martes, 30 de agosto de 2011

Jacobo, Reina y San Lucas

Cuando Jacobo iba por las calles, tratando de pensar en qué hacer con su vida, nunca imaginó que en uno de esos recorridos conocería a Reina, la reina del barrio de San Lucas. A diez casas de la suya, vivía ella, tan linda y candente como sus diecisiete años lo permitían. Una de esas tardes, el arquerito de los 'Diablos Rojos de San Lucas', tomó el primer camino hacia la canchita para jugar. Ya era tarde, llegaría impuntualmente, como de costumbre, entonces empezó a correr cabizbajo, hasta que se tropezó y se dio tres vueltas en el suelo mojado por la insistente llovizna. Jacobo escuchó unas risas provenientes de la vereda del frente. Cuando, enfadado y avergonzado, trató de ubicar a los propietarios de esas risas, divisó la sonrisa de Reina entre seis más, amigos y amigas, que la acompañaban en la puerta de su casa. El enfado se terminó y sólo quedó la vergüenza. Reina era bella, claro que sí, y su sonrisa iluminaba incluso las calles más oscuras de la barriada. Jacobo siguió su camino pensando en esa sonrisa que había dado un toque de luz a su alma oscura y dubitativa. Esa misma tarde, tuvo una actuación deportivamente horrenda.

Sus compañeros de equipo no se explicaban el porqué de sus fallas bajo los tres palos del arco que defendía. Los 'Diablos' perdieron cinco a tres contra el 'América de San Carlos', y de esos cinco goles, cuatro fueron a causa de su inusual desconcentración, porque, hay que decirlo, lo único que sabía hacer bien, el buen Jacobo, era tapar todo tipo de remates, gracias a su infinita elasticidad y un instinto que el profe Cuadros no había visto nunca antes en el barrio. Pero esa tarde le tocaría puteo.

Al ser nuevo en el barrio, Jacobo Pérez no tenía amigos. Sus compañeros de equipo apenas e intercambiaban palabras con él, siempre en la cancha de fútbol. Muchos de ellos vivían en el mismo barrio, San Lucas, pero pocos tenían la valentía de acercarse un poco más a tan huraño y tímido personaje. Es más, para ser recluído en el principal equipo del barrio, Jacobo tuvo que recibir los empujones de su madre, doña Fina, quien confiaba en él, más que él mismo. Fue ella quien lo impulsó a probarse en aquella convocatoria y fue por ella, finalmente, que el profe Cuadros descubrió su potencial y ahora lo tenía en el primer equipo, disputando el torneo Inter-barrios. A pesar de nunca decirlo, Jacobo estaba agredicido con su madre, aunque profundamente envuelto en sus propias ideas locas. Él quería ser doctor. Sí, doctor, médico, un salvador de vidas por excelencia. A sus diecinueve años, sabía que era el momento de elegir entre lo que más añoraba ser y lo único para lo que servía: el fútbol.

A Jacobo Pérez no le gustaba jugar. Lo hacía porque no sabía hacer otra cosa, y fue así desde siempre. De modo que no estaba en sus planes hacerse futbolista profesional ni mucho menos, sino más bien juntar algo de plata para irse a Lima a seguir la cara carrera de Medicina. Por mientras, los hinchas de San Lucas gritaban y festejaban sus atajadas. Sin saberlo, se había vuelto pieza indispensable del equipo.

Jacobo ya se había enamorado antes y los efectos fueron similares, bajas notas cuando estuvo en el colegio y desconcentración en las canchas. Pero haberse enamorado meramente de una sonrisa, era algo que lo desconcertaba aún más. Él tenía que hablarle, tenía que conocerla - "sólo así ..." - pensaba - "... me decepcionaré de ella y me la podré sacar de la cabeza". El buen arquero pensaba que, como sucedió algunas otras veces, conociendo a aquella muchachita, se daría con la sorpresa de que sólo le gustaba su sonrisa. Quizás, sólo quizás, encontraría rápidamente sus defectos más saltantes. Tal vez una enorme y tosca nariz, tal vez un par de ojos chuecos, o tal vez, una turgente chiquilla que, como tantas otras, se creía rica. Fue así que decidió luchar contra su propia timidez y salió en busca, esa misma tarde, de la chica que lo había desconcentrado en su casi impenetrable hábitat: el arco.

Llegó a su casa por un camino alterno, como dándole tregua a sus naturales temores. Se bañó y salió a la calle, diciéndole a su madre que iría a una cabina de Internet - "¡¿Internet!?" - se preguntó doña Fina, riéndose sabiamente, con la certeza de que su hijo había salido por otros menesteres. No le puso traba alguna y Jacobo salió sin inconvenientes. Ya en su calle, se acercó al lugar donde horas antes se había tropezado. Calculó el lugar de donde se oyeron las risas, finalmente, dio con la casa donde vio la sonrisa de Reina, pero no había nadie. Esperó diez, veinte, treinta minutos, pero no Reina no salía. Jacobo empezaba a desesperarse, al menos quería saber su nombre, pero la oportunidad no llegaba. Entonces sucedió algo inesperado. Un hombre de, aproximadamente, cuarenta años, llegó en un auto con letrero de "Taxi", y se estacionó justo al borde de aquella casa. El hombre bajó del vehículo y trató de reconocer a quien estaba al frente de su domicilio. Jacobo se asustó un poco, pero permaneció quieto. El hombre se acercó y le preguntó - "¿sí?, ¿a quién buscas?" - Jacobo no respondió y siguió quieto, el hombre insistió - "¿a quién buscas?" - mientras se iba acercando al joven. Entonces lo reconoció - "¿Pérez, no?" - Jacobo se sorprendió, ¿cómo lo conocía?, no tenía idea, hasta que escuchó la explicación - "chiquillo, tapas de puta madre, pero me han contado que hoy la cagaste un poco, no te preocupes, yo también fui arquero cuando tenía tu edad, sé que ese puesto es el más difícil, un delantero se puede equivocar, un volante también, hasta un defensa, pero un arquero nunca, así es el fútbol, pero sigue así, sólo ha sido una tarde de mierda, sigue así Pérez" - Jacobo comprendió todo, y no tuvo mejor idea que complementar lo dicho por el taxista, a manera de respuesta - "sí, señor, fue una tarde de mierda, discúlpeme".

Aquel hombre sonrió amablemente y, tras darle una palmada en la espalda y desearle suerte, se acercó a la puerta donde Jacobo había visto a la sonrisa más bella de su vida. Por la ventana del segundo piso, una cabeza con cabello crespo y largo, salió gritando: "¡hola pa'!" - sí, era ella, era Reina. La quietud de Jacobo se volvió petrificación. Reina lo miraba mientras su padre, aquel taxista hincha de los 'Diablos Rojos de San Lucas', entraba cansado a su hogar.

La historia de Reina y Jacobo se empezó a escribir en aquella tarde que de a pocos se hacía noche. Ella metió la cabeza por su ventana y la cerró con fuerza, estaba avergonzada, puesto que pensaba que Jacobo se había acercado a su casa para recriminarle las burlas ocasionadas por su aparatosa caída. Dentro de su hogar, Reina se encontró en una encrucijada, ¿salir o no salir?, ¿disculparse o dejarlo así?, no aguantó su dilema y se lo contó a su padre, quien estaba por empezar a cenar. Él le contó que Jacobo era el principal arquero del equipo del barrio y le aconsejó que lo mejor que podía hacer era disculparse por tamaña malcriadez. Entonces abrió la puerta de su casa, salió sacando medio cuerpo, y vio que Jacobo se estaba yendo por donde vino - "¡espera, arquero!" - gritó Reina. Jacobó volvió su mirada y escuchó embelesado - "disculpa por lo de hace un rato, es que tu caída dio mucha risa, sorry, no pasará de nuevo, ¿discúlpame, sí? " - ¡cómo no disculpar a una chiquilla tan agridulce, a esa perfecta amalgama entre inocencia y sensualidad, a esa niña que, por un instante, hizo olvidar a Jacobo sus problemas existenciales y lo hizo comerse cuatro goles!, aún así, el joven sólo tuvo entereza para asentir con la cabeza, mientras que Reina soltó nuevamente esa sonrisa tan lumínica, culminando su vindicación con un: "tapa bien, ya?, ¡nos vemos!" que removió aún más la imaginación del portero.

