Rompe filas, redobla, inicia un camino, retrocede un poco y mira alrededor. Se da cuenta de que tiene detrás una inmensa polvareda, asesina, acogedora. Toma sus cosas y sigue caminando, o al menos eso intenta. Recoge los últimos despojos de otros que alguna vez siguieron ese infausto sendero. Sueña con su destino con los ojos medianamente abiertos. Oprime sus propios puños, lucha contra la desesperanza, regula sus latidos y continúa. La niebla ahora viene por los lados, sabe que debe darse prisa, es lo que debe hacer un soldado, siempre ir hacia adelante y sin titubeos. Descubre la debilidad de sus piernas, suelta sus cosas, y las toca, aún sabiendo que pierde sagrado tiempo. Piensa que están fuertes y vitales a pesar de que lleva toda su vida caminando y a pesar de que lo evidente dice que apenas puede mantenerse en pie. Corroe sus presentimientos con una sonrisa liviana y frágil, envuelve sus deseos con su capucha helada y emprende nuevamente el viaje. Escucha las voces de sus dioses, suplicando su apuro, él no hace caso, disfruta la herejía y sigue con tesón, a paso firme, lento e inseguro. Las cosas pesan cada vez más. La polvareda se hace cada vez más densa. Siente el ahogo de sus penurias y consecuencias de sus actos, y en un acto heroico absorbe de una todos esos males provistos de enseñanzas y maldiciones. Contiene el aliento, pasa el aire, sopla y ya se encuentra dentro de sus temores. No deja de sonreír a pesar de que el destino parece ir cambiando, ya no son sueños, se convierten en pesadillas, en lobos aullando, devorando todo a su paso, mientras la única luz que lo ilumina sigue rogándole lentitud y mientras los dioses, furiosos, planean en un bar el destierro del soldado y el posterior homenaje a su insana humanidad.
Es la intención eterna de mis letras resumir eventos comunes de una vida tragicómica sin necesidad de caer en lo habitual y sin la presión de sentirme diferente. Sólo escribo, no me culpen por más.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Réquiem para un Asesino
Querida y adorada hermana:
Recibida la traición, hice aquello que me pediste tan empeñosamente que no hiciera, tal y como de seguro te lo habrías imaginado. Empero, no justificaré mis actos como un simple acto de pueril venganza, pues se trata de algo más profundo e imperecedero, un acto de redención, algo que quedará escrito en los ocultos y empolvados libros de la historia del Credo, claro está, si es que tú, como la lideresa capaz que eres, aceptas continuar con este legado que nos heredara nuestro padre. Legado que quizás, en algún momento, no quisimos cargar a cuestas, pero que asumimos con valentía en todas estas décadas, incluso cuando decidiste el retiro para dedicarte a ser una encomiable esposa y madre, con toda justicia y libertad.
Y empecé por Sofía. Aquella mujer que me acompañara en estos últimos años y que terminó por borrar sus propios besos, caricias y calores con una sucia estratagema. La razón por la que decidí empezar con ella es que era, en definitiva, mi paso más difícil. Es decir, si la hubiese dejado para el final, era muy probable que no hubiese terminado este plan de redención, y me habría dejado acuchillar suavemente mientras escuchaba sus súplicas. Entonces, con la sangre cambiando la coloración de mis ojos, llegué a su habitación en San Polo, en un humilde espacio, nada comparado con la hermosa residencia que ambos compartíamos en Roma, pero es que, querida hermana, hasta eso decidió cambiar por unas cuantas migajas de poder.
- Ezio, esposo mío, eres tú, ¿dónde te habías metido?, ¿qué haces aquí?
- Saludos, Sofía.
- (…) ¡Guarda esa cuchilla, Ezio, guárdala ya! No sabes nada aún, al menos déjame explicarlo.
- Descuida, amada mía, no necesito más explicaciones; la vida de Asesino me ha enseñado a alcanzar deducciones justas en poco tiempo, espero que no te suene presuntuoso, como alguna vez me lo hicieras saber.
- ¡Vuelve al exilio, Ezio! No tiene ningún sentido este intento por construir lo que ya había nacido destruido.
- Mi bella Sofía, no es construir lo que deseo ahora. Sólo puedo decir que mi único error ha sido amarte tanto como alguien como yo podía hacerlo. Ahora ven y deja que reciba un último abrazo tuyo. Por favor, si aún queda algo de amor en ti, úsalo para este abrazo.
Oh, hermana mía, ¡cuánto me costó conseguir que me mirara a los ojos con la misma firmeza y sinceridad que en aquellos años, años en los que decía haber encontrado en mí al hombre más importante de su vida! Años en los que me juró amor, respeto y lealtad. No lo llegué a conseguir del todo, he de decir. Al degollarla, su mirada no se despegó de mí, no sé si eso cuente, pero a mí me complació un poco. Sólo un poco, antes de tanto sufrimiento.
Seguí mi camino hacia la base de Massyaf. Sería un viaje largo y poco placentero, pero debía hacerlo para continuar con mi lucha y volver a encarrilar al Credo, por la memoria de nuestro padre, y por la memoria de nuestro gran y eterno Maestro, Altaïr.
Al volver a Massyaf, tanto tiempo después de aquel día en el que conocí personalmente los restos del Gran Maestro, sentí un frío extraño. Supe de inmediato que ya no había nada de Altaïr en esas ruinas horrendas y desoladas, donde apenas surgía ese pequeño pueblo atiborrado de gente temerosa e infeliz. Algunos guardias quisieron darme la bienvenida, pero los eliminé en seguida. Querida hermana, tengo setenta y tres años, pero aún puedo moverme con cierta agilidad, aunque me cueste y sienta dolores en todo el cuerpo cada vez que culmino con un asesinato. Con lo fácil que era antes, ya me costaba un mundo entero. Pero ambos sabemos muy bien que el reto más difícil llegaría después.
Eran veinte, sí, veinte Asesinos maduros, en su mayoría, y que además habían sido entrenados por mí. Me apreciaban y respetaban como a sus propias vidas. Me admiraban como yo admiré a nuestro padre. Pero ahora estaban ahí, en los tejados, mirándome con ojos rojos y fijos, esperando a que hiciera cualquier movimiento para lanzarme un flechazo, o tal vez, sólo tal vez, bajar al llano para decirme que me fuera, haciendo honores al cariño que supe sembrar en ellos, y así fue. El que se puso frente a mí fue Giacomo, quien había tomado el mando de los Asesinos. No me sorprendió en absoluto, pues fue el que desarrolló más rápido su don de liderazgo.
Oh, Giacomo, aún recuerdo cuando lo rescaté de unos bandidos en Venecia. Era tan sólo un adolescente entonces, cuando le propuse que si deseaba hacerme un pago por haberle salvado debía ingresar al Credo. Fue uno de los pocos casos en los que noté potencial en un Asesino sin necesidad de verlo en combate. Y con gracia presumí muchas veces de no haberme equivocado. Ahora me duele haberlo tenido como rival, pues es uno de los mejores. Además de más joven, es más rápido, y siempre fue un gran aprendiz, si sabes a lo que me refiero entenderás que era alguien a quien temerle en toda dimensión. Detrás de él se ubicaron dos Asesinos más, eran Lucca y Amonte, sí, Amonte, tu eterno favorito. Le guardaban las espaldas, señal de que, aunque me vieran como un anciano casi retirado, seguían temiéndome. Y no era difícil colegir que desde arriba los demás Asesinos me apuntaban con sus armas de largo alcance. Querida hermana, como de costumbre, lo tengo todo en contra.
Seguí mi camino hacia la base de Massyaf. Sería un viaje largo y poco placentero, pero debía hacerlo para continuar con mi lucha y volver a encarrilar al Credo, por la memoria de nuestro padre, y por la memoria de nuestro gran y eterno Maestro, Altaïr.
Al volver a Massyaf, tanto tiempo después de aquel día en el que conocí personalmente los restos del Gran Maestro, sentí un frío extraño. Supe de inmediato que ya no había nada de Altaïr en esas ruinas horrendas y desoladas, donde apenas surgía ese pequeño pueblo atiborrado de gente temerosa e infeliz. Algunos guardias quisieron darme la bienvenida, pero los eliminé en seguida. Querida hermana, tengo setenta y tres años, pero aún puedo moverme con cierta agilidad, aunque me cueste y sienta dolores en todo el cuerpo cada vez que culmino con un asesinato. Con lo fácil que era antes, ya me costaba un mundo entero. Pero ambos sabemos muy bien que el reto más difícil llegaría después.
Eran veinte, sí, veinte Asesinos maduros, en su mayoría, y que además habían sido entrenados por mí. Me apreciaban y respetaban como a sus propias vidas. Me admiraban como yo admiré a nuestro padre. Pero ahora estaban ahí, en los tejados, mirándome con ojos rojos y fijos, esperando a que hiciera cualquier movimiento para lanzarme un flechazo, o tal vez, sólo tal vez, bajar al llano para decirme que me fuera, haciendo honores al cariño que supe sembrar en ellos, y así fue. El que se puso frente a mí fue Giacomo, quien había tomado el mando de los Asesinos. No me sorprendió en absoluto, pues fue el que desarrolló más rápido su don de liderazgo.
Oh, Giacomo, aún recuerdo cuando lo rescaté de unos bandidos en Venecia. Era tan sólo un adolescente entonces, cuando le propuse que si deseaba hacerme un pago por haberle salvado debía ingresar al Credo. Fue uno de los pocos casos en los que noté potencial en un Asesino sin necesidad de verlo en combate. Y con gracia presumí muchas veces de no haberme equivocado. Ahora me duele haberlo tenido como rival, pues es uno de los mejores. Además de más joven, es más rápido, y siempre fue un gran aprendiz, si sabes a lo que me refiero entenderás que era alguien a quien temerle en toda dimensión. Detrás de él se ubicaron dos Asesinos más, eran Lucca y Amonte, sí, Amonte, tu eterno favorito. Le guardaban las espaldas, señal de que, aunque me vieran como un anciano casi retirado, seguían temiéndome. Y no era difícil colegir que desde arriba los demás Asesinos me apuntaban con sus armas de largo alcance. Querida hermana, como de costumbre, lo tengo todo en contra.
- Gran Maestro Ezio, permítame alegrarme de verlo a pesar del difícil contexto que hoy nos reúne.
- Giacomo, me alegro de verte también. De veras.
- He de suponer que, con toda su sabiduría, conoce muy bien el discurso que debo decirle ahora.
- Y como buen aprendiz que eres, sabes que no me iré.
- ¿Qué propone, maestro?
- Que acabemos esto rápido.
- Si lo atacamos ahora, todos al mismo tiempo, no tendrá oportunidad, maestro.
- Hagan lo que tengan que hacer.
- Lo enfrentaremos en el llano, en pares. Creo que sería lo más justo.
- Hagan lo que tengan que hacer.
Me enfrenté a los dos primeros. Llegaron Carlo y Abelardo. Asesinos jóvenes y fuertes, de muchísimo futuro. La lucha duró tres minutos y algunos segundos, no me demandó mucho esfuerzo acabarlos, aún cuando aplicaron bien las técnicas que habían aprendido de mí. No les fue suficiente, hermana, porque, como bien sabes, no lo he enseñado todo. Hay cosas que uno ni siquiera puede decir, mucho menos enseñar. Mi hoja oculta ya estaba manchada de sangre joven y prometedora. Cuando siguieron los otros dos, algo de piedad me aclaró la mirada y les pedí que se rindieran, que me dejaran ir directo hacia Macchiavello. Fue inútil. Vencí a Giuseppe y a Vladimiro, luego a Ángelo y a Emiliano. Había pasado casi una hora. Estaba bajo la mirada de Giacomo, Lucca y Amonte. Pero a ratos buscaba a Sabrina. Mi mejor alumna y quizás el mejor Asesino mujer de la historia del Credo. No la encontraba entre las sombras, pero siempre supe que sería ella la indicada para darme la última estocada en caso fracasara, ¿la razón?, creo que la conoces muy bien, querida hermana.
Un par de horas después, había acabado con casi todos los Asesinos. Pero el costo había sido muy alto. No sólo me encontraba muy malherido, sino además un poco triste y meditabundo, ¿acaso estaba obrando bien?, ¿acaso debí tratar de convencer a mis discípulos de que se unieran a mi causa, antes de propulsar un enfrentamiento directo?, quizás no lo hice porque sabía que era un absurdo. Ellos le juraron lealtad al Credo desde su primer salto de fe, no a mí. Habían pasado años, décadas, defendiendo con sus aceros nuestros dogmas, manchándose de sangre rival, sacrificando sus vidas, y las compañías de sus familias, muchas veces, por proteger lo que ellos consideraban más importante. Quería decirles que estaban equivocados. Que tenían ahora a un líder falso. Un truhán que sólo ansiaba el poder del Fruto del Edén. Aquel artefacto que, lejos de ser nuestra mayor bendición, como en algún tiempo se pensó, ha sido siempre nuestra peor maldición y más cruel castigo.
Un par de horas después, había acabado con casi todos los Asesinos. Pero el costo había sido muy alto. No sólo me encontraba muy malherido, sino además un poco triste y meditabundo, ¿acaso estaba obrando bien?, ¿acaso debí tratar de convencer a mis discípulos de que se unieran a mi causa, antes de propulsar un enfrentamiento directo?, quizás no lo hice porque sabía que era un absurdo. Ellos le juraron lealtad al Credo desde su primer salto de fe, no a mí. Habían pasado años, décadas, defendiendo con sus aceros nuestros dogmas, manchándose de sangre rival, sacrificando sus vidas, y las compañías de sus familias, muchas veces, por proteger lo que ellos consideraban más importante. Quería decirles que estaban equivocados. Que tenían ahora a un líder falso. Un truhán que sólo ansiaba el poder del Fruto del Edén. Aquel artefacto que, lejos de ser nuestra mayor bendición, como en algún tiempo se pensó, ha sido siempre nuestra peor maldición y más cruel castigo.
- ¡Giacomo!, he vencido ya a casi todos tus Asesinos. Muchos jóvenes y maduros guerreros han sido derrotados a causa de la avaricia de tu líder. Paremos ya con esto. Déjame pasar. Así como estoy, lo más probable es que fracase. Entonces habrán vencido ustedes y este supuesto traidor habrá pagado el precio de su inmundicia sin que se derrame más sangre inocente.
- Sabe muy bien, maestro, que cumplir lo que me pide es imposible. Además, quedamos aún nosotros cuatro. Incluyendo a Sabrina, quien lo observa desde algún lugar cercano con muchas ansias de verlo aún más agonizante.
- ¡Que venga ya! Sé que ella tiene más razones que todos ustedes juntos para aniquilarme.
- Lo lamento, maestro, pero ella misma me pidió que no le permitiera acercarse a usted, hasta que no haya quedado nadie más para enfrentarlo.
- Pues entonces tendré que encargarme de ustedes también.
Mi querida y hermosa hermana, cuánto me costó sobrevivir al asedio de estos talentosos y voraces Asesinos. Lucca era un experto en desarme y Amonte, como debes recordar, era un as de la cimitarra milanesa. Ambos se vinieron contra mí al mismo tiempo mientras Giacomo daba vueltas a la escena para tomarme desprevenido y asesinarme con su hoja oculta. Pude escapar tres veces de las punzadas de Giacomo, quien venía de todos lados, como rayos fatuos que se abrían entre la oscuridad de aquella noche siria. El primero en caer fue tu querido pupilo. Espero me perdones, pero en mi defensa puedo decir que no dejé que sufriera mucho, por lo que no le abrí las vísceras como sucedió con algunos caídos anteriores; me di maña para atravesar con mi cuchilla su garganta de forma vertical hacia arriba, y así llegar hasta el cerebro, facilitándole una muerte instantánea, lo conseguí, pero en el ínterin sentí tres cuchillos voladores pequeños clavarse en mi espalda. Ya no sentía dolor, sólo escuchaba ruidos por todos lados, de seguro eran los pasos de la muerte.
Fingí desplomarme y pronto llegaría Lucca a tratar de liquidarme. Cuánta subestimación. Usando la cimitarra de Amonte, atravesé el corazón de Lucca, y en el mismo movimiento arremetí contra Giacomo, quien ya había brincado a destrozarme el cráneo con una enorme roca. Luego de degollarlo y mientras me pedía perdón con lágrimas en los ojos, escuché la voz de Sabrina anunciando su llegar.
