso debe ser íntegramente por tu timidez. No le encuentro otra explicación al asunto.
-    No lo sé, prefiero no hablar de eso, si no te molesta…
-    Sí me molesta. Me importas, y me gustaría que te olvides de tus miedos conmigo.
-    ¿Cómo?
-    No tengo idea de lo que habrás vivido antes, pero conmigo va a ser diferente. Ya lo verás.
-    Ya es diferente.
-    ¿Lo crees?
-    Con toda convicción.
-    Quizás la vida te haya estado reservando sólo para mí.
-    Eso suena demasiado romántico.
-    Tú eres romántico. Ahora seré yo la que te pida besarte un poco, ¿puedo?

Y cuando ella me besaba debía ser un instante fabuloso, pero no lo era. Se notaba que lo hacía con cariño y pasión, pero yo sentía no merecer tal dicha, y eso hacía que, en lugar de intentar disfrutar del momento, pensara inevitablemente en las hipotéticas maneras en cómo la vida me cobraría ese placer. ¿Desempleo?, ¿miseria?, quizás; algún accidente o enfermedad. De repente un familiar fallecería pronto. O tal vez ocurriese una tragedia, una caída, puede que se incendiara mi apartamento o cosas por el estilo. De algún modo la vida me tenía que cobrar este placer, pensaba, y que era sólo cuestión de tiempo para que eso sucediera. Y entonces ella acababa de besarme y yo seguía pensando en mis posibles desgracias; hasta que me avisara con su mirada que ya había concluido su siempre heroica proeza de recorrer mis deformes ángulos con sus deliciosos y valientes labios. Y si no hacía caso, se montaba en mí aprovechando que mi cuerpo se excitaba por sí solo sin hacer caso de mi mente.

-    Me encantaría pensar que esto será para siempre.
-    Eso depende de nosotros, ¿no crees?
-    No, nada es para siempre. Tarde o temprano, todo se termina. Y eso me jode.
-    A mí me jode que seas tan negativo.
-    ¿«Negativo»?
-    Sí.
-    No es la primera vez que me dicen eso…
-    Debe ser.
-    Mejor salgamos ya, tengo ganas de dar un paseo.
-    ¿Dónde?
-    Donde sea.
-    Bueno, está bien. Me visto y salimos.

Ir por la calle era, naturalmente, un fastidio para mí. Además de mi execrable aspecto físico mostrado en público y el esfuerzo mental que ello significaba ante algunas miradas morbosas y extrañadas, tenía que lidiar con tener de la mano a una bellísima mujer al que todo hombre apreciaba, muchas veces con excesiva soltura. Esto me enervaba, y ella lo notaba pues le apretaba más fuerte la mano cada vez que sucedía. Entonces me miraba con ternura y me decía al oído  «déjalos que miren, eres tú el que me tiene», y me daba un beso en la mejilla. Yo le sonreía como aceptando esas palabras como las disculpas que no me podían ofrecer aquellos hombres maleducados, pero la verdad hubiese preferido siempre me besara la boca. Nunca me la besó en público.

-    ¿Estás bien?
-    Sí, ¿por qué?
-    Porque no has mencionado una palabra en casi media hora.
-    ¿Será porque estamos cenando?
-    No te hagas…
-    ¿No hablar es malo para ti?
-    En este caso sí.
-    No entiendo por qué. Mira, mientras hablamos se nos enfría el pollo y las papas.
-    Basta.
-    ¿Qué te pasa?
-    Dime qué tienes.
-    No tengo nada, carajo.
-    ¿Sabes qué?, jódete. Me voy.
-    ¿A dónde?
-    Qué te importa…

Usualmente discutíamos por lo mismo. La culpa era mía, desde luego. Era demasiado cobarde como para decirle lo que realmente sentía. Y lo que sentía es que yo era muy poco para ella. Tenía un miedo constante de que en cualquier momento lo notara y me dejara por alguien más a su nivel. Iría a ser lo más justo, claro, una mujer bella y valiosa debía estar con un hombre bello y valioso. Y yo no cumplía con ese perfil. Entonces la dejaba ir. Y luego era sólo cuestión de tiempo para recibir su llamada desesperada desde algún punto de la ciudad. Lloraba y me pedía por favor que la recogiera, porque tenía mucho frío, calor o cualquier otra cosa, según el caso. Yo iba y me acercaba. Nuevamente las miradas extrañadas de los curiosos - ¡Cómo puede ser esto!, ella tan bella y con ese monstruo – Al diablo con ellos. Ella corría a mis brazos y me pedía perdón. Hasta ahora no entiendo de qué se disculpaba. Quizás debía disculparse con ella misma, por no darse cuenta de que conmigo perdía su tiempo, parte de su vida, en lugar de ser realmente feliz con quien la mereciera. Pero ese día, doctor, fue diferente.

