lunes, 23 de septiembre de 2013

Sueño, dos veces

Caían las cortinas en aquella noche nublada. No sé, en realidad, si era de noche, de día o una tarde. Porque sólo recuerdo las formas de su cuerpo deslizándose hacia mí con sutil vergüenza y elegante salvajismo. Temblaban un poco sus piernas y aunque estaba oscuro, con esas cortinas caídas, la imagen de sus pies desnudos y morenos aún está dibujada en mi mente, ahí, perenne. Complicando su propia comodidad, ella permitió que regase mi ser sobre su piel. Cuánta falta me había hecho, pensaba, mientras el frío del amanecer empezaba a sentirse en cada rincón de la habitación. Las sábanas ya no eran excusa para evitar la unión, porque las habíamos zafado una a una con nuestros movimientos descoordinados y placenteros. Acontecía, entonces, un momento sublime, casi onírico, que incrementaba mis ganas de no separarme de su torso por el resto de mi vida. Al mirar hacia sus ojos lo supe bien, este era un sueño, un sueño augusto, plácido, interminablemente cáustico y surreal. Aún así, sentía cada cabello suyo en mi rostro, y la forma cómo me miraba, con esa mezcla de dulzura y tesón, entregándose al placer que, de algún modo, ella expresaba con los restos de su voz, escurridos por su garganta mojada. Impulsaba yo a un momento todavía más implacable, pues cada vez medía menos mi fuerza y la acercaba con indicios de furia hacia mí, cuando ya no se podía estar más cerca de lo que ya estábamos. Con natural temor me dijo que me quería, yo también, pero el momento ya no daba para un “te quiero” bello, aunque simple. Un “te amo” no vendría nada mal, le dije, ella se asustó aún más, porque dicen las inexistentes, y no escritas, leyes de la vida que nadie puede amar en tan poco tiempo, y que el “te amo” menos válido es el que se dice en la cama. Cuánta mentira junta, joder… Ahora sé por qué nadie se atrevió a escribir esas leyes. Nadie podría ser tan valiente o idiota para hacerlo, sabiendo, presumiblemente por experiencias propias, que nada de lo dicho se cumple en las veces cotidianas. Uno dice “te amo” porque lo siente en ese momento, porque el amor es cuestión de sentir, no tanto de evaluar, medir, conjeturar, sino de sentir, espetar y hacer feliz a alguien. Ser feliz, por consecuencia de hacer feliz a otra persona es, precisamente, la idea que siempre tuve del amor. Se lo dije, y no me creyó, lo supe por sus ojos, porque ellos no mienten. Se asustó y las cortinas caídas ya no le daban luz. Sabía lo que faltaba, entonces pensé que quizás el amor no existía para ella, de modo que lo mejor era que sigamos haciéndolo hasta que tenga suficiente amor como para creer que sí existía. Ahora que veo a esa mujer tan exquisita y le cuento de este magnífico sueño mientras me observa con cierta dosis de admiración, me doy cuenta de lo afortunado que soy, pues tengo sueños hermosos al dormir, y también los tengo mientras estoy despierto.

Mi héroe

Miraba sus fotos con cara de idiota, siempre con esa misma cara de idiota. Me pasaba horas con los ojos pegados a aquella colorida pantalla del celular. Pasaba una a una aquellas imágenes que me recordaban tanto a ella, imágenes que hasta parecían despedir olores, expulsar vientos ligeros que acariciaban mi rostro, como en nuestros viajes, y hasta me daban ese calor que emanaba su desnudez en los hoteles donde dormíamos. Aquel equipo era mi fuente más importante de remembranzas y lágrimas. Un equipo que, por cierto, ella me obsequió poco después de cumplir un mes de noviazgo. Seguía viendo sus fotos, que ojos hermosos, que boca tan dulce, y esa nariz que a menudo presionaba suavemente con mi dedo índice de la mano derecha, mientras trataba de hacer un sonido gracioso con mi voz. Lo que hacía para verla reír, y seguía viendo sus fotos. Aquella que colgué en mi red social, en la que estaban juntas nuestras manos disímiles. Que hermosa foto, pensaba. El celular era el ancla que me tenía atado a épocas que parecían remotamente lejanas, pero la verdad es que apenas habían pasado unos cuantos meses desde que ella me dejó por un tipo guapo y adinerado. Seguía mirando las fotos… hasta que de pronto nos la vi más. Sólo la espalda de un tipo sucio, mal vestido, pero terriblemente veloz que corría hacia destino incierto junto con mi celular y mis recuerdos. Ni siquiera tuve reparos para denunciarlo en una comisaría cercana. Quizás presentía la inmensa deuda que tendría con el ladrón un tiempo después.

El emigrante

Erase una vez la desesperación en su rostro y la épica fascinación por meterse en líos. Sus manos frías empuñando su apreciada arma luminosa. Su corazón latiendo a muchas revoluciones por no sé cuántos minutos o segundos; sus lágrimas que salían como risas nerviosas ante el inminente enfrentamiento con lo imposible. Y entonces las claras mañanas digitales se hacían tardes reales. De frío y llovizna. No había quién convenciera a su alma de que debía regresar a la dimensión anterior, excepto su gran amor, aquel espectro conquistador y oscuro que se hiciera dueño de sus sienes. Cuando su amor aparecía, lo lúgubre se volvía primaveral, colorido, manso y acogedor; nuevamente sentía en sus manos el calor de su arma luminosa. Su boca volvía a sonreír mostrando sus dientes amarillos de tanto fumar, pero la desesperación en su rostro seguía intacta. Como intacta su épica fascinación por meterse en líos, ¡ay, tan idiota!, pudiendo cosechar otros amores con la misma actitud desfachatada, pudiendo olvidarse de las guerras, insiste en cargar su arma luminosa, emitir sonidos raros con ella, abrazarla en sus sueños y seguir luchando hasta verter la última de sus mentirosas lágrimas.

Cielo

Bajo aquel sol de junio, el viento cambiaba de dirección, junto a su cabello largo y oscuro. Su cabello dibujaba sombras fantásticas sobre el césped, me encantaba verlas e imaginar figuras moviéndose como en las tiras cómicas. Cómica era la manera en que me ponía cuando ella volteaba a verme, con ese rostro hermoso y serio, con esa mirada fija y concupiscente. Mi mirada, en cambio, no expresaba más que desesperación y nerviosismo; ella lo notaba y esbozaba una sonrisa poderosa. Poderosa fue la manera como me enamoré de ese hito abyecto que tan bien nos separa. Ella, una gobernadora de brillantes ideas, una constitución política con torneado torso y deliciosos muslos. Yo, un vagabundo sumergido en guano, esperando vender algún día sus ridículos sueños e inocuas proezas de barrio. De cuando en cuando imagino que esas figuras somos ella y yo, tratando de entendernos en el amor. El amor no entra en contubernios con las fuerzas naturales, mucho menos con las sociales. La sociedad no conspira conmigo para poder tocarla. Tocarla es lo último que quiero hacer ahora, sería como ensuciarla. La suciedad me acompaña, me guía hacia las metas que alguna vez me pusieron, en la lejanía, los que se burlan de esta completa ironía. Irónicamente escucho ahora: «cielo, no estás bien».

Acelera

Rompe filas, redobla, inicia un camino, retrocede un poco y mira alrededor. Se da cuenta de que tiene detrás una inmensa polvareda, asesina, acogedora. Toma sus cosas y sigue caminando, o al menos eso intenta. Recoge los últimos despojos de otros que alguna vez siguieron ese infausto sendero. Sueña con su destino con los ojos medianamente abiertos. Oprime sus propios puños, lucha contra la desesperanza, regula sus latidos y continúa. La niebla ahora viene por los lados, sabe que debe darse prisa, es lo que debe hacer un soldado, siempre ir hacia adelante y sin titubeos. Descubre la debilidad de sus piernas, suelta sus cosas, y las toca, aún sabiendo que pierde sagrado tiempo. Piensa que están fuertes y vitales a pesar de que lleva toda su vida caminando y a pesar de que lo evidente dice que apenas puede mantenerse en pie. Corroe sus presentimientos con una sonrisa liviana y frágil, envuelve sus deseos con su capucha helada y emprende nuevamente el viaje. Escucha las voces de sus dioses, suplicando su apuro, él no hace caso, disfruta la herejía y sigue con tesón, a paso firme, lento e inseguro. Las cosas pesan cada vez más. La polvareda se hace cada vez más densa. Siente el ahogo de sus penurias y consecuencias de sus actos, y en un acto heroico absorbe de una todos esos males provistos de enseñanzas y maldiciones. Contiene el aliento, pasa el aire, sopla y ya se encuentra dentro de sus temores. No deja de sonreír a pesar de que el destino parece ir cambiando, ya no son sueños, se convierten en pesadillas, en lobos aullando, devorando todo a su paso, mientras la única luz que lo ilumina sigue rogándole lentitud y mientras los dioses, furiosos, planean en un bar el destierro del soldado y el posterior homenaje a su insana humanidad. 