Fingí desplomarme y pronto llegaría Lucca a tratar de liquidarme. Cuánta subestimación. Usando la cimitarra de Amonte, atravesé el corazón de Lucca, y en el mismo movimiento arremetí contra Giacomo, quien ya había brincado a destrozarme el cráneo con una enorme roca. Luego de degollarlo y mientras me pedía perdón con lágrimas en los ojos, escuché la voz de Sabrina anunciando su llegar.
- Ezio Auditore. Me perdonará llamarlo de ese modo. Es que a estas alturas me resisto a creer que usted fue mi mentor. Y, claro, mi amante.
- Sabrina…
- No es necesario que diga nada. Mírese, ya ni siquiera puede mantenerse en pie.
- No diré nada. Sólo ven y terminemos con esto.
- Recuerdo que me dijo exactamente lo mismo la primera vez que hicimos el amor.
- ¿Queda espacio para el romanticismo en la tragedia, Sabrina?
- Usted debería pagar por todo el daño que me ha hecho, y el daño que le acaba de hacer al Credo.
- Tienes derecho a querer cobrarte tus revanchas, ¿quién sería yo para negarlo?, adelante, aquí estoy.
Ella seguía siendo tan agraciada como peligrosa. Los años parecían no haber pasado por su cuerpo y rostro. Tenía la misma mirada tierna de aquellas veces en Florencia, a pesar de que en Massyaf me miró con todo menos con ternura. Como te lo he contado ya en algunas ocasiones, siempre fue una ladrona hábil y luego una Asesina exquisita. Me atrajo sobremanera de ella el haberse resistido siempre a caer en el mundo de las cortesanas, aún cuando tenía todas las condiciones para ser una de las mujeres más deseadas de Italia. Nunca la amé aunque quise y, sí, me aproveché de su inocencia en más de una ocasión. Quizás ella esperase convertirse en mi esposa pronto, pero no contaba con mi poca prestancia para el compromiso. Años después conocería a Sofía y todo se vino abajo para Sabrina. Me odió con fervor durante todo este tiempo, aunque no dejó de respetarme y admirarme como maestro. Ahora no quedaba más respeto en su gesto; era aberración pura. Ella quería verme muerto sin pensar, quizás, que ya lo estaba desde la traición de Macchiavello.
Me venció en tan sólo unos minutos, desarmándome y dejándome boca arriba en el lodo, tal y como se podía prever. Pero Sabrina siempre tuvo un punto débil, y lo supe desde aquella vez en la que le tocó eliminar a un hombre que ella consideraba bueno y honorable, un mercader en Constantinopla al que conocía desde Florencia. Aquella vez, querida Claudia, fue, de hecho, la única ocasión en la que Sabrina mostró debilidad. Demoró varios segundos antes de asesinar a su víctima, mientras yo supervisaba todo desde uno de los tejados. Al reconocerla, el mercader no sólo le rogó que no lo matara, también le declaró un supuesto amor incondicional, le ofreció matrimonio y una vida segura y apacible, lejos de los peligros del Credo. Ella se frenó por un momento, no porque creyera o correspondiera a su amor, sino porque le pareció un gesto noble que además afirmaba el concepto que siempre tuvo de él, aún cuando todas las pruebas apuntaban a que el hombre era uno de los mercaderes más corruptos de la ciudad. Al reaccionar y recordar su misión, y con gesto de desdicha, ella le atravesó la hoja oculta por el pecho, pero el tiempo que tardó permitió que el mercader le incrustara, al mismo instante, una cuchilla bañada en veneno en el brazo.
¡Ay de Sabrina, querida hermana! Si yo no hubiera estado ahí para sacarle el veneno con mi boca y luego llevarla rápidamente a un galeno, habríamos perdido a una estupenda Asesina.
No sabía si podía usar el mismo truco que aquel hombre. Lo que sí sabía era que el odio de Sabrina devenía del amor que no le fuera correspondido. Por lo tanto, hermana mía, esa mujer me seguía amando, y yo… Yo sólo soy un viejo astuto. Te pido ahora que no me odies ni me juzgues por lo que narraré a continuación, recuerda que para un Asesino el objetivo siempre será lo único importante: le dije que había sido un gran error no haberle dado la oportunidad que merecía. Que ahora Sofía estaba muerta, prueba de que quería rehacer mi vida, y que si bien era cierto que soy un anciano, aún podía amarla mucho y hacerla muy feliz. Su cimitarra ya comenzaba a introducirse en mi garganta mientras ella empezó a concebir sus primeras lágrimas…
Me venció en tan sólo unos minutos, desarmándome y dejándome boca arriba en el lodo, tal y como se podía prever. Pero Sabrina siempre tuvo un punto débil, y lo supe desde aquella vez en la que le tocó eliminar a un hombre que ella consideraba bueno y honorable, un mercader en Constantinopla al que conocía desde Florencia. Aquella vez, querida Claudia, fue, de hecho, la única ocasión en la que Sabrina mostró debilidad. Demoró varios segundos antes de asesinar a su víctima, mientras yo supervisaba todo desde uno de los tejados. Al reconocerla, el mercader no sólo le rogó que no lo matara, también le declaró un supuesto amor incondicional, le ofreció matrimonio y una vida segura y apacible, lejos de los peligros del Credo. Ella se frenó por un momento, no porque creyera o correspondiera a su amor, sino porque le pareció un gesto noble que además afirmaba el concepto que siempre tuvo de él, aún cuando todas las pruebas apuntaban a que el hombre era uno de los mercaderes más corruptos de la ciudad. Al reaccionar y recordar su misión, y con gesto de desdicha, ella le atravesó la hoja oculta por el pecho, pero el tiempo que tardó permitió que el mercader le incrustara, al mismo instante, una cuchilla bañada en veneno en el brazo.
¡Ay de Sabrina, querida hermana! Si yo no hubiera estado ahí para sacarle el veneno con mi boca y luego llevarla rápidamente a un galeno, habríamos perdido a una estupenda Asesina.
No sabía si podía usar el mismo truco que aquel hombre. Lo que sí sabía era que el odio de Sabrina devenía del amor que no le fuera correspondido. Por lo tanto, hermana mía, esa mujer me seguía amando, y yo… Yo sólo soy un viejo astuto. Te pido ahora que no me odies ni me juzgues por lo que narraré a continuación, recuerda que para un Asesino el objetivo siempre será lo único importante: le dije que había sido un gran error no haberle dado la oportunidad que merecía. Que ahora Sofía estaba muerta, prueba de que quería rehacer mi vida, y que si bien era cierto que soy un anciano, aún podía amarla mucho y hacerla muy feliz. Su cimitarra ya comenzaba a introducirse en mi garganta mientras ella empezó a concebir sus primeras lágrimas…
- ¡Figlio di puttana! ¡Maldito seas, Ezio!
Cuando intentó culminar mi muerte, ya era demasiado tarde para ella. Tomé su cimitarra con una de mis manos, al mismo tiempo doblé y quebré su pierna izquierda con mis dos piernas, finalmente arremetí contra su pecho con todas las pocas fuerzas que me quedaban. Habíamos quedado tendidos, yo sobre ella, cara a cara, como cuando hacíamos el amor y yo disfrutaba de su inocencia. Incluso, querida hermana, y pido perdón por la impúdica confesión, algo de masculina excitación circuló por mi cuerpo herido, pero eso no evitó que mientras la mirase con deseo le fuera clavando lentamente mi hoja oculta en el corazón. Poco antes de sentir su último hálito, Sabrina me dijo algo que jamás olvidaré:
- Nunca dejé de creer en el maestro, pero tenía que matar al hombre… Espero que algún día me perdones… Ezio…
- Requiescat in pace, Sabrina.
Luego murió, dejándome al fin el camino libre hacia mi verdadero enemigo. Macchiavello no era tonto, sin embargo, sabía que siempre existía la posibilidad de que venciera a los veinte asesinos, así que no pudo encontrar mejor forma de disminuir mis posibilidades de victoria que ubicándose en lo alto de una de las torres más gigantescas de Massyaf. No había trampas ni más guardias, sólo exigencia física, mucha exigencia como para un viejo desgastado y además agonizante. Aun así, querida hermana, y después de largos y dolorosos bríos, logré alcanzar la cima de la torre donde Macchiavello me esperaba, aplaudiendo, con esa sonrisa maledicente y satírica que siempre tuvo, esa misma que alguna vez creí sincera con tanta ingenuidad.
- ¡Bravo, Ezio, bravo! Debo reconocer que no esperaba que llegaras hasta aquí tan entero. Siempre fuiste obstinado, pero hoy te has coronado, ¡te felicito!
- (…) Creo que no hay mucho de qué conversar, Macchiavello. Desenfunda y pelea, al menos quiero verte morir antes de que muera yo.
- ¡Ja, ja, ja!, tan histriónico como de costumbre, todo un Auditore, con la gran diferencia de que los Auditore no eran sucios traidores como lo eres tú.
- Osas llamarme «traidor» cuando sabes perfectamente quién dejó abandonado a alguien que lo consideraba su amigo y leal compañero. Y todo por esa maldición que llevas en ese bolso.
- Oh, Ezio, siempre tan equivocado… Desde que te conocí noté que eras un cúmulo andante de errores, ¿sabes?, el Fruto del Edén… Así te explicara lo que realmente significa, no lo entenderías pues escapa a la comprensión de un simple arrebatador de vidas. Este ingenio ha debido ser concebido para que sólo mentes brillantes y lúcidas como la mía puedan controlarlo y llevar a este caótico mundo a un mejor sendero. No quisiera ni imaginar qué podría hacer alguien como tú, alguien tan obtuso y ordinario, con algo de esta naturaleza.
- Puede que no sea tan brillante como tú, pero al menos conozco y respeto el significado de la lealtad.
- ¡Ah, sí, claro! Y por eso degollaste a tu esposa y asesinaste luego a tus veinte aprendices, incluyendo a tu amante. Me fascina tu sentido de la lealtad.
- Lo hice porque no tenía otra opción…
- Lo hiciste porque es lo único que sabes hacer, Ezio Auditore. Naciste para ser un Asesino, y eso es lo que eres, un simple asesino, ¿por qué no eres más franco y me dices la verdad?, sé que has venido aquí para tomar posesión del Fruto.
- Pues sí, vine aquí por el Fruto, pero no para usarlo a mi favor, sino para esconderlo donde nadie lo encuentre jamás y así evitar que esperpentos como tú vuelvan a apoderarse de él.
- Hmmm, veamos, esa idea me parece tan conocida… ¡Ah, ya lo tengo!, eso mismo pensó Altaïr varios siglos antes, ¿lo recuerdas?, incluso codificó la puerta de su biblioteca para que nadie pudiera acceder al Fruto, pero… Ya conoces el resto de la historia, y debo agradecerte. No obstante, el hecho de que un primate como tú haya podido acceder al Fruto sólo prueba de que ningún lugar será completamente inaccesible para quien quiera obtenerlo. O también podría significar que Altaïr era tan pánfilo como tú, y como todos los Asesinos.
Querida Claudia, debo confesar que nunca me había sentido tan ofendido e irascible. Incluso en mis últimos minutos de vida, sentía arder la sangre mientras la misma brotaba por todas y cada una de mis heridas, mezclándose con el polvo y el lodo que me cubrían, haciendo de mí una masa rojinegra, un ente horripilante y casi irreconocible. Macchiavello le puso alto a su discurso y empuñó su espada, dando inicio a mi última lucha. A pesar de mi estado colérico, no duré mucho tiempo. En pocos minutos me encontraba al borde del colapso tras un terrible corte en el cuello que por poco alcanza mi yugular. Él esperaba el momento preciso para sellar su victoria pero yo no le daba ningún espacio. Debo mencionar con cierta alegría que el guantelete que me regalaste en el Vaticano era mi único escudo.
Un corte más, en cualquier parte de mi cuerpo, hubiera sido letal. Él no era un Asesino, pero sí un experto en esgrima y mucho más astuto que cualquiera de mis anteriores rivales. Su victoria consistía en dejar que me desangre o en un descuido para aplicarme la última cuchillada. Nada de esto pasó.
El Fruto del Edén. Querida hermana, en algo tenía razón Macchiavello, nunca terminaré de comprenderlo. Había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo, cuando de pronto empezó a brillar desde su bolso con una luz cegadora y poderosa, algo que también sucedió aquella vez en la que llegué a la biblioteca del Gran Maestro Altaïr, con la diferencia de que aquellos rayos de luz, lejos de dañarme, me dieron calma y diversos dones que con el tiempo fueron quedando en el olvido.
Entonces, esa luz había empezado a quemar las entrañas de Macchiavello, el que alguna vez fuera el dueño y señor de mi confianza. Sus gritos se mezclaban con el fuego que provenía de sus adentros. La luz también me afectaba. Quedé en el suelo mientras sentía que me quemaba la carne y hasta empecé a sentir el olor de mi cuerpo ardiente. Sabía que era mi fin, pero disfruté viendo a Macchiavello cayendo por pedazos mientras iba maldiciendo al Fruto por el que vendió su otrora intachable dignidad. De pronto los recuerdos de Altaïr volvieron a mi mente, se entremezclaron con los míos, y lloré, Claudia, lloré mucho, ¿había vivido yo una vida digna?, ¿había actuado correctamente?, ¿habría hecho Altaïr lo mismo que yo de encontrarse en mi situación? Apenas sentía mis lágrimas a través de mis mejillas rostizadas. Ya había fuego por todos lados. La torre se incendiaba de manera rauda e inclemente. Sólo había una forma de salvarme o de al menos alargar mi agonía: un último salto de fe.
Pero, ¿fe en qué?, el Credo estaba destruido. No quedaba nada en lo que pudiera creer, incluso el mismo Fruto parecía desvanecerse mientras calcinaba los restos de Macchiavello. No había nada por lo que luchar. Veintidós cadáveres así lo confirmaban, mientras me iba transformando ya en el vigésimo tercero. Sólo me quedabas tú, querida hermana, pensé en ti de repente, en tu sonrisa, en el dolor y alegrías que juntos compartimos durante todos estos años. En aquella vez que me pediste el retiro del Credo porque te habías enamorado. Y ahora, mírate, eres una adorable abuela, una mujer feliz y realizada. Yo, hermana mía, decidí seguir en este camino, y sólo me quedaba recordarte para darme fuerza y valor. Realicé aquel último salto de fe y no salió del todo bien, pero al menos había conseguido sobrevivir. La torre se derrumbaba junto con el Fruto mientras yo me alejaba del lugar a paso lento, muy lento. Casi no sentía que avanzaba.
Pasaron algunas horas, días, o no lo sé, porque habré perdido el conocimiento, presumo. Desperté en la cabaña de una familia del barrio más pobre de Acre, sagrado lugar en el que Altaïr conociera a su amada María hace trescientos años; te habré narrado la historia un par de veces. En eso pensaba mientras las mujeres de la casa atendían mis heridas, pero ya era muy tarde, sus rostros me lo decían sin hipérbole alguna. Tuve la suerte de que haya alguien aquí que supiera leer y escribir, y me ayudara a redactarte esta carta, querida Claudia. Así es, este es su puño y letra; a que es una letra encantadora, nada comparada con la mía, que siempre ha sido muy poco legible, y eso desde que éramos niños, ¿lo recuerdas?, espero que sí.
Creo que ha llegado el momento de la despedida, pues este pobre muchacho lleva escribiendo más de seis horas mientras parece asombrado de mi lucidez para narrar. Creo que me ve como un cadáver parlante o algo así. Quizás tenga razón en su inocente apreciación. Tal vez ya esté muerto y sólo me haya dado las fuerzas para dictarle esta carta. En todo caso, te pido que, una vez llegue a tus manos, la guardes como mi primer, único y último legado. Y si este Credo continúa, lo cual ya dependerá de tu decisión, espero perdones y enmiendas mis errores. Que la justicia sea siempre lo que guíe la punta de nuestros aceros. Y no olvides nunca nuestro lema: «Nada es verdad, todo está permitido».
Addio, hermana mía.
Per sempre tuyo, Ezio.
El Fruto del Edén. Querida hermana, en algo tenía razón Macchiavello, nunca terminaré de comprenderlo. Había dejado de funcionar desde hacía mucho tiempo, cuando de pronto empezó a brillar desde su bolso con una luz cegadora y poderosa, algo que también sucedió aquella vez en la que llegué a la biblioteca del Gran Maestro Altaïr, con la diferencia de que aquellos rayos de luz, lejos de dañarme, me dieron calma y diversos dones que con el tiempo fueron quedando en el olvido.