***

-    Entiendo que no lo llamó.
-    No, ya no.
-    ¿Qué hizo entonces?
-    Nada. Sólo seguí esperando.
-    ¿Cuánto tiempo?
-    Tres días.
-    Y entonces se enteró de la noticia.
-    Así fue.
-    ¿Qué fue lo primero que pensó?
-    Que era una mala broma. Ella a veces me hacía bromas muy pesadas.
-    ¿Cómo supo luego que no era una broma?
-    Cuando hablé con su madre. Su madre no mentía.
-    ¿Cómo es que confiaba tanto en su madre?
-    Era la única que me decía la verdad.
-    ¿Qué verdad?
-    Que soy un esperpento y que su hija no me merecía.
-    Ya veo, ¿lo culpó por su suicidio?
-    No.
-   Entiendo. Lo noto cansado, señor Pajuelo, creo que por hoy hemos terminado la sesión.
-    Gracias, doctor. Lo llamo en los próximos días para coordinar la siguiente. Muchas gracias, de verdad.

martes, 1 de octubre de 2013

Agua de luna

Ojos cortos que apaciguan
Las ansias de muchos años
La distancia era infinita
Se rompió con un abrazo

Un dulce gesto de mármol
Criatura divina, empedernida
De los cielos llegó un humo
Mella había hecho el vino

Me miras con extrañeza
No comprendes dónde estuve
Te lo preguntas por instantes
Yo no quiero ser distante

La gracia que cae de tus mejillas
La sonrisa flagrante, tú, su dueña
Yo soy gente que sueña
Tú eres bella y caminante

Ya no importan las enfrentas
Cuando caíste en mi pecho
Y lo atrevido me nace
Entiende, lo he perdido todo antes

Sólo me queda valentía
Y el cuidado descuidado
La sonrisa voladora
El cigarro ya apagado

Libros, letras y el tintero
Lapiceros que no pintan
Un poema malnacido
La región de mis caricias

Cabello negro tan librado
Soy tu ferviente admirador
Ahora que ya te he besado
No me culpes, de favor

Ya la unión está latente
Se percibe ya en el viento
Dos almas provenidas
Una hermosa, otra raída

En el campo de los cielos
Agua de luna me salpica
Has llegado ya, gaviota
A mi mar, en mi guarida.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Introducción a 'Ridículos'

Decía Fito Páez, en una entrevista, allá (sí, «allá», porque ahora los noventa se ven tan lejanos) por los años noventa: «(...) no sé por qué pero todas las canciones que pretenden ser de amor suelen hablar de desamor»; ahora transcribo a Andrés Calamaro, extrayendo esto de una muy popularizada canción: «no sé por qué escuchamos canciones de amor, si suenan mal y nunca tienen razón». Y vaya que tanto Fito como Andrés tenían razón.

Aunque sea difícil definir al amor, sí, aún después de pensar que lo sentí y que, por ratos, pienso que aún somos viejos enemigos (desconocidos). Es difícil darle un concepto, aunque ya algunos sabios han dado muchos. Con el que siempre me quedaré, o al menos pienso que es el que está menos lejos, es con aquel que dice: «amar es encontrar tu felicidad en la felicidad de otra persona». Me quedo con ese concepto porque pienso que se amolda perfectamente al amor familiar, quizás la muestra más clara de un sentimiento verdadero y similar al que todos buscamos sobre el amor en líneas generales (para qué engañarnos, al decir «amor» pensamos primero en una pareja sentimental). Pero yo, al menos por ahora, creo en algo distinto. Y prepárese, estimado lector, porque las siguientes líneas podrían parecerle absurdas, insustentadas y dotadas de grandes cucharadas de despecho.

'Ridículos' nace tras este nuevo concepto: «amar es, en vista de resultados finales, hacer el ridículo». Sí, eso pienso ahora. El amor es un ridículo constante. Una mezcla de actitudes que pueden ir de lo más convencional o frío, hasta lo más infatuado y desequilibrado. Todo esto en planos muy definidos:

El «antes»…

… el «durante»…

… y el «después».

Jugando con los conceptos

El amor no es un ejemplo, ni lo pretende ser. El amor no es sano, pero tampoco es enfermo. Puede curar como puede infectar. Y, si seguimos el concepto que mencioné, devenido de los sabios, el amor es hacer feliz a otra persona y encontrar en eso la felicidad, claro, pero, ¿qué hay si esa felicidad sólo puede seguir el camino de la convencionalidad?, ¿qué queda si para lograr esa felicidad, ergo amor, se deben romper gran parte de nuestros paradigmas, para dar paso a una insania?, finalmente, ¿qué hacer si el amor, en realidad, obedece a un equilibro, es decir, un punto medio que haga feliz a la pareja, aún a costa de nuestra propia comodidad?