Réquiem para un Asesino

Querida y adorada hermana:

Recibida la traición, hice aquello que me pediste tan empeñosamente que no hiciera, tal y como de seguro te lo habrías imaginado. Empero, no justificaré mis actos como un simple acto de pueril venganza, pues se trata de algo más profundo e imperecedero, un acto de redención, algo que quedará escrito en los ocultos y empolvados libros de la historia del Credo, claro está, si es que tú, como la lideresa capaz que eres, aceptas continuar con este legado que nos heredara nuestro padre. Legado que quizás, en algún momento, no quisimos cargar a cuestas, pero que asumimos con valentía en todas estas décadas, incluso cuando decidiste el retiro para dedicarte a ser una encomiable esposa y madre, con toda justicia y libertad.

Y empecé por Sofía. Aquella mujer que me acompañara en estos últimos años y que terminó por borrar sus propios besos, caricias y calores con una sucia estratagema. La razón por la que decidí empezar con ella es que era, en definitiva, mi paso más difícil. Es decir, si la hubiese dejado para el final, era muy probable que no hubiese terminado este plan de redención, y me habría dejado acuchillar suavemente mientras escuchaba sus súplicas. Entonces, con la sangre cambiando la coloración de mis ojos, llegué a su habitación en San Polo, en un humilde espacio, nada comparado con la hermosa residencia que ambos compartíamos en Roma, pero es que, querida hermana, hasta eso decidió cambiar por unas cuantas migajas de poder.

-    Ezio, esposo mío, eres tú, ¿dónde te habías metido?, ¿qué haces aquí?
-    Saludos, Sofía.
-    (…) ¡Guarda esa cuchilla, Ezio, guárdala ya! No sabes nada aún, al menos déjame explicarlo.
-    Descuida, amada mía, no necesito más explicaciones; la vida de Asesino me ha enseñado a alcanzar deducciones justas en poco tiempo, espero que no te suene presuntuoso, como alguna vez me lo hicieras saber.
-    ¡Vuelve al exilio, Ezio! No tiene ningún sentido este intento por construir lo que ya había nacido destruido.
-    Mi bella Sofía, no es construir lo que deseo ahora. Sólo puedo decir que mi único error ha sido amarte tanto como alguien como yo podía hacerlo. Ahora ven y deja que reciba un último abrazo tuyo. Por favor, si aún queda algo de amor en ti, úsalo para este abrazo.

Oh, hermana mía, ¡cuánto me costó conseguir que me mirara a los ojos con la misma firmeza y sinceridad que en aquellos años, años en los que decía haber encontrado en mí al hombre más importante de su vida! Años en los que me juró amor, respeto y lealtad. No lo llegué a conseguir del todo, he de decir. Al degollarla, su mirada no se despegó de mí, no sé si eso cuente, pero a mí me complació un poco. Sólo un poco, antes de tanto sufrimiento.

Seguí mi camino hacia la base de Massyaf. Sería un viaje largo y poco placentero, pero debía hacerlo para continuar con mi lucha y volver a encarrilar al Credo, por la memoria de nuestro padre, y por la memoria de nuestro gran y eterno Maestro, Altaïr.

Al volver a Massyaf, tanto tiempo después de aquel día en el que conocí personalmente los restos del Gran Maestro, sentí un frío extraño. Supe de inmediato que ya no había nada de Altaïr en esas ruinas horrendas y desoladas, donde apenas surgía ese pequeño pueblo atiborrado de gente temerosa e infeliz. Algunos guardias quisieron darme la bienvenida, pero los eliminé en seguida. Querida hermana, tengo setenta y tres años, pero aún puedo moverme con cierta agilidad, aunque me cueste y sienta dolores en todo el cuerpo cada vez que culmino con un asesinato. Con lo fácil que era antes, ya me costaba un mundo entero. Pero ambos sabemos muy bien que el reto más difícil llegaría después.

Eran veinte, sí, veinte Asesinos maduros, en su mayoría, y que además habían sido entrenados por mí. Me apreciaban y respetaban como a sus propias vidas. Me admiraban como yo admiré a nuestro padre. Pero ahora estaban ahí, en los tejados, mirándome con ojos rojos y fijos, esperando a que hiciera cualquier movimiento para lanzarme un flechazo, o tal vez, sólo tal vez, bajar al llano para decirme que me fuera, haciendo honores al cariño que supe sembrar en ellos, y así fue. El que se puso frente a mí fue Giacomo, quien había tomado el mando de los Asesinos. No me sorprendió en absoluto, pues fue el que desarrolló más rápido su don de liderazgo.

Oh, Giacomo, aún recuerdo cuando lo rescaté de unos bandidos en Venecia. Era tan sólo un adolescente entonces, cuando le propuse que si deseaba hacerme un pago por haberle salvado debía ingresar al Credo. Fue uno de los pocos casos en los que noté potencial en un Asesino sin necesidad de verlo en combate. Y con gracia presumí muchas veces de no haberme equivocado. Ahora me duele haberlo tenido como rival, pues es uno de los mejores. Además de más joven, es más rápido, y siempre fue un gran aprendiz, si sabes a lo que me refiero entenderás que era alguien a quien temerle en toda dimensión. Detrás de él se ubicaron dos Asesinos más, eran Lucca y Amonte, sí, Amonte, tu eterno favorito. Le guardaban las espaldas, señal de que, aunque me vieran como un anciano casi retirado, seguían temiéndome. Y no era difícil colegir que desde arriba los demás Asesinos me apuntaban con sus armas de largo alcance. Querida hermana, como de costumbre, lo tengo todo en contra.

-    Gran Maestro Ezio, permítame alegrarme de verlo a pesar del difícil contexto que hoy nos reúne.
-    Giacomo, me alegro de verte también. De veras.
-    He de suponer que, con toda su sabiduría, conoce muy bien el discurso que debo decirle ahora.
-    Y como buen aprendiz que eres, sabes que no me iré.
-    ¿Qué propone, maestro?
-    Que acabemos esto rápido.
-    Si lo atacamos ahora, todos al mismo tiempo, no tendrá oportunidad, maestro.
-    Hagan lo que tengan que hacer.
-    Lo enfrentaremos en el llano, en pares. Creo que sería lo más justo.
-    Hagan lo que tengan que hacer.

Me enfrenté a los dos primeros. Llegaron Carlo y Abelardo. Asesinos jóvenes y fuertes, de muchísimo futuro. La lucha duró tres minutos y algunos segundos, no me demandó mucho esfuerzo acabarlos, aún cuando aplicaron bien las técnicas que habían aprendido de mí. No les fue suficiente, hermana, porque, como bien sabes, no lo he enseñado todo. Hay cosas que uno ni siquiera puede decir, mucho menos enseñar. Mi hoja oculta ya estaba manchada de sangre joven y prometedora. Cuando siguieron los otros dos, algo de piedad me aclaró la mirada y les pedí que se rindieran, que me dejaran ir directo hacia Macchiavello. Fue inútil. Vencí a Giuseppe y a Vladimiro, luego a Ángelo y a Emiliano. Había pasado casi una hora. Estaba bajo la mirada de Giacomo, Lucca y Amonte. Pero a ratos buscaba a Sabrina. Mi mejor alumna y quizás el mejor Asesino mujer de la historia del Credo. No la encontraba entre las sombras, pero siempre supe que sería ella la indicada para darme la última estocada en caso fracasara, ¿la razón?, creo que la conoces muy bien, querida hermana.