Entonces, esa luz había empezado a quemar las entrañas de Macchiavello, el que alguna vez fuera el dueño y señor de mi confianza. Sus gritos se mezclaban con el fuego que provenía de sus adentros. La luz también me afectaba. Quedé en el suelo mientras sentía que me quemaba la carne y hasta empecé a sentir el olor de mi cuerpo ardiente. Sabía que era mi fin, pero disfruté viendo a Macchiavello cayendo por pedazos mientras iba maldiciendo al Fruto por el que vendió su otrora intachable dignidad. De pronto los recuerdos de Altaïr volvieron a mi mente, se entremezclaron con los míos, y lloré, Claudia, lloré mucho, ¿había vivido yo una vida digna?, ¿había actuado correctamente?, ¿habría hecho Altaïr lo mismo que yo de encontrarse en mi situación? Apenas sentía mis lágrimas a través de mis mejillas rostizadas. Ya había fuego por todos lados. La torre se incendiaba de manera rauda e inclemente. Sólo había una forma de salvarme o de al menos alargar mi agonía: un último salto de fe.
Pero, ¿fe en qué?, el Credo estaba destruido. No quedaba nada en lo que pudiera creer, incluso el mismo Fruto parecía desvanecerse mientras calcinaba los restos de Macchiavello. No había nada por lo que luchar. Veintidós cadáveres así lo confirmaban, mientras me iba transformando ya en el vigésimo tercero. Sólo me quedabas tú, querida hermana, pensé en ti de repente, en tu sonrisa, en el dolor y alegrías que juntos compartimos durante todos estos años. En aquella vez que me pediste el retiro del Credo porque te habías enamorado. Y ahora, mírate, eres una adorable abuela, una mujer feliz y realizada. Yo, hermana mía, decidí seguir en este camino, y sólo me quedaba recordarte para darme fuerza y valor. Realicé aquel último salto de fe y no salió del todo bien, pero al menos había conseguido sobrevivir. La torre se derrumbaba junto con el Fruto mientras yo me alejaba del lugar a paso lento, muy lento. Casi no sentía que avanzaba.
Pasaron algunas horas, días, o no lo sé, porque habré perdido el conocimiento, presumo. Desperté en la cabaña de una familia del barrio más pobre de Acre, sagrado lugar en el que Altaïr conociera a su amada María hace trescientos años; te habré narrado la historia un par de veces. En eso pensaba mientras las mujeres de la casa atendían mis heridas, pero ya era muy tarde, sus rostros me lo decían sin hipérbole alguna. Tuve la suerte de que haya alguien aquí que supiera leer y escribir, y me ayudara a redactarte esta carta, querida Claudia. Así es, este es su puño y letra; a que es una letra encantadora, nada comparada con la mía, que siempre ha sido muy poco legible, y eso desde que éramos niños, ¿lo recuerdas?, espero que sí.
Creo que ha llegado el momento de la despedida, pues este pobre muchacho lleva escribiendo más de seis horas mientras parece asombrado de mi lucidez para narrar. Creo que me ve como un cadáver parlante o algo así. Quizás tenga razón en su inocente apreciación. Tal vez ya esté muerto y sólo me haya dado las fuerzas para dictarle esta carta. En todo caso, te pido que, una vez llegue a tus manos, la guardes como mi primer, único y último legado. Y si este Credo continúa, lo cual ya dependerá de tu decisión, espero perdones y enmiendas mis errores. Que la justicia sea siempre lo que guíe la punta de nuestros aceros. Y no olvides nunca nuestro lema: «Nada es verdad, todo está permitido».
Addio, hermana mía.
Per sempre tuyo, Ezio.
Inspirado en la magnífica saga de videojuegos, Assassin’s Creed.
viernes, 27 de enero de 2012
Mi amigo, su novia y la desaparición ("Moralidad y buenas costumbres" - nombre póstumo)
La historia que les voy a contar no obedece a ningún buen ejemplo, de esos que los viejos nos obligan a dar a los sobrinos, hermanos o primos menores. Si buscan algo que tenga un mensaje "positivo", les recomiendo que dejen de leer en este preciso momento.
¿Siguen aquí?, entonces prosigo.
Mi nombre es Nicolás, e hice lo que ningún hombre, que se autoproclame "leal", debería hacer. Sí, ya van adivinando, además el título del relato es clarísimo. Sólo les pido que no me juzguen sino después de haber leído toda la historia.
¿Pueden hacer eso?, gracias.
Mi amigo se llama Andrés, es un chico bien parecido, que conocí hace diez años en el cumpleaños de alguien "x". Al principio me caía mal, muy mal. Tenía unos aires increíbles de político frustrado. En lugar de hablar de fútbol o de trabajo, se la pasaba dando discursos de moralidad y buenas costumbres. Cuando le pregunté si había leído a Carreño, me di con la sorpresa de que era muy empírico. Eso tiene su mérito, pero hace diez años yo pensaba que aquellas personas no informadas no tenían derecho a alzar la voz. Se lo dije y fue como una declaración de guerra.
Como suele ocurrir, mis enemigos se convierten en mis amigos en poco tiempo, y así fue. En cierto modo, instruí a Andrés, para que deje de ser empírico, y de paso aprendí a expresarme como político frustrado. Créanlo, a veces funciona. Pasaron rápidamente dos años, en los cuales siempre creí subterráneamente que Andrés era homosexual. No lo veía con chicas, apenas y me comentaba sobre una que otra galifarda que se nos aparecía por la calle, en algún bar o en nuestros centros de estudio. Yo, en cambio, me vanagloriaba de ser el "experimentado" del dúo. Cuando no tenía historias amorosas que contar, las inventaba para que él pensase que siempre conozco chicas y me suceden cosas con ellas. Él me creía. Se volvió mi amigo incondicional.
A veces no podía evitar ser realista con mi vida lúgubre, y aunque nunca le solté lágrimas, le conté de algunas situaciones que realmente me pasaban, obviamente cosas no tan alegres como acostarme con chicas lindas. De esa forma, ya confiando en él, yo también me convertí en su amigo.
Pasaron dos años más, entonces llegó un cumpleaños mío. Amigos, "amigos", compañeros, enemigos, todos tomando licor en mi sala, y apareció Andrés, con una chica preciosa. Inmediatamente, todos los presentes en la sala viraron hacia su presencia, él se ruborizó, un rato después me preguntó si le gustaba cómo se había vestido, pensó que los que estaban en la reunión se impresionaron por su apariencia. Qué ignorante puede ser Andrés, a veces.
Gloria era el nombre de la chica con la que Andrés llegó a mi casa en aquel verano. Mejor nombre no podía tener: Gloria, la gloria personificada en un cuerpo de majestuosas y simétricas turgencias, hermoso y provocador rostro, cabello crespo de color encendido y una mirada que destriparía sexualmente al más santurrón. Fue la reina de la noche en mi cumpleaños, aunque nadie se atrevió a sacarla a bailar, víctimas de la moralidad y las buenas costumbres. Yo lo pensé innumerables veces, pero me detenía el hecho de que mi novia, siempre consciente de mis posibles desbordes emocionales, no soltó mi mano en prácticamente toda la noche. Además, me exigió que Andrés presentara "en sociedad" a Gloria. Entonces salió otra vez el político frustrado. Aburrimiento extremo.
Los días pasaron lentamente mientras me obsesionaba con la idea de que Andrés, aquella empírica persona que instruí con tanto afán, tenía una novia más bella que la mía. Y no sólo eso. Aquella chica, que hasta ese momento no me había dirigido la palabra, apenas una mirada de "así que eras tú su mejor amigo", era víctima de mis más pervertidas y solitarias alucinaciones. No despertaba un sólo día sin haber soñado con ella, empapado en mis propias pegajosas y sucias ideas. Entonces iba al baño, me lavaba el rostro y trataba de quitármela de la mente. El trabajo debía ayudar, al igual que los estudios, pero fue en vano. Bajé mi producción en la empresa donde laboraba, mientras que, en la universidad, mis calificaciones bajaron considerablemente. Gloria había tomado posesión de mis ideas, lo único que tengo tras la ausencia de corazón.
Tomé, entonces, una decisión que creí sería la mejor. Debía conocer a Gloria. Pero Andrés, fiel a su estilo, y entonces entendí el porqué de no haberle visto chica alguna durante años, era hermético con respecto a ella. Las clásicas "saliditas" en pareja no eran lo mío, eso lo sabía Andrés, pero subestimé su inteligencia sugiriéndole que quizás debamos salir los cuatro. De inmediato él se preguntó el porqué. Lógicamente no le diría la verdad. Intenté convencerlo por el lado de las chicas. Ellas quizás quieran conocerse, a lo mejor. Total, ellas eran "normales", querían hacerse amigas, o eso quería creer.
Finalmente, aceptó la invitación. Una noche de esas, salimos las dos parejas, en busca de un lugar donde poder tomarnos unos tragos. Andrés y yo, sin coordinarlo previamente, coincidimos en que ese bar debía ser uno que no frecuentemos. Caímos en un antro barranquino. El resultado fue que tanto Gloria como mi novia se hicieron muy amigas, mientras que Andrés y yo casi no intercambiamos palabras. Algo raro sucedía. ¿Sospechaba?, ¿ustedes qué creen?, pues, ¡claro que no!, pero el escote que había llevado mi novia resultó a la perfección, Andrés se había quedado embelesado con sus tremendos pechos, cumpliéndose algo muy cierto que alguna vez me dijo un anciano: "Uno siempre ve mejor lo que no tiene que lo que tiene". Santa verdad, pues. Recuerden, estaba obsesionado con Gloria, alguien tenía que ser sacrificado.
Vale decir que mi novia no sospechaba de mis planes, pero Andrés era, como dije antes, bien parecido, sinceramente mucho más guapo que yo, un manjar irresistible para muchas chicas, sin excluir a mi adorada novia de ese entonces. Sólo fue cuestión de tiempo para que ambos salgan a la pista de baile, dejándome a mí a solas con Gloria. El plan había funcionado. ¿Y ahora?, ¿qué hacer?, ¿qué preguntarle?, ¿cómo llegar a los trasfondos de su regazo sin pasar antes por la conquista de su desconocido corazón?, ¿haría bien en asumir que ella se sentía cómoda de estar a solas conmigo, mientras su novio bailaba con tremendo escote?, pues, no sabría cómo explicarlo con exactitud. Quizás sea que lo que Dios no me dio en belleza, me lo dio en otras cosas, como por ejemplo la desfachatez. En pocos minutos, Gloria y yo hablábamos de manera amena, sin preocuparnos por nuestras parejas, que dicho sea de paso, llegaban cada veinte minutos, tomaban unos tragos y volvían a la pista de baile. En una de esas rondas, me atreví a mirar los ojos de Andrés: su mirada fue extraña, una mezcla de satisfacción reprimida, con algo de temor y cuestionamiento. Al igual que el vino que iba pasando, la mirada de Andrés se esfumó de mi perspectiva dejando un ligero sabor a "aceptación". Había aceptado el intercambio, al menos por esa noche.
De mi novia no me preocupaba, en realidad siempre quiso estar con Andrés, toda mi preocupación se enfocaba en Gloria. Hasta ese momento, habíamos conversado bien, tan bien, pero sin salirnos del horrendo cuadro de la amistad. No le había lanzado algún tipo de indirecta como por ejemplo, "¿qué te parece si dejamos a esos dos y nos vamos por ahí?", un minuto, eso no hubiese sido nada indirecto, o bueno, algo por el estilo. Mientras pensaba en qué decirle, mil ideas pasaban por mi mente, el 90% de ellas, indicaba que estaba prácticamente solo, en un bar, junto a la chica que más había deseado en toda mi vida. Es que, de verdad, era tan bella, tan deseable, tan codiciable, apetecible. Me di por caso perdido cuando la "nueva pareja" volvió, y esta vez definitivamente, de la pista de baile, cansados como si hubiesen tenido dos horas de sexo duro, y dispuestos a recuperar el terreno que habían abandonado temporalmente.
Lo último que me llevé de esa noche, fue la mirada de Gloria. ¿Cómo interpretar una mirada así?, pensé que tenía un ego ilimitado, pero tardé mucho en procesar esos ojos que me observaban mientras Andrés, ya pasado de tragos y sudando, le besaba las mejillas, el cuello, la boca. Mi novia no tardó en imitar esa insegura actitud, mi plan había fracasado, sabía que esa noche le haría el amor a una mujer que no sería Gloria, pero su mirada siguió dando vueltas en mi irreflexiva cabeza.
Después de esa noche, no volví a ver a Andrés sino en diez meses, a Gloria también. Durante ese tiempo, yo había terminado abruptamente mi relación. Creo que está demás decir que no amaba a aquella chica, que hasta cruelmente utilicé a fin de conseguir mis fríos objetivos. Tenía cuatro meses de soltero, cuatro meses sin hacer más que trabajar, estudiar, salir con amigos, emborracharme, leer, masturbarme y repetir el proceso. Sabía mediante amigos que a Andrés le iba cada vez mejor con Gloria, a tal punto que se hablaba de un posible matrimonio, bien custodiado por un interesante plan de negocios que ambos llevarían a cabo. ¿Debía alegrarme?, lejos de eso, mi envidia hacia Andrés había crecido. Sí, ya sé que eso no hacen los amigos, pero desde el principio les advertí que aquí no encontrarían buenos ejemplos de moralidad y buenas costumbres (creo que esas palabras las he repetido ya varias veces. En fin). Les deseaba el mal a toda costa: que terminen, que ella descubra alguna infidelidad, que corroborara mi antigua teoría sobre su homosexualidad, que le de chancro, que se olviden del matrimonio y tanta estupidez junta. Que se dé cuenta de que aún hay tiempo para pasarla bien, para divertirse, para ejecutar y hacer realidad sus ocultas fantasías. Un momento, ¿eso quería yo?, ¿ser su juguete sexual?, figúrense que aún no puedo responder esa pregunta.
No tardé mucho en idear un nuevo plan para apoderarme de Gloria. ¿Cuál era ese plan?, simple, esperar lo que le tocaría vivir a Andrés. Sabía que dentro de poco ascendería a un puesto, el cual él se moría por tener desde hacía mucho tiempo. Aquel puesto implicaba viajes y estancias prolongadas tanto en provincias como en el extranjero. Esa sería mi oportunidad. Pero tenía que resembrar la semilla, hacer que se repitiera aquella mirada del bar, pero esta vez no detenerme hasta poseerla y hacerle olvidar a Andrés. Ese día llegó seis meses después. Sí, esperé mucho a Gloria.
Una vez iniciados los viajes de Andrés, y con ellos mi esperada puerta libre para conquistar a Gloria, sucedió algo sumamente extraño. Ya en la esquina de mi casa, a punto de tomar el taxi para ir a buscarla al trabajo (era el único dato certero que tenía de ella), me empecé a sentir mal. Sí, mal. Un retortijón me detuvo, pero no era cualquier retortijón, era el retortijón al que muchos llaman "cargo de conciencia".
Así es, yo, abyecto, calculador, sintiéndome mal por traicionar a un amigo. Una fortísima parte de mí, me llevó de regreso a casa, sin dar lugar a algún giro inesperado de maligna voluntad. Sólo caminaba y caminaba, mi casa estaba a pocos metros, mi puerta se apareció ante mis ojos, saqué la llave casi temblando, la metí en la ranura, y entonces...
Quizás no me crean lo que les diré. Podría sonarles trillado, absurdo, hasta utópico, algo propio de una película pornográfica de bajo presupuesto, pero cuando sentí esos dedos perfectos tocando mi hombro derecho, supe que quizás, esa noche y sólo por esa noche, mi vida tomaría algún sentido.
Gloria ya estaba conmigo, en la puerta de mi casa, mirándome fijamente con esos hermosos ojos que, desde luego, eran expertos en enloquecer a cualquier hombre que se dijera cuerdo. Sólo atiné a mirarla mientras pude, y hacerla pasar sin decirle una sola palabra. Ya dentro, las cosas se pusieron algo tensas. Por su lado, se notaba claramente que ella esperaba que yo diera el segundo paso, es decir, lanzarme, romperle el pequeño y excitante polo celeste que llevaba puesto, bajarle los pantalones y, finalmente, hacerla mía. Por mi lado, mi personalidad calculadora no definía con exactitud lo que realmente buscaba Gloria llegando hasta mi casa. No podía asegurar que quería sexo, tampoco lo podía negar. Sólo sé que ella esperaba algo, ¿el segundo paso?, aún no lo creía. Así que iniciamos una conversación. Seguimos los parámetros básicos de los amantes. En ese momento no me sentí el autor intelectual de un burdo suceso sin consecuencias garrafales, sino un simple idiota que ahora no sabía que hacer con tremenda mujer frente a él.