Jacobo no sabía ni su nombre, pero sabía que pensaría en ella lo que quedaba de ese día, más el día siguiente, más, quizás, los próximos diez años de su vida. Llegó a su casa y se dirigía a su habitación para descansar, entonces doña Fina le preguntó: "¿qué tal el Internet?" - él respondió - "mamá no me digas nada, hoy tuve un día de ..."

- "¿qué dijiste, hijo?, ¿un día de qué?"
- "No mamá, nada, hoy tuve un muy buen día. Hasta mañana"

Al día siguiente, Jacobo fue temprano a su entrenamiento y volvió a ser el mismo gran arquero de siempre. Sin premeditarlo, había conseguido, de la misma fuente, algo mejor que la desconcentración: la inspiración.

( Segundo extracto de "Hijos del Consuelo")

lunes, 1 de agosto de 2011

Todos los globos van al mar

Un globo se suspendía en el frío viento de Julio. Lima lucía sombría, como en cada tarde, como en cada día, pero ver un objeto tan llamativo y colorido, la hizo linda aquella vez. Sin embargo, la alegría de ese pedazo de cielo gris, contrastaba con el llanto inconsolable de una bella niña. Lo había perdido, se le había escapado. Ahora iba hacia destino incierto, siendo lo único cierto que dicha ligera hermosura aérea no volvería a estar entre sus brazos.

El globo, que era morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, se fue alejando de la mirada infantil de Diana, y con él volaban muchas ilusiones, dejando a su paso las fantasías de un lindo fin de semana en Santa María, quizás el único lugar cercano a Lima donde aún se podía ver el sol en esas fechas. Sus padres le prometieron un globo nuevo, pero Diana quería ese, sí, ese, el que iba volando hacia destino incierto. Al ver el comportamiento de su hija, trataron de convencerla una y otra vez, pero fue inútil, aunque nada cambiaría los planes del ansiado fin de semana cerca del mar. Quizás, y con suerte, Diana también disfrutaría del sol.

El globo se fue perdiendo junto con ese viernes de Julio, había llegado el sábado y las lágrimas secas de Diana cuartearon levemente su rostro y provocaron un chispazo de dolor que la despertó. Nuevamente empezó a llorar. Sea sábado, domingo o lunes, sea en la frialdad del centro o en las playas más soleadas, aquel globo morado jamás volvería. Sus padres, quienes naturalmente ya habían olvidado el asunto que a su hija tanto consternaba, arreglaron las cosas que faltaban, tomaron a Diana y a su hermanito, subieron al auto y emprendieron viaje hacia el sur.

Durante el camino, Diana no dejaba de mirar hacia el cielo. No estaba el globo, no estaban las ilusiones, pero Santa María estaba cada vez más cerca. Al llegar, la familia entera, excepto el corazón de Diana, se puso en disposición para disfrutar de un leve sol.

Había llegado la tarde y sucedió algo inesperado: Diana había visto un niño de su edad, que llevaba en su mano derecha una delgada pita atada a un globo idéntico al que ella había perdido un día antes.

- "¡Es ese!" - gritó Diana, desbordando más alegría y emoción que el mismo sol - "¡Es mi globo!" - gritó nuevamente y, acto seguido, bajó de la cama playera y corrió velozmente para alcanzar al niño. Sus padres intentaron detenerla con gritos, pero eso no pudo detener su paso, mientras el niño se iba alejando, junto al globo, del lugar donde estaban situados. Lógicamente, pensaron que aquel globo era simplemente igual al de Diana, mas no era el mismo, pero, al ver que su hija no se detenía en su intento de alcanzar al niño, el padre comenzó a seguirla.

Por más rápido que Diana corriera, el niño se alejaba más y más, hasta que, finalmente, desapareció entre la gente. Ahora lloriquiando, la acongojada niña se detuvo sin encontrarle explicación a su difícil momento. Su padre la alcanzó y le explicó - "Hija, ese no es tu globo, hay muchos globos como el que perdiste ayer, pero no puede ser el mismo" - Diana lo miró furibunda - "¡No, papá, ese es mi globo, estoy segura!" - le contestó, y luego regresó con su madre y su hermano, a paso cargado de rabia. La tarde iba terminando para dar lugar a una noche fría, una noche más de llanto para Diana.

Al día siguiente, Diana volvió a despertar gracias al dolor provocado por sus lágrimas secas, pero con la clara consigna de encontrar por su propia cuenta al niño que se había apoderado de su preciado tesoro. Salieron de la casa de playa, tomaron sombrillas, toallas y camas plásticas, y nuevamente se situaron frente al mar. El sol de aquel día era más fuerte que el del anterior, al igual que la voluntad de Diana.

Mientras sus padres y hermano se bañaban, ella prefería quedarse en su cama plástica, a ver si aquel niño se volvía a asomar por los alrededores. Diana se había convertido en una centinela de sus propios deseos y su perseverancia comenzó a dar sus primeros frutos. A lo lejos divisó al niño, nuevamente junto al globo, jugando poco antes de la orilla. No lo pensó dos veces y corrió hacia él. Sin embargo, algo raro sucedía. Diana corría sin parar, pero divisaba la misma figura como si estuviese en la distancia inicial. No podía acercase al niño. La desesperación se apoderó de ella y corrió con tanta fuerza, que no tardó en tropezarse con un montículo de arena, para luego caer aparatosamente. Al levantar la mirada, veía al niño desvanecerse una vez más, junto al globo que Diana tanto amaba y extrañaba. Pero no se daría por vencida.

Como si se tratase de su último esfuerzo por preservar su propia existencia, Diana emprendió una nueva carrera hacia el niño y su globo morado, esta vez sí podía verlo más de cerca. El niño se detuvo y, al verla, empezó a huir con el tesoro - "!No, espérame!" - gritó Diana, pero el niño no dejaba de correr. De pronto desapareció de su vista, pero en su lugar apareció una cabaña solitaria; sí, sin darse cuenta, Diana se había alejado de todo y de todos, y estaba justo ahí, sola, frente a aquella cabaña - "Es su casa" - pensó, y se acercó para tocar la puerta.

No parecía haber nadie en aquel lugar. La cabaña estaba visiblemente descuidada, su fachada cubierta por telas de araña y musgo por todos lados. Aún así, Diana, sabiendo que era su única chance de recuperar su anhelado globo, comenzó a tocar la puerta, primero débil y luego cada vez más fuerte, hasta que la puerta se abrió, dando lugar a algo que la niña jamás olvidaría.