Un par de horas después, había acabado con casi todos los Asesinos. Pero el costo había sido muy alto. No sólo me encontraba muy malherido, sino además un poco triste y meditabundo, ¿acaso estaba obrando bien?, ¿acaso debí tratar de convencer a mis discípulos de que se unieran a mi causa, antes de propulsar un enfrentamiento directo?, quizás no lo hice porque sabía que era un absurdo. Ellos le juraron lealtad al Credo desde su primer salto de fe, no a mí. Habían pasado años, décadas, defendiendo con sus aceros nuestros dogmas, manchándose de sangre rival, sacrificando sus vidas, y las compañías de sus familias, muchas veces, por proteger lo que ellos consideraban más importante. Quería decirles que estaban equivocados. Que tenían ahora a un líder falso. Un truhán que sólo ansiaba el poder del Fruto del Edén. Aquel artefacto que, lejos de ser nuestra mayor bendición, como en algún tiempo se pensó, ha sido siempre nuestra peor maldición y más cruel castigo.


-    ¡Giacomo!, he vencido ya a casi todos tus Asesinos. Muchos jóvenes y maduros guerreros han sido derrotados a causa de la avaricia de tu líder. Paremos ya con esto. Déjame pasar. Así como estoy, lo más probable es que fracase. Entonces habrán vencido ustedes y este supuesto traidor habrá pagado el precio de su inmundicia sin que se derrame más sangre inocente.
-    Sabe muy bien, maestro, que cumplir lo que me pide es imposible. Además, quedamos aún nosotros cuatro. Incluyendo a Sabrina, quien lo observa desde algún lugar cercano con muchas ansias de verlo aún más agonizante.
-    ¡Que venga ya! Sé que ella tiene más razones que todos ustedes juntos para aniquilarme.
-    Lo lamento, maestro, pero ella misma me pidió que no le permitiera acercarse a usted, hasta que no haya quedado nadie más para enfrentarlo.
-    Pues entonces tendré que encargarme de ustedes también.

Mi querida y hermosa hermana, cuánto me costó sobrevivir al asedio de estos talentosos y voraces Asesinos. Lucca era un experto en desarme y Amonte, como debes recordar, era un as de la cimitarra milanesa. Ambos se vinieron contra mí al mismo tiempo mientras Giacomo daba vueltas a la escena para tomarme desprevenido y asesinarme con su hoja oculta. Pude escapar tres veces de las punzadas de Giacomo, quien venía de todos lados, como rayos fatuos que se abrían entre la oscuridad de aquella noche siria. El primero en caer fue tu querido pupilo. Espero me perdones, pero en mi defensa puedo decir que no dejé que sufriera mucho, por lo que no le abrí las vísceras como sucedió con algunos caídos anteriores; me di maña para atravesar con mi cuchilla su garganta de forma vertical hacia arriba, y así llegar hasta el cerebro, facilitándole una muerte instantánea, lo conseguí, pero en el ínterin sentí tres cuchillos voladores pequeños clavarse en mi espalda. Ya no sentía dolor, sólo escuchaba ruidos por todos lados, de seguro eran los pasos de la muerte.

Fingí desplomarme y pronto llegaría Lucca a tratar de liquidarme. Cuánta subestimación. Usando la cimitarra de Amonte, atravesé el corazón de Lucca, y en el mismo movimiento arremetí contra Giacomo, quien ya había brincado a destrozarme el cráneo con una enorme roca. Luego de degollarlo y mientras me pedía perdón con lágrimas en los ojos, escuché la voz de Sabrina anunciando su llegar.

-    Ezio Auditore. Me perdonará llamarlo de ese modo. Es que a estas alturas me resisto a creer que usted fue mi mentor. Y, claro, mi amante.
-    Sabrina…
-    No es necesario que diga nada. Mírese, ya ni siquiera puede mantenerse en pie.
-    No diré nada. Sólo ven y terminemos con esto.
-    Recuerdo que me dijo exactamente lo mismo la primera vez que hicimos el amor.
-    ¿Queda espacio para el romanticismo en la tragedia, Sabrina?
-    Usted debería pagar por todo el daño que me ha hecho, y el daño que le acaba de hacer al Credo.
-    Tienes derecho a querer cobrarte tus revanchas, ¿quién sería yo para negarlo?, adelante, aquí estoy.

Ella seguía siendo tan agraciada como peligrosa. Los años parecían no haber pasado por su cuerpo y rostro. Tenía la misma mirada tierna de aquellas veces en Florencia, a pesar de que en Massyaf me miró con todo menos con ternura. Como te lo he contado ya en algunas ocasiones, siempre fue una ladrona hábil y luego una Asesina exquisita. Me atrajo sobremanera de ella el haberse resistido siempre a caer en el mundo de las cortesanas, aún cuando tenía todas las condiciones para ser una de las mujeres más deseadas de Italia. Nunca la amé aunque quise y, sí, me aproveché de su inocencia en más de una ocasión. Quizás ella esperase convertirse en mi esposa pronto, pero no contaba con mi poca prestancia para el compromiso. Años después conocería a Sofía y todo se vino abajo para Sabrina. Me odió con fervor durante todo este tiempo, aunque no dejó de respetarme y admirarme como maestro. Ahora no quedaba más respeto en su gesto; era aberración pura. Ella quería verme muerto sin pensar, quizás, que ya lo estaba desde la traición de Macchiavello.

Me venció en tan sólo unos minutos, desarmándome y dejándome boca arriba en el lodo, tal y como se podía prever. Pero Sabrina siempre tuvo un punto débil, y lo supe desde aquella vez en la que le tocó eliminar a un hombre que ella consideraba bueno y honorable, un mercader en Constantinopla al que conocía desde Florencia.  Aquella vez, querida Claudia, fue, de hecho, la única ocasión en la que Sabrina mostró debilidad. Demoró varios segundos antes de asesinar a su víctima, mientras yo supervisaba todo desde uno de los tejados. Al reconocerla, el mercader no sólo le rogó que no lo matara, también le declaró un supuesto amor incondicional, le ofreció matrimonio y una vida segura y apacible, lejos de los peligros del Credo. Ella se frenó por un momento, no porque creyera o correspondiera a su amor, sino porque le pareció un gesto noble que además afirmaba el concepto que siempre tuvo de él, aún cuando todas las pruebas apuntaban a que el hombre era uno de los mercaderes más corruptos de la ciudad. Al reaccionar y recordar su misión, y con gesto de desdicha, ella le atravesó la hoja oculta por el pecho, pero el tiempo que tardó permitió que el mercader le incrustara, al mismo instante, una cuchilla bañada en veneno en el brazo.


¡Ay de Sabrina, querida hermana! Si yo no hubiera estado ahí para sacarle el veneno con mi boca y luego llevarla rápidamente a un galeno, habríamos perdido a una estupenda Asesina.

No sabía si podía usar el mismo truco que aquel hombre. Lo que sí sabía era que el odio de Sabrina devenía del amor que no le fuera correspondido. Por lo tanto, hermana mía, esa mujer me seguía amando, y yo… Yo sólo soy un viejo astuto. Te pido ahora que no me odies ni me juzgues por lo que narraré a continuación, recuerda que para un Asesino el objetivo siempre será lo único importante: le dije que había sido un gran error no haberle dado la oportunidad que merecía. Que ahora Sofía estaba muerta, prueba de que quería rehacer mi vida, y que si bien era cierto que soy un anciano, aún podía amarla mucho y hacerla muy feliz. Su cimitarra ya comenzaba a introducirse en mi garganta mientras ella empezó a concebir sus primeras lágrimas…


-    ¡Figlio di puttana! ¡Maldito seas, Ezio!

Cuando intentó culminar mi muerte, ya era demasiado tarde para ella. Tomé su cimitarra con una de mis manos, al mismo tiempo doblé y quebré su pierna izquierda con mis dos piernas, finalmente arremetí contra su pecho con todas las pocas fuerzas que me quedaban. Habíamos quedado tendidos, yo sobre ella, cara a cara, como cuando hacíamos el amor y yo disfrutaba de su inocencia. Incluso, querida hermana, y pido perdón por la impúdica confesión, algo de masculina excitación circuló por mi cuerpo herido, pero eso no evitó que mientras la mirase con deseo le fuera clavando lentamente mi hoja oculta en el corazón. Poco antes de sentir su último hálito, Sabrina me dijo algo que jamás olvidaré:

-    Nunca dejé de creer en el maestro, pero tenía que matar al hombre… Espero que algún día me perdones… Ezio…
-    Requiescat in pace, Sabrina.

