martes, 7 de enero de 2014

El club campestre

Él llegó a la casa de sus padres la mañana de un domingo, en plan de visita. Su familia se alegró de verlo. Lo saludaron y abrazaron con mucha efusividad. Estaban también sus hermanos, las esposas de sus hermanos, y sus sobrinos pequeños. La idea inicial era salir a un buen restaurante y almorzar todos juntos, conversar, bromear, ponerse al día en los chismes, hablar de las proezas de los niños, de sus gracias, y todas esas cosas que hacen las familias cuando van aumentando en edad y en número. De pronto se le ocurrió que en lugar de ir a un restaurante citadino, podrían pasar ese día en un club campestre muy bello que él conocía y al que hacía mucho tiempo no iba. Sumó en silencio, rápidamente, la cantidad de dinero disponible que tenía en su cuenta de ahorros. Supo que le alcanzaría para pagar el paseo en su totalidad. Sería un gran gesto de su parte, algo que valorarían todos, y pensó en las sonrisas de sus sobrinos. Luego, por alguna razón que desconoce desistió de la iniciativa y se adaptó nuevamente a la idea anterior. De alguna forma, tal vez, se arrepintió de aquella intención nonata. Quizás, quién sabe, porque más allá de que tuviera el dinero, dicho gasto no estaba planeado y el dinero podría hacerle falta después para cosas más importantes o urgentes. Además, la idea de almorzar en un restaurante citadino, que era la idea de todos en un principio, no era en absoluto desagradable. De modo que al final fueron todos a un buen lugar sugerido y aceptado por la mayoría.

Una vez dentro, juntaron las mesas, colocaron las sillas y empezaron a compartir su ansiado momento. La comida estaba exquisita y la tertulia, tal y como se esperaba, muy interesante, se iba desenvolviendo con naturalidad entre los asistentes. Incluso los niños, habitualmente inquietos e indomables, se comportaban a la altura de la parsimoniosa reunión. Y todo iba perfecto hasta que la desgracia, siempre invisible hasta manifestarse, jaló su silla y se sentó en la misma mesa sin invitación: el más pequeño de sus sobrinos tragó entero un hueso de pollo que luego se atoró en su garganta. Ante la desesperación de sus padres, el pequeño niño, asfixiado, perdió la vida en cuestión de segundos. Los gritos de desesperación y lamento eran estruendosos y llamaron la atención de todos los comensales, quienes se acercaron a ver lo ocurrido. De un momento a otro, la madre del chico culpó a uno de los hermanos de su esposo por haberle dado piezas de pollo, sabiendo cualquier adulto el peligro que esto podría implicar. Lo culpó de manera directa, violenta y desafiante. El pobre hombre que, efectivamente, le había dado al niño la pieza de pollo ante la insistencia del pequeño, agachó la cabeza y aceptó su culpa, muy asustado y evidentemente arrepentido; pero esto no fue suficiente para el padre del fallecido, quien, muy enfurecido, tomó un cuchillo de la mesa y se lo clavó en el pecho exigiendo justicia por su hijo caído, y asesinando así a su propio hermano, quien cayó de su silla convertido en una pileta de sangre. La sorpresa de los espectadores fue brutal. Ni siquiera alguien había tenido tiempo de llamar a una ambulancia por lo acontecido con el niño, y ya había otro muerto sobre el piso del restaurante.

Ante decenas de gritos de terror, curiosos que se aguantaban los gritos para no llamar la atención, y muchos otros que prefirieron huir, otro de los hermanos reaccionó ante la venganza y le lanzó un puñete fortísimo al reciente asesino. Debido a la fuerza del impacto, el herido perdió el equilibrio y cayó aparatosamente sobre su anciana madre, aplastándola y quitándole así la vida. Al ver toda esta consecución de horripilantes escenas, el viejo padre sufrió un paro cardíaco y murió también, desplomándose sin más. Finalmente, antes de que los hermanos y sus esposas siguieran asesinándose entre sí, y antes de que llegara la ambulancia, llegó la policía. Fueron capturados casi todos los hermanos y esposas que quedaron vivos; en realidad todos excepto él, sí, aquel que tuvo la idea nunca expresada de pasar el día en un club campestre en lugar de llegar a ese restaurante citadino, en el que al final ocurrieron juntas tantas desdichas. No lo capturaron pues, según los testigos, él fue el único que en ningún momento reaccionó, quedándose sentado y quieto mientras todo acaecía frente a sus ojos. Se dice que, tiempo después, terminó de enloquecer principalmente por los recuerdos que nunca dejaron de atormentarlo; que está internado en algún manicomio de la ciudad, y que cuando conversa con su doctor encargado le expone a menudo este discurso tan particular:

“Qué hubiera sido de todos nosotros, doctor, incluyéndolo a usted, por supuesto, si en lugar de ir a aquel restaurante hubiésemos ido a un club campestre donde había montañas rocosas, pisos resbalosos, peligrosos toboganes y juegos, hondas piscinas y piezas de animales con huesos muy grandes para comer. Hubiera sido toda una tragedia, ¿no lo cree usted?, una horrible tragedia. Felizmente algo me dijo que lo mejor era no ir ahí. Algunos lo llaman ‘ángel de la guarda’, yo lo llamo ‘instinto’, doctor, ‘instinto’, y del mejor”.

jueves, 12 de diciembre de 2013

'Pelé' Rodríguez, el '10'

Había dejado sobre la mesa de la cocina, muy contento él, un panetón y un vale para canjear un pavo de cinco kilos.