Entró a la cabaña y los vio, un sinfín de globos, de todos los tamaños y colores, pegados al techo del recinto. Eran tantos que casi podían tocar el suelo. Era prácticamente un cabaña llena de globos, un paraíso para la imaginativa mente de Diana, quien empezó a llorar, pero esta vez de emoción y júbilo. De inmediato empezó a pensar en acomodar por algún rincón su cama y vivir en aquella cabaña, atiborrada de tesoros, para siempre, pero nuevamente sucedió algo extraño. Empezó uno. Luego el segundo, el tercero y seguidamente todos los demás. Casi al unísono, todos los globos se iban reventando como si alguien los estuviera pinchando con una aguja. Diana no lo podía creer, pero ninguna palabra salió de su boca en ese instante. Finalmente, quedó un globo, era el suyo, era aquel globo morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, que había perdido dos días antes. Lo había encontrado y la alegría había vuelto a su mirada, pero duró poco, el globo, el tesoro, también reventó, sin dejar rastro alguno. Diana intentó aclarar sus ojos con sus pequeñas manos, para ver si despertaba de un sueño, o si lo que estaba viviendo era una realidad.

Al regresar la mirada, una anciana de vestido gris estaba frente a ella, sentada sobre un sillón que hacía unos minutos no existía, y tomando un café que hacía unos segundos no emanaba olor alguno. Al lado izquierdo de la anciana, sobre una mesa, había un cuadro con el rostro de un niño y, junto a aquel cuadro, otro cuadro con la imagen de un bote pesquero, con unas fechas conmemorativas. Inmediatamente, Diana preguntó - "Señora, ¿quién es usted?" - La anciana sonrió amablemente y le contestó - "Hijita, esta es mi casa, ¿quién eres tú?"

- "Buscaba mi globo, señora, estaba aquí pero se reventó, junto con todos los demás globos, ¡eran miles!, ¿todos eran suyos?, ¿por qué los reventó?"
- "¿Globos?, ¡ah, sí!, no fui yo, hijita" - dijo la anciana, siempre sonriendo amablemente, mirando al techo - "seguramente fue él"
- "¿Él?, ¿quién?"

La anciana sonrió aún con más amabilidad, cerró los ojos y luego los abrió para mirar fijamente a Diana, entonces le dijo: "No puedo decirte quién es, pero sí puedo decirte otra cosa" - "¿Qué cosa?", preguntó la niña - "Hay personas que se van y no regresan, se quedan en un sólo lugar, dime, si tú te fueras a algún lugar para no regresar, ¿a dónde te irías?" - Diana pensó la respuesta por unos segundos, y luego dijo con firmeza - "Elegiría vivir para siempre en su cabaña llena de globos, señora" - La anciana tomó la respuesta de la niña con mucho placer, y empezó a reírse mientras una lágrima rodaba por su mejilla - "¡Eso era justo lo que quería escuchar!" - "¿Y eso a qué viene, señora?" - preguntó Diana. La anciana tomó el último sorbo de su aromático café y finalmente dijo:

"Todos los niños van al cielo, pero no olvides, hijita, que todos los globos van al mar. Estoy segura que nos volveremos a ver aquí mismo, en mi cabaña, algún día, cuando podamos tomar este mismo café".

Entonces Diana comenzó a verlo todo borroso, la imagen de la anciana se confundía con el resto de las cosas que veía, el sillón, el café, los cuadros, todo, finalmente se desmayó. Al despertar, estaba recostada en su cama, junto a sus padres; ellos la habían buscado por toda la playa, pero no la encontraron sino hasta escuchar los desesperados y lejanos gritos de un niño que decía: "¡Acá está!, ¡acá está!, ¡la niña del globo, acá está!" - La policía y los desesperados padres corrieron hacia el lugar de donde provenían los gritos, pero sólo encontraron a Diana, tirada en la orilla, sujetando fuertemente una pita atada a un globo morado, oscuro y con forma de dinosaurio bebé, que había partido hacia destino incierto, pero que había vuelto a su dueña.

Nunca supieron quién era aquel niño de los gritos.


Para mi gran amiga, Giuliana,
y para la niña desconocida que, al perder su globo esa tarde, inspiró este cuento.

domingo, 19 de junio de 2011

Sacrificio incomprendido

Abelardo amaba a Gabriela. Lo supo desde que la conoció. Fue un amor sincero, de los que se dan al instante, sin nisiquiera tenerla que conocer a fondo, como muchos recomiendan. Él la amo desde que vio su sonrisa en la primera clase de la universidad. Después se hicieron inseparables amigos. Toda la clase suponía que existía algo más que esa simple amistad que supieron cosechar tan rápido. Es que se llevaban tan bien. Sin embargo, para lamento de la mayoría, ellos siempre negaban todo entre risas. Claro, había personas en sus vidas a las que ambos les habían prometido fidelidad.

Abelardo estaba con Briana y Gabriela con Rodrigo. Abelardo y Briana tenían un año juntos, Gabriela y Rodrigo, tres. Poco tiempo después, Abelardo se separó de Briana, dejando en su corazón una increible soledad que sabía disimular con su eterna actitud optimista. Gabriela no tenía esa virtud. Cuando peleaba con Rodrigo toda la clase se enteraba. La veían con los ojos rojos en el fondo del salón. Abelardo se acercaba y la abrazaba. Él la amaba. Ella le agradecía su incondicional amistad y escuchaba sus consejos, muchos de ellos sugeriendo que termine de una vez por todas esa relación que ya se había desgastado con el pasar del tiempo, como él lo había hecho con Briana.

Gabriela asentía con la cabeza y prometía que iba a terminar con Rodrigo. El tiempo seguía pasando, pero ella no podía separarse de él, "lazos fuertes", solía llamar a la justificación que le impedía tamaña e importante decisión. Abelardo no se molestaba, él era su amigo antes que cualquier cosa, y su apoyo no iba a variar por simples desacuerdos.

Un año más había pasado. Abelardo seguía solo pero no era infeliz. Ver a Gabriela siempre le alegraba el día. Pero llegó la hora de trabajar. Entonces se veían menos. Gabriela dejó de ir a clases. Abelardo iba cada vez menos. Ambos tenían muchas obligaciones. Ya eran grandes, tenían que ayudar a sus hogares.

Abelardo y Gabriela dejaron de verse mucho tiempo. Abelardo la extrañaba, pero no la llamaba, ni la buscaba, porque sabía que estaba ocupada en su trabajo y que el poco tiempo disponible lo utilizaba para ver a Rodrigo, con quien nunca dejaba de discutir, terminar, regresar, discutir, reconciliar, terminar. Abelardo respetaba la vida de Gabriela y Gabriela, como siempre fue, priorizó a Rodrigo sobre todo a excepción de su trabajo. Claro, el amor no paga.

Finalmente, Abelardo volvió a ver a Gabriela. Él se había dado un tiempo de descanso. Renunció a su trabajo y a los estudios para dedicarse a proyectos personales no tan lucrativos, pero que lo hacían aún más feliz. Ella seguía trabajando y faltando a la universidad, seguía con Rodrigo, pero su reencuentro con Abelardo la tomó en una de sus tantas separaciones.

Abelardo sabía que Gabriela no lo amaba. Que no veía en él al hombre que pudiera hacer que se separe de Rodrigo. Abelardo tampoco veía en Gabriela a la mujer que lo haría feliz el resto de su vida. La amaba, pero sabía que no funcionaría. Sin embargo, Gabriela admiraba mucho a Abelardo y lo consideraba una persona con infinitas virtudes y talentos. Incluso una vez le dijo que se sentiría honrada si alguien como él le declarara su amor. Abelardo no olvidó esa noche en el malecón. Tenía guardada esa frase, en un cajón dorado, dentro de su inmaculado y sórdido corazón.