Luego murió, dejándome al fin el camino libre hacia mi verdadero enemigo. Macchiavello no era tonto, sin embargo, sabía que siempre existía la posibilidad de que venciera a los veinte asesinos, así que no pudo encontrar mejor forma de disminuir mis posibilidades de victoria que ubicándose en lo alto de una de las torres más gigantescas de Massyaf. No había trampas ni más guardias, sólo exigencia física, mucha exigencia como para un viejo desgastado y además agonizante. Aun así, querida hermana, y después de largos y dolorosos bríos, logré alcanzar la cima de la torre donde Macchiavello me esperaba, aplaudiendo, con esa sonrisa maledicente y satírica que siempre tuvo, esa misma que alguna vez creí sincera con tanta ingenuidad.

-    ¡Bravo, Ezio, bravo! Debo reconocer que no esperaba que llegaras hasta aquí tan entero. Siempre fuiste obstinado, pero hoy te has coronado, ¡te felicito!
-    (…) Creo que no hay mucho de qué conversar, Macchiavello. Desenfunda y pelea, al menos quiero verte morir antes de que muera yo.
-    ¡Ja, ja, ja!, tan histriónico como de costumbre, todo un Auditore, con la gran diferencia de que los Auditore no eran sucios traidores como lo eres tú.
-    Osas llamarme «traidor» cuando sabes perfectamente quién dejó abandonado a alguien que lo consideraba su amigo y leal compañero. Y todo por esa maldición que llevas en ese bolso.
-    Oh, Ezio, siempre tan equivocado… Desde que te conocí noté que eras un cúmulo andante de errores, ¿sabes?, el Fruto del Edén… Así te explicara lo que realmente significa, no lo entenderías pues escapa a la comprensión de un simple arrebatador de vidas. Este ingenio ha debido ser concebido para que sólo mentes brillantes y lúcidas como la mía puedan controlarlo y llevar a este caótico mundo a un mejor sendero. No quisiera ni imaginar qué podría hacer alguien como tú, alguien tan obtuso y ordinario, con algo de esta naturaleza.
-    Puede que no sea tan brillante como tú, pero al menos conozco y respeto el significado de la lealtad.
-    ¡Ah, sí, claro! Y por eso degollaste a tu esposa y asesinaste luego a tus veinte aprendices, incluyendo a tu amante. Me fascina tu sentido de la lealtad.
-    Lo hice porque no tenía otra opción…
-    Lo hiciste porque es lo único que sabes hacer, Ezio Auditore. Naciste para ser un Asesino, y eso es lo que eres, un simple asesino, ¿por qué no eres más franco y me dices la verdad?, sé que has venido aquí para tomar posesión del Fruto.
-    Pues sí, vine aquí por el Fruto, pero no para usarlo a mi favor, sino para esconderlo donde nadie lo encuentre jamás y así evitar que esperpentos como tú vuelvan a apoderarse de él.
-    Hmmm, veamos, esa idea me parece tan conocida… ¡Ah, ya lo tengo!, eso mismo pensó Altaïr varios siglos antes, ¿lo recuerdas?, incluso codificó la puerta de su biblioteca para que nadie pudiera acceder al Fruto, pero… Ya conoces el resto de la historia, y debo agradecerte. No obstante, el hecho de que un primate como tú haya podido acceder al Fruto sólo prueba de que ningún lugar será completamente inaccesible para quien quiera obtenerlo. O también podría significar que Altaïr era tan pánfilo como tú, y como todos los Asesinos.

Querida Claudia, debo confesar que nunca me había sentido tan ofendido e irascible. Incluso en mis últimos minutos de vida, sentía arder la sangre mientras la misma brotaba por todas y cada una de mis heridas, mezclándose con el polvo y el lodo que me cubrían, haciendo de mí una masa rojinegra, un ente horripilante y casi irreconocible. Macchiavello le puso alto a su discurso y empuñó su espada, dando inicio a mi última lucha. A pesar de mi estado colérico, no duré mucho tiempo. En pocos minutos me encontraba al borde del colapso tras un terrible corte en el cuello que por poco alcanza mi yugular. Él esperaba el momento preciso para sellar su victoria pero yo no le daba ningún espacio. Debo mencionar con cierta alegría que el guantelete que me regalaste en el Vaticano era mi único escudo.
 
Un corte más, en cualquier parte de mi cuerpo, hubiera sido letal. Él no era un Asesino, pero sí un experto en esgrima y mucho más astuto que cualquiera de mis anteriores rivales. Su victoria consistía en dejar que me desangre o en un descuido para aplicarme la última cuchillada. Nada de esto pasó.

El Fruto del Edén. Querida hermana, en algo tenía razón Macchiavello, nunca terminaré de comprenderlo. Había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo, cuando de pronto empezó a brillar desde su bolso con una luz cegadora y poderosa, algo que también sucedió aquella vez en la que llegué a la biblioteca del Gran Maestro Altaïr, con la diferencia de que aquellos rayos de luz, lejos de dañarme, me dieron calma y diversos dones que con el tiempo fueron quedando en el olvido.

Entonces, esa luz había empezado a quemar las entrañas de Macchiavello, el que alguna vez fuera el dueño y señor de mi confianza. Sus gritos se mezclaban con el fuego que provenía de sus adentros. La luz también me afectaba. Quedé en el suelo mientras sentía que me quemaba la carne y hasta empecé a sentir el olor de mi cuerpo ardiente. Sabía que era mi fin, pero disfruté viendo a Macchiavello cayendo por pedazos mientras iba maldiciendo al Fruto por el que vendió su otrora intachable dignidad. De pronto los recuerdos de Altaïr volvieron a mi mente, se entremezclaron con los míos, y lloré, Claudia, lloré mucho, ¿había vivido yo una vida digna?, ¿había actuado correctamente?, ¿habría hecho Altaïr lo mismo que yo de encontrarse en mi situación? Apenas sentía mis lágrimas a través de mis mejillas rostizadas. Ya había fuego por todos lados. La torre se incendiaba de manera rauda e inclemente. Sólo había una forma de salvarme o de al menos alargar mi agonía: un último salto de fe.

Pero, ¿fe en qué?, el Credo estaba destruido. No quedaba nada en lo que pudiera creer, incluso el mismo Fruto parecía desvanecerse mientras calcinaba los restos de Macchiavello. No había nada por lo que luchar. Veintidós cadáveres así lo confirmaban, mientras me iba transformando ya en el vigésimo tercero. Sólo me quedabas tú, querida hermana, pensé en ti de repente, en tu sonrisa, en el dolor y alegrías que juntos compartimos durante todos estos años. En aquella vez que me pediste el retiro del Credo porque te habías enamorado. Y ahora, mírate, eres una adorable abuela, una mujer feliz y realizada. Yo, hermana mía, decidí seguir en este camino, y sólo me quedaba recordarte para darme fuerza y valor. Realicé aquel último salto de fe y no salió del todo bien, pero al menos había conseguido sobrevivir. La torre se derrumbaba junto con el Fruto mientras yo me alejaba del lugar a paso lento, muy lento. Casi no sentía que avanzaba.

Pasaron algunas horas, días, o no lo sé, porque habré perdido el conocimiento, presumo. Desperté en la cabaña de una familia del barrio más pobre de Acre, sagrado lugar en el que Altaïr conociera a su amada María hace trescientos años; te habré narrado la historia un par de veces. En eso pensaba mientras las mujeres de la casa atendían mis heridas, pero ya era muy tarde, sus rostros me lo decían sin hipérbole alguna. Tuve la suerte de que haya alguien aquí que supiera leer y escribir, y me ayudara a redactarte esta carta, querida Claudia. Así es, este es su puño y letra; a que es una letra encantadora, nada comparada con la mía, que siempre ha sido muy poco legible, y eso desde que éramos niños, ¿lo recuerdas?, espero que sí.

Creo que ha llegado el momento de la despedida, pues este pobre muchacho lleva escribiendo más de seis horas mientras parece asombrado de mi lucidez para narrar. Creo que me ve como un cadáver parlante o algo así. Quizás tenga razón en su inocente apreciación. Tal vez ya esté muerto y sólo me haya dado las fuerzas para dictarle esta carta. En todo caso, te pido que, una vez llegue a tus manos, la guardes como mi primer, único y último legado. Y si este Credo continúa, lo cual ya dependerá de tu decisión, espero perdones y enmiendas mis errores. Que la justicia sea siempre lo que guíe la punta de nuestros aceros. Y no olvides nunca nuestro lema: «Nada es verdad, todo está permitido».

Addio, hermana mía.

Per sempre tuyo, Ezio.