- ¿Y esto?

Doña Francisca, medio extasiada aún, se preguntaba si aquello era real o una cruel broma de su hijo, normalmente muy bromista. Él sonrió y luego la abrazó manchándola un poco con su sudor. Su padre, don Evaristo, fue testigo de la escena y luego no pudo ocultar su emoción. Finalmente, su joven retoño, convertido cada vez con mejor forma en un futbolista profesional, empezaba a dejar algunos frutos de su esfuerzo. Aunque a los Rodríguez Gómez no les faltaba nada pues eran gente trabajadora, tampoco les sobraba nada en la dispensa, sobre todo en navidad. Pero ahora sí, con lo que había traído su hijo único, ya tenían de qué presumir para fiestas en un barrio donde comer pavo y panetón en esas fechas era algo para ricos.

- Así pues, el año pasado no pude conseguirles nada, pero ahora ya me bajaron algo de sencillo. Ya era hora, ¿no?

Adolfo Rodríguez tenía dieciséis años. Jugaba entonces en la reserva del Sport Boys. Aunque, valgan verdades, era hincha del Alianza Lima. Se había probado varias veces en el club de sus amores, pero la famosa argolla le impedía ser seleccionado, sí, ha de haber sido la argolla, pues el chico era muy talentoso. «Un ‘10’ de aquellos» dirían los viejos conocedores. Te daba la pelota limpita, muy buena técnica, tenía un quiebre endiablado y una velocidad que para qué te cuento. Por todo esto y porque era un zambo algo retaco pero macizo, en el barrio de Castilla lo conocían como ‘Pelé’ Rodríguez. Qué jugador el negro. No hablo de Pelé, hablo de Rodríguez. Y al fin unos directivos tuvieron ojo y empezaron a darle algo de plata los fines de mes, como para que no se desanime.

Se levantaba tempranito todos los días para ir a entrenar al Miguel Grau. Ahí, con el olor a pescado de los amaneceres chalacos, le daba decenas de vueltas a la cancha y luego practicaba táctica y definición con el profesor Jiménez, exjugador del Boys que se ganaba la vida ahora entrenando mocosos. Lo bueno es que en el Callao siempre habrá talento, te digo. A pesar de que ya tenía casi un año entrenando para debutar con la ‘rosada’, no tuvo oportunidades en el primer equipo, y se ganó apenas unas alternancias en la misma reserva. Es que había un chiquillo en su puesto que era titular indiscutible, ¿quién crees?, claro pues, el hijo del alcalde, un tal Alcocer. Pero los directivos sabían que el niño rico pronto se aburriría porque jugaba al fútbol por no tener nada más que hacer en su casa. Por eso retenían a Rodríguez, porque pronto, cuando el otro se fuera, él sería el titular.

Sin embargo, hay que decirlo, no era una situación muy cómoda para él estar detrás de alguien que no era mejor jugador para nadie más que para el alcalde. Así que empezó a evaluar su partida muy en serio. Volvió a probarse en el Alianza y lo volvieron a chotear. Te lo juro, ¿qué pasa con Alianza?, no me lo explico. Ya un poco desesperado se probó en el Cristal, y ahí como que le dieron algo de bola. Lo volvieron a citar para una segunda preselección, pero Rodríguez se desanimó porque en el fondo no le nacía ser celeste. Recibió una llamada de la ‘U’. Uno de sus agentes cazatalentos lo vio en un partido Boys versus Cantolao. ‘Pelé’ entró al minuto ochenta y dos por el hijo del alcalde. Le bastaron ocho minutos para meter dos golazos, uno de ellos de tiro libre, con la pelota bombeadita sobre la barrera, como tanto nos gusta, ¡qué rico gol!, y como si fuera poco le hizo un pase milimétrico al goleador del equipo, quien no perdonó y así voltearon el partido y ganaron, ¿quién era el goleador?, no recuerdo su apellido, pero era un chiquillo que al toque fue promovido (te digo, a los delanteros goleadores sí los promueven al toque, ¿será que es lo que más le falta a los primeros equipos de todos los clubes o acaso es que los venden más rápido y a mejor precio? A la franca yo prefiero a los volantes).
 
Te decía, el agente lo vio y hasta lo grabó con su cámara del celular. Le pasó los videos a la gente de la ‘U’ y entonces lo llamaron pues, ¿tú crees que aceptó?, nada, terco el zambo, no quería saber nada con la ‘U’. Estaba esperanzado en que algún día iba a estar en el Alianza. Dicho sea de paso, casi todos los chibolos de la reserva, sus compañeros de equipo, tenían el mismo sueño. Debe ser que Alianza es vitrina, quizás, no lo sé con seguridad, te soy sincero.