Abelardo invitó a Gabriela a una reunión. Ella aceptó. Él se propuso hacerla feliz esa noche. Ya no le diría que termine definitivamente con Rodrigo. Haría, más bien, algo que él consideraba más efectivo. Saliendo de la reunión, Abelardo llevó a Gabriela hacia una calle solitaria, tomó su mano y le dijo que la amaba, que siempre la amó, y que le gustaría que fuera su novia para hacerla feliz, como ella se merece.

Gabriela se mostró sorprendida. No imaginaba que sucedería algo así. Pero la respuesta, obvia y lamentablemente, fue negativa. Ella decía amar a Rodrigo, decía que era el hombre de su vida y luego insertó a la conversación un texto mancillado que quizás, estimado lector, usted ya conozca: "¿quién sabe?, quizás más adelante".

Abelardo fingió sentirse como cualquier hombre rechazado. Su teatro dio resultado. Gabriela trató de consolar a su amigo, diciéndole que nada iba a cambiar entre ellos por lo que acababa de suceder. Abelardo sabía que eso era mentira, pero también sabía de antemano la respuesta de Gabriela. Él había intentado despertarla de un letargo, había intentado demostrarle, con hechos y no sólo con palabras, que existen más personas en el mundo con muchas ganas de llevarla a la felicidad.

Abelardo sacrificó su propia amistad por el bien de su amiga, ¿irónico?, quizás sí, quizás no. Para él fue sencillo. Él la amaba y quería que fuera feliz.

Hoy, Abelardo y Gabriela, no se hablan y han perdido todo contacto.

Él sigue solo y ella sigue con Rodrigo.

lunes, 28 de febrero de 2011

Kevin y el mar

Había tratado de calmarse después del entrenamiento de la tarde. El profe Jacinto le aconsejó: "tranquilo, hijo, esto es así, a veces estás arriba, otras abajo, tienes que aceptarlo, esto es fútbol; ándate a lavar la cara y mañana vienes con pilas, ¿ok?" - Kevin lo miró con cara de resentido, siempre fue su especialidad. Le había resultado en el colegio, con el profe Chirinos. Tremendo tonto, siempre le aceptaba sus engreimientos. Ahora, con Jacinto, era distinto. El profe sí era exigente y no iba a aguantar pulgas.

- "Profe, ¿ayer no recibió alguna llamada para mí?"
- "Claro, la de Totoras, te lo dije temprano, ¿por qué me lo vuelves a preguntar?"
- "Profe, están preguntando por mí, me quieren jalar a otro equipo."
- "¿Y?"
- "Nada profe, sólo que tengo que jugar pues, sino cómo me van a ver"

Un silenció se apoderó de Jacinto durante un par de minutos. Kevin no decía nada, permanecía quieto, creyendo que su nombre volvería a aparecer en la lista de titulares para el partido del fin de semana. Era sólo cuestión de tiempo, pensaba. Tenía que esperar, pero esperó en vano. Jacinto tomó la pelota y la pateó con toda su fuerza hacia uno de los arcos de la canchita. La pelota no entró, se fue apenas afuera. Entonces dijo:

- "¿Jiménez, fue gol?"
- "No, profe, pero pasó cerquita"
- "Pero, ¿fue gol o no?"
- "No, profe, ¿por qué la pregunta?"
- "La carrera de un futbolista es igual que esa pelota. O bien puede entrar al arco y hacerla, o bien puede pasar cerca y no hacerla. Y al igual que la pelota, cuando no logras tu objetivo le das la chance al rival para que sí lo haga. ¿Sabes qué es lo peor?, que hay gente que te va a celebrar el "casi gol", entonces puedes elegir entre quedarte con tus "casis" o lograr cosas importantes. A mí no me interesa que tú seas el jugador más telentoso del equipo, a mí me interesa que juegues bien y hagas lo que tengas que hacer, nada más. Espero que lo tomes de la mejor manera. Tienes hasta mañana en la mañana para sentar a Pacheco. Ahora vete a tu casa y piensa".
- "Ya, profe".

Lo que no sabía el profe Jacinto, es que Kevin no quería ir a su casa. Lo esperaba el olor a licor y a cigarro. El olor a vómito de varios días. El perro que no comía. El llanto de Carlitos, Juanito y Gustavito. Las amenazas de suicidio de su madre. El puño derecho de su padre. Kevin ya no quería volver. Sabía que la única solución era que llegara ese ansiado día en el que cumpliría 18 años. Para sacar su DNI, firmar por cualquier club que le pagara un sueldo y luego irse sin posibilidad de retorno.

Ahora estaba frente al mar. Un barranco habitaba bajo sus pies el sofocante vacío de un verano que ya se iba. La decisión era suya, ¿y si la muerte fuera mejor que una vida llena de sacrificios?, no lo podría saber. Se sentía como su madre. Eso le daba lástima y a la vez lo ponía furioso. De inmediato recordó lo que le decía aquel profesor de educación física en primer grado: "anda siempre hacia adelante, los goles se hacen arriba, no abajo". El fútbol le daba fuerza. Por eso no lo dejaba. No podía hacer otra cosa mejor. Era un burro en matemáticas y apenas podía escribir un párrafo completo en sus clases de Lengua. Acabó el colegio porque jugaba bien al fútbol. Kevin pensaba entonces que así sería la vida. Quizás se equivocaba, quizás no.

(Ya Kevin, mañana hay entrenamiento, hay que sentar a Pacheco, ¿quién chucha es Pacheco?, tú eres mil veces mejor que ese mongolito. ¡Vamos, carajo!)

Kevin iba a su casa a paso lento, cuando escuchó la voz de un joven que lo llamaba a lo lejos:

- ¡¡¡Jiménez!!!
- ¡¿Qué fue?! - Respondió Kevin, aún sin identificar al que lo llamaba. La figura lejana y difusa se fue haciendo cada vez más nítida. Aquel muchacho le dijo: "Hoy te quedas en mi jato, Jiménez, mi viejita me dijo que sí, pero suave nomás que la vez pasada me hiciste quedar despierto hasta muy tarde, recuerda que tenemos que entrenar mañana; aunque podemos jugar Nintendo un ratito" - Kevin respiró hondo. Miró hacia el cielo y luego regaló una sonrisa repleta de comprensión. Finalmente, antes de partir junto a su gran amigo, Kevin le dijo:

- "Gracias, Pacheco, muchas gracias" - El sol se ocultaba tras el mar y el mar, brillante, los vio marchar.

(Extracto de "Hijos del Consuelo")

viernes, 26 de noviembre de 2010

Adiós a todo (la oficina en doce días)

Día 1

- Greñuda, ¿Ya viste al chico nuevo?
- Sí, hija, dicen que es el sobrino del gerente.
- ¡Qué horror, Susy!, le tuvieron que inventar un puesto, se pasaron.
- Sí pues, chola, ni modo, por eso estamos como estamos, ¿sabes qué es lo peor?, que de hecho bajan las utilidades para el año que viene.
- Ay, ¿tú crees?
- Claro pues, con nuestra chamba le van a pagar a ese mocoso.
- ¡Pucha!, que feo, Su. Y a todo esto, ¿qué dice don Vicente?
- Ese viejo no pinta nada, quien maneja la empresa es Benavente.
- ¿Sí no?, pero bueno pues, ojala y justifique su sueldazo, porque de hecho no baja de cinco mil soles.
- ¿Cinco mil soles?, Ja, estás loca, ese mocoso debe estar ganando sus diez mil, ¡mínimo!
- ¡¿Qué?!
- Como lo oyes, hija; ¡ay!, qué horrible trabajar aquí tantos años sin que me asciendan y encima tener que soportar estas cojudeces.
- ¡Ay, Dios!, y eso es lo que me espera, seguramente.
- Aún estás a tiempo, Clarita. Anda buscándote otra chamba porque aquí sólo asciendes con milagros.
- ¿Tú crees, greñuda?, ¿y ahora?, justo cuando pensaba casarme con mi gordo. ¡Ay y encima se viene Navidad!
- Sí pues, sigue mi consejo, amiga. Bueno, te corto porque está entrando una llamada.
- Okis, te veo en la salida para tomarnos unos heladitos.
- Sí, sí, besos, chau.
- Chau, Su.