- "¿Hola?" - dijo ella, entre risas.
- "Hola" - dije yo, nervioso como debutante.
- "¿No me dirás nada más, verdad?"
- "¿Qué esperas que te diga?, me has sorprendido."
- "Entonces, ¿me voy?, ¿te incomodo?"
- "No, sólo dije que me has sorprendido. No quiero que te vayas."
- "¿No te gustaría saber por qué estoy aquí?"
Para ese momento, ya estaba absolutamente excitado, con todo lo que eso implica. Sin embargo, traté de no demostrarlo, por lo que le propuse sentarnos en los muebles. Con una buena cruzada de piernas, no se notaría el bulto que llevaba alojado entre las piernas. ¿Les tengo que decir que ella ya lo había notado, y hacía buen rato ya?
- "Te noto distante, ¿por qué no te sientas conmigo en el sofá?"
- "Gloria, ¿a qué has venido?, esa es la pregunta que sigue, ¿no?"
Tras reírse de manera inclemente durante varios segundos, ella insistió en que debía sentarme a su lado, en el sofá, el cual tenía tres espacios. Apenas me iba parando, ella tomó el asiento del medio. No quería que me escapara. Pero yo tampoco quería escapar, aunque aún seguía incrédulo ante tal maravillosa realidad. Accedí a su pedido.
- "Pues, vine por algo de buena compañía. Eso es todo."
- "¿Eso es todo?, y, ¿por qué esa acotación?"
- "Pensé que eras una persona inteligente. No me decepciones."
- "Soy muy inteligente, pero eso no significa que deba entender todo lo que me digas."
- "¿Quieres que sea explícita?, ¿quieres acabar con el juego?, y yo que me estaba divirtiendo. Sobre todo con tus planificaciones, según tú, indescifrables."
Un momento, ¿"planificaciones indescifrables"?, ¿acaso ella...?
- "No sé de qué estás hablando."
- "Al principio te consideré un patán, por sacrificar a tu propia novia con tal de llegar a mí ..."
- "Basta."
- "Pero, con el pasar del tiempo, me fui dando cuenta que fue el gesto más sincero y arriesgado que un hombre habría hecho por mí."
- "Sigo sin entenderte."
- "Andrés no hubiera sido capaz de sacrificar algo preciado por mí. No lo hizo tampoco con su nuevo puesto de trabajo, a pesar de que se lo pedí innumerables veces."
- "..."
- "Eso sólo quiere decir una cosa."
- "¿Qué cosa?"
- "Que si tú y Andrés estuvieran en las mismas condiciones, y ambos quisieran llegar a mí desde un mismo punto de partida...”
- "¿Por qué te callaste?, sigue."
- "Tú serías capaz de sacrificar más cosas por mí. Y por lo tanto tendrías más posibilidades de tenerme."
- "Pero son sólo posibilidades, ¿verdad?, al final podrías terminar estando con él, de todas formas."
- "Acabas de confirmarme que eres muy inteligente."
- "No es necesario que me sigas alabando. No importa lo que yo haga, tú no quieres nada conmigo, a lo mucho me ganaré tu respeto como competidor, pero es otra cosa lo que buscas y por lo tanto sería siempre el perdedor. En ese caso, creo que no deberías estar aquí."
- "¿Y así nada más, te rindes?"
¿Qué pretendía Gloria?, acababa de desenmascararme con tosca y sensual elegancia, desnudando mis intenciones que, hasta ese momento, consideraba ocultas e imposibles de vislumbrar. Una cosa me había quedado clara, ella era más lista que yo. Muchísimo más lista. Lo que estaba por aclarar, era lo que pasaría esa noche. Alguien tenía que poner ese punto de quiebre entre una pelea segura, ocasionada por un encuentro de pasión y capricho, o una caprichosa noche apasionada.
- "Demasiada charla por hoy. Creo que está todo claro. Viniste a burlarte de mí y lo conseguiste. Acepto todo lo que dijiste. Mi ego está por los suelos, ¿algo más que quieras decir o saber?"
- "Sí, que hueles muy bien. ¿A dónde te ibas?"
- "Creo que no tiene sentido seguir mintiendo. Iba a buscarte a tu trabajo."
- "¿En serio?, ¿para qué?"
- "Para cualquier cosa menos para hacer lo que estamos haciendo ahora."
- "¿Ibas a tomarme por sorpresa e invitarme un trago?"
- "Claro que no."
- "Y, ¿por qué?, hubiera sido genial. Me hubiese sentido como esas divas de las películas" - Decía esto mientras se acercaba a mí.
- "Gloria, tú ya eres una diva".
- "Verborrea de barrio. ¿Por qué dices eso?"
- "Debes ser una diva, no hay otra opción. Ninguna mujer había adivinado tan fácilmente mis intenciones. He sido de todo menos evidente. Tú acabas de romper esa teoría sobre mí mismo".
- "Y eso, ¿te gusta?"
- "Sí".
- "¿Te excita?"
- "Seguramente ya lo notaste".
- "¿Qué te parece si olvidamos todo lo conversado, y hacemos de cuenta que soy una prostituta que alquilaste en un night club cualquiera?, ¿estaríamos hablando tanto?"
- "Probablemente sí, pero mientras te quito la ropa y beso tu cuerpo".
- "¿Puedes hablar mientras besas?"
- "¿Lo quieres corroborar?"
- "Sí".
- "¿Y Andrés?"
- "Está con su mejor novia. Su trabajo."
Ya iba tocando con mis manos su hermoso cuerpo. Recorriendo sus senos perfectos y grandes, duros como manzanos. Luego, desabrochando su pantalón.
- "Sabes que esa no es justificación, ¿verdad?"
- "También sé que es tu amigo, y sin embargo ya me estás quitando la ropa."
- "Es que ya no puedo aguantar más".
- "Tranquilo. No quiero que esto dure poco."
- "Durará lo que tenga que durar".
- "Me refiero al sexo".
- "Yo me refiero al tiempo que dures en mi vida".
Acto seguido, le quité el polo, luego el brasier. Ella se encargó de su pantalón, y siguió con mis prendas. En menos de un minuto, ambos estábamos desnudos en mi sofá, a poco de cometer un pecado que muchos consideran imperdonable. Yo les digo, cambiaría el castigo divino correspondiente a todos mis pecados, por el perdón de haberle hecho el amor a Gloria, la novia de mi mejor amigo. Aquella noche, entre la brisa marina y el olor a fluidos prohibidos, ella y yo compartimos algo más que una infidelidad; hicimos una oda al contacto físico más profundo, a la fusión de intimidades, al intercambio de sudor. Mi sofá terminó mojado, debido a los distintos líquidos que absorbió, cada uno más incesante que el otro. Sus piernas sobre mis hombros, reflejados en aquel espejo de la sala, se convirtieron en la postal del momento. Algo que ni en estos momentos tragi-gloriosos puedo sacarme de la maldita cabeza.
Andrés regresaría de su viaje en tres días. Largos para él, quizás, para mí y para Gloria, los días se hicieron cortos. Durante ese tiempo, juntos, hicimos de todo un poco. Desde cocinar pastas, hasta nadar de noche en la playa, pasando por leer juntos un libro de Sábato, y excitándonos hasta de la nada. Terminados los tres días, Gloria volvía con Andrés y nuestras vidas siguieron su curso usual. Y lo mismo cada vez que mi amigo viajaba. A veces se iba por una o dos semanas enteras. Entonces, Gloria y yo, intentábamos acentuar nuestros pecados. Viajamos al interior en tres oportunidades. En cada sitio donde parábamos, decíamos que éramos una pareja recién casada. Las gentes de esos lugares nos creía, nos veían felices, nos felicitaban, saludaban y adulaban. Nos reíamos de todo eso y no hablábamos nunca de lo que realmente estaba sucediendo. No faltaban las pequeñas peleas por desacuerdos infatuados, pero las terminábamos con toques de dulzura y, posteriormente, con vibrante y duro sexo; cual si el mundo fuera a acabarse segundos antes de cada orgasmo a experimentar. Andar con Gloria, a cualquier lugar, era simplemente eso, la gloria. No me había equivocado al elegirla como objeto de pecado. Porque fue mi pecado más rico, más emocionante y del cual, finalmente, me terminé enamorando.
Así pasaron ocho meses y medio. No, no vayan a pensar que fui padre. Por cierto, ¿siguen leyendo el relato?, ¿quieren que lo termine de una vez?, lamento decepcionarlos, pero el fin de mi historia no lo encontrarán aquí. Prosigo. Casi nueve fueron los meses en los que fui el amante fiel de Gloria. Porque, eso sí, no andaba con más mujeres. Alejé a todas mis amigas, con tal de servirle sólo a ella. Nunca me lo pidió, la decisión fue voluntariamente mía. Quizás la tomé porque quería vivir a Gloria en plenitud, sin pensar en otros cuerpos. ¿Y cuando Andrés regresaba de sus viajes?, al principio fue un infierno saber que Gloria se debía sólo a él cuando estaba en la ciudad, pero con el pasar del tiempo lo fui asumiendo, hasta que me acostumbré. Aún cuando sabía que Gloria estaba con Andrés, seguramente teniendo noches ardientes, no me daban ganas de estar con otras mujeres. Por eso digo que fui su amante fiel. Ahora ya pueden ir juzgando. Aunque creo que ya lo han estado haciendo desde hace bastante tiempo.
¿Cuándo se cagó todo?, muy simple. Una mentira no se puede ocultar tanto tiempo. Por eso evitaba ver a Andrés, aunque él usualmente me llamaba para salir y tomar unos tragos. Me hablaba siempre de su trabajo, sin descuidar sus aires de político frustrado, su moralidad y sus buenas costumbres ¿cuántas veces vengo mencionando estas palabras?). Presumía haber sido asediado por cientos de mujeres en cada lugar al que viajaba, pero que nunca, jamás, sería capaz de serle infiel a Gloria, según él, la mujer de su vida. Salir con mi amigo, mientras sólo yo y su futura esposa sabíamos que era un cornudo, era incómodo hasta para mi cinismo. Así que no se me ocurrió mejor idea que hacer que se entere. ¿Decírselo yo mismo?, ni a palos. Tenía que volver a calcular una idea que consiga dos objetivos: el primero, desengañar a Andrés, después de todo, no se merecía tal maltrato. ¿O sí? Y segundo, tener a Gloria para mí solo, aunque, claro, en un principio hacerme el dolido, ¿me creería?
Para eso volví a requerir de la ayuda, esta vez voluntaria y consciente, de una tercera persona. Gloria tendría un "admirador secreto". El tipo que contraté era el amigo de un amigo que ni Andrés ni Gloria conocían. Un hombre pequeño, feo y sin mayores atributos mentales. Lo escogí así para evitar que, en el caso de que se enamorase de Gloria, tenga alguna oportunidad con ella. Su misión era sencilla, debía acosarla, y provocar que Andrés se entere de ello. Al principio le mandaba rosas y pequeños mensajes en forma de dedicatoria, con firma de "anónimo". Como era de esperarse, Gloria no me comentó absolutamente nada sobre el asunto, aunque, astuta como ella sola, trató de sorprenderme una vez, preguntándome si yo sería capaz de celarla a tal punto de hacerse pasar por una persona "x" para probar su, lógicamente, inexistente fidelidad. Subestimó mi capacidad para mentir.
Pasadas dos semanas, el supuesto acosador, bajo mis órdenes, sería encomendado a entregarle a Gloria un texto escrito por mí. El texto era de corte romántico, lindando con lo cursi. Había dos copias. Una de ellas, sería para Gloria, y la otra para Andrés. La idea era que Andrés pensara que Gloria tenía algo real con el tipo. Ya imaginaba su ego destrozado, imaginándose a su bella mujer, sobre las piernas de ese pigmeo de rostro accidentado. Conociendo a Andrés, sabía que sería incapaz de cometer alguna locura, producto de los celos. No sería capaz de hacerle nada al enano, mucho menos a la misma Gloria. Lo único que haría, según mis cálculos, sería tomar y emborracharse todas las noches, durante uno o dos meses, y luego seguir su exitosa vida habitual.
Gloria recibió el primer texto, a manos de propio acosador. Increíblemente, según el tipo, lo recibió y le agradeció con un beso en la mejilla, diciéndole que se sentía halagada, pero que era una mujer comprometida. Y yo que pensaba que lo mandaría a los santos demonios. En fin. Eso no alteraba mi plan principal. Esperé a que Andrés viajara una vez más. Una vez en la casa de Gloria (creo que no mencioné que no sólo fornicábamos en mi casa, sino también en la casa que compartía con Andrés), busqué el texto. Tal y como lo planeé, lo tenía guardado en uno de sus cajones personales. Lo único que hice fue tomarlo y hacerme el celoso, reclamar e insultarla. Ella lo tomó con calma. Agarró el papel y lo rompió en mis narices. Luego, me increpó por revisar sus cosas personales. Tras la pelea, me botó de su casa. Fue un pequeño sacrificio para lo que vendría.
La última función del pigmeo, fue recrear la salida de una supuesta visita sexual a la casa de Gloria y Andrés. Hice que caminara por esa calle, de modo tal que se reconocieran tanto la puerta principal de esa casa, como las demás casas aledañas. Tomé las respectivas fotografías. Andrés tendría que creerme. Posteriormente, quedaría como el héroe que trató de salvar a su amigo del horrendo peso de los cuernos.
En el mismo aeropuerto, intercepté a mi amigo. Le di las fotos del tipejo, "saliendo" de la casa que compartía con Gloria, y luego le dije que lo había agarrado a golpes, arrebatándole un texto de amor, que no era otra cosa que la copia del mismo texto que Gloria había recibido, y roto en mis narices. Andrés se horrorizó, no tanto de la evidente infidelidad, sino de la horripilante figura del supuesto "amante". El texto no lo leyó delante de mí, prefirió guardarlo y leerlo solo, en el hotel donde se hospedaría, puesto que había decidido no ir a su casa, para evitar todo contacto con Gloria. Me abrazó y me agradeció el favor que le hice al "abrirle los ojos". Tomó un taxi y partió rumbo a su hotel. Yo decidí buscar un restaurante en el aeropuerto y tomarme un café, mientras oía a los aviones llegar y levantar vuelo. Señal de un triunfo inminente. Pronto, muy pronto, Gloria sería mi mujer, sólo mía y de nadie más.
Tal y como yo lo había intuido, y planeado, Andrés no se aguantó y llamó a Gloria, absolutamente indignado y con todas las ganas de terminar su relación, insisto, más por ego que por otras cuestiones. Además, le sacó en cara el texto amoroso que el horripilante amador le habría escrito a la infiel mujer. Gloria no tuvo otra opción que confesar. Admitió que recibió el texto por amabilidad, pero agregó que lo rompió. Que no sabía de dónde había salido ese admirador, y que no entendía cómo podía tener el texto en sus manos, si es que ya estaba hecho pedazos en el basural de la ciudad. Eso generó una sensación aún más grande de que Gloria, en realidad, engañaba a Andrés, y es que así fue. A fin de cuentas, ella lo engañaba, no con ese monstruo retaco, sino conmigo, un amigo en el que Andrés confiaba ciegamente.
En conclusión: Andrés estaba furioso y además indignado por la serie de mentiras que notaba, ahora, de su otrora e impecable amada. Odió a Gloria con todas sus fuerzas y juró venganza. ¿Cómo sé todo esto?, porque me llamó segundos después de su acalorada discusión. Le dije que se calmara, que ya encontraría otra, y que esa tonta no sabe de lo que se pierde. Gloria no me llamó nunca más.
Fue a los dos días, cuando la llamé, esperando a que las aguas se hayan calmado, cuando me di cuenta de que algo malo estaba sucediendo. Algo malo y fuera de lo planeado. Andrés volvió a viajar por trabajo, o al menos eso creí en ese momento, por lo que decidí buscar a Gloria. Conociendo lo lista que era, seguramente ya habría concluido que fui yo el que, una vez más, planeó todo a mi favor. Esperaba una reacción coherente con lo que me dijo esa noche en mi casa. Quería que sepa que mi último gran sacrificio, fue el de perder a mi mejor amigo con tal de tenerla sólo para mí. Quería hacerle el amor para celebrar ese suceso. Ya me la imaginaba, gozosa y caliente, riéndose de por fin haberse desecho de ese gran estorbo con el que pensaba casarse y formar una farsante familia.