¿Qué hay?, ¿qué queda?, ¿qué hacer?, las respuestas para las dos primeras preguntas me son muy sencillas: Hay actuación, dramatismo, una suerte de teatro de sacrificios; quedan las ganas, sólo eso, porque los resultados siempre serán inciertos;  ¿qué hacer?, he ahí la pregunta del millón.

Algunos dirán que no se debería de hacer nada, es decir, que el amor debería fluir de manera natural. Pamplinas. El amor no surge de manera natural, el amor, como casi todo en la vida, proviene de una estimulación que hasta ahora no comprendemos, lo cual es diferente a pensar que realmente nace de manera espontánea, natural, en otras palabras, «de la nada».

El amor se tiene que guiar, inducir. Puede crecer exponencialmente y ya no caber en tu vida; o puede quedarse a medio crecer, creando incertidumbre. Como puede simplemente no nacer jamás.

Resolver la pregunta del millón es, precisamente, a lo que NO apunta 'Ridículos'. Sino más bien todo lo contrario. Los ridículos narrados aquí, podrían terminar por hacerlo decidir no hacer nada, de ahora en adelante, por conseguir  pareja sentimental o tener éxito en el amor. Pues, si aún tiene dudas, quizás en este libro pueda encontrar la respuesta que no busca, de lo contrario, sólo intente pasárselo bien.

Después de haber leído tanta idiotez, lo invito a que le eche un vistazo a este conjunto de historias, al que titulé, sí, 'Ridículos'. Porque amar es hacer el ridículo, ridículos hermosos, inolvidables, desastrosos, ofensivos, infantiles, neuróticos, etc. Al fin y al cabo, ridículos necesarios. Ridículos humanos.

El autor.

Escrito en Lima, el 12 de octubre de 2012

domingo, 29 de septiembre de 2013

Gabriel y Tomás

Curiosidades sobre la obra

Llevamos ya casi un año en este proyecto y hasta ahora ninguno de los dos nos habíamos detenido a escribir sobre él. Bien, hablaré sólo por mí. 'Desvaríos premonitorios' es el nombre tentativo de la saga literaria en la que actualmente estoy trabajando junto al escritor madrileño, Malvado Dylan (es evidente que se trata de un seudónimo, no se burlen tanto). No contaré aquí cómo es que lo conocí o qué circunstancias llevaron a que ambos empecemos con esta locura (porque cuando lo lean, sabrán que lo es), sólo les diré un poco en qué consiste.

La creación de dos personajes llamados Gabriel Acosta y Tomás Guerrero es el inicio de todo. Gabriel es el remedo de Dylan. Podemos decir que es un extracto de su brillantez y características básicas como el ser antisocial y reflexivo que es. Tomás, en cambio, es mi simple caricatura. Un plano exageradísimo de Rubén Ravelo. La idea en un principio era divertirnos un poco imaginando situaciones jocosas y humorísticas que se pudieran dar en un futuro y que nos incluyan a ambos (¿debería contar en esta parte que Dylan y yo no nos conocemos personalmente?). Además, nos tomamos la libertad de introducir (sin previo consentimiento) a amigos en común y a otros de nuestros entornos individuales, caracterizándolos en personajes que intenten también ser atractivos y definidos, que a su vez enriquezcan las historias (y esto es porque Tomás y Gabriel ya son lo suficientemente protagonistas). Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo, empezaron a salir relatos mucho más armados y, creo yo, serios a comparación de la idea inicial. Sin dejar, claro está, ese toque de sarcasmo que logró que Dylan y yo nos hiciéramos amigos hace ya algunos años a través de las redes sociales (carajo, ya lo conté).

La inclusión de nuevos personajes le va dando amplitud a la saga, esto ha permitido que varios relatos ni siquiera cuenten con la participación de los 'principales'. De este modo, ya hemos sobrepasado los cincuenta relatos de 'Desvaríos premonitorios'. La verdad, estamos bastante contentos con los resultados, y más contentos aún con lo que sigue surgiendo de la idea original.