Día 2

- ¿Y, Juan Carlos?, ¿cómo va Dieguito?
- Bien, Julito, bien. Aprende rápido tu sobrino, de hecho la inteligencia viene de familia.
- Claro pues, es todo un campeón, como todos los Benavente.
- Por supuesto. Por cierto, Julio; aquí tengo unos documentos que tienes que firmar, son para ‘Inversiones Campos’, parece que el negocio se hace sí o sí; ¡nos vamos para arriba!
- ¿Ah sí?, ¡qué bueno, Juan Carlos!, justo de eso quería hablarte.
- Sí, dime.
- Te quería pedir que dejes todo el tema de ‘Inversiones Campos’ a Diego.
- ¿Cómo?
- ¿Qué?
- Digo, ¿a Diego?, ¿estás seguro?
- ¿Por qué la pregunta?
- No, sino que… me parece un chico muy capaz, pero apenas tiene una semana en la empresa y todavía tiene muchas cosas que aprender.
- Discúlpame, Juan Carlos, pero Diego, por muy joven que sea, ya es licenciado de la de Lima y está totalmente capacitado para ver esos temas. Confío plenamente en él, al igual que en ti.
- Pero, Julito, no es por nada pero yo tengo trabajando aquí ocho años. Está bien, no tengo un título pero mi experiencia me avala y por eso te digo, con todo respeto, que sería un error de tu parte dejarle un tema tan importante a alguien que recién está aprendiendo.
- Y ya que hablamos de respeto, Juan, con todo respeto te digo, que no te estoy pidiendo permiso, te estoy encomendando que dejes ‘Inversiones Campos’ a Diego. Por favor, quiero que hoy mismo se coordine una reunión con los Campos para que sepan que ahora deberán tratar directamente con Diego Benavente. Tú ocúpate de las demás inversiones, estás haciendo un gran trabajo.
- …
- ¿Aló?
- Sí, Julito.
- ¿Qué pasó?
- Nada, está bien, justo ahí viene Diego, voy a hablar con él y de ahí llamo a los Campos. No te preocupes.
- Gracias, Juan Carlos, te pasaste.
- No hay problema, Julito.
- Juan Carlos, verdad, una cosa más.
- Dime.
- Ahora que Diego estará a cargo de ‘Inversiones Campos’, lo cual es un gran porcentaje de lo que hacías, no veo tan necesario que tengas dos secretarias.
- ¿Estás seguro, Julito?, mira que para fiestas la chamba podría crecer.
- Claro, eso lo sé, por eso anda avisándole a una de ellas que sólo podrá estar en la empresa hasta fin de año, para que vaya buscando otra cosa, tú sabes, hay que ser humanos ante todo.
- Y, ¿a cuál de ellas despido, Julito?
- Tú decide, varón. La que tú creas que sea menos buena.
- De acuerdo.
- Con “buena” me refiero a la chamba, no al cuerpo por si acaso, ja, ja, ja.
- Ja, ja.
- Listo, Juan Carlos, cualquier cosa me avisas. Ah, verdad, me mandas un correo con copia a Diego cuando esté coordinada la reunión.
- Perfecto, Julito.
- Ok, nos vemos.
- Chau.

Día 3

- Hola, pa’.
- ¿Cómo te va, campeón?
- Bien, todos son muy buenos conmigo.
- Excelente, y ¿qué tal los Campos?, me imagino que ya sabes la importancia de ese negocio para la empresa.
- Claro, me lo explicó todo mi tío Julio. No hay problema, lo tengo todo controlado. Me costó, sí, un poco de trabajo lidiar con los Campos, tú sabes, son algo difíciles.
- Dilo nomás, hijo, son unos cholos pezuñentos, que por haber hecho plata se creen los dueños del mundo.
- Bueno, sí.
- Sí pues, si no se cagaran tanto en plata te juro que tu tío no haría negocios con ellos, pero bueno pues, son los dueños de Gamarra y La Parada. Caballero nomás.
- Sí.
- ¿Te pasa algo?
- No, nada.
- Te noto raro.
- Bueno…
- Dime.
- Es que…
- ¿Qué pasa, hijo?
- Me siento un poco mal.
- ¿Estás enfermo?, ahorita mismo mando un doctor.
- No, no es eso. No de salud.
- ¿Entonces?
- Es que…
- Carajo, habla.
- Me miran raro.
- ¿Te miran raro?, ¿quiénes?
- Todos.
- Total, ¿no que todos eran buenos contigo?
- Sí, mi tío y las demás gerencias me tratan como a un príncipe.
- ¿Entonces?
- El problema es cuando tengo que tratar con los demás.
- ¿Los demás?
- Tú sabes, secretarias, asistentes, recepcionistas, auxiliares… hasta limpieza.
- ¿Qué?
- Sí, siento que me miran mal. Que hablan a mis espaldas.
- Dame los nombres.
- No pues, pa’. No quiero que me odien más.
- ¿Qué hablas, huevón?, ahí tú eres el nuevo jefe, les guste o no. Tienen que aprender a respetarte sí o sí.
- Pero no quiero que sea de esa forma.
- No hay otra forma. Los subordinados de este país no saben diferenciar entre su nivel y el nuestro, ¿me entiendes?
- Sí. Pero por favor, déjame manejar este tema yo solo. Si veo que se complica, te aviso.
- Bueno, Diego, es en serio. Cualquier cosa nomás me avisas, para hablar con tu tío y se acaba el chiste.
- Ok.
- Bueno, no interrumpo más tu chamba. En la casa conversamos, campeón.
- Ya, pa’.
- No te olvides de lo que hablamos, confío en ti.
- No te preocupes, me entrenaste bien.
- Je, ese es mi campeón.
- Chau pa’.
- Chau, Diego.

Día 4

- Malas noticias.
- ¿Qué pasó, señor?
- ¡Shhh!, ya te dije que hables bajo cuando te llamo y que no me llames “señor”.
- Perdón. Dígame.
- El hijo de puta de Julio Benavente, quiere que bote a una de ustedes dos.
- ¿Qué?
- Sí. Y ya tomé una decisión.
- Por favor, señor, no me despida.
- La vez pasada hablamos de que te podría ir bien en esta empresa si te portas bien conmigo.
- …
- Me rechazaste, como si yo fuera un maldito violador. Cuando lo único que quería era salir contigo y conocerte mejor.
- ¿Y eso a qué viene?
- Tienes una segunda y última oportunidad.
- …
- Si te portas bien conmigo hablaré con Susan. Ya tiene tiempo en la empresa y a la edad que tiene creo que le caería mejor una liquidación jugosa que seguir sentadaza limándose las uñas en la oficina, recibiendo un sueldo miserable. Estoy seguro que ella aceptaría.
- Pero… señor.
- Ya te dije mil veces que me llames Juanca.
- Está bien, Juanca. No sé si esto esté bien.
- ¿Ahora me vas a venir con el discurso de que eres una mujer comprometida?, ya te dije, no te voy a violar, sólo quiero que salgamos y que pase lo que tenga que pasar. No soy un enfermo.
- ¿Si salgo contigo me quedaré en la empresa y Susy se va?
- Claro.
- ¿Sólo una salida?
- ¿Me vas a seguir interrogando?, Susan está a dos cabinas, tú estás a ocho.
- Está bien.
- Perfecto.
- ¿Y voy a seguir trabajando aquí?
- Ya te dije que sí.
- Digo, ¿de… secretaria?
- Eso dependerá.
- ¿De qué?
- De qué tan bien te portes conmigo.
- Entiendo.
- Entonces, ¿decidida?, para hablar con Susan de una vez.
- Está bien. Llámame luego para coordinar la salida.
- Listo, Clarita. Nos vemos luego.
- Okis, chau.
- Chau.

