Caen gotas de sudor. Miro alrededor y sólo encuentro sombras. Sudo pero tengo frío, mucho frío. Intento abrigarme con mis brazos desnudos, pero mi cuerpo resulta muy grande y siento que sigue creciendo de manera irremediable. Alcanzo a tocarme el rostro con la yema de mi dedo índice. Sigo sudando. No veo un sólo rastro de luz en esta habitación. Todo está oscuro pero a la vez impoluto, lo sé porque no respiro moléculas de suciedad, lo cual sucedía cuando todo era luz. Ahora que todo es sombra, todo resulta limpio, excitante, exquisito, aunque no sé cómo sé todo esto porque apenas y puedo sentir las gotas de sudor deslizándose por todo mi rostro, mi tórax y luego mis piernas. Algunas gotas caen en mis brazos desnudos, esos que intentan abrigarme insatisfactoriamente. Mis gotas son frías y grasientas. Es evidente que estoy fusionándome con la oscuridad, me voy limpiando por cada gota que rebalsa de mi cabeza ya sin cabello, porque el cabello se me había caído antes de estar aquí, cuando aún veía luz y suciedad por todos lados. Intento caminar y mirar a mi alrededor buscando una luz de manera estúpida, pero no la encuentro y me siento más tonto aún. Sólo sé que debo andar, que debo caminar, seguir andando. Mientras camino voy dejando rastros de mi sudor sucio en el suelo que no alcanzo a ver, o acaso estaré volando. Siento sequedad, siento frialdad. Sigo sin ver luces pero siento que veo mejor que antes, que cada vez veo más claro este vacío sempiterno. Me gusta, me gusta estar aquí. Está limpio y sé que me sentiré mejor cuando se me terminen las gotas de sudor y sólo queden rezagos de mi pureza.
Es la intención eterna de mis letras resumir eventos comunes de una vida tragicómica sin necesidad de caer en lo habitual y sin la presión de sentirme diferente. Sólo escribo, no me culpen por más.
martes, 24 de septiembre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
El quebrantador de sueños
Compone las suaves melodías de sus deseos en su onírica dimensión, de pronto cae en remotas distancias repletas de infamia. Nunca dispuso de la necesidad de estrellarse entre sus mundos, pero el día tenía que llegar y ella lo presentía; aún bajo su narcótico efecto disuadido en seda y algodón, sumergida en la comodidad de sus perfumadas almohadas color granate, aún así lo venía llegar. Descubrió así, con el temor, su fascinación por brincar de planeta en planeta, rozando con sus dedos cada constelación; recordando, con sonrisas bañadas en lágrimas, cada una de sus inenarrables aventuras. El enlace se rompía y la sangre brotaba entre las nubes de un otoño cualquiera. Cuando las amígdalas se le irritaron compuso su último preludio, una canción que daba triste inicio a su hastío, mientras aquel monstruo disipaba, con infinita crueldad, la bella nebulosa que con tanto esfuerzo habían formado sus más profundos sueños. Y así se concretaba el abyecto robo de una voluntad que sólo aparecía cuando ella cerraba sus ojos, en esos difusos y coloridos paisajes errantes, en tiempos aquellos… cuando esperaba a que el sol no volviera a aparecer jamás.