- Me llamaron las gallinas. Ni cagando juego ahí. Prefiero irme al Muni o a algún equipo de barrio. A la firme.
- Hijo, no seas huevón. Yo soy recontra hincha de Alianza, más que tú y todos tus amigos juntos, pero primero está tu futuro. Ya pues, no te vayas a la ‘U’, pero pruébate en Cristal. Ahí puedes hacer carrera y ya luego se te abrirán otras puertas. Pero no seas huevón, en Alianza hay mucha argolla…

El viejo Evaristo la tenía clara. Sabía que si su hijo se quedaba en el Boys no iba a tener futuro. ¿Quién sabía hasta cuándo se iba a quedar el hijito del alcalde?, nadie, compadre. Era una moneda al aire, pues. Y así al mocoso lo invadió la duda y el tiempo siguió pasando.

Al cumplir los diecisiete le pasó lo peor que le podía pasar en ese momento: se enamoró. La chibola era un cuero. Para qué, bien rica. Era hija de un aguatero del club y siempre se sentaba en la tribuna, toda coqueta, a ver los entrenamientos. Muchos se le acercaban pero al final la chibola los choteaba. Parece que desde el principio le había echado el ojo a ‘Pelé’, y ya pues, después de idas y vueltas cayó redondito el muchacho. Pero no vayas a pesar que soy anti romántico o algo por el estilo, ah. El problema no es sólo que se enamoró, sino que la terminó embarrando. Sí pues, la embarazó. Lo peor es que ella no era del Callao, sino de norte chico, de un pueblo llamado Nuestra Señora del Consuelo, entre Puerto Supe y Barranca, cerca del mar. Un lugar recontra humilde, casi un asentamiento humano, para que te des idea. El papá de la chica los ayudó en cierta forma, dándoles un cuarto que le sobraba allá en su pueblo, para que vivan juntos, así que Rodríguez, tan terco él, luego de convencerse de que no tenía futuro como jugador en Lima y resignado a buscar algún otro oficio para mantener sus nuevas responsabilidades, tuvo que dejar a su familia e irse con la muchacha y con su calato aún sin nacer.

Después nació Ramiro. Le puso así por una canción de Rubén Blades, creo, es algo que no recuerdo bien. Ya tenía dieciocho años y había conseguido trabajo como reponedor en un supermercado. Pero no pasó mucho tiempo para que el fútbol lo vuelva a llamar. Es que estaba en su sangre. Se enteró de que en su nuevo barrio había un club deportivo en formación llamado ‘Hijos del Consuelo’. Llegó un fin de semana a la canchita. El equipo estaba en pleno entrenamiento. Habló con el entrenador con la franqueza que lo caracteriza, lo agarró frío y aceptó la propuesta; se probó delante de todos y a todos los dejó boquiabiertos; demostró que a pesar del año de para que había tenido mantenía intacta su calidad técnica y su habilidad como creador. Como era de esperarse, pasó de frente a formar parte del equipo titular. Desde entonces lo vemos ahí, partido a partido. Y el resto de la historia ya la conoces; se hizo la leyenda. Ese ‘Pelé’ Rodríguez. Jugadorazo. El ’10’ que tanto necesitaban por ahí. El negro se volvió un hijo más del Consuelo.
 
***
- ¿Ya viste al nuevo?
- ¿Cuál?, ¿el zambo?
- Sí, ese
- ¡Claro pe’!, buenazo, ¿no?
- Sí, jugadorazo, parece profesional.
- No parece, ¡es!
- Anda…
- Claro, ¿no sabías?, dicen que jugó en el Boys, en la ‘U’, en Alianza, en Cristal, y que hasta tiene experiencia internacional.
- ¡No jodas!, ¿y qué hace acá?
- Para que veas pues…
- Para que vea pues qué. Seguro la cagó por borracho. Típico del fútbol peruano.
- Nada, dicen que era un poco mujeriego y que eso lo estancó. Pero todavía está chibolo, de repente la hace.
- A la firme sí, pero no quiero que se vaya. Juega de puta madre. Estábamos cagados en el interbarrio, y ahora, gracias a él, con un par de victorias más ya estaremos en la final por primera vez en nuestra historia.
- Sí, de verdad que sí. Juega de puta madre el zambo. Ojalá no se vaya nunca.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Una forma de amar