Día 5

Señores:

Ante todo, buenos días. El presente e-mail es para comunicarles las últimas noticias y decisiones de la Gerencia General para con nuestra empresa, “Del Pietro y Asociados”.

Primero: a partir de la fecha se hizo el nombramiento del señor Diego Alonso Benavente Castellares, como Jefe de Inversiones, un puesto que tiene como finalidad el tránsito y finalización de los convenios más importantes con nuestros inversionistas, así como también la supervisión de nuestros proyectos de inversión a corto y mediano plazo. Les pido encarecidamente que apoyen en todo lo que sea posible a nuestro flamante Jefe de Inversiones, para que pueda llevar a cabo sus labores con total naturalidad. La ceremonia de nombramiento se llevará a cabo poco antes de finalizar el año, siendo la fecha un tema aún en discusión.

Segundo: el proyecto de inversión más importante de los últimos años, es decir, el de ‘Inversiones Campos’, ha sido finiquitado con éxito. Todo gracias a la labor de nuestro Sub-Gerente de Inversiones, el señor Juan Carlos González del Carpio, en coordinación con el nuevo Jefe de Inversiones, el señor Diego Alonso Benavente Castellares. Un motivo más para sentirnos orgullosos y satisfechos por este gran logro que, de seguro, rendirá sus frutos el año que viene, con diversos proyectos que generarán más rentabilidad. Felicitaciones. La ceremonia de celebración se llevará a cabo poco antes de finalizar el año, siendo la fecha un tema aún en discusión.

Tercero: la mala noticia es que nuestra querida Susan Paola Sánchez Pérez, secretaria de la Sub-Gerencia de Inversiones, ha decidido renunciar a nuestra organización por motivos personales, después de laborar aquí durante dieciséis años. Susan dejará un recuerdo imborrable en nuestros corazones, cuando al finalizar el año deje de trabajar en “Del Pietro y Asociados”, para emprender sus propios proyectos personales. Desde aquí le deseamos todos los éxitos del mundo y a alistar su gran despedida. La ceremonia de despedida se llevará a cabo poco antes de finalizar el año, siendo la fecha un tema aún en discusión.

Hasta aquí este correo informativo, cualquier consulta al anexo 8787.

Saludos cordiales,

Julio E. Benavente Quintanilla.

Gerente General.

Día 6

- ¿Te puso muchos “peros”?
- Un poco, sí, imagínate, son dieciséis años.
- ¿Qué te dijo?
- Comenzó a tirarle barro a Clara, diciendo que todo el día se la pasa en el teléfono conversando con su novio y que no trabaja bien.
- ¿Y eso es cierto?
- Claro que no, Julito. Tú me conoces, en mi área el que trabaja mal no va, así de simple.
- Me alegro. Aunque creo que sin querer me hiciste caso con eso de lo de “buena”, ja, ja.
- ¿Por qué lo dices?
- Ya pues, no te hagas el huevón. Clarita tiene sus cositas. En cambio Susy ya está más para la otra.
- Ah, ja, ja.
- ¿Qué pasa?, ¿te pusiste serio?
- Para nada, Julito, tú me conoces y sabes que amo a mi familia.
- Sí pues, Mery Anne es una bella persona. Y tus hijos son adorables. Cuidado, no vayas a cometer el error que cometió mi querido hermano. Ya lo ves ahora, esperanzado en Dieguito. Pobre mi sobrino.
- No, para nada. Bueno, con tu permiso, te corto porque tengo que seguir trabajando.
- Ok, cualquier cosa me llamas.
- Listo, Julito.
- Chau.
- Chau.

Día 7
- ¿Greñuda?
- Sí, Clara, ¿en qué te puedo ayudar?
- Leí el e-mail, ¿qué pasó?, ¿por qué renunciaste?
- No te hagas la cojuda, sabes muy bien qué pasó.
- ¿Qué?, no, no, amiga. Dime.
- Me hicieron renunciar.
- ¿Por qué?
- Por qué será pues.
- No te entiendo.
- Mira, ahorita estoy ocupada; tengo que arreglar mil archivos para mañana.
- Ok, ¿más tarde vamos por unos heladitos?
- No puedo, me voy a quedar hasta tarde y luego salgo volando porque es la clausura de Diana.
- Ah, ok. Entonces cuídate.
- Ok, chau.
- Chaucitos.

Día 8

- Sí, don Vicente, dígame.
- Se supone que soy el dueño de la empresa y el último correo no me ha llegado, ¿qué pasó?
- Bueno, disculpe, don Vicente; en este momento se lo reenvío con copia a todos, agregando las disculpas del caso.
- Ese no es el punto, además el e-mail ya lo leí.
- ¿Ah sí?, ¿dígame, quién se lo envió?
- Un tal Diego Benavente.
- Ah, está bien.
- ¿Se puede saber quién es él y por qué tienen el mismo apellido?
- Sí, señor. Diego es mi sobrino. El hijo de Darío, mi hermano.
- ¿Y crees que no lo sé?
- No, don Vicente.
- Mi pregunta va dirigida a otro tema.
- Le explico, don Vicente. Mi sobrino acaba de graduarse en la prestigiosa Universidad de Lima, en Administración de Empresas. Y como Juan Carlos estaba viendo demasiados temas, tomé la decisión de incorporarlo a la empresa, para que lo apoye. Como usted estaba padeciendo una enfermedad, de la que, al parecer y gracias a Dios, se está ya recuperando, no encontré la forma de comunicárselo.
- No es excusa. Como dueño y accionista mayoritario tengo que estar enterado de todo lo que sucede en esta empresa.
- Lo sé, don Vicente. Reitero mis disculpas.
- ¿Y por qué se irá Susan?
- Don Vicente, ¿leyó también esa parte en la que dice que ‘Inversiones Campos’ ya está en la lista de proyectos del año entrante?
- Me interesa un pito. Tengo 85 años y más plata de la que tú harías en cien vidas. Si la empresa quebrara no me importaría tampoco. A mí lo que me importa es que se me respete. ¿Por qué botan y meten gente sin mi autorización?
- Don Vicente, por favor, un poco más de respeto.
- No me hables de respeto. Así esté con un pie en la tumba, quiero que se me informe de hasta quién se tiró un pedo dentro de mi empresa, ¿se entendió?
- Ja, ja, muy buena esa del pedo.
- No era chiste.
- Disculpe.
- Que no se repita, Benavente. Y quiero ver los informes y avances de ese sobrino tuyo, a ver si le rinde a la organización, si es que no es así, se va y tú junto con él.
- Está bien, don Vicente. Discúlpeme por este mal rato…
- …
- ¿Don Vicente?
- …
- Colgó…