Toqué su timbre y puerta unas treinta veces cada una, pero no respondía. Me di cuenta que su puerta no estaba asegurada, así que forcejeé lo necesario para entrar. Estaba desesperado, desesperado por ver su reacción ante tal actitud mía. Quizás la excite hasta el forcejeo, pensé. Una vez adentro, me quité la camisa y la busqué en su habitación. Mi excitación cambió a horror de un momento a otro.
Ya no era Gloria, sino partes de Gloria, repartidas por todo el lugar. Su pierna derecha estaba sobre el televisor, su pierna izquierda estaba al costado de la cama. Sus brazos, cruzados, haciendo una "x", sobre su mesa de noche. Su torso, portador de sus hermosos senos, y el resto de su tórax, estaban de espaldas sobre la cama, tapados con una sábana que en algún momento habría sido blanca testigo de nuestro más apasionante sexo, y que ahora lucía una roja y espesa apariencia, la roja y espesa apariencia de la muerte.
La cabeza de Gloria estaba sobre la almohada. Fue lo primero que vi. Hasta le sonreí, pensando que lo demás era una cruel broma de su parte. Su rostro estaba golpeado y lívido. Y su boca tenía algunas gotas de semen. Así de horrible como lo escribo, así de horrible lo viví, y la verdad siento que estoy quedando corto en comparación al suceso que estoy narrando. No sé si entiendan que en este momento sigo experimentando un estado de shock, que más bien, lejos de generar en mí alguna otra sensación de desaparecer, ha creado la lucidez necesaria para contarles esta historia. Diré, por segunda vez, que pueden juzgarme ahora. Pensar de mí lo que ustedes quieran. Sobre todo de lo idiota que soy. Sí, soy un idiota. A que no saben qué es lo que le falta a este relato. ¿Lo adivinan?
Sí, soy un perfecto idiota. Por si no lo recuerdan, se los diré: yo instruí a Andrés, ¿ya recordaron?, en cierto modo, Andrés fue mi alumno. Y en un determinado momento, le enseñé a escribir prosa y algo de poesía. Alguna vez, Andrés, mi amigo y alumno, con aires de político frustrado y una extraña fascinación por la moralidad y las buenas costumbres, leyó mis textos, los memorizó, e intentó escribir como yo. El texto que le escribí a Gloria era muy similar a aquellos textos que le enseñaba a Andrés, para que así aprenda a escribir prosa romántica - "Con esto conquistarás muchas chicas, Andrés", le decía. Nunca pensé que ese aprendizaje serviría para acabar con mi propia vida.
La llamada que recibí hace unos minutos fue de Andrés. Me dijo, muy tranquilo, que él había asesinado a Gloria, y que ya sabía dónde estaba hospedado. Que venía por mí. ¿Y yo?, no pienso seguir escapando. Siento que este castigo, que está por caer encima de mí, es el más justo, considerando que yo cambié, muy consciente de ello, todos los castigos que me tocaran por el premio de tener a Gloria. Y la tuve tantas veces como quise, mas no las suficientes. Si de algo he de quejarme, es que Andrés me le quitó muy rápido y para siempre, pero no tengo nada más que reclamar.
En estos momentos ya debería estar muerto. Seguro sabrán de mí en las noticias de mañana o pasado mañana. Pero quiero que sepan, no me arrepiento de nada, en lo absoluto. Es más, hay algo que no les dije. Lo más interesante de haber pecado, junto a Gloria, es que, al haber cometido ambos los mismos pecados, quizás vayamos al mismo lugar. Así que, ya en el infierno, me la volveré a encontrar, y haré de todo para tenerla nuevamente, ya lejos de Andrés, lejos de la moralidad y las buenas costumbres, lejos de los deseos prohibidos, lejos de esta sociedad tan inexpugnable y cínica. No hay plan perfecto ni cuerpo que lo resista, por más que el cuerpo sea tan perfecto como el de Gloria - perdonen esta última reflexión, es que sigo excitado, pensando en ella.
Finalmente, suena la puerta de mi habitación de hotel.
Ahora es el momento, júzguenme, pero, por favor, déjenme desaparecer.
¿Siguen aquí?, entonces prosigo.
Mi nombre es Nicolás, e hice lo que ningún hombre, que se autoproclame "leal", debería hacer. Sí, ya van adivinando, además el título del relato es clarísimo. Sólo les pido que no me juzguen sino después de haber leído toda la historia.
¿Pueden hacer eso?, gracias.
Mi amigo se llama Andrés, es un chico bien parecido, que conocí hace diez años en el cumpleaños de alguien "x". Al principio me caía mal, muy mal. Tenía unos aires increíbles de político frustrado. En lugar de hablar de fútbol o de trabajo, se la pasaba dando discursos de moralidad y buenas costumbres. Cuando le pregunté si había leído a Carreño, me di con la sorpresa de que era muy empírico. Eso tiene su mérito, pero hace diez años yo pensaba que aquellas personas no informadas no tenían derecho a alzar la voz. Se lo dije y fue como una declaración de guerra.
Como suele ocurrir, mis enemigos se convierten en mis amigos en poco tiempo, y así fue. En cierto modo, instruí a Andrés, para que deje de ser empírico, y de paso aprendí a expresarme como político frustrado. Créanlo, a veces funciona. Pasaron rápidamente dos años, en los cuales siempre creí subterráneamente que Andrés era homosexual. No lo veía con chicas, apenas y me comentaba sobre una que otra galifarda que se nos aparecía por la calle, en algún bar o en nuestros centros de estudio. Yo, en cambio, me vanagloriaba de ser el "experimentado" del dúo. Cuando no tenía historias amorosas que contar, las inventaba para que él pensase que siempre conozco chicas y me suceden cosas con ellas. Él me creía. Se volvió mi amigo incondicional.
A veces no podía evitar ser realista con mi vida lúgubre, y aunque nunca le solté lágrimas, le conté de algunas situaciones que realmente me pasaban, obviamente cosas no tan alegres como acostarme con chicas lindas. De esa forma, ya confiando en él, yo también me convertí en su amigo.
Pasaron dos años más, entonces llegó un cumpleaños mío. Amigos, "amigos", compañeros, enemigos, todos tomando licor en mi sala, y apareció Andrés, con una chica preciosa. Inmediatamente, todos los presentes en la sala viraron hacia su presencia, él se ruborizó, un rato después me preguntó si le gustaba cómo se había vestido, pensó que los que estaban en la reunión se impresionaron por su apariencia. Qué ignorante puede ser Andrés, a veces.
Gloria era el nombre de la chica con la que Andrés llegó a mi casa en aquel verano. Mejor nombre no podía tener: Gloria, la gloria personificada en un cuerpo de majestuosas y simétricas turgencias, hermoso y provocador rostro, cabello crespo de color encendido y una mirada que destriparía sexualmente al más santurrón. Fue la reina de la noche en mi cumpleaños, aunque nadie se atrevió a sacarla a bailar, víctimas de la moralidad y las buenas costumbres. Yo lo pensé innumerables veces, pero me detenía el hecho de que mi novia, siempre consciente de mis posibles desbordes emocionales, no soltó mi mano en prácticamente toda la noche. Además, me exigió que Andrés presentara "en sociedad" a Gloria. Entonces salió otra vez el político frustrado. Aburrimiento extremo.
Los días pasaron lentamente mientras me obsesionaba con la idea de que Andrés, aquella empírica persona que instruí con tanto afán, tenía una novia más bella que la mía. Y no sólo eso. Aquella chica, que hasta ese momento no me había dirigido la palabra, apenas una mirada de "así que eras tú su mejor amigo", era víctima de mis más pervertidas y solitarias alucinaciones. No despertaba un sólo día sin haber soñado con ella, empapado en mis propias pegajosas y sucias ideas. Entonces iba al baño, me lavaba el rostro y trataba de quitármela de la mente. El trabajo debía ayudar, al igual que los estudios, pero fue en vano. Bajé mi producción en la empresa donde laboraba, mientras que, en la universidad, mis calificaciones bajaron considerablemente. Gloria había tomado posesión de mis ideas, lo único que tengo tras la ausencia de corazón.
Tomé, entonces, una decisión que creí sería la mejor. Debía conocer a Gloria. Pero Andrés, fiel a su estilo, y entonces entendí el porqué de no haberle visto chica alguna durante años, era hermético con respecto a ella. Las clásicas "saliditas" en pareja no eran lo mío, eso lo sabía Andrés, pero subestimé su inteligencia sugiriéndole que quizás debamos salir los cuatro. De inmediato él se preguntó el porqué. Lógicamente no le diría la verdad. Intenté convencerlo por el lado de las chicas. Ellas quizás quieran conocerse, a lo mejor. Total, ellas eran "normales", querían hacerse amigas, o eso quería creer.
Finalmente, aceptó la invitación. Una noche de esas, salimos las dos parejas, en busca de un lugar donde poder tomarnos unos tragos. Andrés y yo, sin coordinarlo previamente, coincidimos en que ese bar debía ser uno que no frecuentemos. Caímos en un antro barranquino. El resultado fue que tanto Gloria como mi novia se hicieron muy amigas, mientras que Andrés y yo casi no intercambiamos palabras. Algo raro sucedía. ¿Sospechaba?, ¿ustedes qué creen?, pues, ¡claro que no!, pero el escote que había llevado mi novia resultó a la perfección, Andrés se había quedado embelesado con sus tremendos pechos, cumpliéndose algo muy cierto que alguna vez me dijo un anciano: "Uno siempre ve mejor lo que no tiene que lo que tiene". Santa verdad, pues. Recuerden, estaba obsesionado con Gloria, alguien tenía que ser sacrificado.
Vale decir que mi novia no sospechaba de mis planes, pero Andrés era, como dije antes, bien parecido, sinceramente mucho más guapo que yo, un manjar irresistible para muchas chicas, sin excluir a mi adorada novia de ese entonces. Sólo fue cuestión de tiempo para que ambos salgan a la pista de baile, dejándome a mí a solas con Gloria. El plan había funcionado. ¿Y ahora?, ¿qué hacer?, ¿qué preguntarle?, ¿cómo llegar a los trasfondos de su regazo sin pasar antes por la conquista de su desconocido corazón?, ¿haría bien en asumir que ella se sentía cómoda de estar a solas conmigo, mientras su novio bailaba con tremendo escote?, pues, no sabría cómo explicarlo con exactitud. Quizás sea que lo que Dios no me dio en belleza, me lo dio en otras cosas, como por ejemplo la desfachatez. En pocos minutos, Gloria y yo hablábamos de manera amena, sin preocuparnos por nuestras parejas, que dicho sea de paso, llegaban cada veinte minutos, tomaban unos tragos y volvían a la pista de baile. En una de esas rondas, me atreví a mirar los ojos de Andrés: su mirada fue extraña, una mezcla de satisfacción reprimida, con algo de temor y cuestionamiento. Al igual que el vino que iba pasando, la mirada de Andrés se esfumó de mi perspectiva dejando un ligero sabor a "aceptación". Había aceptado el intercambio, al menos por esa noche.
De mi novia no me preocupaba, en realidad siempre quiso estar con Andrés, toda mi preocupación se enfocaba en Gloria. Hasta ese momento, habíamos conversado bien, tan bien, pero sin salirnos del horrendo cuadro de la amistad. No le había lanzado algún tipo de indirecta como por ejemplo, "¿qué te parece si dejamos a esos dos y nos vamos por ahí?", un minuto, eso no hubiese sido nada indirecto, o bueno, algo por el estilo. Mientras pensaba en qué decirle, mil ideas pasaban por mi mente, el 90% de ellas, indicaba que estaba prácticamente solo, en un bar, junto a la chica que más había deseado en toda mi vida. Es que, de verdad, era tan bella, tan deseable, tan codiciable, apetecible. Me di por caso perdido cuando la "nueva pareja" volvió, y esta vez definitivamente, de la pista de baile, cansados como si hubiesen tenido dos horas de sexo duro, y dispuestos a recuperar el terreno que habían abandonado temporalmente.
Lo último que me llevé de esa noche, fue la mirada de Gloria. ¿Cómo interpretar una mirada así?, pensé que tenía un ego ilimitado, pero tardé mucho en procesar esos ojos que me observaban mientras Andrés, ya pasado de tragos y sudando, le besaba las mejillas, el cuello, la boca. Mi novia no tardó en imitar esa insegura actitud, mi plan había fracasado, sabía que esa noche le haría el amor a una mujer que no sería Gloria, pero su mirada siguió dando vueltas en mi irreflexiva cabeza.
Después de esa noche, no volví a ver a Andrés sino en diez meses, a Gloria también. Durante ese tiempo, yo había terminado abruptamente mi relación. Creo que está demás decir que no amaba a aquella chica, que hasta cruelmente utilicé a fin de conseguir mis fríos objetivos. Tenía cuatro meses de soltero, cuatro meses sin hacer más que trabajar, estudiar, salir con amigos, emborracharme, leer, masturbarme y repetir el proceso. Sabía mediante amigos que a Andrés le iba cada vez mejor con Gloria, a tal punto que se hablaba de un posible matrimonio, bien custodiado por un interesante plan de negocios que ambos llevarían a cabo. ¿Debía alegrarme?, lejos de eso, mi envidia hacia Andrés había crecido. Sí, ya sé que eso no hacen los amigos, pero desde el principio les advertí que aquí no encontrarían buenos ejemplos de moralidad y buenas costumbres (creo que esas palabras las he repetido ya varias veces. En fin). Les deseaba el mal a toda costa: que terminen, que ella descubra alguna infidelidad, que corroborara mi antigua teoría sobre su homosexualidad, que le de chancro, que se olviden del matrimonio y tanta estupidez junta. Que se dé cuenta de que aún hay tiempo para pasarla bien, para divertirse, para ejecutar y hacer realidad sus ocultas fantasías. Un momento, ¿eso quería yo?, ¿ser su juguete sexual?, figúrense que aún no puedo responder esa pregunta.
No tardé mucho en idear un nuevo plan para apoderarme de Gloria. ¿Cuál era ese plan?, simple, esperar lo que le tocaría vivir a Andrés. Sabía que dentro de poco ascendería a un puesto, el cual él se moría por tener desde hacía mucho tiempo. Aquel puesto implicaba viajes y estancias prolongadas tanto en provincias como en el extranjero. Esa sería mi oportunidad. Pero tenía que resembrar la semilla, hacer que se repitiera aquella mirada del bar, pero esta vez no detenerme hasta poseerla y hacerle olvidar a Andrés. Ese día llegó seis meses después. Sí, esperé mucho a Gloria.
Una vez iniciados los viajes de Andrés, y con ellos mi esperada puerta libre para conquistar a Gloria, sucedió algo sumamente extraño. Ya en la esquina de mi casa, a punto de tomar el taxi para ir a buscarla al trabajo (era el único dato certero que tenía de ella), me empecé a sentir mal. Sí, mal. Un retortijón me detuvo, pero no era cualquier retortijón, era el retortijón al que muchos llaman "cargo de conciencia".
Así es, yo, abyecto, calculador, sintiéndome mal por traicionar a un amigo. Una fortísima parte de mí, me llevó de regreso a casa, sin dar lugar a algún giro inesperado de maligna voluntad. Sólo caminaba y caminaba, mi casa estaba a pocos metros, mi puerta se apareció ante mis ojos, saqué la llave casi temblando, la metí en la ranura, y entonces...
Quizás no me crean lo que les diré. Podría sonarles trillado, absurdo, hasta utópico, algo propio de una película pornográfica de bajo presupuesto, pero cuando sentí esos dedos perfectos tocando mi hombro derecho, supe que quizás, esa noche y sólo por esa noche, mi vida tomaría algún sentido.
Gloria ya estaba conmigo, en la puerta de mi casa, mirándome fijamente con esos hermosos ojos que, desde luego, eran expertos en enloquecer a cualquier hombre que se dijera cuerdo. Sólo atiné a mirarla mientras pude, y hacerla pasar sin decirle una sola palabra. Ya dentro, las cosas se pusieron algo tensas. Por su lado, se notaba claramente que ella esperaba que yo diera el segundo paso, es decir, lanzarme, romperle el pequeño y excitante polo celeste que llevaba puesto, bajarle los pantalones y, finalmente, hacerla mía. Por mi lado, mi personalidad calculadora no definía con exactitud lo que realmente buscaba Gloria llegando hasta mi casa. No podía asegurar que quería sexo, tampoco lo podía negar. Sólo sé que ella esperaba algo, ¿el segundo paso?, aún no lo creía. Así que iniciamos una conversación. Seguimos los parámetros básicos de los amantes. En ese momento no me sentí el autor intelectual de un burdo suceso sin consecuencias garrafales, sino un simple idiota que ahora no sabía que hacer con tremenda mujer frente a él.