Han pasado apenas dos horas desde nuestra última discusión y ya ansío tenerla nuevamente entre mis brazos, forzar sus besos con mi desesperación, abrazarla como si la estuviera atrapando o penetrarla como si quisiera apoderarme hasta de su alma. Han pasado apenas dos horas y ya miro el reloj con insania, ¿qué hora es?, a esta hora ya estaría quedándose dormida en mi pecho, cansada de tanto luchar conmigo; no, no conmigo, contra mí. A esta hora ya estaría yo pensando en qué hacer al día siguiente para seguir sintiéndome su dueño, y en cómo maquillar esa repudiable manera de vivir, haciéndole creer que se trata del más puro amor. Cuánta mierda hay en mí. He pensado en muchas ocasiones que merezco la muerte, pero, en realidad, la muerte sería el mejor de los placeres para alguien de mi calaña. Yo merezco sufrir, y por eso me encontré con ella, porque Dios existe y es sabio, entonces me la puso en el camino para que sufra y para que ella sufra conmigo por algún pecado pasado que, de repente, ni ella misma cometió. No. Pero de qué hablo. Si siempre he sido yo el que le rogaba para volver, para verla, para forzar sus besos con mi desesperación, abrazarla como si la estuviera atrapando o penetrarla como si quisiera apoderarme hasta de su alma. Lo único que veo ahora es esa fotografía de hace dos años, cuando, según sus palabras, «todo era felicidad»; entonces estaba más delgado y ella, bella, con el cabello pintado de rubio. Veo también esa rajadura en la fotografía, producto de las idioteces que suelo hacer cuando me siento acorralado entre mis limitaciones y sus ganas de alzar al vuelo. No puedo permitir que me deje. No puedo. Mis amigos creen que no sé que ella sería feliz sin mí y que yo necesito ayuda. Creen que no lo sé, idiotas. Idiotas que además me creen idiota. Pues, ¡claro que lo sé!, cómo no saber que estando sin mí lloraría menos, sonreiría más y tendría mejores oportunidades en todos los aspectos de su vida. Cómo no saber que lo único que hago es atrasarla en todo lo que se propone, cortarle las alas con mis manipulaciones y alejarla de las personas que realmente la aman. Idiotas, ¿creen que no sé eso?, claro que lo sé. Pero saberlo no me es suficiente, sentirlo tampoco. Por eso sigo con ella y ella conmigo, porque sé que en el fondo ella asume este sufrimiento como un mandato divino. Eso la convierte en una mártir. ¿Los policías lo entenderán?, ¿entenderán que era así como tenía que acabar este chubasco que ya se hacía eterno?; las sirenas, ruidosas, no les dejan entender; la sangre, secándose en mis manos, prueba de que ahora ella será mía eternamente. Sólo una mentira más, amor, sólo una mentira más, y te prometo que todo habrá terminado. Por fin habrá terminado.

viernes, 18 de octubre de 2013

Historias que nadie quiere leer

* Hola, soy tu conciencia y vengo a decirte que en realidad no existo. Así que no me eches la culpa a mí cuando hagas algo estúpido, dañino o insano. Aparte, no digas que yo te pongo en dilemas existenciales ni mucho menos que te pongo en aprietos cuando no sabes qué hacer respecto a algún tema. No digas que voy en contra de algo llamado «corazón» porque eso tampoco existe. El corazón es en verdad una simple masa deforme, rojiza y bañada en grasa que bombea tu sangre, no otra cosa y yo, tu «conciencia» no existo. Y si te preguntas cómo es que estoy diciéndote esto si no existo, te sugiero que visites un psiquiatra cuanto antes. Y si no quieres también está la opción de matarte. Adiós.

* Cuando te digan que el físico no importa, es verdad, al menos gran parte del tiempo de vida de un ser humano cualquiera. Hasta los diecisiete años, las mujeres prefieren andar con el más popular de sus círculos. Esto no se logra necesariamente siendo guapo, también puedes ser popular por ser el más bromista, por molestar a los profesores, por hacer graffitis en las paredes, por ser un pandillero o por vender hierba. A partir de los diecisiete hasta los cuarenta, las mujeres prefieren andar con el que tenga más dinero. Puedes ser horrendo. Tus ojos pueden ser desgraciados, de color opaco y con cataratas. Tu nariz puede ser parecida al pico de un tucán o asemejarse a un quión. Tu boca puede parecer la unión de dos trozos de jamón podrido y emanar el mismo olor. Tu cabello puede ser trinchudo hasta llegar al techo, greñudo, repugnante y además grasiento. Tu piel puede estar arrugada, llena de callosidades o tener como adornos miles de granos y verrugas. Tu cuerpo puede ser deforme, enorme, pequeño, ínfimo, lato y horripilante. Puedes vestirte como los putos dioses o como un mendigo con mal gusto. Pero mientras tengas dinero, siempre andarás acompañado. Desde los cuarenta hacia adelante, las mujeres concluyen que el físico sí importa. Y mucho.

* Pierdes el tiempo tratando de ocultar tus defectos físicos. Mientras más los ocultes más dejarás notar que los tienes y además demostrarás más inseguridad. Que esto no suene como buen consejo, lo que quiero en realidad es decirte que sufrirás irremediablemente mientras tengas esos defectos y que es mejor al menos comportarte como si los hubieras superado, ¿me entiendes?, al menos así conseguirás empleo y tendrás pareja una que otra vez. Aquí viene el buen consejo: aprovecha, como si fuera el último, cada uno de esos momentos bonitos.