Sin más preámbulos sobre el proyecto, les presento el primer relato de la saga. Aquí quiero hacer unas cuantas acotaciones: primero, la saga no obedece a factores temporales, lógicos y/o científicos. Es decir, no pretendan hacer de esto una novela de Tolkien, a no ser que utilicen como excusa nuestro parecido físico con los orcos. Segundo, si bien es cierto que hay una evidente base en la realidad, todos estos relatos han sido creados para la saga y por lo tanto son ficticios. No diremos que cualquier semejanza con hechos reales será «pura coincidencia», puesto que siempre es probable que algún día Dylan y yo acabemos muertos en algún asalto o varados en algún burdel de Cuba, por citar sólo dos ejemplos al azar. Y tercero, esto a manera de consejo, mejor no buscarle tres pies al gato y tratar de disfrutar, si acaso hubiera, de la riqueza narrativa de estos textos, casi todos ellos hechos con mucho esmero y cariño de parte de los que los creamos y escribimos (una cuarta acotación, ningún relato ha sido escrito por los dos al mismo tiempo, cada quien es responsable de su autoría, así que si no les gusta alguno, lo más probable es que sea de Dylan).

Bien, suficiente, aquí el primer relato, con esto comenzó el sueño (?). En un principio se tituló 'Dos escritores fracasados', luego 'Lima y los viejos', decidí titularlo, finalmente, 'Gabriel y Tomás' para que se entienda que este relato es sumamente especial. Además es uno de los más cortos que creé para la saga.

***

Gabriel y Tomás

Tomaban un café en la avenida Larco. Uno de ellos leía una revista mientras fumaba un cigarrillo, dejando que su taza se enfríe, odiaba el café caliente y cargado, pero siempre lo pedía así. El otro no hacía más que mirar a los alrededores, a menudo pasaba una chica linda y él lanzaba algún piropo rebuscado. Casi siempre obtenía el mismo resultado, que ellas voltearan y le dijeran «viejo verde y degenerado», aunque a veces estaban las que correspondían al piropo con una sonrisa diáfana. Él amaba cualquiera de estas reacciones y se lo solía comentar a su compañero, casi nunca recibía la respuesta que deseaba – La revista está interesante, hermano, hazme un favor y no jodas ahora – le decía. El viejo verde y degenerado sonreía apaciblemente, ya conocía a su eterno amigo. Alguna vez todo Madrid pensó que eran hermanos, luego lo pensó París, Londres creía que estaban locos. Ámsterdam apenas y se comió el cuento. Nueva York los explotó, Buenos Aires se reía de sus mentiras y Montevideo los ignoró; pero Lima, siempre tan bondadosa, los había acogido. Eran felices ahí, en los jirones del Centro y luego en los cafetines de Miraflores. Las revistas y los libros parecían no terminarse nunca, aunque siempre tenían titulares similares, fotos similares y contenidos similares. Los cigarrillos cada vez eran más, los cafés eran calientes, cargados y colombianos. Así, ellos cosechaban las siembras de antaño, de aquellas épocas en las que se conocieron y fueron jóvenes, cuando se enviaban correspondencias de un país a otro utilizando la internet – ¡Qué maravilla es la internet! – decía el más huraño. No había forma de que se separaran pues los había unido el fracaso, la desolación y la libertad de ser uno mismo, en medio del mundo de la obligación.

martes, 24 de septiembre de 2013

Última confesión

El último texto significa una aclaración póstuma, quizás, algo que merecían los últimos acontecimientos transcurridos en el andar de mi cerebro y en las revoluciones de mi ajado y desvergonzado corazón. Es una declaración de guerra perdida o una bandera blanca, un salvavidas en medio del Atlántico helado, un último suspiro que comparte la frustración y el deseo. El último texto tiene los adornos de un árbol de navidad no armado, sin regalos, porque estos no llegaron, tardaron mucho o tal vez nunca fueron enviados. Infiere una serie de suposiciones que pueden ser erróneas, bien guiadas por los traumas que voy arrastrando desde tiempos inmemoriales. Significa también un despojamiento de la presión que suelo ejercer sobre las personas que amo y, por supuesto, un despojamiento de la presión que he generado sobre mí mismo. Nadie tenía que sufrir por mis famosos arrebatos emocionales. Fui yo el que excedió el peso de la maleta, claro, creyendo que era lo suficientemente grande como para cargar quince años de fracasos sentimentales continuos y regulares. El último texto significa una liberación para las víctimas, principalmente, y luego para mí. Un acuerdo no firmado en el que consta que estoy dejando a su disposición este cúmulo de sensaciones que alguien habría despertado en mí con suma naturalidad. Y es que ese cúmulo, por más pesado que sea, termina siendo aquí la única parte cien por ciento inocente. El último texto significa un adiós preventivo, una forma de evitar odiar injustamente, como tantas veces hice antes. Pues una mujer extinta no merece ser odiada, merece ser amada y muy bien amada, espero, por un hombre también extinto que sepa mover las manecillas de su reloj y modificar con sutileza su siempre recargada agenda, en resumen, un hombre que la enamore y que no sólo logre ilusionarla para vanagloriarse de algo que en realidad no consiguió, como lo hice yo.