Día 9

- ¿Aló?
- Hola, Clarita.
- Hola, ¿en qué te puedo ayudar?
- Ya, no te hagas la formalita. Después de lo de anoche no me quedan dudas de que tomé la decisión correcta.
- …
- ¿Pasa algo?
- ¿Llamaste sólo a decirme eso?
- ¿Qué?, ¿ahora me vas a decir que te sientes mal?
- Sí.
- Y, ¿por qué?
- Por todo.
- A ver, explícame ese “todo”.
- Nada, nunca lo entenderías.
- Lo único que entiendo es que anoche la pasamos súper bien y que ahora te haces la puritana.
- Deja de hablar de lo de anoche, por favor, alguien te puede escuchar.
- No hay nadie por aquí.
- Por aquí, sí.
- Mentira, ya todos se han ido, sólo quedamos tú y yo.
- ¿Por qué no te vas a ver a tu esposa e hijos?
- Por la misma razón por la que tú no vas a ver a tu noviecito.
- No te compares conmigo.
- Comienzas a portarte mal. Ibas muy bien.
- Susan sospecha.
- ¿Qué?
- Sí, ayer me trató horrible, como si supiera que yo…
- ¿Que tú qué?
- Nada…
- No me digas que te sientes culpable.
- No me siento. Sé que lo soy.
- Ja, ja. Estás loca, mujer. Si hay un culpable, ese es el malnacido de Benavente.
- No. No fue Benavente quien se acostó con un cerdo anoche.
- Eso dolió.
- Pues que te duela. Chau.
- ¡Oye, espera!
- ¿Qué más quieres de mí?, ya obtuviste lo que querías, ahora déjame en paz.
- Sólo quería recordarte que aún no llega fin de año. Estoy a tiempo para hablar con Susan y convencerla de que se quede. Entonces tú te irías y adiós a todo.
- …
- Sí, mejor quédate así, calladita y piensa bien las cosas. Ahora sí, te dejo tranquila. Un beso, donde más te guste.
- …

Día 10

- ¿Darío?
- ¿Qué pasó?
- Se fue todo a la mierda.
- ¿Qué dices?
- ¿Te acuerdas que te comenté que hablé con el viejo Vicente?
- Claro, cuando te puteó y todo eso. Sí, claro que me acuerdo.
- Bueno, pues parece que Dieguito nos hizo la jugada.
- ¿Qué?, ¿qué tiene que ver Diego en todo esto?
- Transó con los Campos por su cuenta, dándoles mejores cotizaciones. Luego se reunió en secreto con Vicente. Le entregó sus informes y al parecer el viejo de mierda quedó complacido hasta los huesos. Me acaba de llamar diciendo que Diego es el nuevo Gerente General de la empresa.
- ¡¿Qué?! , ¿de qué chucha hablas?
- ¿De qué chucha hablo?, de que tú hijo nos cagó a todos. Ahora sí se fue todo a la mierda.
- Imposible.
- Sí, me quedé sin trabajo, hermano.
- Ja, ja, ja.
-¿De qué te ríes?
- Mi hijo, ¿el nuevo Gerente General de “Del Pietro y Asociados”?, no lo puedo creer. Sabía que llegaría lejos pero no pensé que lo haría tan pronto.
- Y eso, ¿qué tiene de gracioso?
- Lo gracioso, hermano, es que el mundo da vueltas.
- ¿Qué?
- ¿Recuerdas cuando me botaste del antiguo negocio?
- Claro, tú sabes por qué lo hice.
- No, Julito, no sabes. Porque cuando te rogué para que me vuelvas a considerar me cerraste las puertas.
- Eso fue hace mucho, ¿acaso ahora no te hice el favor de meter a tu afeminado hijo a la empresa?
- Ja, ja, ja, ¿tú crees que soy idiota?
- …
- Aceptaste a Diego porque sabías que Juan Carlos estaba a muy poco de ascender a tu puesto. Creíste que serruchándolo con Diego ibas a mantenerlo ocupado o que, en el peor de los casos, Diego tardaría mucho tiempo en alcanzar tu rango. Te equivocaste feo, hermanito.
- ¿Tú?
- Ja, ja, ja, ahora sí pues, como te gusta decir, “nos fuimos para arriba”.
- ¿Cómo pudiste hacerle eso a tu único hermano?
- Eso también te lo pregunté yo cuando me botaste aquella vez, dejándome en la ruina. Ahora serás tú el que me ruegue a mí.
- No lo puedo creer.
- Créelo. Y ahora anda suplícale a los santos para que puedas estar sin trabajo un muy buen tiempo y no te falte para tus necesidades y gustitos. Sobre todo, sabiendo tus “aficiones”.
- Calla mierda. Te juro que no me voy a quedar de brazos cruzados, me las vas a pagar toditas.
- Esperaré ese día pues, coquero.
- Hijo de puta.
- Nos vemos, hermanito.
- En el tribunal.
- Ja, chau.

Día 11

Señores:

Para informarles los nuevos cambios que se han dado en la empresa.

Primero: que tras el despido del ahora ex gerente general, Julio Enrique Benavente Quintanilla, ha sido promovido el joven y talentoso Diego Alonso Benavente Castellares, quien ahora estará a cargo de la Gerencia General de “Del Pietro y Asociados”. Tenemos la total confianza de que este cambio refrescará los aires de la empresa como una organización expansiva en el mercado y con agresivas estrategias de marketing que de seguro nos darán una mayor rentabilidad.

Segundo: que lamentablemente el negocio con ‘Inversiones Campos’ ha sufrido una momentánea paralización. Los motivos son estrictamente confidenciales. Sólo les podemos asegurar que estamos haciendo todo lo posible para que el proyecto se lleve a cabo en los próximos meses.

Tercero: que tras la abrupta renuncia de la secretaria María Clara Salazar Aburto, se ha logrado convencer a la siempre querida Susan Paola Sánchez Pérez, para renovar con nuestra empresa por cinco años más. Una decisión de que de verdad nos alegra y motiva para seguir cada vez más orgullosos de nuestra organización.

Cuarto: que por el momento, la posición de Jefe de Inversiones ha quedado suspendida, al no encontrarse funciones suficientes como para abrir vacancia. Sin embargo la junta directiva evaluará si dicha posición se reabrirá próximamente, según las exigencias del mercado.

Hasta aquí las noticias sobre los cambios.

Aprovechando para desearles una feliz Navidad y próspero año nuevo, se despiden con afecto,

Don Vicente del Pietro Gallerhi y socios.

Junta Directiva.

Día 12

Hola, Susy:

Supe que te renovaron contrato. Me alegro mucho. En realidad siempre fuiste mejor trabajadora que yo y tú lo sabes. Así que iba a ser injusto que yo me quedara, más aún, sabiendo cómo se dieron las coas.

Aún así quiero que sepas que lo siento mucho. Quisiera tener la valentía de pedirte disculpas frente a frente, como debe ser, pero no puedo. Lo que hice fue tan terrible que ni siquiera puedo mirarme a un espejo sin sentir una inmensa vergüenza.

Quisiera aclarar que no me siento mal por lo que sucedió con Juan Carlos, ya que en eso no me puedes juzgar; lo que día a día me atormenta es haberme coludido con ese infeliz para que tú salieras de la empresa, sabiendo que necesitas el trabajo (como todos, sí). Y perdón que te lo diga de esta manera, pero es lo único por lo que tengo que darte explicaciones.

Por lo demás, te deseo suerte en lo que hagas, pero una cosa si te digo. Acostarte con ese viejo no te llevará a nada bueno, más aún cuando ni siquiera te dan el valor que mereces, cuando piensan que no eres más que un objeto de diversión o entretenimiento. Lo sé, porque ayer me separé de Jorge, no aguanté más y le dije toda la verdad (sí, tonta). Ahora me siento sola y me doy cuenta de que en este mundo existen dos tipos de personas, los que saben lo que vales y los que no. Merezco mi soledad y la miseria que me aguarda. Sólo espero que no te pase lo mismo.