- "¿Hola?" - dijo ella, entre risas.
- "Hola" - dije yo, nervioso como debutante.
- "¿No me dirás nada más, verdad?"
- "¿Qué esperas que te diga?, me has sorprendido."
- "Entonces, ¿me voy?, ¿te incomodo?"
- "No, sólo dije que me has sorprendido. No quiero que te vayas."
- "¿No te gustaría saber por qué estoy aquí?"
Para ese momento, ya estaba absolutamente excitado, con todo lo que eso implica. Sin embargo, traté de no demostrarlo, por lo que le propuse sentarnos en los muebles. Con una buena cruzada de piernas, no se notaría el bulto que llevaba alojado entre las piernas. ¿Les tengo que decir que ella ya lo había notado, y hacía buen rato ya?
- "Te noto distante, ¿por qué no te sientas conmigo en el sofá?"
- "Gloria, ¿a qué has venido?, esa es la pregunta que sigue, ¿no?"
Tras reírse de manera inclemente durante varios segundos, ella insistió en que debía sentarme a su lado, en el sofá, el cual tenía tres espacios. Apenas me iba parando, ella tomó el asiento del medio. No quería que me escapara. Pero yo tampoco quería escapar, aunque aún seguía incrédulo ante tal maravillosa realidad. Accedí a su pedido.
- "Pues, vine por algo de buena compañía. Eso es todo."
- "¿Eso es todo?, y, ¿por qué esa acotación?"
- "Pensé que eras una persona inteligente. No me decepciones."
- "Soy muy inteligente, pero eso no significa que deba entender todo lo que me digas."
- "¿Quieres que sea explícita?, ¿quieres acabar con el juego?, y yo que me estaba divirtiendo. Sobre todo con tus planificaciones, según tú, indescifrables."
Un momento, ¿"planificaciones indescifrables"?, ¿acaso ella...?
- "No sé de qué estás hablando."
- "Al principio te consideré un patán, por sacrificar a tu propia novia con tal de llegar a mí ..."
- "Basta."
- "Pero, con el pasar del tiempo, me fui dando cuenta que fue el gesto más sincero y arriesgado que un hombre habría hecho por mí."
- "Sigo sin entenderte."
- "Andrés no hubiera sido capaz de sacrificar algo preciado por mí. No lo hizo tampoco con su nuevo puesto de trabajo, a pesar de que se lo pedí innumerables veces."
- "..."
- "Eso sólo quiere decir una cosa."
- "¿Qué cosa?"
- "Que si tú y Andrés estuvieran en las mismas condiciones, y ambos quisieran llegar a mí desde un mismo punto de partida...”
- "¿Por qué te callaste?, sigue."
- "Tú serías capaz de sacrificar más cosas por mí. Y por lo tanto tendrías más posibilidades de tenerme."
- "Pero son sólo posibilidades, ¿verdad?, al final podrías terminar estando con él, de todas formas."
- "Acabas de confirmarme que eres muy inteligente."
- "No es necesario que me sigas alabando. No importa lo que yo haga, tú no quieres nada conmigo, a lo mucho me ganaré tu respeto como competidor, pero es otra cosa lo que buscas y por lo tanto sería siempre el perdedor. En ese caso, creo que no deberías estar aquí."
- "¿Y así nada más, te rindes?"
¿Qué pretendía Gloria?, acababa de desenmascararme con tosca y sensual elegancia, desnudando mis intenciones que, hasta ese momento, consideraba ocultas e imposibles de vislumbrar. Una cosa me había quedado clara, ella era más lista que yo. Muchísimo más lista. Lo que estaba por aclarar, era lo que pasaría esa noche. Alguien tenía que poner ese punto de quiebre entre una pelea segura, ocasionada por un encuentro de pasión y capricho, o una caprichosa noche apasionada.
- "Demasiada charla por hoy. Creo que está todo claro. Viniste a burlarte de mí y lo conseguiste. Acepto todo lo que dijiste. Mi ego está por los suelos, ¿algo más que quieras decir o saber?"
- "Sí, que hueles muy bien. ¿A dónde te ibas?"
- "Creo que no tiene sentido seguir mintiendo. Iba a buscarte a tu trabajo."
- "¿En serio?, ¿para qué?"
- "Para cualquier cosa menos para hacer lo que estamos haciendo ahora."
- "¿Ibas a tomarme por sorpresa e invitarme un trago?"
- "Claro que no."
- "Y, ¿por qué?, hubiera sido genial. Me hubiese sentido como esas divas de las películas" - Decía esto mientras se acercaba a mí.
- "Gloria, tú ya eres una diva".
- "Verborrea de barrio. ¿Por qué dices eso?"
- "Debes ser una diva, no hay otra opción. Ninguna mujer había adivinado tan fácilmente mis intenciones. He sido de todo menos evidente. Tú acabas de romper esa teoría sobre mí mismo".
- "Y eso, ¿te gusta?"
- "Sí".
- "¿Te excita?"
- "Seguramente ya lo notaste".
- "¿Qué te parece si olvidamos todo lo conversado, y hacemos de cuenta que soy una prostituta que alquilaste en un night club cualquiera?, ¿estaríamos hablando tanto?"
- "Probablemente sí, pero mientras te quito la ropa y beso tu cuerpo".
- "¿Puedes hablar mientras besas?"
- "¿Lo quieres corroborar?"
- "Sí".
- "¿Y Andrés?"
- "Está con su mejor novia. Su trabajo."
Ya iba tocando con mis manos su hermoso cuerpo. Recorriendo sus senos perfectos y grandes, duros como manzanos. Luego, desabrochando su pantalón.
- "Sabes que esa no es justificación, ¿verdad?"
- "También sé que es tu amigo, y sin embargo ya me estás quitando la ropa."
- "Es que ya no puedo aguantar más".
- "Tranquilo. No quiero que esto dure poco."
- "Durará lo que tenga que durar".
- "Me refiero al sexo".
- "Yo me refiero al tiempo que dures en mi vida".
Acto seguido, le quité el polo, luego el brasier. Ella se encargó de su pantalón, y siguió con mis prendas. En menos de un minuto, ambos estábamos desnudos en mi sofá, a poco de cometer un pecado que muchos consideran imperdonable. Yo les digo, cambiaría el castigo divino correspondiente a todos mis pecados, por el perdón de haberle hecho el amor a Gloria, la novia de mi mejor amigo. Aquella noche, entre la brisa marina y el olor a fluidos prohibidos, ella y yo compartimos algo más que una infidelidad; hicimos una oda al contacto físico más profundo, a la fusión de intimidades, al intercambio de sudor. Mi sofá terminó mojado, debido a los distintos líquidos que absorbió, cada uno más incesante que el otro. Sus piernas sobre mis hombros, reflejados en aquel espejo de la sala, se convirtieron en la postal del momento. Algo que ni en estos momentos tragi-gloriosos puedo sacarme de la maldita cabeza.
Andrés regresaría de su viaje en tres días. Largos para él, quizás, para mí y para Gloria, los días se hicieron cortos. Durante ese tiempo, juntos, hicimos de todo un poco. Desde cocinar pastas, hasta nadar de noche en la playa, pasando por leer juntos un libro de Sábato, y excitándonos hasta de la nada. Terminados los tres días, Gloria volvía con Andrés y nuestras vidas siguieron su curso usual. Y lo mismo cada vez que mi amigo viajaba. A veces se iba por una o dos semanas enteras. Entonces, Gloria y yo, intentábamos acentuar nuestros pecados. Viajamos al interior en tres oportunidades. En cada sitio donde parábamos, decíamos que éramos una pareja recién casada. Las gentes de esos lugares nos creía, nos veían felices, nos felicitaban, saludaban y adulaban. Nos reíamos de todo eso y no hablábamos nunca de lo que realmente estaba sucediendo. No faltaban las pequeñas peleas por desacuerdos infatuados, pero las terminábamos con toques de dulzura y, posteriormente, con vibrante y duro sexo; cual si el mundo fuera a acabarse segundos antes de cada orgasmo a experimentar. Andar con Gloria, a cualquier lugar, era simplemente eso, la gloria. No me había equivocado al elegirla como objeto de pecado. Porque fue mi pecado más rico, más emocionante y del cual, finalmente, me terminé enamorando.
Así pasaron ocho meses y medio. No, no vayan a pensar que fui padre. Por cierto, ¿siguen leyendo el relato?, ¿quieren que lo termine de una vez?, lamento decepcionarlos, pero el fin de mi historia no lo encontrarán aquí. Prosigo. Casi nueve fueron los meses en los que fui el amante fiel de Gloria. Porque, eso sí, no andaba con más mujeres. Alejé a todas mis amigas, con tal de servirle sólo a ella. Nunca me lo pidió, la decisión fue voluntariamente mía. Quizás la tomé porque quería vivir a Gloria en plenitud, sin pensar en otros cuerpos. ¿Y cuando Andrés regresaba de sus viajes?, al principio fue un infierno saber que Gloria se debía sólo a él cuando estaba en la ciudad, pero con el pasar del tiempo lo fui asumiendo, hasta que me acostumbré. Aún cuando sabía que Gloria estaba con Andrés, seguramente teniendo noches ardientes, no me daban ganas de estar con otras mujeres. Por eso digo que fui su amante fiel. Ahora ya pueden ir juzgando. Aunque creo que ya lo han estado haciendo desde hace bastante tiempo.
¿Cuándo se cagó todo?, muy simple. Una mentira no se puede ocultar tanto tiempo. Por eso evitaba ver a Andrés, aunque él usualmente me llamaba para salir y tomar unos tragos. Me hablaba siempre de su trabajo, sin descuidar sus aires de político frustrado, su moralidad y sus buenas costumbres ¿cuántas veces vengo mencionando estas palabras?). Presumía haber sido asediado por cientos de mujeres en cada lugar al que viajaba, pero que nunca, jamás, sería capaz de serle infiel a Gloria, según él, la mujer de su vida. Salir con mi amigo, mientras sólo yo y su futura esposa sabíamos que era un cornudo, era incómodo hasta para mi cinismo. Así que no se me ocurrió mejor idea que hacer que se entere. ¿Decírselo yo mismo?, ni a palos. Tenía que volver a calcular una idea que consiga dos objetivos: el primero, desengañar a Andrés, después de todo, no se merecía tal maltrato. ¿O sí? Y segundo, tener a Gloria para mí solo, aunque, claro, en un principio hacerme el dolido, ¿me creería?
Para eso volví a requerir de la ayuda, esta vez voluntaria y consciente, de una tercera persona. Gloria tendría un "admirador secreto". El tipo que contraté era el amigo de un amigo que ni Andrés ni Gloria conocían. Un hombre pequeño, feo y sin mayores atributos mentales. Lo escogí así para evitar que, en el caso de que se enamorase de Gloria, tenga alguna oportunidad con ella. Su misión era sencilla, debía acosarla, y provocar que Andrés se entere de ello. Al principio le mandaba rosas y pequeños mensajes en forma de dedicatoria, con firma de "anónimo". Como era de esperarse, Gloria no me comentó absolutamente nada sobre el asunto, aunque, astuta como ella sola, trató de sorprenderme una vez, preguntándome si yo sería capaz de celarla a tal punto de hacerse pasar por una persona "x" para probar su, lógicamente, inexistente fidelidad. Subestimó mi capacidad para mentir.
Pasadas dos semanas, el supuesto acosador, bajo mis órdenes, sería encomendado a entregarle a Gloria un texto escrito por mí. El texto era de corte romántico, lindando con lo cursi. Había dos copias. Una de ellas, sería para Gloria, y la otra para Andrés. La idea era que Andrés pensara que Gloria tenía algo real con el tipo. Ya imaginaba su ego destrozado, imaginándose a su bella mujer, sobre las piernas de ese pigmeo de rostro accidentado. Conociendo a Andrés, sabía que sería incapaz de cometer alguna locura, producto de los celos. No sería capaz de hacerle nada al enano, mucho menos a la misma Gloria. Lo único que haría, según mis cálculos, sería tomar y emborracharse todas las noches, durante uno o dos meses, y luego seguir su exitosa vida habitual.
Gloria recibió el primer texto, a manos de propio acosador. Increíblemente, según el tipo, lo recibió y le agradeció con un beso en la mejilla, diciéndole que se sentía halagada, pero que era una mujer comprometida. Y yo que pensaba que lo mandaría a los santos demonios. En fin. Eso no alteraba mi plan principal. Esperé a que Andrés viajara una vez más. Una vez en la casa de Gloria (creo que no mencioné que no sólo fornicábamos en mi casa, sino también en la casa que compartía con Andrés), busqué el texto. Tal y como lo planeé, lo tenía guardado en uno de sus cajones personales. Lo único que hice fue tomarlo y hacerme el celoso, reclamar e insultarla. Ella lo tomó con calma. Agarró el papel y lo rompió en mis narices. Luego, me increpó por revisar sus cosas personales. Tras la pelea, me botó de su casa. Fue un pequeño sacrificio para lo que vendría.
La última función del pigmeo, fue recrear la salida de una supuesta visita sexual a la casa de Gloria y Andrés. Hice que caminara por esa calle, de modo tal que se reconocieran tanto la puerta principal de esa casa, como las demás casas aledañas. Tomé las respectivas fotografías. Andrés tendría que creerme. Posteriormente, quedaría como el héroe que trató de salvar a su amigo del horrendo peso de los cuernos.
En el mismo aeropuerto, intercepté a mi amigo. Le di las fotos del tipejo, "saliendo" de la casa que compartía con Gloria, y luego le dije que lo había agarrado a golpes, arrebatándole un texto de amor, que no era otra cosa que la copia del mismo texto que Gloria había recibido, y roto en mis narices. Andrés se horrorizó, no tanto de la evidente infidelidad, sino de la horripilante figura del supuesto "amante". El texto no lo leyó delante de mí, prefirió guardarlo y leerlo solo, en el hotel donde se hospedaría, puesto que había decidido no ir a su casa, para evitar todo contacto con Gloria. Me abrazó y me agradeció el favor que le hice al "abrirle los ojos". Tomó un taxi y partió rumbo a su hotel. Yo decidí buscar un restaurante en el aeropuerto y tomarme un café, mientras oía a los aviones llegar y levantar vuelo. Señal de un triunfo inminente. Pronto, muy pronto, Gloria sería mi mujer, sólo mía y de nadie más.
Tal y como yo lo había intuido, y planeado, Andrés no se aguantó y llamó a Gloria, absolutamente indignado y con todas las ganas de terminar su relación, insisto, más por ego que por otras cuestiones. Además, le sacó en cara el texto amoroso que el horripilante amador le habría escrito a la infiel mujer. Gloria no tuvo otra opción que confesar. Admitió que recibió el texto por amabilidad, pero agregó que lo rompió. Que no sabía de dónde había salido ese admirador, y que no entendía cómo podía tener el texto en sus manos, si es que ya estaba hecho pedazos en el basural de la ciudad. Eso generó una sensación aún más grande de que Gloria, en realidad, engañaba a Andrés, y es que así fue. A fin de cuentas, ella lo engañaba, no con ese monstruo retaco, sino conmigo, un amigo en el que Andrés confiaba ciegamente.
En conclusión: Andrés estaba furioso y además indignado por la serie de mentiras que notaba, ahora, de su otrora e impecable amada. Odió a Gloria con todas sus fuerzas y juró venganza. ¿Cómo sé todo esto?, porque me llamó segundos después de su acalorada discusión. Le dije que se calmara, que ya encontraría otra, y que esa tonta no sabe de lo que se pierde. Gloria no me llamó nunca más.
Fue a los dos días, cuando la llamé, esperando a que las aguas se hayan calmado, cuando me di cuenta de que algo malo estaba sucediendo. Algo malo y fuera de lo planeado. Andrés volvió a viajar por trabajo, o al menos eso creí en ese momento, por lo que decidí buscar a Gloria. Conociendo lo lista que era, seguramente ya habría concluido que fui yo el que, una vez más, planeó todo a mi favor. Esperaba una reacción coherente con lo que me dijo esa noche en mi casa. Quería que sepa que mi último gran sacrificio, fue el de perder a mi mejor amigo con tal de tenerla sólo para mí. Quería hacerle el amor para celebrar ese suceso. Ya me la imaginaba, gozosa y caliente, riéndose de por fin haberse desecho de ese gran estorbo con el que pensaba casarse y formar una farsante familia.