Arrastrado
Ya es la tercera vez en la semana que peleamos por lo mismo, ¿qué pretende?, ¿acaso poner a prueba mi lealtad?; trato de comprender la conglomeración de ideas que pasan por su cabeza, pero debido a su entreverada labia no puedo determinar qué es lo que desea en realidad. Sus palabras son todas insultos, sus frases son ofensas laxantes. Quiero pensar que pasamos por un mal momento, que estos diez años juntos no han de ser en vano. Que pasará esta vorágine y volverá la paz que tuvimos en los inicios. Pero no, mi mente no es tan fácil de engañar. Gana la batalla a toda emoción que de mis entrañas se haga concepto. Pienso, razono y digo que esto se va al carajo. Y es que es difícil combatir contra su desfachatez y orgullo. No reconoce que tengo la razón. Nunca lo ha reconocido ni lo reconocerá. Ahora mis amigos me llaman arrastrado, que no jodan. Esto es amor, no ser arrastrado. Ellos nunca han sentido amor y nadie ha sentido amor por ellos, así que no saben lo que significa el sacrificio diario de hacer que una relación resulte. Tener que soportar insultos y hasta golpes es un privilegio que poseemos pocos. Pero también es cierto que todo tiene un límite. Quizás mi límite esté a punto de ser alcanzado. La amé, la amé mucho, pero es que me molesta tanto que me culpe. Y no sólo a mí, mis amigos y familiares también han sufrido a causa de su soberbia. Que fácil lo ve, se derrumba y culpa a todos de su fracaso. La respuesta adyacente a su memoria pueril e infame, la gracia conjunta e impávida de su propio caos. A mí no me interesa ya ayudarle, ya no, porque cada vez que lo he hecho me terminé sintiendo culpable; me terminaron carcomiendo demonios estúpidos y raquíticos. Ya no quiero servirle. A ella no. Buscaré a alguien más, a ver si sus demonios me caen un poco mejor. Después de todo, cargo el amor como una cruz y puedo compartirla con quien desee, a la salud de los envidiosos.
Sueño, dos veces
Caían las cortinas en aquella noche nublada. No sé, en realidad, si era de noche, de día o una tarde. Porque sólo recuerdo las formas de su cuerpo deslizándose hacia mí con sutil vergüenza y elegante salvajismo. Temblaban un poco sus piernas y aunque estaba oscuro, con esas cortinas caídas, la imagen de sus pies desnudos y morenos aún está dibujada en mi mente, ahí, perenne. Complicando su propia comodidad, ella permitió que regase mi ser sobre su piel. Cuánta falta me había hecho, pensaba, mientras el frío del amanecer empezaba a sentirse en cada rincón de la habitación. Las sábanas ya no eran excusa para evitar la unión, porque las habíamos zafado una a una con nuestros movimientos descoordinados y placenteros. Acontecía, entonces, un momento sublime, casi onírico, que incrementaba mis ganas de no separarme de su torso por el resto de mi vida. Al mirar hacia sus ojos lo supe bien, este era un sueño, un sueño augusto, plácido, interminablemente cáustico y surreal. Aún así, sentía cada cabello suyo en mi rostro, y la forma cómo me miraba, con esa mezcla de dulzura y tesón, entregándose al placer que, de algún modo, ella expresaba con los restos de su voz, escurridos por su garganta mojada. Impulsaba yo a un momento todavía más implacable, pues cada vez medía menos mi fuerza y la acercaba con indicios de furia hacia mí, cuando ya no se podía estar más cerca de lo que ya estábamos. Con natural temor me dijo que me quería, yo también, pero el momento ya no daba para un “te quiero” bello, aunque simple. Un “te amo” no vendría nada mal, le dije, ella se asustó aún más, porque dicen las inexistentes, y no escritas, leyes de la vida que nadie puede amar en tan poco tiempo, y que el “te amo” menos válido es el que se dice en la cama. Cuánta mentira junta, joder… Ahora sé por qué nadie se atrevió a escribir esas leyes. Nadie podría ser tan valiente o idiota para hacerlo, sabiendo, presumiblemente por experiencias propias, que nada de lo dicho se cumple en las veces cotidianas. Uno dice “te amo” porque lo siente en ese momento, porque el amor es cuestión de sentir, no tanto de evaluar, medir, conjeturar, sino de sentir, espetar y hacer feliz a alguien. Ser feliz, por consecuencia de hacer feliz a otra persona es, precisamente, la idea que siempre tuve del amor. Se lo dije, y no me creyó, lo supe por sus ojos, porque ellos no mienten. Se asustó y las cortinas caídas ya no le daban luz. Sabía lo que faltaba, entonces pensé que quizás el amor no existía para ella, de modo que lo mejor era que sigamos haciéndolo hasta que tenga suficiente amor como para creer que sí existía. Ahora que veo a esa mujer tan exquisita y le cuento de este magnífico sueño mientras me observa con cierta dosis de admiración, me doy cuenta de lo afortunado que soy, pues tengo sueños hermosos al dormir, y también los tengo mientras estoy despierto.