Muchos saludos a Joaquín y a Dianita, y que pasen una feliz navidad.

PD.

Te adjunto el correo que le envié a Juan Carlos. No te equivoques, no es que quiera que me des tu opinión, no quiero incomodarte con mis problemas. Lo que sucede es que no tengo a nadie con quién compartir algo así. Un beso, greñuda (disculpa si aún me creo con el derecho de llamarte así).

Clara.

Hola:

Ya pasaron varias semanas y todavía tengo el amargo sabor de tu lengua en mi cuerpo. Un motivo más para sentir asco de mí misma. Pero no te preocupes, no voy a pasarme la vida entera repudiándote por eso. Sólo quiero que entiendas algo: tarde o temprano, todo vuelve a su sitio. Tú lugar no está ahí, en esa empresa, en ese rango con tanto poder. Tú lugar no está ahí, en esa casa, con esa bella mujer y esos hermosos hijos. Tú lugar debe estar en un sitio más lúgubre, más chabacano y por supuesto más sucio. Como es en realidad tu vida. Un tragicómica historia que se repite a diario. Entre lamer botas y creerte el rey del mundo.

Lo más probable es que te estés preguntando cómo fui tan fuerte como para rechazar tus asquerosas ofertas de empleo, te doy una pista, ¿recuerdas nuestra última conversación?, pues tengo que agradecértelo, ya que mencionaste tres palabritas que probablemente hayan cambiado el rumbo de mi vida.

Así es, Juan Carlos, o debería decir “señor”.

Adiós a todo.

viernes, 25 de junio de 2010

Competencia

No hay cosa que me joda más que competir por una mujer pero por ti compito; y si me preguntas porqué no sabría qué decirte; todo lo que podría soltar serían puras palabras tontas, sin sentido ni fundamento y es que esto del amor tiene sus quiebres mentales y hasta los que más ostentamos inteligencia solemos caer en lo absurdo. Hoy compito por tu amor y no arrugo, sé que estoy en desventaja, sé que tengo todas las de perder, ¿quieres razones?, la principal es la existencia de una perversa diosa llamada “Distancia”, muchos dicen que ni siquiera ella puede, con sus infinitos poderes, hacer algo contra al amor; yo digo que sí, porque ahora no estoy escribiendo canciones, porque ahora soy crudo, porque ahora soy prosa, por eso digo que sí, que esa maligna deidad es tan peligrosa para que el amor se concrete, porque es ella la que impide que pueda darte algo tan demostrativo como un beso, o algo tan sencillo e importante a la vez como ver tu rostro iluminado por la luna. A cambio de eso el hombre ha desarrollado su tecnología, creó cartas, teléfonos y ahora la internet, que es el medio que más utilizamos para saber uno del otro y para suplantar, sin éxito alguno, el siempre ardiente contacto carnal que tanto nos debe estar haciendo falta.

Allá, a lo lejos, hay quienes fueron bendecidos por la diosa “Distancia” y tan sólo están a unos metros de ti; aquellos que tienen la dorada oportunidad de verte a diario, sea en tu centro de estudios, en la calle o en tu misma casa. Aquellos que con tan sólo una llamada pueden programar una cita contigo sin saber que están yendo directo al Olimpo y gratis. Pero, querida amiga, con todo y eso por ti compito. Compito contra aquel muchacho, mucho menor que yo, que ya tuvo alguna vez la oportunidad de tocarte y junto a ti también rozar el cielo. Aquel muchacho al que aún no olvidas por más que intentes hacérmelo creer. Aquel muchacho que, insistentemente, no cesa en sus intentos de recuperarte y volver a sentir esa sensación que de seguro sólo tú eres capaz de hacerle sentir. Aquel muchacho que te postea poemas sacados de conocidas páginas web, y que de hecho no posee muchas de las virtudes que dices te encantan de mí, pero tiene una muy importante: está más cerca que yo. Él puede olerte mientras yo sólo puedo imaginar tu fragancia. Él puede darte un beso en la mejilla mientras yo sueño con el momento de encontrarnos. Finalmente, él puede estar contigo porque de seguro lo extrañas, y porque de seguro todos merecemos una segunda oportunidad. Yo sólo espero la primera, querida amiga, y por eso por ti compito. Por ti compito porque sé que vale la pena hacerlo, porque sé que las millones de cosas que viví me enseñaron a distinguir la belleza de la desgracia, y aunque esto pinte para desgracia sueño con esa belleza y al sueño me aferro como tonto niño enamorado.

Por ti compito y con poemas propios y aunque el resultado salte a la vista del más despistado sólo me queda seguir pensando en que la diosa “Distancia” algún día será buena también conmigo y también contigo. Porque si de algo estoy seguro es que sólo me bastará una chance para hacerte sentir como yo me siento, porque, querida amiga, por algo y por ti compito aunque no hay cosa que me joda más que competir por una mujer, pero por ti compito.

Aunque el rótulo de “perdedor” se note con diafanidad en mi frente calva.

viernes, 30 de abril de 2010

Mi cliente

Llegaste hace cinco minutos y a pesar de que tengo mil cosas que hacer aquí no he dejado de mirarte. No sé si lo notas, creo que estás más concentrado en esperar tu hot dog. Mentí cuando te dije que saldría "en un ratito", esta máquina es lenta y se demora mucho más de lo que mi abuela se demoraría en correr cien metros planos. Viniste, te acercaste a la caja y me enseñaste esa sonrisa tan bella, luego me compraste la oferta, y entonces te mentí. Te quedaste sentado en la sillita, junto a la mesa. Te dije que podía ir dándote la gaseosa y las papitas fritas, tú me sonreíste otra vez y yo casi caigo muerta.

Finalmente te di lo que querías, algo de comida y empezaste a comer desesperadamente. Tenías mucha hambre, ¿no?, seguramente no habías comido desde hacía buen rato, y yo toda estúpida mintiéndote, me merezco la amonestación si te quejas con mi jefe, o si me insultas, o si me gritas. No lo haces, ¿por qué?, ¿por qué eres tan bueno?, ¿por qué me sigues sonriendo cuando te busco la mirada sin ser nada discreta?, eres lindo, tu cabello desordenado, tus anteojos caídos, tu barba irregular, ¿por qué?, ¿por qué eres tan diferente?

La máquina sonó, tu hot dog ya está caliente, listo para que te lo comas con las mismas ansias con las que te veré comerlo. ¿Sabes?, eres lo mejor que ha pasado por esta tienda, no tienes idea de cuántos estúpidos llegan aquí de madrugada, muchos de ellos borrachos o drogados, todos haciéndome de la nada conversaciones que debo de seguir sólo por las cojudas reglas de la empresa. Yo no quiero saber nada de ellos, quiero que todos los clientes sean como tú, así de pacíficos, de lindos, de hambrientos, de cautivadores. Te acercas y yo me sonrojo, me preguntas si siempre trabajo aquí de madrugada, yo te respondo nerviosa que estoy hecha para las amanecidas, creo que la cagué, ¿qué pensarás de mí?, ¿que soy una juerguera?, ¿una "chica de la noche"?, ja, soy una cojuda total. Me pagaste y aunque no tengo mucho sencillo te doy tu vuelto como lo quieres.

¿Ya te vas?, por favor no te vayas, quédate un rato más, ¿sí?, si quieres hago una jugada en el stock y te doy otro hot dog, pero por favor no me dejes.

Cruzas la puerta y veo tu espalda, te vas, te fuiste, eres un cliente más, eres mi cliente, el que se fue, al que no le importo. El que de seguro volverá, aunque sea para comprar.