Toqué su timbre y puerta unas treinta veces cada una, pero no respondía. Me di cuenta que su puerta no estaba asegurada, así que forcejeé lo necesario para entrar. Estaba desesperado, desesperado por ver su reacción ante tal actitud mía. Quizás la excite hasta el forcejeo, pensé. Una vez adentro, me quité la camisa y la busqué en su habitación. Mi excitación cambió a horror de un momento a otro.
Ya no era Gloria, sino partes de Gloria, repartidas por todo el lugar. Su pierna derecha estaba sobre el televisor, su pierna izquierda estaba al costado de la cama. Sus brazos, cruzados, haciendo una "x", sobre su mesa de noche. Su torso, portador de sus hermosos senos, y el resto de su tórax, estaban de espaldas sobre la cama, tapados con una sábana que en algún momento habría sido blanca testigo de nuestro más apasionante sexo, y que ahora lucía una roja y espesa apariencia, la roja y espesa apariencia de la muerte.
La cabeza de Gloria estaba sobre la almohada. Fue lo primero que vi. Hasta le sonreí, pensando que lo demás era una cruel broma de su parte. Su rostro estaba golpeado y lívido. Y su boca tenía algunas gotas de semen. Así de horrible como lo escribo, así de horrible lo viví, y la verdad siento que estoy quedando corto en comparación al suceso que estoy narrando. No sé si entiendan que en este momento sigo experimentando un estado de shock, que más bien, lejos de generar en mí alguna otra sensación de desaparecer, ha creado la lucidez necesaria para contarles esta historia. Diré, por segunda vez, que pueden juzgarme ahora. Pensar de mí lo que ustedes quieran. Sobre todo de lo idiota que soy. Sí, soy un idiota. A que no saben qué es lo que le falta a este relato. ¿Lo adivinan?
Sí, soy un perfecto idiota. Por si no lo recuerdan, se los diré: yo instruí a Andrés, ¿ya recordaron?, en cierto modo, Andrés fue mi alumno. Y en un determinado momento, le enseñé a escribir prosa y algo de poesía. Alguna vez, Andrés, mi amigo y alumno, con aires de político frustrado y una extraña fascinación por la moralidad y las buenas costumbres, leyó mis textos, los memorizó, e intentó escribir como yo. El texto que le escribí a Gloria era muy similar a aquellos textos que le enseñaba a Andrés, para que así aprenda a escribir prosa romántica - "Con esto conquistarás muchas chicas, Andrés", le decía. Nunca pensé que ese aprendizaje serviría para acabar con mi propia vida.
La llamada que recibí hace unos minutos fue de Andrés. Me dijo, muy tranquilo, que él había asesinado a Gloria, y que ya sabía dónde estaba hospedado. Que venía por mí. ¿Y yo?, no pienso seguir escapando. Siento que este castigo, que está por caer encima de mí, es el más justo, considerando que yo cambié, muy consciente de ello, todos los castigos que me tocaran por el premio de tener a Gloria. Y la tuve tantas veces como quise, mas no las suficientes. Si de algo he de quejarme, es que Andrés me le quitó muy rápido y para siempre, pero no tengo nada más que reclamar.
En estos momentos ya debería estar muerto. Seguro sabrán de mí en las noticias de mañana o pasado mañana. Pero quiero que sepan, no me arrepiento de nada, en lo absoluto. Es más, hay algo que no les dije. Lo más interesante de haber pecado, junto a Gloria, es que, al haber cometido ambos los mismos pecados, quizás vayamos al mismo lugar. Así que, ya en el infierno, me la volveré a encontrar, y haré de todo para tenerla nuevamente, ya lejos de Andrés, lejos de la moralidad y las buenas costumbres, lejos de los deseos prohibidos, lejos de esta sociedad tan inexpugnable y cínica. No hay plan perfecto ni cuerpo que lo resista, por más que el cuerpo sea tan perfecto como el de Gloria - perdonen esta última reflexión, es que sigo excitado, pensando en ella.
Finalmente, suena la puerta de mi habitación de hotel.
Ahora es el momento, júzguenme, pero, por favor, déjenme desaparecer.
martes, 30 de agosto de 2011
Jacobo, Reina y San Lucas
Cuando Jacobo iba por las calles, tratando de pensar en qué hacer con su vida, nunca imaginó que en uno de esos recorridos conocería a Reina, la reina del barrio de San Lucas. A diez casas de la suya, vivía ella, tan linda y candente como sus diecisiete años lo permitían. Una de esas tardes, el arquerito de los 'Diablos Rojos de San Lucas', tomó el primer camino hacia la canchita para jugar. Ya era tarde, llegaría impuntualmente, como de costumbre, entonces empezó a correr cabizbajo, hasta que se tropezó y se dio tres vueltas en el suelo mojado por la insistente llovizna. Jacobo escuchó unas risas provenientes de la vereda del frente. Cuando, enfadado y avergonzado, trató de ubicar a los propietarios de esas risas, divisó la sonrisa de Reina entre seis más, amigos y amigas, que la acompañaban en la puerta de su casa. El enfado se terminó y sólo quedó la vergüenza. Reina era bella, claro que sí, y su sonrisa iluminaba incluso las calles más oscuras de la barriada. Jacobo siguió su camino pensando en esa sonrisa que había dado un toque de luz a su alma oscura y dubitativa. Esa misma tarde, tuvo una actuación deportivamente horrenda.
Sus compañeros de equipo no se explicaban el porqué de sus fallas bajo los tres palos del arco que defendía. Los 'Diablos' perdieron cinco a tres contra el 'América de San Carlos', y de esos cinco goles, cuatro fueron a causa de su inusual desconcentración, porque, hay que decirlo, lo único que sabía hacer bien, el buen Jacobo, era tapar todo tipo de remates, gracias a su infinita elasticidad y un instinto que el profe Cuadros no había visto nunca antes en el barrio. Pero esa tarde le tocaría puteo.
Al ser nuevo en el barrio, Jacobo Pérez no tenía amigos. Sus compañeros de equipo apenas e intercambiaban palabras con él, siempre en la cancha de fútbol. Muchos de ellos vivían en el mismo barrio, San Lucas, pero pocos tenían la valentía de acercarse un poco más a tan huraño y tímido personaje. Es más, para ser recluído en el principal equipo del barrio, Jacobo tuvo que recibir los empujones de su madre, doña Fina, quien confiaba en él, más que él mismo. Fue ella quien lo impulsó a probarse en aquella convocatoria y fue por ella, finalmente, que el profe Cuadros descubrió su potencial y ahora lo tenía en el primer equipo, disputando el torneo Inter-barrios. A pesar de nunca decirlo, Jacobo estaba agredicido con su madre, aunque profundamente envuelto en sus propias ideas locas. Él quería ser doctor. Sí, doctor, médico, un salvador de vidas por excelencia. A sus diecinueve años, sabía que era el momento de elegir entre lo que más añoraba ser y lo único para lo que servía: el fútbol.
A Jacobo Pérez no le gustaba jugar. Lo hacía porque no sabía hacer otra cosa, y fue así desde siempre. De modo que no estaba en sus planes hacerse futbolista profesional ni mucho menos, sino más bien juntar algo de plata para irse a Lima a seguir la cara carrera de Medicina. Por mientras, los hinchas de San Lucas gritaban y festejaban sus atajadas. Sin saberlo, se había vuelto pieza indispensable del equipo.
Jacobo ya se había enamorado antes y los efectos fueron similares, bajas notas cuando estuvo en el colegio y desconcentración en las canchas. Pero haberse enamorado meramente de una sonrisa, era algo que lo desconcertaba aún más. Él tenía que hablarle, tenía que conocerla - "sólo así ..." - pensaba - "... me decepcionaré de ella y me la podré sacar de la cabeza". El buen arquero pensaba que, como sucedió algunas otras veces, conociendo a aquella muchachita, se daría con la sorpresa de que sólo le gustaba su sonrisa. Quizás, sólo quizás, encontraría rápidamente sus defectos más saltantes. Tal vez una enorme y tosca nariz, tal vez un par de ojos chuecos, o tal vez, una turgente chiquilla que, como tantas otras, se creía rica. Fue así que decidió luchar contra su propia timidez y salió en busca, esa misma tarde, de la chica que lo había desconcentrado en su casi impenetrable hábitat: el arco.
Llegó a su casa por un camino alterno, como dándole tregua a sus naturales temores. Se bañó y salió a la calle, diciéndole a su madre que iría a una cabina de Internet - "¡¿Internet!?" - se preguntó doña Fina, riéndose sabiamente, con la certeza de que su hijo había salido por otros menesteres. No le puso traba alguna y Jacobo salió sin inconvenientes. Ya en su calle, se acercó al lugar donde horas antes se había tropezado. Calculó el lugar de donde se oyeron las risas, finalmente, dio con la casa donde vio la sonrisa de Reina, pero no había nadie. Esperó diez, veinte, treinta minutos, pero no Reina no salía. Jacobo empezaba a desesperarse, al menos quería saber su nombre, pero la oportunidad no llegaba. Entonces sucedió algo inesperado. Un hombre de, aproximadamente, cuarenta años, llegó en un auto con letrero de "Taxi", y se estacionó justo al borde de aquella casa. El hombre bajó del vehículo y trató de reconocer a quien estaba al frente de su domicilio. Jacobo se asustó un poco, pero permaneció quieto. El hombre se acercó y le preguntó - "¿sí?, ¿a quién buscas?" - Jacobo no respondió y siguió quieto, el hombre insistió - "¿a quién buscas?" - mientras se iba acercando al joven. Entonces lo reconoció - "¿Pérez, no?" - Jacobo se sorprendió, ¿cómo lo conocía?, no tenía idea, hasta que escuchó la explicación - "chiquillo, tapas de puta madre, pero me han contado que hoy la cagaste un poco, no te preocupes, yo también fui arquero cuando tenía tu edad, sé que ese puesto es el más difícil, un delantero se puede equivocar, un volante también, hasta un defensa, pero un arquero nunca, así es el fútbol, pero sigue así, sólo ha sido una tarde de mierda, sigue así Pérez" - Jacobo comprendió todo, y no tuvo mejor idea que complementar lo dicho por el taxista, a manera de respuesta - "sí, señor, fue una tarde de mierda, discúlpeme".
Aquel hombre sonrió amablemente y, tras darle una palmada en la espalda y desearle suerte, se acercó a la puerta donde Jacobo había visto a la sonrisa más bella de su vida. Por la ventana del segundo piso, una cabeza con cabello crespo y largo, salió gritando: "¡hola pa'!" - sí, era ella, era Reina. La quietud de Jacobo se volvió petrificación. Reina lo miraba mientras su padre, aquel taxista hincha de los 'Diablos Rojos de San Lucas', entraba cansado a su hogar.
La historia de Reina y Jacobo se empezó a escribir en aquella tarde que de a pocos se hacía noche. Ella metió la cabeza por su ventana y la cerró con fuerza, estaba avergonzada, puesto que pensaba que Jacobo se había acercado a su casa para recriminarle las burlas ocasionadas por su aparatosa caída. Dentro de su hogar, Reina se encontró en una encrucijada, ¿salir o no salir?, ¿disculparse o dejarlo así?, no aguantó su dilema y se lo contó a su padre, quien estaba por empezar a cenar. Él le contó que Jacobo era el principal arquero del equipo del barrio y le aconsejó que lo mejor que podía hacer era disculparse por tamaña malcriadez. Entonces abrió la puerta de su casa, salió sacando medio cuerpo, y vio que Jacobo se estaba yendo por donde vino - "¡espera, arquero!" - gritó Reina. Jacobó volvió su mirada y escuchó embelesado - "disculpa por lo de hace un rato, es que tu caída dio mucha risa, sorry, no pasará de nuevo, ¿discúlpame, sí? " - ¡cómo no disculpar a una chiquilla tan agridulce, a esa perfecta amalgama entre inocencia y sensualidad, a esa niña que, por un instante, hizo olvidar a Jacobo sus problemas existenciales y lo hizo comerse cuatro goles!, aún así, el joven sólo tuvo entereza para asentir con la cabeza, mientras que Reina soltó nuevamente esa sonrisa tan lumínica, culminando su vindicación con un: "tapa bien, ya?, ¡nos vemos!" que removió aún más la imaginación del portero.
Jacobo no sabía ni su nombre, pero sabía que pensaría en ella lo que quedaba de ese día, más el día siguiente, más, quizás, los próximos diez años de su vida. Llegó a su casa y se dirigía a su habitación para descansar, entonces doña Fina le preguntó: "¿qué tal el Internet?" - él respondió - "mamá no me digas nada, hoy tuve un día de ..."
- "¿qué dijiste, hijo?, ¿un día de qué?"
- "No mamá, nada, hoy tuve un muy buen día. Hasta mañana"
Al día siguiente, Jacobo fue temprano a su entrenamiento y volvió a ser el mismo gran arquero de siempre. Sin premeditarlo, había conseguido, de la misma fuente, algo mejor que la desconcentración: la inspiración.
( Segundo extracto de "Hijos del Consuelo")
( Segundo extracto de "Hijos del Consuelo")
lunes, 1 de agosto de 2011
Todos los globos van al mar
Un globo se suspendía en el frío viento de Julio. Lima lucía sombría, como en cada tarde, como en cada día, pero ver un objeto tan llamativo y colorido, la hizo linda aquella vez. Sin embargo, la alegría de ese pedazo de cielo gris, contrastaba con el llanto inconsolable de una bella niña. Lo había perdido, se le había escapado. Ahora iba hacia destino incierto, siendo lo único cierto que dicha ligera hermosura aérea no volvería a estar entre sus brazos.
El globo, que era morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, se fue alejando de la mirada infantil de Diana, y con él volaban muchas ilusiones, dejando a su paso las fantasías de un lindo fin de semana en Santa María, quizás el único lugar cercano a Lima donde aún se podía ver el sol en esas fechas. Sus padres le prometieron un globo nuevo, pero Diana quería ese, sí, ese, el que iba volando hacia destino incierto. Al ver el comportamiento de su hija, trataron de convencerla una y otra vez, pero fue inútil, aunque nada cambiaría los planes del ansiado fin de semana cerca del mar. Quizás, y con suerte, Diana también disfrutaría del sol.
El globo se fue perdiendo junto con ese viernes de Julio, había llegado el sábado y las lágrimas secas de Diana cuartearon levemente su rostro y provocaron un chispazo de dolor que la despertó. Nuevamente empezó a llorar. Sea sábado, domingo o lunes, sea en la frialdad del centro o en las playas más soleadas, aquel globo morado jamás volvería. Sus padres, quienes naturalmente ya habían olvidado el asunto que a su hija tanto consternaba, arreglaron las cosas que faltaban, tomaron a Diana y a su hermanito, subieron al auto y emprendieron viaje hacia el sur.
Durante el camino, Diana no dejaba de mirar hacia el cielo. No estaba el globo, no estaban las ilusiones, pero Santa María estaba cada vez más cerca. Al llegar, la familia entera, excepto el corazón de Diana, se puso en disposición para disfrutar de un leve sol.
Había llegado la tarde y sucedió algo inesperado: Diana había visto un niño de su edad, que llevaba en su mano derecha una delgada pita atada a un globo idéntico al que ella había perdido un día antes.
- "¡Es ese!" - gritó Diana, desbordando más alegría y emoción que el mismo sol - "¡Es mi globo!" - gritó nuevamente y, acto seguido, bajó de la cama playera y corrió velozmente para alcanzar al niño. Sus padres intentaron detenerla con gritos, pero eso no pudo detener su paso, mientras el niño se iba alejando, junto al globo, del lugar donde estaban situados. Lógicamente, pensaron que aquel globo era simplemente igual al de Diana, mas no era el mismo, pero, al ver que su hija no se detenía en su intento de alcanzar al niño, el padre comenzó a seguirla.
Por más rápido que Diana corriera, el niño se alejaba más y más, hasta que, finalmente, desapareció entre la gente. Ahora lloriquiando, la acongojada niña se detuvo sin encontrarle explicación a su difícil momento. Su padre la alcanzó y le explicó - "Hija, ese no es tu globo, hay muchos globos como el que perdiste ayer, pero no puede ser el mismo" - Diana lo miró furibunda - "¡No, papá, ese es mi globo, estoy segura!" - le contestó, y luego regresó con su madre y su hermano, a paso cargado de rabia. La tarde iba terminando para dar lugar a una noche fría, una noche más de llanto para Diana.