* Ayer vi una marcha de manifestantes frente a un McDonald's, la alumbraban flashes de todos lados, y en eso pude reconocer a dos amigos con los que usualmente salgo a comer un sándwich llamado 'Triple X'. Este sándwich contiene una enorme tajada de carne de res a la parrilla, filete de pechuga de pollo a la plancha, tocino y chorizo al carbón, con abundantes papas fritas, todas las cremas; envueltas estas carnes y complementos en un delicioso pan de yema; todo por quince soles, y todos los días en una sandwichería no muy conocida de la avenida Aviación. Me pregunto cuándo mis amigos harán ese tipo de manifestaciones frente a aquella sandwichería a la que siempre vamos. Ojalá no suceda.

* Si la chica que querías se metió con tu amigo, eso se llama 'atraso'. Te atrasaron, no hay otra. Tienes que aceptarlo. Peor ahora que hay Facebook. Si te quieres hacer el no afectado, orgulloso y autosuficiente como un príncipe saiyajin, y aún los tienes en tus contactos, tendrás que comerte toda la recatafila de cariñitos y palabras calientes que se dirán de muro a muro, porque está claro que a ellos les importarás un carajo y que más bien, muy por el contrario de lo que hablen entre ellos o delante de otros, tratarán de demostrar que son felices juntos a pesar de que haya «gente que los quiera separar», o sea tú. Cualquier persona en su sano juicio te aconsejaría que los borres de tu Facebook, y si tú propones una venganza cruel contra ambos te dirán que no servirá de nada y que mejor lo dejes así. ¿Sabes qué? Yo te digo que sí sirve. Ayuda mucho ver a tu amigo traidor pidiéndote perdón mientras se arrastra en el charco de su propia sangre, ayuda, alivia y calma; y más aún cuando ves a su linda novia ofreciéndote un poco de sexo a cambio de que no los fastidies más, ¿no es maravilloso lo que realmente queremos?

* Muchos creen ser graciosos sólo por ser bromistas. Veamos, un bromista es aquel que hace muchas bromas, pero estas bromas no son necesariamente todas buenas. Algunas de ellas pueden ser absurdas, repetitivas o hasta ofensivas. Lo peor de todo es que un mal bromista puede pensar que se trata de insistencia, es decir, que mientras más veces haga el mismo chiste más posibilidades habrá de que te rías o al menos te cause un poco de gracia. Esto, naturalmente, es falso. Mientras peor sea la broma, y más veces se repita, no sólo el bromista está quedando de idiota, sino que además corre el riesgo de recibir un contraataque. Mientras que, si la persona que recibe la broma empieza a creer que se trata de animadversión, el bromista no sólo habrá fracasado, sino que además lo más probable es que se gane un nuevo y peligroso enemigo. A no subestimar nunca a una persona que se sintió atacada u ofendida por una pésima broma. A no subestimarla sobre todo cuando, por considerar que las bromas son poco más que execrables, recibe el sucio y artero calificativo de «picón». Conclusión: para ser un buen bromista no basta sólo con querer serlo, hay que tener las cualidades que lo definen y desarrollarlas cuanto sea posible. Gracia, manejo elegante del lenguaje que huya a la vulgaridad, sentido irónico, sarcasmo mordaz y sobre todo buenas dosis de consideración y compasión. Un buen bromista no sólo debe saber cuándo empezar, debe también saber cuándo seguir y cuándo parar. Así como también cuándo pedir disculpas o qué tipo de bromas hacer según el contexto y la persona del caso. En fin, lo que quiero decir es que cualquiera puede ser bromista, pero no cualquiera puede hacerlo sin quedar de imbécil. Y si después de haber leído esto te sientes dolido y tienes ganas de insultarme, ya sabes a qué no te tienes que dedicar.

jueves, 17 de octubre de 2013

El año momia

He tratado muchas veces de ver lo que hay detrás de la ventana de mi habitación. Recuerdo que, hace no mucho tiempo, sabía que había algo ahí. Calles, autos, algunos árboles, personas que andaban de un lado a otro. Mis padres y hermano yéndose a sitios que desconocía por decisión propia. Tomaba entonces un pequeño trapo de franela amarilla y trataba de aclarar los vidrios de mi ventana. Empezaba siempre por los bordes, luego seguía por las esquinas y al final iba por las lunas. Esto era un flagrante error de mi parte. Cuando limpiaba los bordes y las esquinas, ya manchaba el trapo de la suciedad que ahí anidaba. Entonces, cuando trataba de aclarar los cristales de mi ventana lo que hacía en realidad era ensuciarlos más y así seguir dificultando mi visión. A menudo me cansaba de no ver nada y abría mi ventana, pero de pronto sentía mucho frío y prefería cerrarla sin darme tiempo a abrir los ojos. Una sensación de ceguera y otra de opresión inundaban mis circuitos nerviosos. Supe que quería salir y finalmente descubrir por mí mismo lo que existía afuera. Si esos recuerdos vagos se habían mantenido en el tiempo. Si las calles, los autos, los árboles y las personas seguían siendo las mismas. Aunque esto parezca un obtuso deseo, no había cosa que deseara más.