Inspirado en la magnífica saga de videojuegos, Assassin’s Creed.

viernes, 27 de enero de 2012

Mi amigo, su novia y la desaparición ("Moralidad y buenas costumbres" - nombre póstumo)

La historia que les voy a contar no obedece a ningún buen ejemplo, de esos que los viejos nos obligan a dar a los sobrinos, hermanos o primos menores. Si buscan algo que tenga un mensaje "positivo", les recomiendo que dejen de leer en este preciso momento.

¿Siguen aquí?, entonces prosigo.

Mi nombre es Nicolás, e hice lo que ningún hombre, que se autoproclame "leal", debería hacer. Sí, ya van adivinando, además el título del relato es clarísimo. Sólo les pido que no me juzguen sino después de haber leído toda la historia.

¿Pueden hacer eso?, gracias.

Mi amigo se llama Andrés, es un chico bien parecido, que conocí hace diez años en el cumpleaños de alguien "x". Al principio me caía mal, muy mal. Tenía unos aires increíbles de político frustrado. En lugar de hablar de fútbol o de trabajo, se la pasaba dando discursos de moralidad y buenas costumbres. Cuando le pregunté si había leído a Carreño, me di con la sorpresa de que era muy empírico. Eso tiene su mérito, pero hace diez años yo pensaba que aquellas personas no informadas no tenían derecho a alzar la voz. Se lo dije y fue como una declaración de guerra.

Como suele ocurrir, mis enemigos se convierten en mis amigos en poco tiempo, y así fue. En cierto modo, instruí a Andrés, para que deje de ser empírico, y de paso aprendí a expresarme como político frustrado. Créanlo, a veces funciona. Pasaron rápidamente dos años, en los cuales siempre creí subterráneamente que Andrés era homosexual. No lo veía con chicas, apenas y me comentaba sobre una que otra galifarda que se nos aparecía por la calle, en algún bar o en nuestros centros de estudio. Yo, en cambio, me vanagloriaba de ser el "experimentado" del dúo. Cuando no tenía historias amorosas que contar, las inventaba para que él pensase que siempre conozco chicas y me suceden cosas con ellas. Él me creía. Se volvió mi amigo incondicional.

A veces no podía evitar ser realista con mi vida lúgubre, y aunque nunca le solté lágrimas, le conté de algunas situaciones que realmente me pasaban, obviamente cosas no tan alegres como acostarme con chicas lindas. De esa forma, ya confiando en él, yo también me convertí en su amigo.

Pasaron dos años más, entonces llegó un cumpleaños mío. Amigos, "amigos", compañeros, enemigos, todos tomando licor en mi sala, y apareció Andrés, con una chica preciosa. Inmediatamente, todos los presentes en la sala viraron hacia su presencia, él se ruborizó, un rato después me preguntó si le gustaba cómo se había vestido, pensó que los que estaban en la reunión se impresionaron por su apariencia. Qué ignorante puede ser Andrés, a veces.

Gloria era el nombre de la chica con la que Andrés llegó a mi casa en aquel verano. Mejor nombre no podía tener: Gloria, la gloria personificada en un cuerpo de majestuosas y simétricas turgencias, hermoso y provocador rostro, cabello crespo de color encendido y una mirada que destriparía sexualmente al más santurrón. Fue la reina de la noche en mi cumpleaños, aunque nadie se atrevió a sacarla a bailar, víctimas de la moralidad y las buenas costumbres. Yo lo pensé innumerables veces, pero me detenía el hecho de que mi novia, siempre consciente de mis posibles desbordes emocionales, no soltó mi mano en prácticamente toda la noche. Además, me exigió que Andrés presentara "en sociedad" a Gloria. Entonces salió otra vez el político frustrado. Aburrimiento extremo.

Los días pasaron lentamente mientras me obsesionaba con la idea de que Andrés, aquella empírica persona que instruí con tanto afán, tenía una novia más bella que la mía. Y no sólo eso. Aquella chica, que hasta ese momento no me había dirigido la palabra, apenas una mirada de "así que eras tú su mejor amigo", era víctima de mis más pervertidas y solitarias alucinaciones. No despertaba un sólo día sin haber soñado con ella, empapado en mis propias pegajosas y sucias ideas. Entonces iba al baño, me lavaba el rostro y trataba de quitármela de la mente. El trabajo debía ayudar, al igual que los estudios, pero fue en vano. Bajé mi producción en la empresa donde laboraba, mientras que, en la universidad, mis calificaciones bajaron considerablemente. Gloria había tomado posesión de mis ideas, lo único que tengo tras la ausencia de corazón.

Tomé, entonces, una decisión que creí sería la mejor. Debía conocer a Gloria. Pero Andrés, fiel a su estilo, y entonces entendí el porqué de no haberle visto chica alguna durante años, era hermético con respecto a ella. Las clásicas "saliditas" en pareja no eran lo mío, eso lo sabía Andrés, pero subestimé su inteligencia sugiriéndole que quizás debamos salir los cuatro. De inmediato él se preguntó el porqué. Lógicamente no le diría la verdad. Intenté convencerlo por el lado de las chicas. Ellas quizás quieran conocerse, a lo mejor. Total, ellas eran "normales", querían hacerse amigas, o eso quería creer.

Finalmente, aceptó la invitación. Una noche de esas, salimos las dos parejas, en busca de un lugar donde poder tomarnos unos tragos. Andrés y yo, sin coordinarlo previamente, coincidimos en que ese bar debía ser uno que no frecuentemos. Caímos en un antro barranquino. El resultado fue que tanto Gloria como mi novia se hicieron muy amigas, mientras que Andrés y yo casi no intercambiamos palabras. Algo raro sucedía. ¿Sospechaba?, ¿ustedes qué creen?, pues, ¡claro que no!, pero el escote que había llevado mi novia resultó a la perfección, Andrés se había quedado embelesado con sus tremendos pechos, cumpliéndose algo muy cierto que alguna vez me dijo un anciano: "Uno siempre ve mejor lo que no tiene que lo que tiene". Santa verdad, pues. Recuerden, estaba obsesionado con Gloria, alguien tenía que ser sacrificado.

Vale decir que mi novia no sospechaba de mis planes, pero Andrés era, como dije antes, bien parecido, sinceramente mucho más guapo que yo, un manjar irresistible para muchas chicas, sin excluir a mi adorada novia de ese entonces. Sólo fue cuestión de tiempo para que ambos salgan a la pista de baile, dejándome a mí a solas con Gloria. El plan había funcionado. ¿Y ahora?, ¿qué hacer?, ¿qué preguntarle?, ¿cómo llegar a los trasfondos de su regazo sin pasar antes por la conquista de su desconocido corazón?, ¿haría bien en asumir que ella se sentía cómoda de estar a solas conmigo, mientras su novio bailaba con tremendo escote?, pues, no sabría cómo explicarlo con exactitud. Quizás sea que lo que Dios no me dio en belleza, me lo dio en otras cosas, como por ejemplo la desfachatez. En pocos minutos, Gloria y yo hablábamos de manera amena, sin preocuparnos por nuestras parejas, que dicho sea de paso, llegaban cada veinte minutos, tomaban unos tragos y volvían a la pista de baile. En una de esas rondas, me atreví a mirar los ojos de Andrés: su mirada fue extraña, una mezcla de satisfacción reprimida, con algo de temor y cuestionamiento. Al igual que el vino que iba pasando, la mirada de Andrés se esfumó de mi perspectiva dejando un ligero sabor a "aceptación". Había aceptado el intercambio, al menos por esa noche.

De mi novia no me preocupaba, en realidad siempre quiso estar con Andrés, toda mi preocupación se enfocaba en Gloria. Hasta ese momento, habíamos conversado bien, tan bien, pero sin salirnos del horrendo cuadro de la amistad. No le había lanzado algún tipo de indirecta como por ejemplo, "¿qué te parece si dejamos a esos dos y nos vamos por ahí?", un minuto, eso no hubiese sido nada indirecto, o bueno, algo por el estilo. Mientras pensaba en qué decirle, mil ideas pasaban por mi mente, el 90% de ellas, indicaba que estaba prácticamente solo, en un bar, junto a la chica que más había deseado en toda mi vida. Es que, de verdad, era tan bella, tan deseable, tan codiciable, apetecible. Me di por caso perdido cuando la "nueva pareja" volvió, y esta vez definitivamente, de la pista de baile, cansados como si hubiesen tenido dos horas de sexo duro, y dispuestos a recuperar el terreno que habían abandonado temporalmente.