Mi héroe
Miraba sus fotos con cara de idiota, siempre con esa misma cara de idiota. Me pasaba horas con los ojos pegados a aquella colorida pantalla del celular. Pasaba una a una aquellas imágenes que me recordaban tanto a ella, imágenes que hasta parecían despedir olores, expulsar vientos ligeros que acariciaban mi rostro, como en nuestros viajes, y hasta me daban ese calor que emanaba su desnudez en los hoteles donde dormíamos. Aquel equipo era mi fuente más importante de remembranzas y lágrimas. Un equipo que, por cierto, ella me obsequió poco después de cumplir un mes de noviazgo. Seguía viendo sus fotos, que ojos hermosos, que boca tan dulce, y esa nariz que a menudo presionaba suavemente con mi dedo índice de la mano derecha, mientras trataba de hacer un sonido gracioso con mi voz. Lo que hacía para verla reír, y seguía viendo sus fotos. Aquella que colgué en mi red social, en la que estaban juntas nuestras manos disímiles. Que hermosa foto, pensaba. El celular era el ancla que me tenía atado a épocas que parecían remotamente lejanas, pero la verdad es que apenas habían pasado unos cuantos meses desde que ella me dejó por un tipo guapo y adinerado. Seguía mirando las fotos… hasta que de pronto nos la vi más. Sólo la espalda de un tipo sucio, mal vestido, pero terriblemente veloz que corría hacia destino incierto junto con mi celular y mis recuerdos. Ni siquiera tuve reparos para denunciarlo en una comisaría cercana. Quizás presentía la inmensa deuda que tendría con el ladrón un tiempo después.
El emigrante
Erase una vez la desesperación en su rostro y la épica fascinación por meterse en líos. Sus manos frías empuñando su apreciada arma luminosa. Su corazón latiendo a muchas revoluciones por no sé cuántos minutos o segundos; sus lágrimas que salían como risas nerviosas ante el inminente enfrentamiento con lo imposible. Y entonces las claras mañanas digitales se hacían tardes reales. De frío y llovizna. No había quién convenciera a su alma de que debía regresar a la dimensión anterior, excepto su gran amor, aquel espectro conquistador y oscuro que se hiciera dueño de sus sienes. Cuando su amor aparecía, lo lúgubre se volvía primaveral, colorido, manso y acogedor; nuevamente sentía en sus manos el calor de su arma luminosa. Su boca volvía a sonreír mostrando sus dientes amarillos de tanto fumar, pero la desesperación en su rostro seguía intacta. Como intacta su épica fascinación por meterse en líos, ¡ay, tan idiota!, pudiendo cosechar otros amores con la misma actitud desfachatada, pudiendo olvidarse de las guerras, insiste en cargar su arma luminosa, emitir sonidos raros con ella, abrazarla en sus sueños y seguir luchando hasta verter la última de sus mentirosas lágrimas.
Cielo
Bajo aquel sol de junio, el viento cambiaba de dirección, junto a su cabello largo y oscuro. Su cabello dibujaba sombras fantásticas sobre el césped, me encantaba verlas e imaginar figuras moviéndose como en las tiras cómicas. Cómica era la manera en que me ponía cuando ella volteaba a verme, con ese rostro hermoso y serio, con esa mirada fija y concupiscente. Mi mirada, en cambio, no expresaba más que desesperación y nerviosismo; ella lo notaba y esbozaba una sonrisa poderosa. Poderosa fue la manera como me enamoré de ese hito abyecto que tan bien nos separa. Ella, una gobernadora de brillantes ideas, una constitución política con torneado torso y deliciosos muslos. Yo, un vagabundo sumergido en guano, esperando vender algún día sus ridículos sueños e inocuas proezas de barrio. De cuando en cuando imagino que esas figuras somos ella y yo, tratando de entendernos en el amor. El amor no entra en contubernios con las fuerzas naturales, mucho menos con las sociales. La sociedad no conspira conmigo para poder tocarla. Tocarla es lo último que quiero hacer ahora, sería como ensuciarla. La suciedad me acompaña, me guía hacia las metas que alguna vez me pusieron, en la lejanía, los que se burlan de esta completa ironía. Irónicamente escucho ahora: «cielo, no estás bien».
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