Así que un día me decidí, tomé un abrigo de mi padre, una tapa de olla como escudo y una espada de juguete que me trajeron de Japón una navidad. No olvidé tomar prestados los anteojos de sol de mi madre, por si existieran luces que no pudieran soportar mis niñas, terminé por hurtar el amuleto de la suerte de mi hermano pequeño, que no era más que una pequeña medalla de oro falso que no sé dónde consiguió. Ese amuleto que, según él, era más efectivo que cualquier cruz que nos regalaran nuestras tías lejanas. Así, muy bien equipado, crucé la puerta de mi casa. Tan sólo al abrir la puerta el frío volvió a atacarme como cuando abría la ventana de mi habitación, pero lo superé gracias al abrigo que llevaba puesto. La luz también intentó afectarme, pero gracias a los lentes de sol no me hizo mayor daño. Seguí caminando a ver qué me encontraba. Una pista en blanco y negro y unos autos viejos y oxidados aparecieron frente a mí. Los árboles… Ya no eran algunos, eran muy pocos. La mayoría de ellos había desaparecido. Las personas no sólo eran más, sino que ahora eran más rápidas. Todos parecían muy apurados, como si algo urgente esperara por ellos en ese momento. Eran rápidos hasta para subirse a otros autos que pasaban de vez en cuando para dirigirlos a quién sabe dónde. Empecé a desesperarme al ver tanto apuro. Tomé la decisión de seguir avanzando siempre con mi escudo por delante y mi espada en guardia ante cualquier peligro. 

Traté de bordear la zona en la que se encontraba mi casa para no perderme y saber que mi familia siempre estaría al centro, esperando por mí, aunque no hayan notado que saliera. Más personas, eso vi, más gente apurada. Intentaba ignorarlos tanto como ellos a mí, hasta que ya no pude, y empecé a gritarles. Les preguntaba qué les pasaba, a dónde iban, por qué tanto apuro, pero nadie me respondió. Todos pasaban como entes fusionados con el viento, moviendo mis cabellos con sus fríos chorros de aceleración. Era triste. Quería llorar. Llorar un poco y luego regresar a casa para volver a encerrarme en mi habitación. Hasta que alguien me tocó el hombro. Lo vi. Era un tipo alto y gordo, de vestir poco elegante pero cómodo, llevaba puestos en las orejas unos audífonos en los que escuchaba música a un volumen bastante alto. Tan alto que yo escuchaba con claridad lo que él; una música extraña, poco comparable a todo lo que había oído antes. Dejé ese detalle en un plano secundario y le pregunté qué sucedía allí. Me dijo con extrañeza, «¿qué?, ¿no sabes que hoy se conmemora el año momia?». ¿‘Año momia’?, ¿qué era eso?, antes de que pudiera preguntárselo directamente me acarició la cabeza con suavidad y siguió su camino. Por mucho que traté de detenerlo no pude. Él siguió, y a paso cadencioso y paciente se perdió entre la gente apurada.

Seguí bordeando la zona con la ilusión de cruzarme con otro tipo similar, si no el mismo. Sólo seguí viendo pistas en blanco y negro, autos antiguos y oxidados estacionados, otros que llegaban y que transportaban cada vez más personas apuradas y desesperadas. Mi decepción fue inminente. De repente la luz del sol se fue, y con ella las personas y los autos. Las calles, que antes parecían vestirse en blanco y negro, estaban vacías y eran ahora rojizas gracias a las luces de los faros. Pretendía seguir bordeando la zona y recorrer toda la manzana bajo esas luces artificiales, pero estaba muy cansado y busqué una zona donde pudiera reposar. Encontré un árbol talado con un corazón repujado bruscamente en su corteza que tenía dentro tres letras. No le hice más caso al detalle porque sólo me importaba dormir un poco. Desperté con el ‘cucú’ de los pájaros y de los relojes de sala de todas las casas de la manzana. Pájaros y relojes parecían haberse unido para despertarme con su bullicio.

Cogí mis instrumentos de batalla, toqué el amuleto de mi hermano, y seguí andando. No recordaba por dónde había venido porque las calles eran todas iguales. Las personas apuradas, que ya habían aparecido, lo eran también. Opté por una dirección y seguí intentando bordear. Tenía la esperanza de llegar pronto a casa y volver a encerrarme. Que mi madre me sirviera esa deliciosa tartaleta de fresa una vez más. Que mi padre me diera un beso en la frente anunciando que se iría al trabajo. Que mi hermano me trajera otra vez esos bichos del jardín. Cavilando en la bicromía de estas calles, anduve con poco cuidado y mucha resignación hacia donde me guiara mi instinto. Había bajado ya mi espada y apaciguado mi escudo. Me había sacado ya los anteojos y el abrigo, aunque conservé colgada la medalla. Me había vuelto fuerte. Inmune. Ávido. Incluso sentía que había dejado de ser un niño para convertirme en un adulto grande y portentoso.