Lo último que me llevé de esa noche, fue la mirada de Gloria. ¿Cómo interpretar una mirada así?, pensé que tenía un ego ilimitado, pero tardé mucho en procesar esos ojos que me observaban mientras Andrés, ya pasado de tragos y sudando, le besaba las mejillas, el cuello, la boca. Mi novia no tardó en imitar esa insegura actitud, mi plan había fracasado, sabía que esa noche le haría el amor a una mujer que no sería Gloria, pero su mirada siguió dando vueltas en mi irreflexiva cabeza.

Después de esa noche, no volví a ver a Andrés sino en diez meses, a Gloria también. Durante ese tiempo, yo había terminado abruptamente mi relación. Creo que está demás decir que no amaba a aquella chica, que hasta cruelmente utilicé a fin de conseguir mis fríos objetivos. Tenía cuatro meses de soltero, cuatro meses sin  hacer más que trabajar, estudiar, salir con amigos, emborracharme, leer, masturbarme y repetir el proceso. Sabía mediante amigos que a Andrés le iba cada vez mejor con Gloria, a tal punto que se hablaba de un posible matrimonio, bien custodiado por un interesante plan de negocios que ambos llevarían a cabo. ¿Debía alegrarme?, lejos de eso, mi envidia hacia Andrés había crecido. Sí, ya sé que eso no hacen los amigos, pero desde el principio les advertí que aquí no encontrarían buenos ejemplos de moralidad y buenas costumbres (creo que esas palabras las he repetido ya varias veces. En fin). Les deseaba el mal a toda costa: que terminen, que ella descubra alguna infidelidad, que corroborara mi antigua teoría sobre su homosexualidad, que le de chancro, que se olviden del matrimonio y tanta estupidez junta. Que se dé cuenta de que aún hay tiempo para pasarla bien, para divertirse, para ejecutar y hacer realidad sus ocultas fantasías. Un momento, ¿eso quería yo?, ¿ser su juguete sexual?, figúrense que aún no puedo responder esa pregunta.

No tardé mucho en idear un nuevo plan para apoderarme de Gloria. ¿Cuál era ese plan?, simple, esperar lo que le tocaría vivir a Andrés. Sabía que dentro de poco ascendería a un puesto, el cual él se moría por tener desde hacía mucho tiempo. Aquel puesto implicaba viajes y estancias prolongadas tanto en provincias como en el extranjero. Esa sería mi oportunidad. Pero tenía que resembrar la semilla, hacer que se repitiera aquella mirada del bar, pero esta vez no detenerme hasta poseerla y hacerle olvidar a Andrés. Ese día llegó seis meses después. Sí, esperé mucho a Gloria.

Una vez iniciados los viajes de Andrés, y con ellos mi esperada puerta libre para conquistar a Gloria, sucedió algo sumamente extraño. Ya en la esquina de mi casa, a punto de tomar el taxi para ir a buscarla al trabajo (era el único dato certero que tenía de ella), me empecé a sentir mal. Sí, mal. Un retortijón me detuvo, pero no era cualquier retortijón, era el retortijón al que muchos llaman "cargo de conciencia".

Así es, yo, abyecto, calculador, sintiéndome mal por traicionar a un amigo. Una fortísima parte de mí, me llevó de regreso a casa, sin dar lugar a algún giro inesperado de maligna voluntad. Sólo caminaba y caminaba, mi casa estaba a pocos metros, mi puerta se apareció ante mis ojos, saqué la llave casi temblando, la metí en la ranura, y entonces...

Quizás no me crean lo que les diré. Podría sonarles trillado, absurdo, hasta utópico, algo propio de una película pornográfica de bajo presupuesto, pero cuando sentí esos dedos perfectos tocando mi hombro derecho, supe que quizás, esa noche y sólo por esa noche, mi vida tomaría algún sentido.

Gloria ya estaba conmigo, en la puerta de mi casa, mirándome fijamente con esos hermosos ojos que, desde luego, eran expertos en enloquecer a cualquier hombre que se dijera cuerdo. Sólo atiné a mirarla mientras pude, y hacerla pasar sin decirle una sola palabra. Ya dentro, las cosas se pusieron algo tensas. Por su lado, se notaba claramente que ella esperaba que yo diera el segundo paso, es decir, lanzarme, romperle el pequeño y excitante polo celeste que llevaba puesto, bajarle los pantalones y, finalmente, hacerla mía. Por mi lado, mi personalidad calculadora no definía con exactitud lo que realmente buscaba Gloria llegando hasta mi casa. No podía asegurar que quería sexo, tampoco lo podía negar. Sólo sé que ella esperaba algo, ¿el segundo paso?, aún no lo creía. Así que iniciamos una conversación. Seguimos los parámetros básicos de los amantes. En ese momento no me sentí el autor intelectual de un burdo suceso sin consecuencias garrafales, sino un simple idiota que ahora no sabía que hacer con tremenda mujer frente a él.

- "¿Hola?" - dijo ella, entre risas.
- "Hola" - dije yo, nervioso como debutante.
- "¿No me dirás nada más, verdad?"
- "¿Qué esperas que te diga?, me has sorprendido."
- "Entonces, ¿me voy?, ¿te incomodo?"
- "No, sólo dije que me has sorprendido. No quiero que te vayas."
- "¿No te gustaría saber por qué estoy aquí?"

Para ese momento, ya estaba absolutamente excitado, con todo lo que eso implica. Sin embargo, traté de no demostrarlo, por lo que le propuse sentarnos en los muebles. Con una buena cruzada de piernas, no se notaría el bulto que llevaba alojado entre las piernas. ¿Les tengo que decir que ella ya lo había notado, y hacía buen rato ya?

- "Te noto distante, ¿por qué no te sientas conmigo en el sofá?"
- "Gloria, ¿a qué has venido?, esa es la pregunta que sigue, ¿no?"

Tras reírse de manera inclemente durante varios segundos, ella insistió en que debía sentarme a su lado, en el sofá, el cual tenía tres espacios. Apenas me iba parando, ella tomó el asiento del medio. No quería que me escapara. Pero yo tampoco quería escapar, aunque aún seguía incrédulo ante tal maravillosa realidad. Accedí a su pedido.

- "Pues, vine por algo de buena compañía. Eso es todo."
- "¿Eso es todo?, y, ¿por qué esa acotación?"
- "Pensé que eras una persona inteligente. No me decepciones."
- "Soy muy inteligente, pero eso no significa que deba entender todo lo que me digas."
- "¿Quieres que sea explícita?, ¿quieres acabar con el juego?, y yo que me estaba divirtiendo. Sobre todo con tus planificaciones, según tú, indescifrables."

Un momento, ¿"planificaciones indescifrables"?, ¿acaso ella...?

- "No sé de qué estás hablando."
- "Al principio te consideré un patán, por sacrificar a tu propia novia con tal de llegar a mí ..."
- "Basta."
- "Pero, con el pasar del tiempo, me fui dando cuenta que fue el gesto más sincero y arriesgado que un hombre habría hecho por mí."
- "Sigo sin entenderte."
- "Andrés no hubiera sido capaz de sacrificar algo preciado por mí. No lo hizo tampoco con su nuevo puesto de trabajo, a pesar de que se lo pedí innumerables veces."
- "..."
- "Eso sólo quiere decir una cosa."
- "¿Qué cosa?"
- "Que si tú y Andrés estuvieran en las mismas condiciones, y ambos quisieran llegar a mí desde un mismo punto de partida...”
- "¿Por qué te callaste?, sigue."
- "Tú serías capaz de sacrificar más cosas por mí. Y por lo tanto tendrías más posibilidades de tenerme."
- "Pero son sólo posibilidades, ¿verdad?, al final podrías terminar estando con él, de todas formas."
- "Acabas de confirmarme que eres muy inteligente."
- "No es necesario que me sigas alabando. No importa lo que yo haga, tú no quieres nada conmigo, a lo mucho me ganaré tu respeto como competidor, pero es otra cosa lo que buscas y por lo tanto sería siempre el perdedor. En ese caso, creo que no deberías estar aquí."
- "¿Y así nada más, te rindes?"

¿Qué pretendía Gloria?, acababa de desenmascararme con tosca y sensual elegancia, desnudando mis intenciones que, hasta ese momento, consideraba ocultas e imposibles de vislumbrar. Una cosa me había quedado clara, ella era más lista que yo. Muchísimo más lista. Lo que estaba por aclarar, era lo que pasaría esa noche. Alguien tenía que poner ese punto de quiebre entre una pelea segura, ocasionada por un encuentro de pasión y capricho, o una caprichosa noche apasionada.