Al día siguiente, Diana volvió a despertar gracias al dolor provocado por sus lágrimas secas, pero con la clara consigna de encontrar por su propia cuenta al niño que se había apoderado de su preciado tesoro. Salieron de la casa de playa, tomaron sombrillas, toallas y camas plásticas, y nuevamente se situaron frente al mar. El sol de aquel día era más fuerte que el del anterior, al igual que la voluntad de Diana.
Mientras sus padres y hermano se bañaban, ella prefería quedarse en su cama plástica, a ver si aquel niño se volvía a asomar por los alrededores. Diana se había convertido en una centinela de sus propios deseos y su perseverancia comenzó a dar sus primeros frutos. A lo lejos divisó al niño, nuevamente junto al globo, jugando poco antes de la orilla. No lo pensó dos veces y corrió hacia él. Sin embargo, algo raro sucedía. Diana corría sin parar, pero divisaba la misma figura como si estuviese en la distancia inicial. No podía acercase al niño. La desesperación se apoderó de ella y corrió con tanta fuerza, que no tardó en tropezarse con un montículo de arena, para luego caer aparatosamente. Al levantar la mirada, veía al niño desvanecerse una vez más, junto al globo que Diana tanto amaba y extrañaba. Pero no se daría por vencida.
Como si se tratase de su último esfuerzo por preservar su propia existencia, Diana emprendió una nueva carrera hacia el niño y su globo morado, esta vez sí podía verlo más de cerca. El niño se detuvo y, al verla, empezó a huir con el tesoro - "!No, espérame!" - gritó Diana, pero el niño no dejaba de correr. De pronto desapareció de su vista, pero en su lugar apareció una cabaña solitaria; sí, sin darse cuenta, Diana se había alejado de todo y de todos, y estaba justo ahí, sola, frente a aquella cabaña - "Es su casa" - pensó, y se acercó para tocar la puerta.
No parecía haber nadie en aquel lugar. La cabaña estaba visiblemente descuidada, su fachada cubierta por telas de araña y musgo por todos lados. Aún así, Diana, sabiendo que era su única chance de recuperar su anhelado globo, comenzó a tocar la puerta, primero débil y luego cada vez más fuerte, hasta que la puerta se abrió, dando lugar a algo que la niña jamás olvidaría.
Entró a la cabaña y los vio, un sinfín de globos, de todos los tamaños y colores, pegados al techo del recinto. Eran tantos que casi podían tocar el suelo. Era prácticamente un cabaña llena de globos, un paraíso para la imaginativa mente de Diana, quien empezó a llorar, pero esta vez de emoción y júbilo. De inmediato empezó a pensar en acomodar por algún rincón su cama y vivir en aquella cabaña, atiborrada de tesoros, para siempre, pero nuevamente sucedió algo extraño. Empezó uno. Luego el segundo, el tercero y seguidamente todos los demás. Casi al unísono, todos los globos se iban reventando como si alguien los estuviera pinchando con una aguja. Diana no lo podía creer, pero ninguna palabra salió de su boca en ese instante. Finalmente, quedó un globo, era el suyo, era aquel globo morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, que había perdido dos días antes. Lo había encontrado y la alegría había vuelto a su mirada, pero duró poco, el globo, el tesoro, también reventó, sin dejar rastro alguno. Diana intentó aclarar sus ojos con sus pequeñas manos, para ver si despertaba de un sueño, o si lo que estaba viviendo era una realidad.
Al regresar la mirada, una anciana de vestido gris estaba frente a ella, sentada sobre un sillón que hacía unos minutos no existía, y tomando un café que hacía unos segundos no emanaba olor alguno. Al lado izquierdo de la anciana, sobre una mesa, había un cuadro con el rostro de un niño y, junto a aquel cuadro, otro cuadro con la imagen de un bote pesquero, con unas fechas conmemorativas. Inmediatamente, Diana preguntó - "Señora, ¿quién es usted?" - La anciana sonrió amablemente y le contestó - "Hijita, esta es mi casa, ¿quién eres tú?"
- "Buscaba mi globo, señora, estaba aquí pero se reventó, junto con todos los demás globos, ¡eran miles!, ¿todos eran suyos?, ¿por qué los reventó?"
- "¿Globos?, ¡ah, sí!, no fui yo, hijita" - dijo la anciana, siempre sonriendo amablemente, mirando al techo - "seguramente fue él"
- "¿Él?, ¿quién?"
La anciana sonrió aún con más amabilidad, cerró los ojos y luego los abrió para mirar fijamente a Diana, entonces le dijo: "No puedo decirte quién es, pero sí puedo decirte otra cosa" - "¿Qué cosa?", preguntó la niña - "Hay personas que se van y no regresan, se quedan en un sólo lugar, dime, si tú te fueras a algún lugar para no regresar, ¿a dónde te irías?" - Diana pensó la respuesta por unos segundos, y luego dijo con firmeza - "Elegiría vivir para siempre en su cabaña llena de globos, señora" - La anciana tomó la respuesta de la niña con mucho placer, y empezó a reírse mientras una lágrima rodaba por su mejilla - "¡Eso era justo lo que quería escuchar!" - "¿Y eso a qué viene, señora?" - preguntó Diana. La anciana tomó el último sorbo de su aromático café y finalmente dijo:
"Todos los niños van al cielo, pero no olvides, hijita, que todos los globos van al mar. Estoy segura que nos volveremos a ver aquí mismo, en mi cabaña, algún día, cuando podamos tomar este mismo café".
Entonces Diana comenzó a verlo todo borroso, la imagen de la anciana se confundía con el resto de las cosas que veía, el sillón, el café, los cuadros, todo, finalmente se desmayó. Al despertar, estaba recostada en su cama, junto a sus padres; ellos la habían buscado por toda la playa, pero no la encontraron sino hasta escuchar los desesperados y lejanos gritos de un niño que decía: "¡Acá está!, ¡acá está!, ¡la niña del globo, acá está!" - La policía y los desesperados padres corrieron hacia el lugar de donde provenían los gritos, pero sólo encontraron a Diana, tirada en la orilla, sujetando fuertemente una pita atada a un globo morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, que había partido hacia destino incierto, pero que había vuelto a su dueña.
Nunca supieron quién era aquel niño de los gritos.
Para mi gran amiga, Giuliana,
y para la niña desconocida que, al perder su globo esa tarde, inspiró este cuento.
y para la niña desconocida que, al perder su globo esa tarde, inspiró este cuento.
domingo, 19 de junio de 2011
Sacrificio incomprendido
Abelardo amaba a Gabriela. Lo supo desde que la conoció. Fue un amor sincero, de los que se dan al instante, sin nisiquiera tenerla que conocer a fondo, como muchos recomiendan. Él la amo desde que vio su sonrisa en la primera clase de la universidad. Después se hicieron inseparables amigos. Toda la clase suponía que existía algo más que esa simple amistad que supieron cosechar tan rápido. Es que se llevaban tan bien. Sin embargo, para lamento de la mayoría, ellos siempre negaban todo entre risas. Claro, había personas en sus vidas a las que ambos les habían prometido fidelidad.
Abelardo estaba con Briana y Gabriela con Rodrigo. Abelardo y Briana tenían un año juntos, Gabriela y Rodrigo, tres. Poco tiempo después, Abelardo se separó de Briana, dejando en su corazón una increible soledad que sabía disimular con su eterna actitud optimista. Gabriela no tenía esa virtud. Cuando peleaba con Rodrigo toda la clase se enteraba. La veían con los ojos rojos en el fondo del salón. Abelardo se acercaba y la abrazaba. Él la amaba. Ella le agradecía su incondicional amistad y escuchaba sus consejos, muchos de ellos sugeriendo que termine de una vez por todas esa relación que ya se había desgastado con el pasar del tiempo, como él lo había hecho con Briana.
Gabriela asentía con la cabeza y prometía que iba a terminar con Rodrigo. El tiempo seguía pasando, pero ella no podía separarse de él, "lazos fuertes", solía llamar a la justificación que le impedía tamaña e importante decisión. Abelardo no se molestaba, él era su amigo antes que cualquier cosa, y su apoyo no iba a variar por simples desacuerdos.
Un año más había pasado. Abelardo seguía solo pero no era infeliz. Ver a Gabriela siempre le alegraba el día. Pero llegó la hora de trabajar. Entonces se veían menos. Gabriela dejó de ir a clases. Abelardo iba cada vez menos. Ambos tenían muchas obligaciones. Ya eran grandes, tenían que ayudar a sus hogares.
Abelardo y Gabriela dejaron de verse mucho tiempo. Abelardo la extrañaba, pero no la llamaba, ni la buscaba, porque sabía que estaba ocupada en su trabajo y que el poco tiempo disponible lo utilizaba para ver a Rodrigo, con quien nunca dejaba de discutir, terminar, regresar, discutir, reconciliar, terminar. Abelardo respetaba la vida de Gabriela y Gabriela, como siempre fue, priorizó a Rodrigo sobre todo a excepción de su trabajo. Claro, el amor no paga.
Finalmente, Abelardo volvió a ver a Gabriela. Él se había dado un tiempo de descanso. Renunció a su trabajo y a los estudios para dedicarse a proyectos personales no tan lucrativos, pero que lo hacían aún más feliz. Ella seguía trabajando y faltando a la universidad, seguía con Rodrigo, pero su reencuentro con Abelardo la tomó en una de sus tantas separaciones.
Abelardo sabía que Gabriela no lo amaba. Que no veía en él al hombre que pudiera hacer que se separe de Rodrigo. Abelardo tampoco veía en Gabriela a la mujer que lo haría feliz el resto de su vida. La amaba, pero sabía que no funcionaría. Sin embargo, Gabriela admiraba mucho a Abelardo y lo consideraba una persona con infinitas virtudes y talentos. Incluso una vez le dijo que se sentiría honrada si alguien como él le declarara su amor. Abelardo no olvidó esa noche en el malecón. Tenía guardada esa frase, en un cajón dorado, dentro de su inmaculado y sórdido corazón.
Abelardo invitó a Gabriela a una reunión. Ella aceptó. Él se propuso hacerla feliz esa noche. Ya no le diría que termine definitivamente con Rodrigo. Haría, más bien, algo que él consideraba más efectivo. Saliendo de la reunión, Abelardo llevó a Gabriela hacia una calle solitaria, tomó su mano y le dijo que la amaba, que siempre la amó, y que le gustaría que fuera su novia para hacerla feliz, como ella se merece.
Gabriela se mostró sorprendida. No imaginaba que sucedería algo así. Pero la respuesta, obvia y lamentablemente, fue negativa. Ella decía amar a Rodrigo, decía que era el hombre de su vida y luego insertó a la conversación un texto mancillado que quizás, estimado lector, usted ya conozca: "¿quién sabe?, quizás más adelante".
Abelardo fingió sentirse como cualquier hombre rechazado. Su teatro dio resultado. Gabriela trató de consolar a su amigo, diciéndole que nada iba a cambiar entre ellos por lo que acababa de suceder. Abelardo sabía que eso era mentira, pero también sabía de antemano la respuesta de Gabriela. Él había intentado despertarla de un letargo, había intentado demostrarle, con hechos y no sólo con palabras, que existen más personas en el mundo con muchas ganas de llevarla a la felicidad.
Abelardo sacrificó su propia amistad por el bien de su amiga, ¿irónico?, quizás sí, quizás no. Para él fue sencillo. Él la amaba y quería que fuera feliz.
Hoy, Abelardo y Gabriela, no se hablan y han perdido todo contacto.
Él sigue solo y ella sigue con Rodrigo.
lunes, 28 de febrero de 2011
Kevin y el mar
Había tratado de calmarse después del entrenamiento de la tarde. El profe Jacinto le aconsejó: "tranquilo, hijo, esto es así, a veces estás arriba, otras abajo, tienes que aceptarlo, esto es fútbol; ándate a lavar la cara y mañana vienes con pilas, ¿ok?" - Kevin lo miró con cara de resentido, siempre fue su especialidad. Le había resultado en el colegio, con el profe Chirinos. Tremendo tonto, siempre le aceptaba sus engreimientos. Ahora, con Jacinto, era distinto. El profe sí era exigente y no iba a aguantar pulgas.
- "Profe, ¿ayer no recibió alguna llamada para mí?"
- "Claro, la de Totoras, te lo dije temprano, ¿por qué me lo vuelves a preguntar?"
- "Profe, están preguntando por mí, me quieren jalar a otro equipo."
- "¿Y?"
- "Nada profe, sólo que tengo que jugar pues, sino cómo me van a ver"
Un silenció se apoderó de Jacinto durante un par de minutos. Kevin no decía nada, permanecía quieto, creyendo que su nombre volvería a aparecer en la lista de titulares para el partido del fin de semana. Era sólo cuestión de tiempo, pensaba. Tenía que esperar, pero esperó en vano. Jacinto tomó la pelota y la pateó con toda su fuerza hacia uno de los arcos de la canchita. La pelota no entró, se fue apenas afuera. Entonces dijo:
- "¿Jiménez, fue gol?"
- "No, profe, pero pasó cerquita"
- "Pero, ¿fue gol o no?"
- "No, profe, ¿por qué la pregunta?"
- "La carrera de un futbolista es igual que esa pelota. O bien puede entrar al arco y hacerla, o bien puede pasar cerca y no hacerla. Y al igual que la pelota, cuando no logras tu objetivo le das la chance al rival para que sí lo haga. ¿Sabes qué es lo peor?, que hay gente que te va a celebrar el "casi gol", entonces puedes elegir entre quedarte con tus "casis" o lograr cosas importantes. A mí no me interesa que tú seas el jugador más telentoso del equipo, a mí me interesa que juegues bien y hagas lo que tengas que hacer, nada más. Espero que lo tomes de la mejor manera. Tienes hasta mañana en la mañana para sentar a Pacheco. Ahora vete a tu casa y piensa".
- "Ya, profe".
Lo que no sabía el profe Jacinto, es que Kevin no quería ir a su casa. Lo esperaba el olor a licor y a cigarro. El olor a vómito de varios días. El perro que no comía. El llanto de Carlitos, Juanito y Gustavito. Las amenazas de suicidio de su madre. El puño derecho de su padre. Kevin ya no quería volver. Sabía que la única solución era que llegara ese ansiado día en el que cumpliría 18 años. Para sacar su DNI, firmar por cualquier club que le pagara un sueldo y luego irse sin posibilidad de retorno.
Ahora estaba frente al mar. Un barranco habitaba bajo sus pies el sofocante vacío de un verano que ya se iba. La decisión era suya, ¿y si la muerte fuera mejor que una vida llena de sacrificios?, no lo podría saber. Se sentía como su madre. Eso le daba lástima y a la vez lo ponía furioso. De inmediato recordó lo que le decía aquel profesor de educación física en primer grado: "anda siempre hacia adelante, los goles se hacen arriba, no abajo". El fútbol le daba fuerza. Por eso no lo dejaba. No podía hacer otra cosa mejor. Era un burro en matemáticas y apenas podía escribir un párrafo completo en sus clases de Lengua. Acabó el colegio porque jugaba bien al fútbol. Kevin pensaba entonces que así sería la vida. Quizás se equivocaba, quizás no.
(Ya Kevin, mañana hay entrenamiento, hay que sentar a Pacheco, ¿quién chucha es Pacheco?, tú eres mil veces mejor que ese mongolito. ¡Vamos, carajo!)
Kevin iba a su casa a paso lento, cuando escuchó la voz de un joven que lo llamaba a lo lejos:
- ¡¡¡Jiménez!!!
- ¡¿Qué fue?! - Respondió Kevin, aún sin identificar al que lo llamaba. La figura lejana y difusa se fue haciendo cada vez más nítida. Aquel muchacho le dijo: "Hoy te quedas en mi jato, Jiménez, mi viejita me dijo que sí, pero suave nomás que la vez pasada me hiciste quedar despierto hasta muy tarde, recuerda que tenemos que entrenar mañana; aunque podemos jugar Nintendo un ratito" - Kevin respiró hondo. Miró hacia el cielo y luego regaló una sonrisa repleta de comprensión. Finalmente, antes de partir junto a su gran amigo, Kevin le dijo:
- "Gracias, Pacheco, muchas gracias" - El sol se ocultaba tras el mar y el mar, brillante, los vio marchar.
(Extracto de "Hijos del Consuelo")
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