A lo lejos escuché los gritos de mamá. Había elegido la dirección correcta. Otra vez la luz del sol se fue, me abandonó. Llegaron las luces artificiales, pero la gente no se iba. Escuchaba sus tétricas voces por detrás. ¿Por detrás?, pensé. Giré mi cuerpo entero para ver con claridad lo que sucedía y entonces los vi. Eran muchas de esas personas, las desesperadas y apuradas, siguiendo mi andar. Mirarlas a los ojos me atiborró de temor y nerviosismo, pero noté que ellas me miraban con la ternura de quien espera un salvavidas en medio del océano, o una roca gigante en el bolsillo en medio de un huracán. Me veían como ven a su salvador. Asumí el reto con relativa calma porque sabía que mamá y papá me ayudarían a cargar el peso de mi nueva cruz. A llegar a casa, con toda esa multitud detrás, ellos me abrazaron con furor, me agradecieron emocionados, me enseñaron sus muñecas marcadas, como si recién se hubieran zafado de sus grilletes, y luego se mezclaron con las demás personas que estaban a mis espaldas.

Se volvieron parte de la masa, y entonces mi hermano se puso a mi lado. Cargaba nuevos bichos y estaba muy contento, luego me dijo que no estuviera triste, que todo estará bien. Otros niños aparecieron de pronto entre las calles rojizas, se pusieron a mis órdenes mostrándome sonrisas inexplicables y preciosas. Una fuerza me impulsó a andar junto a ellos hacia el otro lado de la manzana. Hacia ese lugar desconocido donde de seguro había nuevas luces y feroces peligros. La masa de personas, mis padres dentro de ella, y los niños, todos andamos hacia el experimento guiados por una luna que aparecía tímidamente a lo lejos, poco brillante y algo difusa, como si estuviera viéndola desde la ventana de mi habitación.

Inspirado en 'La luz de la manzana', de Luis Alberto Spinetta.

martes, 15 de octubre de 2013

Patria

Un ladrón peruano en Barcelona se ha vuelto el más respetado del lugar entre todos los criminales sudamericanos. Se especializa en robar los autos más finos y hermosos a catalanes adinerados. Al terminar sus robos suele hacer fiestas pomposas en su domicilio muy bien acondicionado, esto siempre y cuando no haya tenido que matar a nadie (si su trabajo se mancha de sangre opta por no celebrar su éxito). Pone a todo volumen música del ‘zambo’ Cavero, Eva Ayllón y Lucía de la Cruz. A veces va un poco más allá de lo costeño y continúa con música andina tanto instrumental como cantada, aquí sobresalen el ‘indio’ Mayta y Amanda Portales. Todos los peruanos de su calle se acercan a su casa y comparten con él cada momento de su fiesta. Beben mucha cerveza y vino borgoña y magdalena, ron puro, trago corto, cañazo y aguardiente, como lo hacían en el Perú antes de su migración, y hablan de lo bueno que es su anfitrión, de su don de gente, de su generosidad, y de que, gracias a peruanos como él, el patriotismo sigue latente en todos los países – el Perú nunca morirá mientras suene el ‘zambo’ Cavero en una fiesta de callejón – comentaban. Bailaban. Se alegraban. En medio del jolgorio, el celebérrimo ladrón peruano se obsequia un pequeño momento de nostalgia para recordar a sus hermanos y amigos en Lima, algunos de ellos en prisión. Derrama algunas lágrimas y propone una breve oración para que su poder superior los ilumine y les dé la bonanza que él ahora recibe. Al día siguiente, algo afectado aún por el licor pero con el optimismo de toda la vida, sale de casa a seguir trabajando, no sin antes realizar un ritual que aprendió de un policía en una comisaría de Lima donde estuvo recluido hace muchos años, cuando aún era muy joven e inexperto: se persigna ante su vieja y pequeña imagen de Sarita Colonia, y luego hace otra breve oración dirigiéndose al cuadro bendecido del Señor de los Milagros que tiene en la sala: «ilumíname, Señor, en este día oscuro, para que todo me salga bien y pueda seguir ayudando a mi familia y amigos. Amén». Cuando alguna vez le preguntaron por qué realizaba siempre este rito, él respondió: «esos policías que me capturaron tuvieron éxito al agarrarme, entonces pensé si Dios me ayudaría a mí también con oraciones, si se supone que ante Él todos somos iguales. Y funcionó. Ahora me ayuda».

miércoles, 9 de octubre de 2013

Joder, pucha


Amanecía en Ámsterdam y hasta el sol de ahí incitaba a fumar hierba. Ya no éramos los jóvenes impetuosos que deambulaban por Madrid, así  que sólo quedaba en ganas. Cada mañana en el hotel se me apetecía una cerveza como desayuno y ese ya era el preámbulo de las críticas de Gabriel – Siempre serás un puto ebrio, no aprendes- me decía. Odiaba que le invitase un sorbo de mi chela. Me lo negaba cuatro veces y a la quinta lo aceptaba para nuevamente quejarse por su mal sabor. 