- "Demasiada charla por hoy. Creo que está todo claro. Viniste a burlarte de mí y lo conseguiste. Acepto todo lo que dijiste. Mi ego está por los suelos, ¿algo más que quieras decir o saber?"
- "Sí, que hueles muy bien. ¿A dónde te ibas?"
- "Creo que no tiene sentido seguir mintiendo. Iba a buscarte a tu trabajo."
- "¿En serio?, ¿para qué?"
- "Para cualquier cosa menos para hacer lo que estamos haciendo ahora."
- "¿Ibas a tomarme por sorpresa e invitarme un trago?"
- "Claro que no."
- "Y, ¿por qué?, hubiera sido genial. Me hubiese sentido como esas divas de las películas" - Decía esto mientras se acercaba a mí.
- "Gloria, tú ya eres una diva".
- "Verborrea de barrio. ¿Por qué dices eso?"
- "Debes ser una diva, no hay otra opción. Ninguna mujer había adivinado tan fácilmente mis intenciones. He sido de todo menos evidente. Tú acabas de romper esa teoría sobre mí mismo".
- "Y eso, ¿te gusta?"
- "Sí".
- "¿Te excita?"
- "Seguramente ya lo notaste".
- "¿Qué te parece si olvidamos todo lo conversado, y hacemos de cuenta que soy una prostituta que alquilaste en un night club cualquiera?, ¿estaríamos hablando tanto?"
- "Probablemente sí, pero mientras te quito la ropa y beso tu cuerpo".
- "¿Puedes hablar mientras besas?"
- "¿Lo quieres corroborar?"
- "Sí".
- "¿Y Andrés?"
- "Está con su mejor novia. Su trabajo."

Ya iba tocando con mis manos su hermoso cuerpo. Recorriendo sus senos perfectos y grandes, duros como manzanos. Luego, desabrochando su pantalón.

- "Sabes que esa no es justificación, ¿verdad?"
- "También sé que es tu amigo, y sin embargo ya me estás quitando la ropa."
- "Es que ya no puedo aguantar más".
- "Tranquilo. No quiero que esto dure poco."
- "Durará lo que tenga que durar".
- "Me refiero al sexo".
- "Yo me refiero al tiempo que dures en mi vida".

Acto seguido, le quité el polo, luego el brasier. Ella se encargó de su pantalón, y siguió con mis prendas. En menos de un minuto, ambos estábamos desnudos en mi sofá, a poco de cometer un pecado que muchos consideran imperdonable. Yo les digo, cambiaría el castigo divino correspondiente a todos mis pecados, por el perdón de haberle hecho el amor a Gloria, la novia de mi mejor amigo. Aquella noche, entre la brisa marina y el olor a fluidos prohibidos, ella y yo compartimos algo más que una infidelidad; hicimos una oda al contacto físico más profundo, a la fusión de intimidades, al intercambio de sudor. Mi sofá terminó mojado, debido a los distintos líquidos que absorbió, cada uno más incesante que el otro. Sus piernas sobre mis hombros, reflejados en aquel espejo de la sala, se convirtieron en la postal del momento. Algo que ni en estos momentos tragi-gloriosos puedo sacarme de la maldita cabeza.

Andrés regresaría de su viaje en tres días. Largos para él, quizás, para mí y para Gloria, los días se hicieron cortos. Durante ese tiempo, juntos, hicimos de todo un poco. Desde cocinar pastas, hasta nadar de noche en la playa, pasando por leer juntos un libro de Sábato, y excitándonos hasta de la nada. Terminados los tres días, Gloria volvía con Andrés y nuestras vidas siguieron su curso usual. Y lo mismo cada vez que mi amigo viajaba. A veces se iba por una o dos semanas enteras. Entonces, Gloria y yo, intentábamos acentuar nuestros pecados. Viajamos al interior en tres oportunidades. En cada sitio donde parábamos, decíamos que éramos una pareja recién casada. Las gentes de esos lugares nos creía, nos veían felices, nos felicitaban, saludaban y adulaban. Nos reíamos de todo eso y no hablábamos nunca de lo que realmente estaba sucediendo. No faltaban las pequeñas peleas por desacuerdos infatuados, pero las terminábamos con toques de dulzura y, posteriormente, con vibrante y duro sexo; cual si el mundo fuera a acabarse segundos antes de cada orgasmo a experimentar. Andar con Gloria, a cualquier lugar, era simplemente eso, la gloria. No me había equivocado al elegirla como objeto de pecado. Porque fue mi pecado más rico, más emocionante y del cual, finalmente, me terminé enamorando.

Así pasaron ocho meses y medio. No, no vayan a pensar que fui padre. Por cierto, ¿siguen leyendo el relato?, ¿quieren que lo termine de una vez?, lamento decepcionarlos, pero el fin de mi historia no lo encontrarán aquí. Prosigo. Casi nueve fueron los meses en los que fui el amante fiel de Gloria. Porque, eso sí, no andaba con más mujeres. Alejé a todas mis amigas, con tal de servirle sólo a ella. Nunca me lo pidió, la decisión fue voluntariamente mía. Quizás la tomé porque quería vivir a Gloria en plenitud, sin pensar en otros cuerpos. ¿Y cuando Andrés regresaba de sus viajes?, al principio fue un infierno saber que Gloria se debía sólo a él cuando estaba en la ciudad, pero con el pasar del tiempo lo fui asumiendo, hasta que me acostumbré. Aún cuando sabía que Gloria estaba con Andrés, seguramente teniendo noches ardientes, no me daban ganas de estar con otras mujeres. Por eso digo que fui su amante fiel. Ahora ya pueden ir juzgando. Aunque creo que ya lo han estado haciendo desde hace bastante tiempo.

¿Cuándo se cagó todo?, muy simple. Una mentira no se puede ocultar tanto tiempo. Por eso evitaba ver a Andrés, aunque él usualmente me llamaba para salir y tomar unos tragos. Me hablaba siempre de su trabajo, sin descuidar sus aires de político frustrado, su moralidad y sus buenas costumbres ¿cuántas veces vengo mencionando estas palabras?). Presumía haber sido asediado por cientos de mujeres en cada lugar al que viajaba, pero que nunca, jamás, sería capaz de serle infiel a Gloria, según él, la mujer de su vida. Salir con mi amigo, mientras sólo yo y su futura esposa sabíamos que era un cornudo, era incómodo hasta para mi cinismo. Así que no se me ocurrió mejor idea que hacer que se entere. ¿Decírselo yo mismo?, ni a palos. Tenía que volver a calcular una idea que consiga dos objetivos: el primero, desengañar a Andrés, después de todo, no se merecía tal maltrato. ¿O sí? Y segundo, tener a Gloria para mí solo, aunque, claro, en un principio hacerme el dolido, ¿me creería?

Para eso volví a requerir de la ayuda, esta vez voluntaria y consciente, de una tercera persona. Gloria tendría un "admirador secreto". El tipo que contraté era el amigo de un amigo que ni Andrés ni Gloria conocían. Un hombre pequeño, feo y sin mayores atributos mentales. Lo escogí así para evitar que, en el caso de que se enamorase de Gloria, tenga alguna oportunidad con ella. Su misión era sencilla, debía acosarla, y provocar que Andrés se entere de ello. Al principio le mandaba rosas y pequeños mensajes en forma de dedicatoria, con firma de "anónimo". Como era de esperarse, Gloria no me comentó absolutamente nada sobre el asunto, aunque, astuta como ella sola, trató de sorprenderme una vez, preguntándome si yo sería capaz de celarla a tal punto de hacerse pasar por una persona "x" para probar su, lógicamente, inexistente fidelidad. Subestimó mi capacidad para mentir.

Pasadas dos semanas, el supuesto acosador, bajo mis órdenes, sería encomendado a entregarle a Gloria un texto escrito por mí. El texto era de corte romántico, lindando con lo cursi. Había dos copias. Una de ellas, sería para Gloria, y la otra para Andrés. La idea era que Andrés pensara que Gloria tenía algo real con el tipo. Ya imaginaba su ego destrozado, imaginándose a su bella mujer, sobre las piernas de ese pigmeo de rostro accidentado. Conociendo a Andrés, sabía que sería incapaz de cometer alguna locura, producto de los celos. No sería capaz de hacerle nada al enano, mucho menos a la misma Gloria. Lo único que haría, según mis cálculos, sería tomar y emborracharse todas las noches, durante uno o dos meses, y luego seguir su exitosa vida habitual.

Gloria recibió el primer texto, a manos de propio acosador. Increíblemente, según el tipo, lo recibió y le agradeció con un beso en la mejilla, diciéndole que se sentía halagada, pero que era una mujer comprometida. Y yo que pensaba que lo mandaría a los santos demonios. En fin. Eso no alteraba mi plan principal. Esperé a que Andrés viajara una vez más. Una vez en la casa de Gloria (creo que no mencioné que no sólo fornicábamos en mi casa, sino también en la casa que compartía con Andrés), busqué el texto. Tal y como lo planeé, lo tenía guardado en uno de sus cajones personales. Lo único que hice fue tomarlo y hacerme el celoso, reclamar e insultarla. Ella lo tomó con calma. Agarró el papel y lo rompió en mis narices. Luego, me increpó por revisar sus cosas personales. Tras la pelea, me botó de su casa. Fue un pequeño sacrificio para lo que vendría.

La última función del pigmeo, fue recrear la salida de una supuesta visita sexual a la casa de Gloria y Andrés. Hice que caminara por esa calle, de modo tal que se reconocieran tanto la puerta principal de esa casa, como las demás casas aledañas. Tomé las respectivas fotografías. Andrés tendría que creerme. Posteriormente, quedaría como el héroe que trató de salvar a su amigo del horrendo peso de los cuernos.

En el mismo aeropuerto, intercepté a mi amigo. Le di las fotos del tipejo, "saliendo" de la casa que compartía con Gloria, y luego le dije que lo había agarrado a golpes, arrebatándole un texto de amor, que no era otra cosa que la copia del mismo texto que Gloria había recibido, y roto en mis narices. Andrés se horrorizó, no tanto de la evidente infidelidad, sino de la horripilante figura del supuesto "amante". El texto no lo leyó delante de mí, prefirió guardarlo y leerlo solo, en el hotel donde se hospedaría, puesto que había decidido no ir a su casa, para evitar todo contacto con Gloria. Me abrazó y me agradeció el favor que le hice al "abrirle los ojos". Tomó un taxi y partió rumbo a su hotel. Yo decidí buscar un restaurante en el aeropuerto y tomarme un café, mientras oía a los aviones llegar y levantar vuelo. Señal de un triunfo inminente. Pronto, muy pronto, Gloria sería mi mujer, sólo mía y de nadie más.

Tal y como yo lo había intuido, y planeado, Andrés no se aguantó y llamó a Gloria, absolutamente indignado y con todas las ganas de terminar su relación, insisto, más por ego que por otras cuestiones. Además, le sacó en cara el texto amoroso que el horripilante amador le habría escrito a la infiel mujer. Gloria no tuvo otra opción que confesar. Admitió que recibió el texto por amabilidad, pero agregó que lo rompió. Que no sabía de dónde había salido ese admirador, y que no entendía cómo podía tener el texto en sus manos, si es que ya estaba hecho pedazos en el basural de la ciudad. Eso generó una sensación aún más grande de que Gloria, en realidad, engañaba a Andrés, y es que así fue. A fin de cuentas, ella lo engañaba, no con ese monstruo retaco, sino conmigo, un amigo en el que Andrés confiaba ciegamente.

En conclusión: Andrés estaba furioso y además indignado por la serie de mentiras que notaba, ahora, de su otrora e impecable amada. Odió a Gloria con todas sus fuerzas y juró venganza. ¿Cómo sé todo esto?, porque me llamó segundos después de su acalorada discusión. Le dije que se calmara, que ya encontraría otra, y que esa tonta no sabe de lo que se pierde. Gloria no me llamó nunca más.

Fue a los dos días, cuando la llamé, esperando a que las aguas se hayan calmado, cuando me di cuenta de que algo malo estaba sucediendo. Algo malo y fuera de lo planeado. Andrés volvió a viajar por trabajo, o al menos eso creí en ese momento, por lo que decidí buscar a Gloria. Conociendo lo lista que era, seguramente ya habría concluido que fui yo el que, una vez más, planeó todo a mi favor. Esperaba una reacción coherente con lo que me dijo esa noche en mi casa. Quería que sepa que mi último gran sacrificio, fue el de perder a mi mejor amigo con tal de tenerla sólo para mí. Quería hacerle el amor para celebrar ese suceso. Ya me la imaginaba, gozosa y caliente, riéndose de por fin haberse desecho de ese gran estorbo con el que pensaba casarse y formar una farsante familia.

Toqué su timbre y puerta unas treinta veces cada una, pero no respondía. Me di cuenta que su puerta no estaba asegurada, así que forcejeé lo necesario para entrar. Estaba desesperado, desesperado por ver su reacción ante tal actitud mía. Quizás la excite hasta el forcejeo, pensé. Una vez adentro, me quité la camisa y la busqué en su habitación. Mi excitación cambió a horror de un momento a otro.

Ya no era Gloria, sino partes de Gloria, repartidas por todo el lugar. Su pierna derecha estaba sobre el televisor, su pierna izquierda estaba al costado de la cama. Sus brazos, cruzados, haciendo una "x", sobre su mesa de noche. Su torso, portador de sus hermosos senos, y el resto de su tórax, estaban de espaldas sobre la cama, tapados con una sábana que en algún momento habría sido blanca testigo de nuestro más apasionante sexo, y que ahora lucía una roja y espesa apariencia, la roja y espesa apariencia de la muerte.

La cabeza de Gloria estaba sobre la almohada. Fue lo primero que vi. Hasta le sonreí, pensando que lo demás era una cruel broma de su parte. Su rostro estaba golpeado y lívido. Y su boca tenía algunas gotas de semen. Así de horrible como lo escribo, así de horrible lo viví, y la verdad siento que estoy quedando corto en comparación al suceso que estoy narrando. No sé si entiendan que en este momento sigo experimentando un estado de shock, que más bien, lejos de generar en mí alguna otra sensación de desaparecer, ha creado la lucidez necesaria para contarles esta historia. Diré, por segunda vez, que pueden juzgarme ahora. Pensar de mí lo que ustedes quieran. Sobre todo de lo idiota que soy. Sí, soy un idiota. A que no saben qué es lo que le falta a este relato. ¿Lo adivinan?

Sí, soy un perfecto idiota. Por si no lo recuerdan, se los diré: yo instruí a Andrés, ¿ya recordaron?, en cierto modo, Andrés fue mi alumno. Y en un determinado momento, le enseñé a escribir prosa y algo de poesía. Alguna vez, Andrés, mi amigo y alumno, con aires de político frustrado y una extraña fascinación por la moralidad y las buenas costumbres, leyó mis textos, los memorizó, e intentó escribir como yo. El texto que le escribí a Gloria era muy similar a aquellos textos que le enseñaba a Andrés, para que así aprenda a escribir prosa romántica - "Con esto conquistarás muchas chicas, Andrés", le decía. Nunca pensé que ese aprendizaje serviría para acabar con mi propia vida.

La llamada que recibí hace unos minutos fue de Andrés. Me dijo, muy tranquilo, que él había asesinado a Gloria, y que ya sabía dónde estaba hospedado. Que venía por mí. ¿Y yo?, no pienso seguir escapando. Siento que este castigo, que está por caer encima de mí, es el más justo, considerando que yo cambié, muy consciente de ello, todos los castigos que me tocaran por el premio de tener a Gloria. Y la tuve tantas veces como quise, mas no las suficientes. Si de algo he de quejarme, es que Andrés me le quitó muy rápido y para siempre, pero no tengo nada más que reclamar.

En estos momentos ya debería estar muerto. Seguro sabrán de mí en las noticias de mañana o pasado mañana. Pero quiero que sepan, no me arrepiento de nada, en lo absoluto. Es más, hay algo que no les dije. Lo más interesante de haber pecado, junto a Gloria, es que, al haber cometido ambos los mismos pecados, quizás vayamos al mismo lugar. Así que, ya en el infierno, me la volveré a encontrar, y haré de todo para tenerla nuevamente, ya lejos de Andrés, lejos de la moralidad y las buenas costumbres, lejos de los deseos prohibidos, lejos de esta sociedad tan inexpugnable y cínica. No hay plan perfecto ni cuerpo que lo resista, por más que el cuerpo sea tan perfecto como el de Gloria - perdonen esta última reflexión, es que sigo excitado, pensando en ella.

Finalmente, suena la puerta de mi habitación de hotel.
Ahora es el momento, júzguenme, pero, por favor, déjenme desaparecer.