En nuestros paseos por Muntplein solíamos entrar a librerías; nos entreteníamos viendo cómo los holandeses trataban de ser amables con nosotros, aun cuando no querían serlo puesto que, deducían, éramos españoles – Joder, Tomás, eso te pasa por no parecer peruano; si parecieras peruano hasta te tendrían miedo a que les quites el empleo – Pucha, chato – respondía yo, mesurando mis risas, porque no quería que esos clones de Patrick Kluivert demostraran su evidente rechazo ante nuestra presencia – Nada puedo hacer para parecer peruano pues, salvo hablar con mi dejo y en este idioma tan cachondo que tú y tus comadres nos han heredado tras la conquista; sarta de maricas - Luego de estar buenos ratos en la sección «libros serios»,  nos dirigíamos a la sección «manga y comic».

Nos encantaban los mangas. Entonces hablábamos de los animes que habíamos visto, dándonos con la eterna sorpresa de que los mangas nos encantan sólo cuando los hacen animes. Cuánta flojera…  leer libros al revés. De todos modos, el hecho de que a ambos nos gustara el anime nunca fue bien visto por el círculo intelectual de Madrid. Recuerdo que una vez, en una de esas aburridas reuniones a las que nos invitaban frecuentemente, nos enfrascamos en una discusión sobre qué personaje era el mejor – Hombre, Lelouch es un sofista, un filósofo y un estupendo actor, tiene matices, es mitad héroe mitad villano y además es un éxito con las mujeres; definitivamente es el mejor – anticipaba Gabriel, y luego yo respondía - No me jodas. El mejor es Kira, un villano tiene que ser cien por ciento villano, sino que me la sude y que le encante - Poco faltó para que los escritores, artistas plásticos y demás liendres anteojadas del círculo nos echaran a patadas de su local. En ese entonces no pasábamos de los treinta y todo nos llegaba al sexo. Ahora, estoy seguro, valoraríamos más pertenecer a algo.

Finalmente, terminábamos nuestro paseo en un restaurante de Beethovenstraat, nuestro lugar favorito del centro de la ciudad, donde además nos atendía siempre una camarera exquisitamente guapa. La morena, que medía un metro y ochenta centímetros cuando menos, tenía la particularidad de tener un cabello larguísimo, lacio y fascinantemente bien cuidado. Siempre me gustaron las mujeres de cabellos muy largos, lo cual le trajo algunos recuerdos a Gabriel – Deberías apurarte con ella o terminarás como con Esmeralda – me dijo alguna vez, mientras yo sólo me limitaba a mirar a la despampanante negra que nos servía el guisado cada tarde. 

A propósito de Esmeralda, era una chica de Barcelona a la cual conocí por el mismo medio por el que conocí a Gabriel, la Internet. Tenía ella la gran virtud, además de una inolvidable belleza y longitud de cabello, de enamorarme mientras cada vez ponía más claro que lo nuestro no podía ser, por razones aberrantemente obvias. Luego de unos años, logré conseguir el suficiente dinero como para ir a España, meterme la crisis por el culo, conocer a Gabriel y tratar de conquistar a Esmeralda personalmente. Ya era muy tarde, pues se había casado con uno de los científicos más importantes de Catalunya y hasta estaba embarazada de él. Aun así logré pactar una cita con ella cuyos resultados fueron igual de desalentadores. Una vez más, el hijo de puta de Gabriel tenía razón.

Llegaba el atardecer en Países Bajos. No sabíamos cuánto tiempo más estaríamos por allá o si podríamos sobrevivir con el poco dinero que nos quedaba. Era claro que alguno de los dos tenía que encontrar trabajo y, al ser el mayor, tenía que ser yo. Logré que una agencia periodística me contratara para cubrir los partidos del Ajax, lo malo era que no conocía un carajo del idioma y mi inglés era muy básico, aun así me las ingenié para escribir artículos que tuvieran cierto valor en el mercado. Con eso sobrevivimos unos meses más, pero me temo que esta existencia tan fatua no podrá continuar. Gabriel y yo pensamos que lo mejor sería ir a Sudamérica.

Él sigue creyendo que una antigua novia lo espera en Buenos Aires; las pocas veces que nos hemos emborrachado juntos he tratado de decirle que lo mejor es que no se haga ilusiones. Han pasado ya varios años desde que todos éramos como niños mimados en la red. Ahora hay «cosas que hacer» – Pucha, tío, Sudamérica nos espera con los brazos abiertos, y si tenemos suerte sus piernas estarán abiertas también. Larguémonos. Europa ya se nos hizo muy pequeña – con el rostro iluminado por aquel rojizo sol holandés, Gabriel con la cabeza, me dio una palmada en la espalda y me dijo: Vale, ve adelante. Yo te sigo.